Eduardo González Lanuza
Witold Gombrowicz y su Diario argentino

 

    Witold Gombrowicz es un caso límite demostrativo de hasta qué punto es cierto el resobado aforismo: "el estilo es el hombre". Hasta tal extremo que en su caso habría que invertir los términos: "el hombre es su estilo". Porque al principio fue Gombrowicz, o mejor dicho, Witold Gombrowicz, para deslindar su inicial soledad dolorosamente satisfecha de sí misma, sin hacer partícipes de ella a los denodados polacos a quienes les haya sido deparado el duro destino de compartir su apellido.
   Para Gombrowicz ni siquiera rige aquello de "yo soy yo y mi circunstancia", o a lo más, su circunstancia se limita al Witold, y por eso al tratar de escribir sobre su Diario Argentino de reciente publicación en castellano (Sudamericana, 1968) no puedo evitar la referencia a su persona. Porque en el Diario Argentino de Gombrowicz, Gombrowicz es para Gombrowicz infinitamente más importante que esa insólita Argentina a la que vino a parar impensadamente a comienzos de la última guerra y en la que permaneció hasta hace muy pocos años. ¿Menosprecio? ¿Altanería? ¿Petulancia? Nada de eso: tales actitudes presuponen cierta condescendencia a considerar existente algo que caiga fuera de lo gombrowicziano y eso estaría fuera de lo demostrable. La cosa va más lejos porque su auténtica actitud vital es la del solipsista consecuente. No es que esa sea su filosofía, lo que no deja de ser una lástima, porque nunca se repetirá "le physique du rol" del perfecto solipsista de modo tan cabal como en su persona.
   Erguido, con el aire de quien se ha tragado un asador y se siente feliz al no acabar de digerirlo, sentado frente a su interlocutor, pero no del todo de frente, sino de modo tal que su mirada forme un ángulo, no excesivo pero evidente, digamos de unos quince grados, para que esa pequeña pero significativa desviación señale las diferencias entre el ser y el no-ser, accediendo al reconocimiento del semi-ser ajeno, no por caridad, sino por necesidades intelectuales imprescindibles para no confesarse que está hablando a solas. Lo dice en su página 58:
   "Me puse a escribir este diario, no quiero que la soledad yerre en mí sin sentido, necesito a los hombres, un lector... No para comunicarme con él. Sólo para emitir señales de vida. Ya hoy consiento en las mentiras, los convencionalismos, las estilizaciones en este diario con tal de pasar de contrabando, aunque sea como un eco lejano, un tenue sabor de mi yo aprisionado".
   El "no para comunicarme con él", es definitivo y ni siquiera necesitaría haber sido escrito, de tal modo trasciende de toda su actitud corporal. Confiesa también que durante un tiempo se hizo pasar por conde. En realidad habría que reprocharle la excesiva facilidad del embuste, pues su natural empaque lo hace de una verosimilitud abrumadora. Hasta en el monóculo. No es que lo use, pero sus músculos faciales tienen la tirantez impávida imprescindible para el sostén del impertinente adminículo utilizado para prescindir de la grosera visión plebeyamente estereoscópica, sutilizándola a través del monóculo ideal que la vuelve abstracta e intelectualizada. Padecí el flagelo de su inteligencia, tan lúcida como inaguantable por su inmisericorde falta de intermitencias, durante las largas tardes arruinadas por ella, de un verano entero en mi retiro piriapolitano.
   Llegaba con el confesado propósito de discutir conmigo. Claro está que sin el menor propósito de comunicarse, "Sólo para emitir señales de vida".
   Pocas cosas me apasionan tanto como las discusiones de buena fe, durante las cuales verifico hasta qué punto mis opiniones continúan siendo mías, y en tal caso me limito a ventilarlas para que no se me apolillen, o la urgente necesidad de recurrir a las del prójimo para remedio de mi indigencia. Pero tales discusiones deben surgir espontáneas, por necesidad comunicativa y el regocijo vital que hallo en su práctica, me inhibe para considerarlas como ejercicio gimnástico o pugna deportiva con la propia sombra. En especial cuando el papel que se me acordaba era el de "la propia sombra".
   Ver disminuir la numerosa soledad de mis pinos marítimos por la condescendiente presencia de un caballero polaco que venía a imponerme su personal necesidad de training intelectual adjudicándome una hipotética, y desde luego provisoria, existencia, sin otra finalidad que la de cerciorarse de la indiscutible seguridad de la suya, no era para mí, ni desde luego para mi mujer, un especial motivo de deleite.
   No soy un excesivo cultor de lo que se llama "urbanidad". Lo declaro antes de referir esta anécdota reveladora de que a todo hay quien gane. Una de esas tardes estaba en casa nuestro amigo Franco Di Segni que preparaba su exposición de "móviles", y que había hecho con algunos de sus modelos, unos graciosos dijes de oro. Mi mujer tenía uno puesto cuando apareció el inevitable Gombrowicz. El encuentro entre Franco y Witold, no era de los fáciles. Para tratar de facilitarlo, mi mujer se sacó el dije y se lo alargó al recién llegado, diciéndole:
   –Es obra de nuestro amigo.
   Gombrowicz se limitó a tomarlo entre sus dedos con la asqueada curiosidad con que podría haberlo hecho con un bicho poco interesante, y tras muy breve silencio emitió su inapelable veredicto al tiempo que devolvía el cuerpo del delito:
   –Inmoral.
   No. De Witold Gombrowicz podrá decirse lo que se quiera: que tiene una cultura fuera de lo común –sus agudos análisis del existencialismo y el marxismo lo prueban en este libro– una inteligencia crítica tan sagaz como arbitraria, que a veces –no tantas como él supone– linda con lo genial, pero que es simpático, lo que se dice simpático, no, no lo es. Además consideraría un insulto el parecérselo a alguien. ¿Qué necesidad tiene de simpatía un ser único en su especie, sin prójimo posible? En la misma página 68 ya citada se confiesa –desde luego que a sí mismo– con estas palabras que no dejan de ser terribles:
   "Ya soy. Witold Gombrowicz, estas dos palabras que llevaba sobre mí, ya realizadas. Soy. Soy en exceso. Y aunque podría acometer todavía algo que me resultara imprevisible a mí mismo, ya no tengo deseos... Nada puedo querer por el hecho de ser en exceso. En medio de esta indefinición, versatilidad, fluidez, bajo un cielo inasible soy, ya hecho, terminado, definido... soy y soy tanto que ese ser me expulsa del marco de la naturaleza".
   Esto es lo más importante que le sugiere su primera ida a Mar del Plata, y desde luego no es poco como logro de una denodada sinceridad, pues nadie puede esperar impresiones o paisajes de quien se reconoce, por exceso de ser, expulsado del marco de la naturaleza.
   No cambian mucho las cosas cuando va a Tandil, donde sigue actuando su desollada sinceridad propia del que está solo y desespera. En la página 128 se lee:
   "¡Quiero ser concreto y privado! ¡Estoy harto de las ideas que me ordenan preocuparme por China, no he visto China, no la conozco, no he estado allá! ¡Basta ya de decretos que me manden ver un hermano en un hombre que no es mi hermano! Quiero encerrarme en mi círculo y no tratar de alcanzar más allá de lo que me permite la mirada. ¡Destrozar esa maldita 'universalidad' que me sujeta peor que la cárcel más estrecha y salir hacia la libertad de lo limitado! Anoto este deseo, hoy, en Tandil".
   No está nada mal, por supuesto, eso de la libertad de lo limitado. Pero un paso más y declaraba la inexistencia de China por no haberse visto como Tandil, favorecida con la presencia de Witold Gombrowicz. Pero, ¡cuidado, tandileros! ¡A no enorgullecerse demasiado con tan inmerecido destino!, pues a renglón seguido, escribe:
   "¡En Tandil soy la persona más eminente! ¡Nadie puede compararse conmigo! Son setenta mil... setenta mil inferiores... Al pasar, mi cabeza es como una lámpara...".
   ¡Ojo una vez más, tandileros! a no indignarse tampoco demasiado con esta deliberada salida de tono de recóndito humor, que no puede ni llamarse petulancia siquiera, y que se extiende sin duda a todo el resto de la hipotética humanidad, sin excluir, por supuesto a los imaginarios habitantes de una casita a orillas del vespertino mar piriapolitano.
   Una de sus fobias de entonces era Borges, que acababa de recibir el premio Formentor, poco después adjudicado al propio Gombrowicz, y como conocía mi admiración por su obra, procuraba estimular mi indolencia polémica con sus ataques ingeniosamente malévolos de divertida arbitrariedad. De pronto se me hizo sospechosa cierta actitud reticente que en vano trataba de ocultar lo ya inocultable.
   –Gombrowicz– le dije– ¿Ud. ha leído a Borges?
   –Naturalmente que no –respondió imperturbable– ni pienso, con la opinión que tengo de su obra...
   Nunca he oído dicterio más borgiano contra Borges, cosa nada extraña, pues en materia de arbitrariedad es más lo que les asemeja que lo que les diferencia entre sí.
Pero en boca de Gombrowicz es preferible verse vituperado antes que alabado y muy pronto veremos por qué. Su capacidad denostadora temiblemente asistida por un eficaz humor de tipo imperturbable, va siempre dirigida a los méritos que considera más altos. Ejemplificaré con parte de las notables páginas que desde el mismo Tandil, dedica a Proust. Dice en la 125:
   "¿Por qué lo admiramos? Lo admiramos ante todo por haber osado ser delicado y no haber vacilado en mostrarse así, tal como era.. un poco en frac y un poco en bata de casa, con un frasco de medicamentos, con una pizca de maquillaje homosexual-histérico, con fobias, neurosis, debilidades, esnobismos, con toda la miseria de un francés ultrasutil. Lo admiramos porque detrás de ese Proust contaminado, raro, descubrimos la desnudez de su humanidad, la verdad de sus sufrimientos y la fuerza de su sinceridad. Pero, ¡ay!, cuando examinamos mejor volvemos a descubrir detrás de la desnudez a Proust en bata, en frac o en camisón junto con todos los accesorios, la cama, las medicinas, los bibelots. Es un juego a la gallina ciega. No se sabe aquí qué es lo definitivo, si la desnudez o la vida, la enfermedad o la salud, la histeria o la fuerza. Por eso Proust es un poco de todo, profundidad y superficie, originalidad y banalidad, perspicacia y candor... cínico e ingenuo, exquisito y de mal gusto, hábil y torpe, entretenido y estudioso, ligero y pesado...
   ¡Pesado! Este primo me aplasta. Soy de su familia... yo, ultrasutil, pertenezco al mismo medio. Sólo que... sin París. Me ha faltado París. ¡Y mi delicado cutis no protegido por los afeites siente la mordida del áspero Tandil!" ¡Y dale con Tandil! De nuevo prevengo a los interesados que dentro de su estilo la aspereza de Tandil es un elogio que hay que saber apreciar en contra de París.
   No deja de ser admirable que este admirable trozo de crítica ajena termine por convertirse, por el desparpajo de la identificación familiar, en autocrítica. Y si insistí en que es preferible verse vituperado antes que alabado por Gombrowicz, es porque conozco su obsesiva convicción de que en la tensión que en la realidad se establece entre lo que él llama madurez e inmadurez, el polo positivo debe buscarse en esta última.
   La juventud es un valor en sí, nos repite ya desde las anteriores páginas de Ferdydurke, no por lo que tiene, sino por sus carencias, una juventud cuanto más inculta mejor, le seduce. Confiesa sus hábitos de seguir por las calles de Retiro, o por las de Santiago del Estero, los pasos de un soldado, un marinero o un chango, atraído por lo que en ellos sospecha de insatisfactorio y crudo, de ordinariez, sin formación cabal, porque lo considera algo más atrayente que las elaboradas formas de lo espiritual o lo culto. Adelantándose a las suposiciones que suscitarán esas sospechosas persecuciones a los muchachos, aclara que, aparte de lejanas experiencias juveniles, nada hay en él de homosexualidad. Piadosamente interpreto sus palabras explicando que su preferencia por la masculinidad de changos y conscriptos, pudiera provenir de su exceso de rusticidad de bronca rudeza que pone más de relieve su inmadurez que la natural blandura de las muchachas.
   La consecuencia forzosa de tal doctrina es el sarcasmo contra todo lo que considera preocupación por elevar, un nivel intelectual, de lo que no se salvan, como se ha visto, ni Proust, ni desde luego nuestra revista, cuya polaridad negativa, conviene no olvidarlo, corresponde a su actitud de apertura espiritual, de "sospechosa" madurez. De lo que no me salvé tampoco yo, en quien vio, inmerecidamete un representante "in partibus piriapolitanorun" digno de su alto menosprecio, digno como tal de ser utilizado como "punching-ball" dialéctico, mientras afirmaba su ser existencialmente ineludible para apoyarlo en las tabernarias tertulias nocturnas con los mozos de hotel.
   Todo esto no quita que en su libro abunden las páginas cuya amenidad no siempre proviene del sarcasmo, sino de una innegable capacidad literaria. Como este comienzo de su partida de Buenos Aires:
   "El puerto. Un café en el puerto, próximo al gigante blanco que habrá de llevarme... una mesita frente al café, amigos, conocidos, saludos, abrazos, cuídate, no nos olvides, saluda de nuestra parte a... y de todo aquello la única cosa que no murió fue una mirada mía, que por motivos desconocidos me restará para siempre; miré casualmente al agua del puerto, por un segundo percibí un muro de piedra, un farol en la acera, al lado un poste con una placa, un poco más allá las barquitas y las lanchas balanceándose, el césped verde de la orilla... He aquí cual fue para mí el final de la Argentina: una mirada inadvertida, innecesaria, en una dirección casual, el farol, la placa, el agua, todo ello me penetró para siempre".
   Pura fenomenología despojada de todo sentimentalismo, e incluso de todo sentimiento: "una mirada inadvertida, innecesaria, en una dirección casual: el farol, la placa, el agua". No puede darse más honesta prueba de imperturbabilidad ante lo ajeno.
   Es la misma que le permite la objetividad necesaria para arriesgar este vaticinio en la página 96:
   "El argentino auténtico nacerá cuando se olvide de que es argentino y sobre todo de que quiere ser argentino; la literatura argentina nacerá cuando los escritores se olviden de Argentina... de América; se van a separar de Europa cuando Europa deje de serles problema, cuando la pierdan de vista; su esencia se les revelará cuando dejen de buscarla".
   Precisamente por estar expresados estos conceptos con voluntario tono de paradoja, acaso contengan lo más valioso que sobre nosotros nos deje dicho Witold Gombrowicz en su Diario, aunque de pronto pueda incomodarnos.
   Es curioso que a su perspicacia se le haya escapado la posibilidad de aplicarse a sí mismo el consejo: El Gombrowicz auténtico nacerá cuando se olvide de que es Gombrowicz y sobre todo de que quiere seguir siendo Gombrowicz.

 

por Eduardo González Lanuza en la revista "Sur" (314), Buenos Aires, Octubre de 1968

 

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