Tamara Kamenszain
Los que conocieron a Gombrowicz (II)

 

viene de

 

3. UN TEXTO "MARGOTÍNICO"

   "Qué extraña relación la nuestra, Ernesto, tan alta en el plano del espíritu y tan insoportable en el plano personal" (Gombrowicz, fragmento de carta a Ernesto Sábato)
Hacia 1939 yo todavía estaba en La Plata donde trabajaba en el Instituto de Física. Adolfo de Obieta –hijo del escritor Macedonio Fernández– editaba para esa época una revista, Papeles de Buenos Aires, con todo tipo de material de literatura contemporánea, surrealismo, etc. Un día hojeándola me encuentro con un relato de un polaco desconocido llamado Gombrowicz. Con los años supe que era un capítulo de la novela Ferdydurke; se llamaba Filifor forrado de niño. A mí me impresionó mucho ese texto, sobre todo porque con un amigo, Miguel Itsigzohn, habíamos inventado algo que llamamos "margotinismo" –una especie de humorismo avant la leetre–, así que cuando leí el texto me alegré mucho y le dije a Miguel: "Este es el margotinismo por excelencia".
   Por Obieta nos encontramos por primera vez con Witold, fue en algún bar quizás. En esa época estaban en el grupo el cubano Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez, ellos formaban parte de una especie de delirante equipo de traducción del Ferdydurke que funcionaba de una manera disparatada, como todo lo de Gombrowicz.
   Desde que lo conocí nos seguimos viendo a lo largo de esos veintitantos años que siguieron, pero nunca fui lo que se dice un amigo de él hasta que viajó a Europa para quedarse allí definitivamente y morir después de unos pocos años. Fue recién por carta, y en esos últimos años, cuando trabamos una amistad intensa.
   A veces me cuesta pensar en esa extraña relación que tuvimos. Una vez me mandó una carta que decía: "Qué extraña relación la nuestra, Ernesto, tan alta en el plano del espíritu y tan insoportable en el plano personal" (por supuesto que estas frases engoladas habría que escucharlas dichas por él con ese acento polaco tan cómico e impostado). Era muy difícil para mí mantenerme en una relación discreta con Gombrowicz, terminábamos discutiendo siempre a gritos, los dos éramos nerviosos y testarudos en nuestras opiniones.
   Lo cierto es que cuando él se fue a Europa, en la correspondencia es donde empezó nuestra gran amistad. Siempre nos habíamos tratado de usted, él tuteaba sólo a los jóvenes y permitía que lo tutearan, pero con los adultos tenía una especie de ceremoniosidad muy polaca, algo exagerada –por supuesto, exagerada adrede–. Y en una de esas cartas que me escribió desde Berlín –época de enfermedad para Gombrowicz, hecho que se trasuntaba en los temas de las cartas: muerte, soledad– me decía: "Creo que ha llegado el momento de tutearnos" (nuevamente aquí habría que recurrir a la imitación de su voz, recordando quizás alguna de las escenas de su teatro). Esa frase me conmovió mucho, ya que leí detrás de la ironía un signo de soledad y de desamparo, una especie de nostalgia por Buenos Aires.
   Y, efectivamente, la última vez que nos vimos –fue poco tiempo antes de su muerte, yo estuve en Europa y pasé 24 horas en su casa en Vence, al sur de Francia– pude comprobar este signo. Empezamos el encuentro como correspondía: discutiendo a gritos. Cualquier tema era pretexto para discutir, sobre todo el de la política. Witold exageraba su supuesto "reaccionarismo" con el afán de escandalizar. Llegaba a decir, por ejemplo, que "el gran modelo de sociedad es el de los Estados Unidos". Yo sabía que decía disparates para escandalizar, pero si le sugería que sabía eso, se ponía aún más enojado e inflexible y argumentaba: "Estoy hablando profundamente en serio". De pronto, en un momento en que nos quedamos solos –su mujer y la mía salieron de paseo– empezamos a hablar en tono más íntimo y reposado. Hablábamos de lo que escribíamos, él me reprochaba que yo escribía poco, yo le contestaba que no era partidario de publicar borradores, y de pronto Witold se pone muy serio y me dice: "Ernesto, lo más importante que yo podría escribir y que ya no haré, es la transcripción de la experiencia poética que fueron mis primeros años de vida en Buenos Aires".
   ¿Qué fue esa experiencia que tuvo? No lo sé, la intuyo quizás, pero lamento que no haya escrito esa gran metáfora que probablemente podía haber hecho...
   Pues así fue, una relación muy irregular y al final muy patética. Precisamente cuando murió, Rita su mujer –era una joven canadiense con la cual se había casado hacía unos pocos años– nos escribió una carta diciendo que Witold en sus últimos momentos había recordado mucho a Buenos Aires.
   En Europa lo encontré cambiado, sobre todo físicamente. Las drogas que tomaba por su enfermedad lo habían hinchado terriblemente. Él antes era un hombre flaco, nervioso, que fumaba el cigarrillo como chupando, y de golpe lo encuentro deformado. Por otro lado, me dio la misma imagen que siempre: la de un hombre cariñoso –aunque ocultara esa ternura con una ironía teatral– y sobre todo muy ávido de afecto. La gente tiene una imagen distorsionada de Gombrowicz, creen que era hosco y solitario, yo, por el contrario, pienso que era sociable y que le encantaba dialogar. Incluso no creo que Witold no haya entrado en los cenáculos literarios argentinos porque no se lo haya propuesto, sino más bien porque no "engranó". A personas como Victoria Ocampo o Bioy Casares, la personalidad de él les chocaba y así es como fue quedándose solo; aunque de hecho fue íntimo amigo de Mastronardi, también del grupo Sur.
   Tenía mucho respeto por la literatura argentina, y las críticas que podía hacerle eran las mismas que les hacemos nosotros desde adentro, el amor también era el mismo. Era una relación "importante", es decir, a él le importaba la literatura argentina. Estaba muy integrado al país, incluso cuando salió Ferdydurke reeditada, me pidió que la prologara. En ese prólogo yo hablo sobre el aparente misterio de esa integración de un polaco a un país como la Argentina. Trazo un parecido entre esos dos países tan distantes; los polacos se estuvieron preguntando siempre en qué consistía su patria, anduvieron acuciados por intensos problemas nacionales, nosotros también. Además, esa mezcla de cultura europea exquisita y subdesarrollo, esa característica de país preburgués o aburgués, nos iguala. También el temperamento de los polacos es parecido al nuestro: nerviosidad, vehemencia, gusto por llevar la contra, y ese humor que –en el caso de Gombrowicz– fue siempre muy comprendido. Además, la vida de los cafés en Buenos Aires es parecida a la de Polonia, esa tertulia constante, ese "filosofar" interminable.
   ¿La relación de Gombrowicz con la filosofía? Justamente, a él le interesaba muchísimo, y era un autodidacta. Dio aquí algunos cursos de filosofía para ganarse la vida y quizás también –como decía él– "como un método para aprender algo". Me acuerdo que dialogábamos mucho sobre cómo debía desarrollarse una clase ante personas, bueno, en fin, lo que aquí llamamos "señoras gordas". De esas señoras nos reíamos mucho con Witold aunque es cierto –no seamos injustos– que lo ayudaron mucho, lo llevaban a sus estancias y él iba a hacer el show del falso conde polaco. Gombrowicz no era conde sino simplemente hijo de una familia aristocrática polaca, pero le encantaba inventar estas farsas sobre sus títulos. En general, tenía una especie de fascinación por los títulos nobiliarios. Un día recuerdo que me dijo: "Mirá, a lo mejor me presentan una mujer y no me significa nada, pero si me la presentan diciendo: «la principesa tal» me corre algo frío por la piel, qué vamos a hacer, así soy".
   Aquí vivía una princesa polaca –Ada Lugomirsky– que era gran amiga de Gombrowicz y vivía muy pobremente. Un día me cuenta indignada que Witold en las cartas que le escribía encabezaba el nombre con un "princesa", hecho que a ella le incomodaba mucho por la sorpresa que provocaba en la portería de su modesta vivienda. Witold, sin embargo, no quiso ceder en esta costumbre. Solía decir "yo soy muy snob". Así era este hombre, tan querido y desconcertante a la vez. En mi último viaje a Polonia pude comprobar la admiración que le tienen allí. Él le había escrito a un novelista polaco diciéndole que yo iría, por supuesto ese escritor no había leído mi obra – recién me estaban traduciendo al polaco–, pero vino ansiosísimo a visitarme porque quería saber de Witold. Trajo al famoso Mrozek, joven escritor polaco que no conocía a Gombrowicz personalmente y que pasó toda la visita devorándome con los ojos, como si a través mío pudiera adivinar alguno de los gestos, algunas de las frases que hubiera dicho el genial Witold.

(Conversación con Ernesto Sábato)

 


4. UNA ESPECIE DE HISTRIÓN


   "En esta cena estaba también presente Borges, quizás el escritor argentino de más talento, dotado de una inteligencia que el sufrimiento personal agudizaba; yo, con razón o sin ella, consideraba que la inteligencia era el pasaporte que aseguraba a mis «simplezas» el derecho a vivir en un mundo civilizado (...) ¿Cuáles eran las posibilidades de comprensión entre esa Argentina intelectual, estetizante y filosofante y yo?" (Gombrowicz, Diario Argentino, pág. 37).


   A ese hombre Gombrowicz lo vi una vez. Me pareció una especie de histrión. Él vivía muy modestamente y tenía que compartir la pieza –una azotea– con otras tres personas, y entre ellos tenían que repartirse la limpieza del cubículo. Él les hizo creer que era conde y utilizó el siguiente argumento: "Los condes somos muy sucios". Con esa argucia consiguió que los demás limpiaran por él. En realidad, no era conde y resulta extraño que a alguna gente le gusta asumir títulos nobiliarios. Conde, que viene del latín comes significa algo así como "caudillo de gitanos" y duque, del latín dux, no es más que "el que conduce los ejércitos". Es como si dentro de algunos siglos la gente empiece a usar como títulos nobiliarios las palabras sargento, o cabo, o subteniente. A ese hombre lo conocí por mi amigo el poeta Mastronardi de quien él era también amigo. Mastronardi hablaba tanto de Gombrowicz que finalmente le prohibimos nombrarlo. Cada vez que Mastronardi usaba las palabras "un extranjero, un esclavo, un aristócrata, un observador", ya sabíamos a quién se refería.
   Cuando fui a París los periodistas me preguntaban si conocía a Gombrowicz, yo les respondía "debo reconocer mi ignorancia, no lo he leído" Empecé a leer Ferdydurke, pero al cabo de diez minutos de lectura me sentí con ganas de leer otros libros Quizás lo mejor de la literatura moderna sea eso, que –por virtud o por carencia– nos lleva a querer leer a los clásicos: le debo a algunos libros modernos el haber releído tantas veces a Virgilio...
   ¿Qué raro el caso de Polonia, no? Ha dado escritores famosos a otros países, como Conrad a la literatura inglesa; Conrad en realidad era polaco. Debe ser que los polacos desconfían del destino de su lengua. Ahora, esto es peligroso, ¿no?, si recordamos, por ejemplo, el caso de Bacon que por desconfiar del destino del inglés él solía decir: "nuestras lenguas son perecederas" –escribió toda su obra en latín. . .
   Recuerdo otra anécdota de Gombrowicz: él solía comer con mi amigo en un restaurante –un almacén, mejor dicho– y tenía la costumbre de abrirse el cuello de la camisa, hecho que fastidiaba a Mastronardi. De golpe, mi amigo se lleva el cuchillo a la boca y Gombrowicz le dice: "Si usted come cuchillo yo abro camisa". Ahora bien, a esta anécdota habría que darle vuelta, tendría que ser mi amigo el del cuello abierto y Gombrowicz el del cuchillo, entonces podría decirle: "Si usted abre camisa yo como cuchillo". Con esto, "como cuchillo", que es el elemento gracioso –"abro camisa" es vulgar, cotidiano– quedaría al final. Y siempre hay que ponerle al lector lo gracioso al final, eso que llaman golpe de efecto.

(Conversación con Jorge Luis Borges)

 

5. COMO SI FUERAN UNA FOTOGRAFÍA


   "Certificado: Juan Carlos Gómez, alias "Goma", es el argentino más iniciado en mi mundo y conoce mucho mis secretos Firmado: Witold Gombrowicz" (Gombrowicz, fragmento de carta enviada a un grupo de argentinos que buscaban datos sobre su vida, fechada el 5 de agosto de 1963 en Berlín).
   Lo conocí en un Club de Ajedrez, el "Rex". Un lugar de bohemios y artistas donde, además se jugaba al billar. Tenia un temperamento difícil, era por un lado sistemáticamente inmaduro y por otro sistemáticamente agresivo. Esa combinación de estilos funcionaba con los jóvenes pero para los adultos, que van adquiriendo coraza y orgullo con los años, y que además se suelen intranquilizar con las burlas, esto producía alejamientos prolongados que en algunos casos eran definitivos. Como Gombrowicz era de fácil acceso, muchas de estas personas se le acercaban quedando prendadas a alguna anécdota infantil con la que él los recibía, pero después desaparecían, huían despavoridos.
   Se metió tan adentro en la vida de alguna gente argentina que tenía muchos imitadores "existenciales": le imitaban los ademanes, los chistes. Sobre todo Mariano Betelú que fue quizás el que estuvo más cerca de Gombrowicz en Argentina. Algunos decían que esta relación tenía que ver con la concepción estilística de Gombrowicz. Él dividía el mundo en forma e inmadurez y Betelú, por una especie de rostro franco, español, por un tartamudeo muy especial, se le acercó a Gombrowicz como un representante de la "inmadurez", inclusive podría decirse que lo inmadurizó.
   Conocí a Witold cuando salí de la marina en el 56, él era una persona que llamaba la atención solamente de verla. Era increíble la importancia que les daba a los encuentros iniciales, me acuerdo que cuando me lo presentaron me dijeron "un escritor polaco", a lo cual él replicó ofendido que de ninguna manera era escritor, que él era un poeta, y que para demostrármelo me iba a recitar un poema Todavía recuerdo borrosamente alguna de las partes de ese poema que inventó, decía algo así: "Chip, chip me decía la chiva / mientras yo imitaba al viejo rico / oh reina de Inglaterra viva / ... y mi amado Federico". Yo en esa época tenía a penas 22 años y como el surrealismo y todo lo experimental estaban de moda, consideré que había que "opinar" algo sobre ese poema, que era serio. Más tarde, cuando trabé amistad con Gombrowicz pude comprobar que ni él ni ese poema eran lo que se dice "serios" y que entender un poco a Gombrowicz suponía aceptar que él no representaba algún papel fijo, sino que estaba constantemente cambiando de máscaras. Por ejemplo, él tenía la costumbre de inferiorizarnos diciendo que venia de una cena con el conde tal o el príncipe cual –lo que por otra parte era cierto, ya que Gombrowicz tenía muchos contactos en la nobleza polaca–. Como nuestro mundo era marginal nos trataba de imponer ese otro brillo, de un modo humorístico Cuando fui mucho más amigo de él tuve contacto con esa gente de la nobleza y supe que a ellos los inferiorizaba diciéndoles que no tenían inteligencia, que eran ignorantes. En cada mundo representaba otro papel. En las entrevistas con Le Roux, Gombrowicz dice que él era consciente de representar varios estilos con la intención de no dejarse atrapar por ninguno y que al único estilo al que permanecía fiel aún, era al literario; pero reconocía que de tener tiempo también se desprendería de ese.
   Gombrowicz no tenía una medida normal para establecer el nivel de los conflictos. Por ejemplo, se solía pelear con los camareros y teníamos que mudarnos de bar, tenía formas de expresarse demasiado trágicas que nada tenían que ver con el objeto del cual se hablaba y eso resultaba asfixiante para algunos. Cualquiera fuese el asunto, Gombrowicz lo trataba con patetismo, y esto a su vez lo empujaba a agredir.
   Hay que tener en cuenta que siendo literato no encontró la forma de introducirse en el medio literario argentino. Él solía decir que la literatura argentina estaba impregnada de Borges y de Victoria Ocampo y que él venia de un mundo donde había sangre, violencia, guerras, mientras que acá los artistas hacían referencia a una realidad tranquila de lagos y pampas. En una oportunidad me dijo: "No siendo el de campeón Shorton, no podría aspirar a ningún premio en este país".
   Jugábamos poco al ajedrez; Gombrowicz utilizaba el ajedrez para que se quedaran conversando con él; eso era lo que le gustaba. Creo que la relación conmigo fue rica porque durante 8 años seguidos nos vimos indefectiblemente dos veces por semana. Una característica muy importante de él es que estaba dispuesto, estaba "a disposición", tenía como una valoración diferente del tiempo si se lo compara con otros escritores Tenia una disposición especial para la amistad y creo que él se fue de Argentina porque realmente se le agotó el medio existencial, porque empezaba a sentirse realmente solo. Creo que aquí no pasó desapercibido, pero si que le faltó un cuerpo de afectos que le permitiera permanecer hasta morirse.
   Una de las piedras de escándalo respecto de Gombrowicz era la política; la gente esperaba de él declaraciones marxistas, hecho que lo excitaba y le provocaba deseos de escandalizar; entonces se presentaba como un "reaccionario recalcitrante". Cuando viajó a Santiago del Estero a curarse de sus afecciones pulmonares dio conferencias sobre existencialismo y da la casualidad que allí conoció a Roberto Santucho en un accidente curioso. Por las conexiones obvias entre marxismo y existencialismo se generó una discusión entre Witold y Santucho –éste era apenas un adolescente por esa época– que culminó con la furia de Santucho. Incluso quiso pegarle a Gombrowicz. Después se hicieron amigos, y curiosamente –parece una profecía, él llegó a decirme que "ese chico Santucho es de los que un día andarán con uniforme militar".
   Siempre sus relaciones con los jóvenes eran intensas, en cambio con los adultos solían ser dificultosas. Muchas veces ridiculizaba la situación del otro para romper los esquemas rígidos. Incluso cuando la forma payasesca que él utilizaba era imitada torpemente, se ofendía. También odiaba todo tipo de formalismos. Una vez me contó que estando en Piriápolis lo invitaron a casa del escritor González Lanuza y allí se encontró con que Lanuza estaba dedicado a una "lectura" de su último libro mientras una serie de admiradores escuchaban atentos. Este ritual de por si ya sacó de quicio a Gombrowicz quien empezó a interrumpir la lectura con todo tipo de preguntas alocadas acerca del texto, a las cuales Lanuza respondía con cortesía. Sin embargo, los admiradores empezaron sentirse incómodos recriminando severamente a Witold esa actitud. A esta agresión él respondió algo así como: "Mire, ya aguanté demasiado esta farsa, debo decirles que todos ustedes son unos ignorantes". Gombrowicz me narró que creó un ambiente tan tenso, que él mismo, al salir solo e irse a comer a un restaurante, no pudo tomar los cubiertos de tanto que le temblaban las manos...
   Con los jóvenes, en cambio, tuvo una relación creadora y profunda, él tenía la capacidad de integrar la inteligencia a la vida, a la inmadurez Pero esta integración no era espontánea, nada era espontáneo en él, todo era fruto de un trabajo. Por eso él vivía con esfuerzo, por eso era patético Sabia que producía una sensación de rareza en los demás, y a esto solía decir: "Lo que pasa es que soy un genio y sólo pueden comprenderme otros genios como yo". A nosotros esta afirmación no nos molestaba, pero los adultos se sentían ofendidos, ya que continuamente los trataba de ignorantes. Pasar con Witold por ignorante era no tener posibilidad de juego, ya que él mismo no leía mucho ni era estrictamente "culto" Tenia muy pocos libros y eran, en general, libros marginales. Recuerdo que en los últimos años se compró un tocadiscos y entonces decidió "prepararse para la música". Compró una enciclopedia musical y quiso empezar a hablar de música en forma técnica. Se buscaba contrincantes que dominaran la forma musical, sobre todo mujeres, y las peleas solían ser violentas, incluso recuerdo que en una fiesta llegó a abofetear a una por estas discusiones disparatadas. Sé que esa polémica siguió incluso después por carta desde Europa.
   Gombrowicz siempre participaba de una situación doble: ridícula por un lado, importante por otro. Recuerdo cuando entró a trabajar en el banco polaco. El presidente de ese banco escuchó una conferencia de Witold y le ofreció trabajo; Gombrowicz entró pero no sabia ni endosar un cheque, era el más inútil de todos. Sin embargo, cuando el presidente tenía que decidir algo importante lo llamaba a él. ¿Qué opina Witold de su trabajo en ese banco? Se le hacia insostenible, entró porque no tenía dinero para comer, pero terminó escribiendo debajo de las carpetas de trabajo y finalmente tuvo que dejarlo. Él vivía muy modestamente, casi sin necesidades. Era muy metódico y hacia todo siempre a las mismas horas Una vez me dijo que no entendía cómo Gidé podía hacer tantas cosas en un día –tocar el piano, ver a los editores, escribir–: "Yo apenas tengo tiempo para escribir un par de renglones y comerme un sandwichito", decía. Nunca hablaba de lo que estaba escribiendo y si hacia referencias era de un modo parabólico y uno no podía enterarse de nada
   A mi me llamaba "Goma"; a cada uno solía ponerle un seudónimo literario y me solía decir "el fiel Goma", porque yo siempre estaba en el bar cuando él venia.
   Gombrowicz tenía una forma que atraía mucho a las mujeres, yo me daba cuenta por las referencias que algunas hacían de él, por cómo se introducía en la vida de ellas. De todos modos, poco se podía saber acerca de su vida íntima, ya que no hablaba nunca de eso. Era un hombre que difícilmente hablaba de sentimientos; supe, sin embargo, por cartas que me escribía desde Europa, que su deseo era volver a vivir a la Argentina. Decía que la vida intelectual de Europa le resultaba aburrida y chata.
   Cuando se fue de Argentina fuimos varios a despedirlo al barco, Betelú, Di Paola, los Lugomirsky, yo, y algunos otros. No quería demostrar que estaba apenado o que sentía algún afecto hacia nosotros. Tuvo un solo gesto que me quedó grabado: nos puso a todos juntos en pose y se alejó un poco para vernos mientras decía: "Los voy a mirar como si fueran una fotografía".


(Conversación con Juan Carlos Gómez)

 

Por Tamara Kamenszain en "Texto Crítico" II (4): 89-105 , Mayo-Agosto 1976. México

 

Gombrowicz en Argentina:
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