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Como los inmigrantes, los aventureros, o los piratas, Witold Gombrowicz
llega a Buenos Aires en barco. En un día de 1939 el joven polaco
de 35 años, escritor apenas conocido en su país aunque ya había
publicado para esa época su novela Ferdydurke, una pieza de teatro y un libro de cuentos recala por dos semanas
en la ciudad porteña como participante de un crucero polaco que
se aventuró hasta las costas de Sudamérica. Paradójicamente, ese
corto período se transformará en un largo período de vida: 24
años. Mientras el joven Gombrowicz se pasea por las calles de
Buenos Aires, estalla la guerra en Europa y se ve obligado, o
decide muchos de sus compañeros de viaje partirán a Inglaterra
permanecer en la Argentina. No se moverá de este país hasta 1963,
año en que ya en el clima de un amplio reconocimiento internacional
viaja a Francia donde morirá en la ciudad de Vence, en 1969.
Años de miseria y marginación (vive en pensiones, trabaja durante
un largo período en un banco polaco, se automargina y lo marginan
de los círculos literarios oficiales), estos de Gombrowicz en
Argentina son, sin embargo, también años de crecimiento literario
(escribe en Argentina la mayor parte de su obra: textos decisivos
como Cosmos premio Formentor 1967, La seducción, Trasatlántico y el Diario Argentino).
Rastrear la huella que dejó Gombrowicz en la Argentina por
esos años, elegir algunos nombres algunos de ellos transformados
en seudónimos literarios entre los muchos que menciona como "su
amigos" en el Diario Argentino, escuchar las narraciones de esos amigos y después transcribirlas,
implica de algún modo trazar las coordenadas de un mapa biográfico
siempre parcial, siempre fragmentario. Pero quizás o justamente
en ese fragmentarismo, esté una de las claves de la personalidad
de Witold Gombrowicz: prismático, multifacético, el genial escritor
polaco intentó cubrirse máscara sobre máscara del peligro de
la personalidad definida, unilateral.
Jorge Di Paola novelista autor de Hernán y de La virginidad es un tigre de papel y Mariano Betelú ("Flor" o "Quilombo") dibujante, lo conocen
en la pequeña ciudad argentina de Tandil donde Gombrowicz recala
para curarse de una enfermedad pulmonar. El escritor Ernesto Sábato
y Juan Carlos Gómez ("Goma"), lo conocen en Buenos Aires, uno
en plena vida literaria porteña, el otro en un bar donde se jugaba
a] ajedrez. Para Jorge Luis Borges, Gombrowicz fue "un amigo de
amigos". Testigos, interlocutores, intérpretes, estos cinco argentinos
conocieron cada uno de ellos a un Gombrowicz distinto. En sus
recuerdos, en la transcripción de esos recuerdos, está el azar
de la biografía o con un grado más de pretensión las coordenadas
de una posible historia.
1. UN LECTOR DE LA PAMPA SALVAJE
"Aparecieron a las cinco tres muchachitos que no tenían idea
de quién era yo y me preguntaban cómo había llegado a la Argentina.
El cuarto, menudo, dieciséis años, sonrió al oír mi apellido y
dijo: ¡Ferdydurke! Lo llaman «Dipi»" (Gombrowicz, Diario Argentino, pág. 126) .
A principios de 1957 un amigo mío encontró un ejemplar con
las páginas sin abrir del Ferdydurke, en la biblioteca de mi pueblo, Tandil. Fui el primer lector
tandilense de ese libro; y seis meses después, en septiembre de
ese mismo año, dos amigos fueron a despertarme de la siesta porque
había llegado un escritor polaco que nos estaba esperando en un
bar; era Gombrowicz. Había llegado a Tandil porque se le complicó
su asma con una gripe asiática y necesitaba del buen aire serrano.
Pero en el pueblecito Gombrowicz se aburrió y no se le ocurrió
mejor idea que presentarse en uno de los tres periódicos de allí
con la siguiente contraseña: "soy un escritor polaco que se aburre
en esta ciudad y busca hablar con alguna persona inteligente".
Los del diario lo mandaron a hablar con un escritor tandilense
quien se lo sacó de encima derivándolo a nuestro grupo. Éramos
para entonces unos cuantos adolescentes que teníamos un teatro
independiente y algunos "escribíamos". Así, en la confitería donde
siempre nos reuníamos, vi por primera vez a Gombrowicz. Era en
realidad muy tímido y los primeros minutos fueron más bien tensos.
Uno de los del grupo, un español Magariños, le preguntó; ¿cuál
es su gracia?, a lo cual Gombrowicz respondió "mi nombre es muy
difícil para criollitos"? y tomando una servilleta garabateó el
nombre. Yo recordé súbitamente que ése era el autor del librito
encontrado en la biblioteca y exclamé: ¡Ferdydurke! Gombrowicz
se sorprendió mucho y evidentemente se conmovió, pero tuvo una
salida graciosa, exclamó: "Oh, un lector en la pampa salvaje".
Nuestras primeras conversaciones fueron sobre la vida cotidiana
en el pueblo, con mucha curiosidad de parte de él. Le interesaban,
por ejemplo, los nombres de los árboles; estaba convaleciente
y salíamos a caminar despacito, a cada rato preguntaba: "Che,
viejo, ¿cómo se llama este arbolito?" Yo era fanático de Thomas
Mann, hecho que compartíamos, aunque se hablaba muy poco de literatura;
a él le interesaba más lo que se creaba en la mesa de café entre
la gente Y lo que se creaba era una especie de práctica de estrategias,
de seudopeleas y seudodisputas que Gombrowicz sutilmente organizaba.
Se trataba de un juego dialéctico donde lograba que cada uno de
nosotros terminara defendiendo una idea contraria a la que realmente
tenía. Era un juego extraño, una práctica que no resultó tan inocente
como podía parecer al principio Con este sistema Witold logró
romper la estructura cerrada que tenía el grupo, por medio de
desplazamientos y pequeñas intrigas
Él mismo funcionaba como una especie de adolescente ridículo
y avejentado. Cuando lo poníamos en aprietos no tenía empacho
en recurrir a su autoridad como adulto, pero en realidad tenía
más capacidad payasesca que nosotros. Siempre estaba jugando un
papel en el sentido teatral del término y esto era algo que nunca
dejamos de saber. Se sabía que se estaba participando de un juego,
pero no de un juego para pasar el rato, sino de una aventura importante
donde iba a saltar el resorte íntimo de cada uno; diría que por
ser teatral, era al mismo tiempo un juego de desenmascaramientos.
Curiosamente este juego perverso no estaba practicado hacia nosotros
con perversidad real, los resultados eran, más bien, un aprendizaje
acelerado y doloroso de nuestras actitudes mentirosas frente a
los demás Nosotros éramos algo así como integrantes de un laboratorio
gombrowicziano y lo sabíamos. Intuíamos que estábamos formando
parte de uno de los tantos experimentos que hizo Witold en su
vida. Más tarde, leyendo una biografía suya, alcancé a reconocer
en su conducta en los bares de Polonia antes de la guerra, el
mismo comportamiento.
Me interesa la vida de Gombrowicz en tanto es un aspecto de
sus textos, y cuando me pongo a pensar, por ejemplo, en Ferdydurke recuerdo que él la escribió de joven y que el protagonista del
texto es un joven que se relaciona que mira a los adultos En
sus obras posteriores los personajes son adultos y aparecen mirando
a los adolescentes, no siendo mirados por ellos. Esto se ve muy
claramente en La seducción, curiosamente la obra que estaba escribiendo
cuando llegó a Tandil. Entonces, es una sensación rara descubrir
entre líneas en La seducción la experiencia que Gombrowicz tuvo
con nosotros. Al principio, el libro comienza con una anécdota
que le conté yo, de un muchacho de Tandil que tenía una dificultad
cerebral y repetía dos veces la misma frase, la segunda vez muy
bajito, y de esa segunda vez no era consciente. Pero esto es meramente
anecdótico, lo importante es que entre líneas descubrí en esa
novela cuando la leí en español después de años que esos juegos
que hacíamos con Gombrowicz en Tandil eran como prácticas de esa
patética aventura que los personajes adultos de La seducción Witold
y Frederich tienen mientras observan a la pareja de adolescentes.
Tengo la sensación de que en esos juegos artificiales servíamos
de conejitos de indias para esa nueva actitud de los personajes
de Gombrowicz, ese darse vuelta los roles de personajes que son
observados como adolescentes a personajes adultos que observan
a esos adolescentes
Es curioso y difícil hacer comprender la absoluta excentricidad
de Witold, significativa en cuanto en él era casi como un sacrificio
para escribir. Él no podía relacionarse bien con gente de su edad
en Tandil, con nosotros tampoco se podía relacionar "bien", simplemente
se podía mover cómodo en su excentricidad. Desconcertaba mucho
a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin
y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que
se parecía a Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía
como una especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que
había asimilado en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió
prestada la bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar,
logró andar cada vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida
y como el piso era de arena iba dibujando cuadrados en vez de
círculos con una lentitud cercana a la inmovilidad. Era un perfecto
corto de cine mudo y nosotros llorábamos de la risa...
Él vivía en una piecita que alquilaba, escribía todas las mañanas,
era muy metódico y se enojaba si no aparecíamos con puntualidad
a las citas que nos hacia en el bar, dándonos una grotesca diatriba
acerca de la impuntualidad criolla. Pero enojado realmente, lo
vi una sola vez y fue precisamente conmigo; fue la única vez que
desfacé la confianza que me tenía Recuerdo que él quería dar conferencias
sobre existencialismo y como yo era el más formal del grupo me
encomendó organizarlas, y acepté, pero con la idea secreta de
jugarle una broma. Había en el pueblo una pintora solterona, una
de esas típicas solteronas de pueblo que además pintaba muy mal,
y no se me ocurre mejor idea que hacerle creer a Gombrowicz que
había divulgado lo de la conferencia por todo el pueblo, mientras
en realidad había invitado solamente a la solterona. Tuvo que
tragarse dos horas hablándole sólo a esa mujer; se agarró una
rabieta tan grande que me echó del grupo. Les decía a mis amigos
que yo era un traidor y ellos me veían solamente en secreto Pasada
una semana de castigo empecé a recibir cartas a través de alguno
de ellos. Eran pequeñas misivas en las que Witold me escribía,
por ejemplo: "Te perdonaré si apareces en tal lugar"; se trataba
de un lugar lejano al que yo fui la primera vez y por supuesto
él no apareció. Me di cuenta que era parte del castigo, incluso
las misivas seguían llegando y yo me quedaba con la duda de si
Witold había ido o no. Esto duró un tiempo hasta que nuevamente
fui aceptado en la mesa del bar.
Dio algunas de las conferencias sobre existencialismo. Una
de ellas, recuerdo, fue en los sótanos de la biblioteca del pueblo.
Él hablaba con un tono que era la parodia del tono del conferenciante,
fingiendo una seriedad que en realidad era muy cómica. Agregando
a eso, el acento polaco con que pronunciaba el español, que también
era parte del grotesco. Yo estaba sentado en primera fila y de
golpe veo que por el asiento de Gombrowicz empieza a subir una
cucaracha, él también la vio y no tuvo mejor idea que sacar la
gorra arrugada del bolsillo y gritar "Este horrible gusano" mientras
la aplastaba Aunque era payasesco y le gustaba que se rieran de
él, sus conferencias eran didácticas y claras. Se consideraba
afín a Sartre en cuanto al tema de "la mirada del otro". La filosofía
le importaba mucho, aunque mostrara despego hacia ella le reprochaba
el no estar encarnada; pero de hecho dialogaba más con filósofos
que con literatos. Incluso en ese juego que practicaba con nosotros
era como una especie de Sócrates circense, utilizaba el método
socrático. Gombrowicz nunca decía qué era lo que había que hacer,
simplemente marcaba lo que estaba mal hecho
¿Cómo reaccionaba frente a los textos que yo escribía y le
mostraba? Bueno, lo que a él más le interesaba era la creación
de una forma propia, de un estilo propio en el texto. Nunca dio
consejos, simplemente hacía observaciones inherentes a esa forma
Cuando leía cosas mías en las que le parecía que yo imitaba a
Mann o al propio Gombrowicz eran mis "imitados" más comunes
me lo marcaba diciéndome que no estaba siendo fiel a mi propia
forma. Sus observaciones eran siempre bromeando, se ponía unos
anteojitos para hacerse el profesor.
A Gombrowicz no le interesaba el género, poco le importaba
si se trataba de novelas, cuentos o diarios íntimos. Incluso llegó
a decir que el género del futuro era el diario porque ya las otras
formas no podían contener un paralelo con la estructura del mundo
actual. A Borges se lo hice leer yo, aunque no quería. Decía ¿Para
qué lo voy a leer si no me gusta?; sin embargo, le di Ficciones
y vino diciéndome que se trataba de "una cosa seria". Creo que
a Borges lo eligió como una especie de enemigo fantasmal, ya que
nunca se trataron realmente. En general, Gombrowicz no nos leía
lo que estaba escribiendo, pero una vez hizo una lectura memorable
del primer acto de su obra teatral El casamiento. Teníamos un local donde nuestro teatro independiente ensayaba,
y él llegó riéndose y haciendo bromas a "los artistas". Entonces
le dije: Che, viejo, por qué no hacés teatro leído. Le dimos una
silla, abrió su libro y leyó durante 20 minutos, su máscara era
totalmente dúctil, en mi vida vi un teatro como ése.
Su partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras
lo saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en
el estribo del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía
un conde. Tan rara era su imagen, que provocó una situación también
rara: se le acercó un hombre que estaba caminando por el andén
y sorpresivamente le preguntó: "¿Y usted, qué es?", y se fue.
(Conversación con Jorge Di Paola)
2. DOS INSTANTÁNEAS DE GOMBROWICZ
"Si, pero nuestra aproximación fue, como ya se ha dicho, en
primer lugar el efecto de un juego de circunstancias... menudas.
De no haber sido por la tartamudez y el dramático paso bajo la
lluvia (...) A eso se unía la magia de los nombres (...) Eso le
confería a nuestras conversaciones distinción y brillo. En una
ocasión se me trabó la lengua y de «Colimba» hice «Quilombo».
Lo que español significa «burdel» (...) Empleado como nombre propio
se vuelve sumamente cómico y traviesamente poético: Che Quilombo,
¿cómo estás? le decía yo con amabilidad refinada, y esto marcaba
entre nosotros una distancia... que facilitaba el acercamiento)"
(Gombrowicz, Diario Argentino, pág 163)
I)
Conversación mensual: Gombrowicz me había becado para terminar
mis estudios universitarios. Esta charla se repetía todos los
meses.
Período: 1959/1960.
Lugar: Calle Venezuela 615, Buenos Aires. Hora: 16:00 horas.
El viejo dormía "un poquito" de siesta hasta esa hora. Tenía
terminantemente prohibido llegar antes y sobre todas las cosas
sin avisar mi visita previamente por teléfono: No. 34-8792. Yo
llegaba. Me anunciaba la encargada, y entraba la vieja pieza que
tenía balcones a la calle Venezuela. Después del protocolo: "¿Qué
tal, Flor de Quilombo?"... "¿Cómo te va, viejo?". Los diálogos
eran casi siempre así:
G: "Aquí tengo 500 nacionales para vos, más 500 adicionales
extras por mayores costos de la vida... (PAUSA) ¡Viejo, si es
indecente lo que yo hago!... Dios mío... ¿por qué?... ¿por qué?...
yo aflojo tanto dinero que me cuesta sangre . . . ¿Puedes explicármelo?
. . . Por qué esa debilidad mía que me hace gastar la plata con
vos tarado"
F: "Bueno, este, será porque vos querés, además yo no tengo
dinero y... este ..." (TARTAMUDEO) .
G: (CON VOZ AUTORITARIA Y FALSA). "Tartamudear y gemir, eso
si sabes, yo no sé por qué aflojo, debo estar loco. ¡La última
vez que te di dinero no tuviste mejor idea que comprarte un paraguas
y un librito de Ortega y Gasset!... Me parece que la esclerosis
me está poniendo algo chocho, pero vos me contagiás la taradez.
Tomá estos nacionales antes de que me arrepienta. (PAUSA) Dime,
Flor, ¿por qué no le pides a tu tío millonario Marcolín, que vive
en Italia, dinero para financiar tu carrera universitaria... por
no decir vagancia, o, de lo contrario, pídeselo a tu papá y mamá...?"
F: "Yo... "
G: "Yo...yo" (imita mi tartamudez). Un largo silencio. Se pasea
por la pieza gesticulando teatralmente. Implora al cielo. Pone
una rodilla en tierra. Se sienta en un sillón. Mueve la cabeza
que esconde entre las manos, y permanece largo rato. Eso me llama
la atención. Como si contuviese algo. Luego se pone de pie y declama
como el gran actor que es:
"¡Qué hermosa es la vida de la juventud ascética!"
"El dinero les quita el encanto y los pervierte". Y mirándome
agrega: "A tu edad, Flor, no hace falta tener dinero. Es nocivo...
¡Claro que tu espíritu de pequeñoburgués lo ansia! Pero ya sabés,
si lo deseas sácaselo a tus padres. ¿Acaso no eres el hijo? ¿Es
así, verdad?"
F: "Viejo, es que vos sos para mi como un padre espiritual
y yo no se lo podría pedir a nadie más. Sos como un padre potencial..."
G: "¡Mira Flor, esto es el colmo del descaro... (se ríe). Es
curioso que yo que soy diriamos impotente, me transforme en
un padre potencial, además yo no he tenido, y esto sea dicho con
el mayor respeto, el placer con tu mamá". (DE PRONTO INTERRUMPE
LA CONVERSACIÓN Y CON TONO SEVERO DICE): "Viejo, ¿te das cuenta
de las estupideces que hablamos?. . . Por supuesto que existe
un culpable... "
F: "Witold son las 17 horas ¿No seria conveniente partir al
«Querandi» ?"
G: "Ah, esa mezquindad tampoco se te escapó. No piensas sino
en llenar el buche. ¡Corre vos y espérame mientras hago unos llamados
por teléfono !... "
Salgo de inmediato Llego al "Querandi". Esquina Perú y Moreno.
A la media hora llega Gombrowicz caminando pausadamente, contoneándose
como una matrona militar. Las manos en los bolsillos. El sombrero
puesto. Compra el diario La Razón. Sin decirme nada me alcanza
la sección de deportes.
II)
Periodo: Verano de 1960. Lugar: Tandil. Bar "Ideal", Gral.
Rodríguez y Pinto.
Todas las tardes a las 17 horas Gombrowicz bajaba de su casa
de veraneo, situada en el cerro del Parque Independencia, a tomar
el té y a leer la correspondencia y los periódicos en el café
Ideal. Traía consigo una libreta de anotaciones, un abrigo en
el brazo "porque, con los vientos de Tandil nunca se sabe". El
bar está en una esquina, frente a la plaza Independencia, en el
centro de la ciudad. Palmera, tilos, canteros con flores, una
estatua de luchadores griegos "bastante dudosa" y una fuente barroca.
Se quita la gorra y marcialmente entra en el bar.
Las persianas están bajas. Hace calor. Yo lo estoy esperando,
tomando una coca-cola. Al amplio salón concurren viejos parroquianos
que me saludan con recelo al verme junto a Witold. Ambos esperamos
a Dipi que viene del club donde frecuenta en la piscina a las
niñas de 14 años.
Afuera los turistas dan vuelta a la plaza como caballos atados
a una noria. Clima aplastante. Seguimos esperando.
Ferreyra, otro integrante del grupo, llega puntualmente a las
18 horas. Se acerca a la mesa con sus modales orientales. Se sienta,
se levanta, sale. Entra, se sienta, se levanta, sale. Esto irrita
a Gombrowicz. Cuando Ferreyra entra nuevamente Witold lo mira
y con socarrona crueldad le dice: "Profesor, si usted viene tan
sólo para irse no venga". El mozo trae tazas y vasos.
Gombrowicz me contaba de los enfermos mentales de su familia,
en especial de un "tío loco incurable que por las noches recorría
los aposentos vacíos tratando de ahogar su miedo con discusiones
extravagantes que poco a poco se transformaban en cantos extraños
para terminar en aullidos inhumanos".
En medio de la conversación, que se hacia densa y difícil,
se escucha un ruido que viene de la calle. Murmullos. Personas
que se mueven. Yo no alcanzo a ver por mi ubicación en la mesa.
Una columna me lo impide. Veo si que la cara de Witold se contrae.
El rictus se tensa, los ojos brillan nerviosos. La mano ha quedado
detenida como en una foto instantánea, con la pipa atrapada en
ella. Vibra todo. Su libreta de notas a un lado. Un hombre de
unos cincuenta años, desaliñado, danza, hace gestos, profiere
gritos y dice frases incomprensibles. Estamos frente a un ballet
de la desorganización de lo humano. La gente lo rodea, le hace
corrillos, pero al mismo tiempo lo esquiva como a un leproso.
Gombrowicz en silencio sigue con la mirada todos los detalles.
Entrecierra los ojos, apoya sus codos sobre la mesa. Deja su pipa.
Observa. Después de una larga pausa dice a media voz: "¡Dios mío,
qué soledad es la de un loco!" Su mirada perdida en algún punto
del espacio acompaña la frase.
(Dos textos de Mariano Betelú)
Por Tamara Kamenszain en "Texto Crítico" II (4): 89-105 , Mayo-Agosto
1976. México
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Gombrowicz en Argentina:
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