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El escritor polaco Witold Gombrowicz (1904-1969) vivió más de
veinte años en la Argentina, es decir, la mayor parte de su eXistencia
literaria. Llegó a Buenos Aires el 21 de agosto de 1939, en un
viaje por mar que tenía carácter promocional para la empresa naviera
que lo organizó, la del barco Chorbry. Días más tarde, los nazis ocupaban Polonia y empezaba la guerra
mundial. Gombrowicz iniciaba un exilio de por vida que lo llevaría,
en 1963, a Berlín Occidental, prólogo de su retorno a Europa.
Gombrowicz se ganó la vida en Argentina con ocupaciones varias:
dio clases particulares, escribió en el periodismo, se empleó
en el Banco Polaco. Del país adoptivo escribió en sus Peregrinaciones argentinas, conjunto de charlas radiofónicas transmitidas por Radio Europa
Libre en 1960, en sus diarios, en su novela Trasatlántico (1950). Gran parte de sus diarios fue dada a conocer en la revista
Kultura, que los polacos emigrados editaban en París. Otra, debió aguardar
las ediciones integrales póstumas de 1984 (París) y 1986 (Cracovia).
Consta de tres volúmenes, de los cuales el primero ha sido publicado
por Alianza Editorial, en su versión castellana, debida a Bozena
Zablokika y Francesc Miravitlles (Madrid, 1988), los mismos traductores
y editorial de sus citadas conferencias, ya ofrecidas en 1987.
Es curiosa la relación de este escritor polaco con un país en
que recaló por poco tiempo para quedarse durante décadas, cuyo
idioma desconocía y hubo de aprender compulsivamente, sin pertenecer
jamás a su literatura, en tanto la patria de origen se diluía
en los engaños de la memoria y se cerraba al retorno, convirtiéndose
en la dulce pesadilla del exiliado.
Curiosa y, a la vez, estrictamente lógica, la vinculación de Gombrowicz
y la Argentina es la de un hombre con su espejo mudo, un país
que se le parece tanto como se le opone, pero en términos similares
a la Polonia de sus recuerdos, que es, igualmente por la distancia
y el aislamiento impuesto por las circunstancias políticas, una
suerte de cuerpo sin lenguaje, anclado densamente en el paisaje
de su memoria.
Polonia es «un villorrio europeo situado en el centro del continente»
y Argentina una nación «perdida en la periferia, ahogada entre
océanos, un país internacional, marinero, intercontinental». Simétricos
y anhelosos, los dos están igualmente lejos de París. De hecho,
en los primeros tiempos, Gombrowicz se habla con los argentinos
que frecuenta, en francés, como en esas novelas centroeuropeas
en que la nobleza local usa este idioma como código de reconocimiento.
Su visión de la Argentina está muy condicionada por el lugar de
la sociedad en que se sitúa, su identidad en la mirada de los
argentinos que trata, y su carácter de viajero inmóvil, hombre
de paso que echa raíces y las arranca con la misma y desdramatizada
elegancia de europeo «cansado de la vida».
Gombrowicz era miembro de una familia de terratenientes que guardaba
cierta memoria nobiliaria. Su hermano cuenta que, de pequeño,
Witold se entretenía leyendo y releyendo viejos documentos familiares
conservados en un cofre, que explicaban la estirpe de los suyos.
Llegado a la Argentina, reducido a la pobreza, arrojado a cuartos
de mediocres pensiones, Gombrowicz se vinculó a la café society
de Buenos Aires, entre la cual abundaba la especie del burgués
ilustrado, desdeñoso de la gente sin abolengo de alguna especie.
Para ellos, Gombrowicz era un mero polaco, desprovisto de gloria
literaria y de ejecutorias aristocráticas interesantes, alguien
que hablaba el francés, seguramente, con un duro acento natal.
Ser polaco, en la Argentina, como ser italiano o español recién
llegado, no tenía ningún prestigio, olía a miseria inmigratoria.
Se produce, entonces, un sentimiento ambivalente de Gombrowicz
ante la Argentina: de una parte, una actitud de crítica y rechazo
por ciertos ambientes culturales de los que, sin embargo, no puede
prescindir. De ellos se burlará sangrientamente en las páginas
funambulescas de Trasatlántico donde algunos creen reconocer caricaturas en clave de personajes
argentinos como Jorge Luis Borges y Arturo Jacinto Álvarez (éste,
por cierto, beneficiado por gestos parecidos de novelistas como
Manuel Mujica Láinez y Ernesto Sábato).
De otra parte, la Argentina de Gombrowicz es el país mítico de
la mocedad, esa raza segura y altiva de los jóvenes bellos, que
le permite rejuvenecerse, volver atrás en su vida y cargarse de
energías con las que superar su bizantina fatiga polaca.
El exilio desdobla a Gombrowicz en un par de patrias imaginarias:
el mito del cuerpo joven (Argentina) y el mito de la palabra inmarcesible
(Polonia), palabra que pierde su actualidad a contar desde la
distancia y que se refugia en la evocación culterana del barroco
polaco llamado «sarmata», una suerte de nacionalismo recalcitrante,
que define a Polonia como espacio cerrado a las seducciones de
la modernidad europea. Algo así como la Argentina de los nacionalistas
argentinos.
La síntesis de ambas vertientes míticas es Trasatlántico, visión caricatural de ciertos aspectos de la vida argentina
(la riqueza comercial de la calle Florida, los bailes populares,
la estancia de la oligarquía ganadera, el preciosismo de los salones
eruditos, etc.) y de la vida polaca en la emigración (la hipertrofia
ceremonial y falsamente caballeresca de su diplomacia) contada
en clave neobarroca de gaweda, relato popular del siglo XIX.
Hay, de otra parte, una especie de sociología impresionista o
psicología social de los argentinos, que Gombrowicz practica en
la tradición de los visitantes atentos o profesionales, que conocieron
la Argentina de la belle époque (Huret, Clemenceau, Blasco Ibáñez,
Enrico Ferri, Adolfo Posada, etc.) así como los filósofos viajeros
que pontificaron sobre el ser nacional argentino (Ortega y Gasset,
Keyserling, Waldo Frank, luego imitados o cuestionados por sus
epígonos locales, Mallea y Murena entre tantos). En el centro,
dos obras, la una silenciada por Gombrowicz (Ezequiel Martínez
Estrada), la otra recordada en la amistad de Bernardo Canal Feijoo.
Gombrowicz ve a los argentinos discretos, correctos, contenidos,
armoniosos y mediocres. Tienden a parecerse, a no destacar, a
hacer de esta homogeneidad gregaria un rasgo de ética social.
Él lo advierte con especial interés, porque viene de Polonia,
un país de desequilibrados genialoides, acaso tan mediocres como
los argentinos, pero ansiosos por sobresalir y destacar.
La Argentina parece un país militarizado, a juzgar por su uniformidad
exterior. Toda manifestación de interioridad es reprimida por
considerársela impúdica, vergonzante. Para ocultar su vergüenza,
los argentinos actúan como histriones, poniéndose una máscara.
En cuanto a la militarización, hay factores objetivos que la autorizan:
la Argentina de Gombrowicz pasa por los golpes de Estado de 1943,
1955 y 1962, así como por el gobierno de Perón, finalmente un
militar él también.
Esta gente silenciosa y avergonzada, hermosa pero sin interés
personal, opaca, carente de inspiración, conforma un país aburrido.
Huyendo de lo imprevisto, lo maravilloso y lo insólito, el argentino
es superficialmente dulce y hondamente severo. Está como preparado
para una escena que la historia no montará jamás: la escena en
la que, con desdén y prepotencia imperial, la Argentina se convierta
en los Estados Unidos del Sur. Se la aguarda con una suerte de
tranquilidad providencial, porque «los argentinos nacieron en
domingo, están cansados de no haber hecho nada, el mundo se les
dará por añadidura». De allí su entusiasmo por el fútbol y su
preocupación por la siesta, como si todos los días fueran festivos
y relajados, un permanente domingo.
Una aguda observación de Gombrowicz lo lleva a comparar la inscripciones
de los urinarios argentinos (que revelan una «inocencia de niños
perversos») y polacos (más brutales pero menos libertinos). Igualmente
se diferencian estos pueblos por sus códigos culinarios: la cocina
polaca es, como toda la de Centroeuropa, aristrocrática, o sea
fuertemente diferenciada según la clase; en cambio, la argentina,
como casi todo en esta sociedad, es intuitivamente democrática:
ricos y pobres comen los mismos asados, las mismas empanadas,
los mismos embutidos.
«América en general es el continente de la mediocridad, hecho
a la medida humana y no sobrehumana; aquí no hay nada heroico,
nada magnífico, nada extraordinario.» Tal vez, en el caso argentino,
estas peculiaridades (o mejor: esta falta de ellas) tenga una
motivación telúrica. El argentino es monótono y melancólico como
la pampa que cerca sus ciudades. Huyendo de ella, se refugia en
las poblaciones, acentuando exageradamente sus rasgos urbanos.
Esto lo lleva a creerse falsamente europeo. Pero, apenas se concurre
a una fiesta de argentinos (el carnaval, notoriamente) se advierte
que nadie supera el momento de colocarse la máscara. Una vez disfrazados
, no participan de ella, se quedan fuera. Es un desfile sin diversión,
exageración ni locura. Algo así como llegar a las fronteras de
lo carnavalesco y cuidarse de no traspasarlas.
Los argentinos son gente psíquicamente muy complicada, difícil,
incluso misteriosa, capaz de hacer cosas muy raras e inesperadas,
sutil, a menudo refinada, llena de complejos, enriquecida por
un insólito cruce de razas y culturas. La torpeza de su literatura
aumenta, en mi opinión, su misterio y su inaccesibilidad.
¿Por qué los argentinos resultan inaccesibles, a ciertos niveles
de hondura, ante el observador exterior? Gombrowicz sugiere una
respuesta: porque tampoco ellos mismos acceden más allá de ciertos
límites. Esto se advierte en la obsesiva pregunta por la identidad
que formulan sus escritores : ¿Quiénes somos, cuál es nuestra
realidad? La esencia de una nacionalidad no se obtiene tras laboriosos
análisis, es una decisión práctica, algo que surge de la acción.
Los norteamericanos no se preguntan quiénes ni cómo son: actúan
su ser, simplemente. La historia se encarga de definirlos. «Argentinos,
a las cosas», recomendó alguna vez Ortega. Gombrowicz dice algo
similar, aconsejando actuar y no obedecer a los esquemas. Oler
las flores con la nariz, no con la inteligencia. Programar menos,
amar más lo imprevisible. Por hacer lo contrario, la cultura argentina
tiene una carga excesiva y falsamente intelectual, le falta contacto
con la vida, cuyas dificultades cree haber superado científicamente.
En el otro extremo de su realidad, el intelectual argentino vive
demasiado bien y es demasiado latino y sociable como para ser
revolucionario. La síntesis entre su cuestionamiento mental y
su conformismo real es el auge del psicoanálisis.
Lo que pierde al arte argentino es precisamente ese deseo de mostrarse
a la altura mundial. «La principal preocupación de esos artistas
no es expresar sus propios sufrimientos y pasiones, descubrir
las verdades, influir en la vida, sino escribir una novela a nivel
europeo y darse a conocer en París». El ejemplo más ilustre de
esta actitud lo ve Gombrowicz en Borges, a quien juzga con severidad:
«Esa metafísica fantástica es retorcida, estéril, aburrida y,
en el fondo, poco original». Creo que Borges habría agradecido
el elogio, así como la equívoca fama que Gombrowicz ya percibía
a su alrededor en los años cincuenta, la fama de un escritor más
venerado que leído, más alzado como un estandarte sacralizado
por París que considerado una experiencia deleitable.
La conclusión de Gombrowicz es lapidaria: el arte argentino es
poco argentino por carencia de vitalidad y poco europeo por imitación
servil. Más parece hecho en la Luna que en la Tierra.
Socialmente, la Argentina es un país democrático, pero no de una
democracia racional e institucional, sino debida a la casualidad
y a la naturaleza de esta gente que oculta su identidad, incluida
su identidad social. Los argentinos parecen pertenecer todos a
la misma clase social: gastan los mismos vocablos y cigarrillos,
se endomingan igual y participan de la misma devoción nacional,
el fútbol, que ha dejado de ser un deporte para convertirse en
un espectáculo ritual. Las estrellas del balompié son como los
generales triunfadores de las guerras en las que no participaron
los argentinos. Así se uniformiza esta sociedad en que los pobres
son confianzudos y tratan a los ricos de igual a igual, para lo
que basta concurrir a un restaurante de lujo y advertir el vínculo
que existe entre el camarero y el cliente.
La igualación externa pasa por el cuidado proverbial del argentino
respecto a su ropa y su arreglo. A Huret le llamaba la atención
el brillo de los zapatos. A Gombrowicz, el atildamiento de las
mujeres, que se observa cuando se visten para salir a la calle
o cuando se desnudan en una playa (pensemos en la desnudez sudamericana
de los años cincuenta, todo hay que decirlo). La argentina va
por la acera, hermosa y remilgada como una muñeca, sin mirar a
nadie. De aspecto frágil y pasivo, no parece tener intereses intelectuales,
políticos ni artísticos. En cambio, al igual que las mujeres del
Sur de Europa, es dominante y decisiva en la intimidad doméstica,
pues en la casa se borra su impersonalidad y se convierte en el
auténtico sexo fuerte.
No obstante estas improntas tan rígidas, Gombrowicz advierte cierta
fiexibilización de las cosas. Su índice es el auge de la filosofía
existencial en la Argentina de su tiempo. El existencialismo es,
precisamente, una reacción contra la abstracción y a la distancia
que el discurso filosófico racionalista pone frente a la vida.
De este modo, el pensamiento, apartado por principio de la vida,
se aniquila o se paraliza, impotente, ante el devenir. El existencialismo
concibe la vida como un tren nocturno en el que todos viajamos
hacia un futuro cierto pero impenetrable. La existencia se rebela
contra la teoría y el pensamiento crea al hombre que, a su vez,
lo produce.
Gombrowicz acertó en eso de que los argentinos marchaban por la
noche sin saber hacia dónde. Faltó añadir que la noche no estaba
sólo en su futuro, sino ya, en su presente.
Frecuentador de ambientes de alta burguesía, el escritor polaco
debió sentirse intimidado por el dinero que lo rodeaba y que no
le pertenecía. Ello le llevó a exagerar sus rasgos de aristocratismo,
haciéndose pasar frecuentemente por conde y presumiendo de sus
amistades nobiliarias. Era, en este sentido, plenamente esnob.
Quizá traía de Polonia esta caracterización, pero debió acentuarse,
sin duda, en la Argentina, país aluvional y plebeyo. Esto explica
la frecuencia con que cita a Proust, tal vez sin ser un lector
proustiano especialmente agudo ni habitual, apenas por la coincidencia
entre dos esnobs perdidos en un mundo ajeno a sus estirpes e igualmente
presumidos de su importancia literaria. «Destruir, aniquilar un
salón resulta imposible» razona Gombrowicz comentando a Proust,
«porque un salón expulsa inmediatamente a todos los que no pertenecen
a él». Quizá le ocurrió esto en el mundo de los intelectuales
cosmopolitas de Buenos Aires. Expulsado del salón, Gombrowicz
fue a dar al café y a la estación de trenes de Retiro, pródiga
de marineros y conscriptos.
Allí encuentra el exiliado el mundo de la verdadera aristocracia
argentina, la nobleza de la juventud hermosa, distinguida sin
buscar distinción, frente a la clase alta, que intenta serlo y
resulta afectada y fea. Un doble lenguaje (el ritual y exterior,
el auténtico e íntimo) subraya esta dicotomía doble: lo que está
arriba es lo bajo y viceversa. Ajena a las jerarquías, esta profunda
subversión proviene de que la Argentina, como sociedad joven,
no ha incorporado la forma que caracteriza a la cultura europea.
En América todo permanece joven porque muere joven, sin cristalizar
ni conformarse. Y en esa amorfa espontaneidad reside su encanto,
al menos para la mirada cansina del europeo al cual Europa expulsó
de su secular regazo.
Desenvuelto, desacomplejado, genial sin adjetivos, el joven argentino
es como una protesta jubilosa de la vida contra la mecanización
de la cultura. Tiende a la facilidad, ignora lo que cuesta elaborar
una cultura perdurable. Acaso no tiene el proyecto de perdurar,
sino de desaparecer, confiado en un renacer cíclico, cercano a
la naturaleza. «Este es un país todavía no poblado y carente de
dramatismo.»
Gombrowicz, como individuo, siente que la Argentina lo rejuvenece.
No ha vivido aquí, ningún escenario o paisaje le recuerda su pasado.
Puede cancelarlo e identificarse con los muchachos de la plaza
Retiro, que se convierte en uno de sus mitos argentinos y en la
clave de su conflictiva homosexualidad. Como parte de una raza
antigua (por la longitud de su memoria y por la crisis destructiva
de la guerra, quizá del apocalipsis histórico) ve en América el
continente primaveral, donde los europeos se rejuvenecen como
colectivo. Ya Waldo Frank había tocado el tópico. Frank, amigo
de Victoria Ocampo y tan ligado a la Argentina que Gombrowicz
detestaba desde su marginación y su esnobismo adverso al esnobismo
del salón porteño.
La Argentina gombrowicciana es la del pueblo anónimo, esa savia
que todo lo digiere y lo disuelve como un amnios primario y omnipotente.
Es, Si se quiere, la madre. Por encima, la literatura argentina
le interesa poco y nada, la encuentra de una falsa y atildada
madurez, temerosa de la vida, inflada y algo megalómana. Exactamente
como la polaca. De ahí que la Argentina sea un doble espejo para
el emigrado: amable por debajo y abominable por arriba. Una madre
querible y un padre detestable. A ver si los psicoanalistas logran
peinar esta crencha.
En otros aspectos, es interesante observar que la Argentina concreta
le interesa muy débilmente. Hay descripciones de paisajes y noticias
sobre la colonia polaca, así como acerca de personalidades de
la cultura porteña. Pero sobre el país político, económico, «cotidiano»
no hay nada. Entre 1953 y 1956 ocurrieron graves sucesos: la crisis
y caída del peronismo, con el bombardeo a Plaza de Mayo (16 de
junio de 1955) y la llamada «Revolución Libertadora», la posterior
aparición de sectores nacionalistas y liberales en el gobierno
militar y la sustitución del presidente Lonardi por el general
Aramburu. Gombrowicz no se entera.
Las ediciones de la ilustre casa Alianza, exhiben, en este aspecto
un gravísimo defecto: no contienen una mísera nota sobre temas
y personas de Argentina, siendo que todo el diario ocurre allí,
y, por contra, se ocupan de anotar los correspondientes polacos.
El lector español no puede saber lo que Gombrowicz refiere ni,
menos, lo que calla. Hay cierta indiferencia por el costado sudamericano
de estos textos que no puede sino molestar al lector en general
y al ultramarino, en particular.
Tenemos un desfile en que aparecen: Juan Eichler (pintor polaco
radicado en Argentina que logró una felicísima síntesis de la
óptica naive centroeuropea y la imaginería del suburbio porteño
pobre), el teatro Fray Mocho (importante formación independiente
de izquierdas, muy activa en los años 50 y 60), el teatro Colón
(uno de los mayores de ópera del mundo, Virgilio Piñera y Humberto
Rodríguez Tomeu (escritores cubanos residentes en Argentina, directivos
de la revista Ciclón y vinculados a los medios culturales porteños),
Teodelina Alvear y Cecilia Benedit (señoras de buena sociedad
y animadoras de salones culteranos), el grupo Madí (vanguardia
en pintura de posguerra), el pintor Antonio Berni y diversos escritores
como Conrado Nalé Roxlo (aparece citado por su seudónimo satírico
de Chamico), Ernesto Sábato, César Fernández Moreno, Manuel Gálvez,
Arturo Capdevila, Roger Pla, Octavio Rivas Rooney, René Lafleur,
Carlos Mastronardi, Victoria y Silvina Ocampo, Borges, Bioy Casares,
Adolfo Fernández de Obieta (hijo de Macedonio Fernández). Son
nombres de importancia variable pero todos merecen ser situados.
Entre ellos, los que hicieron posible la traducción de Ferdydurke al español, Piñera y Obieta en primer lugar. De esto, el lector
español no sabe nada, y resulta ser sustancial para la biografía
intelectual de Gombrowicz, registrada en sus diarios pero, como
ocurre en este tipo de textos, a medias. El editor debe cumplir
con el resto, por medio de anotaciones oportunas.
Antes apunté el carácter de espejo que la «doble» Argentina tuvo
para Gombrowicz. Ahora señalo el parecido de este espejo con el
otro, el originario, el que se cuelga al fondo de la recámara
oscura de la memoria: Polonia. A menudo, las cosas y las gentes
argentinas con las que se identifica el escritor son proyecciones
de su intimidad polaca sobre la superficie de los fenómenos sudamericanos.
Cuando dice: «No seremos una nación verdaderamente europea hasta
que no nos distingamos de Europa, porque ser europeo no consiste
en fundirse con Europa, sino en ser una parte integrante suya,
específica e insustituible» ¿no parece un argentino reflexionando
sobre su pertenencia-extranjería frente a Europa?
Lo mismo podría apuntarse respecto a otros tópicos: lo exterior
e imponente, lo no sentido de la cultura polaca ante el hombre
polaco; el carácter ficticio y artificial de la cultura polaca
posterior a la independencia nacional (1919), de la que forma
parte esa ficción de escritor que compone Ferdydurke; el error de los escritores polacos de no aceptar sus insuficiencias,
esforzándose por ser lo que no podían ser, «hombres formados cuando
eran hombres que se estaban formando»; la aparición, finalmente,
de una Iglesia católica que ocupa el lugar paterno sobre un pueblo
que se conserva verde e infantil, como si no quisiera asumir las
cargas de la adultez, sino meramente fingir que las asume.
Lo que fascina y encanta la mirada de Gombrowicz, tanto en Polonia-memoria
como en Argentina-percepción, es la definitiva presencia de la
juventud en el paisaje social. Los jóvenes son bellos con la «belleza
del diablo», llevan su belleza con cierta aversión desdeñosa por
ella, como un emperador lleva su imperial corona. Esta aversión
por la belleza propia es como una belleza suprema, de segundo
grado, que se exalta mutuamente con la otra. «La juventud es un
valor en sí mismo, es decir, una fuerza destructora de todos los
otros valores, que no le son necesarios, porque ella es autosuficiente»
Juventud y homosexualidad, mal que le pese a Gombrowicz, van unidas
en su mirada. Una mirada que se refugia en el Retiro, nombre emblemático.
Allí, en la estación ferroviaria, en la Plaza de los Ingleses,
en las barrancas que bajan al río, se deslindan las dos ciudades
de Gombrowicz: la que circula por la calle Florida hacia la Plaza
San Martín, la Buenos Aires elegante y culta que lo rechaza por
cutre y pintoresco; y la Buenos Aires juvenil, hermosa y plebeya,
por una palabra de cuyos labios cálidos daría el Partenón y la
Sixtina juntos. La cultura y la vida. El instante y los siglos.
Lo inmediato que no se alcanza y lo lejano que se posee en el
lenguaje.
Según desde donde la considera, la homosexualidad es también un
doble espacio gombrowicciano. Baste leer Trasatlántico, su posición intermedia entre Gonzalo y el viejo general polaco,
entre la moral del mestizo millonario argentino, que sale todos
los días a seducir albañiles con la esperanza de que lo zurren,
y se pasea vestido de dama sofisticada por los abigarrados salones
de su estancia pampeana, y la severa ética del viejo señor europeo,
que intenta sustraer a su hijo de los brazos del «puto» (Gombrowicz
usa palabra despectiva y proveniente de la moral institucional).
Una mirada masculina normalizada es asumida por el escritor cuando
se refiere al tema. Él quisiera ser como el portador de esa mirada
y, temeroso de su fulminación, le explica que apenas si ha descubierto
algunas inclinaciones homosexuales inconscientes paseando por
el mítico Retiro. Los dos personajes de la novela son las dos
mitades de Gombrowicz. Él quisiera ser, alternativamente, el mestizo
escandaloso y el severo general. Huye con dúplice y católica hipocresía
del uno en el otro.
El espejo quebrado lleva a un tema más hondo la identidad puesta
en crisis por el exilio. Privado de su lengua, de su público,
de su reconocimiento cotidiano, el exiliado se queda a solas consigo
mismo, desamparado y, al tiempo, autosuficiente. Vive en el extremo
de su miseria y de su omnipotencia. Puede recuperar su patria
perdida por medio de la escritura, pero también puede aprovechar
la distancia para descargarse de su agobiante peso.
En este sentido, la Argentina es para Gombrowicz, como el lugar
del exilio para cualquier exiliado, un espacio de muerte y renacimiento,
de palingenesia. Él lo grafica en el edificio de la quinta Pueyrredón,
de San Isidro, un cúbico y blanco caserón deshabitado, sin huellas
de historia. Esa es su casa. Ni Buenos Aires ni Sandomiercz: una
casa blanca e inédita, afilada, simple, a punto de ser inaugurada.
Con la blancura de los ropales iniciáticos.
Extranjero en Polonia, por calidad de escritor excéntrico, Gombrowicz
es obligado a la extranjería en Argentina, por su calidad de exiliado.
En ambos casos, la extrañeza es fuente de la identidad. En el
exilio, el escritor polaco se descubre con vocación existencial
de exiliado, asume lo que el mundo retrata en sus contornos como
si fuera una elección. Se convierte en sujeto de su destino, identificándose
con el lugar provisorio y efímero del peregrino. Un rasgo más
de la identificación Gombrowicz-Argentina. Las páginas de sus
diarios en las que exalta la condición de los judíos como pueblo
creador de cultura a partir de su esencial condición dramática,
son una confesión oblicua de identidad: genial, individualista,
humillado, enfermo, anormal, en desacuerdo con la vida, el judío
convierte la decadencia en creación ¿Qué otra cosa es/quiere ser
Gombrowicz?
Punto de partida y, a la vez, conclusión de estas errancias es
el peculiar individualismo gombrowicciano, altamente impregnado
de elementos libertarios, a veces desviado hacia esa engañosa
afirmación de la individualidad diferencial que es la fantasía
nobiliaria. A fuerza de creerse perteneciente a una nobleza de
individualidades, el escritor se termina persuadiendo de su nobleza
«vulgar», la que proviene de partidas de nacimiento y pergaminos
rodados.
Gombrowicz escribe para llegar a los hondones de la autenticidad,
escapando a toda clasificación y sintiéndose perseguido por una
innominada Inquisición. El diario sería el tipo de discurso más
adecuado a este desujetamiento, porque el diario es un decir de
nadie a nadie, en medio del cual aparece la voz otra de lo auténtico.
Hasta qué punto Gombrowicz cumple con esta gideana misión del
diario, es otra historia.
La paradoja de la autenticidad es que, buscando lo propio, se
halla lo ajeno. Ya lo explicó René Girard en su libro sobre el
romanticismo y la novela: nuestros deseos son extraños, les servimos
de espejo. «Mi problema no es el perfeccionamiento de mi conciencia,
sino, sobre todo, saber hasta qué punto mi conciencia es mía».
Gombrowicz proclama el derecho a lo impremeditado: la libertad.
Contra ella actúan todas las instituciones, pues éstas se proponen,
precisamente, premeditar y prever, configurar de antemano, disponer
las respuestas de la catequesis ante cualquier pregunta. Rescata
el derecho al discurso bastardo, ese «discurso-entre» que se produce
en el punto móvil donde el yo se encuentra y se diferencia de
la forma, la expresión choca con el mundo, lo que parece escrito
por el sujeto se demuestra ajeno a él, etc. Hay una lucha desesperada
entre el pensador y el pensamiento, entre la vida que intenta
pensarse y el discurso organizado y sistematizado. Gombrowicz,
desde una perspectiva existencialista, rescata al hombre concreto
que piensa como tal, el unamuniano «hombre de carne y hueso»,
que discurre desde su irreductible e incomparable universo individual.
En tanto, siente que es objeto del deseo caníbal, cainita, que
le otorga una identidad para devorarlo, y escapa de él a la vez
que le arroja un alimento sustituto: el texto. Hay otra salida,
rabelesiana, paradójica: desaparecer como sujeto en un acto de
risa histérica. Morirse de risa ante las catástrofes de la historia.
De este modo, el otro se queda sin otro que llevarse a la boca.
Existe, por fin, el drama de la palabra yo, que no es el Yo Trascendental
de la filosofía racionalista ni el concreto yo de Witold Gombrowicz,
sino una manera de decir que nos dice cada vez que la decimos
y que inquieta señaladamente al escritor ¿Quién dice la palabra
yo? Acaso toda la literatura sea una respuesta diferida, fragmentaria,
a esta elemental pregunta, tan simple y tan perversa.
Gombrowicz, partiendo del individualismo existencial, se enfrenta
con las tenaces palabras que vehiculan la autenticidad pero que
son severamente extranjeras. Y nunca mejor dicho esto de «extranjero»
con referencia a un exiliado. Es probable que, bajo la palabra
yo no exista nada, que ella sea la denuncia embozada de la irrealidad.
«¿Quién soy? ¿acaso soy realmente?» Otras veces, la respuesta
es la apelación al «solo ser», al ser instantáneo que desaparece
apenas percibido y designado. Ese puro ser sin proceso y sin historia,
sin memoria y sin proyecto, es lo que Hegel entendía que era la
nada, si es que la nada puede ser algo.
El exilio plantea, obviamente, el problema de la identidad. Lo
hace en términos de una pregunta: ¿quién soy cuando nadie me desea?
Pero, más abajo de este desgarro y de este interrogante, hay otro
espacio, más inquietante: el de la identidad como abismo. Hay
la vida amorfa y la cultura formalizada. Pero hay más, es decir,
menos: un infinito claroscuro, mezcla de todo, «desorden, impureza,
fermento y azar».
En este umbral entre la historia como forma en el tiempo y el
abismo de la identidad como infinito descenso hacia sí mismo,
Gombrowicz instala su decisión de no asumirse como parcialidad
política. El debería ser comunista: por razones históricas, el
comunismo es inatacable, la burguesía no puede cuestionarlo. El
comunismo es, en cambio, inválido ante la metafísica, ante la
eternidad del dolor humano. Siempre habrá dolor en el mundo y
esto lo mantendrá injusto, más allá de todos los cambios históricos.
No es la burguesía la que puede cuestionar al comunismo, sino
el genio individual, el que, además, huye de él como de todas
las instituciones. Para la autenticidad del discurso, el PC es
una Iglesia, una Inquisición como las demás. Es la ortodoxia,
la previsión, la sujeción. Gombrowicz, detrás de Montaigne y de
Proust, reivindica el derecho nativo del sujeto a no serlo, a
quitarse toda sujeción, a demoler las formas en favor de la vida.
Una lucha incierta para todo escritor, cuyo problema constante
es la formalización del discurso. Pero, ya se sabe, siempre hacemos
lo que no estamos haciendo: intentando salirnos de la vida y sintiendo,
en la nostalgia del exilio, que sólo podemos volver a ella.
por Blas Matamoro en "Cuadernos Hispanoamericanos" 469/470 (1989):271-279.
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