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1954
VIII
Domingo
Tragedia.
Caminé bajo la lluvia con el sombrero hundido en la frente,
con el cuello del abrigo levantado, con las manos en los bolsillos.
Después regresé a casa.
Salí otra vez para comprar algo para comer.
Y comí.
Viernes
Con el pintor español Sanz en El Galeón. Vino a pasar dos meses, vendió cuadros por varios centenares de
miles dc pesos, conoce a Lobodowski y lo aprecia mucho. A pesar
de haber ganado mucho dinero en Argentina habla sin entusiasmo
del país. "En Madrid uno se sienta en la mesa de cualquier café
y aunque no espere nada concreto, sabe que todo puede ocurrir:
la amistad, el amor, la aventura. Aquí uno sabe que nada ocurrirá."
Pero el descontento de Sanz es muy moderado en comparación
con lo que dicen otros turistas. Esas muecas de los extranjeros
con respecto a Argentina, sus críticas altaneras, sus juicios
sumarios me parecen desprovistos de calidad. Argentina está llena
de maravillas y encanto, pero el encanto es discreto, arropado
en una sonrisa que no quiere expresar demasiado. Hay aquí una
buena "materia prima" aunque todavía no sea posible fabricar productos.
No hay una catedral de Notre Dame ni un Louvre, en cambio a menudo
se ven por la calle dentaduras deslumbrantes, magníficos ojos,
cuerpos armoniosos y ágiles. Cuando de vez en cuando llegan de
visita los cadetes de la marina francesa, Argentina se arrebata
es algo obvio e inevitable de admiración, como si contemplara
al mismo París, pero dice: " ¡Lástima que no sean más apuestos!
" El aroma de París de las actrices francesas embriaga naturalmente
a los argentinos pero comentan: "No hay una sola que tenga todo
en orden". Este país, saturado de juventud, tiene una especie
de perennidad aristocrática propia de los seres que no necesitan
avergonzarse y pueden moverse con facilidad.
Hablo solamente de la juventud porque la característica de
Argentina es una belleza joven y "baja", próxima al suelo, y no
se la encuentra en cantidad es apreciables en las capas medias
o superiores. Aquí únicamente el vulgo es distinguido. Sólo el
pueblo es aristócrata. Únicamente la juventud es infalible. Es
un país al revés, donde el pillo vendedor de una revista literaria
tiene más estilo que todos los colaboradores de esa revista, donde
los salones plutocráticos o intelectuales espantan por su insipidez,
donde al límite de la treintena ocurre la catástrofe, la total
transformación de la juventud en una madurez por lo general poco
interesante. Argentina, junto con toda América, es joven porque
muere joven. Pero su juventud es también, a pesar de todo, inefectiva.
En las fiestas de aquí es posible ver cómo al sonido de la música
mecánica un obrero de veinte años, que es en sí una melodía de
Mozart, se aproxima a una muchacha que es un vaso de Benvenuto
Cellini, pero de esta aproximación de dos obras maestras no resulta
nada... Es un país, pues, donde no se realiza la poesía, pero
donde con fuerza inmensa se siente su presencia detrás del telón,
terriblemente silenciosa.
Es mejor no hablar de obras maestras porque esa palabra en
Argentina carece de sentido... aquí no existen obras maestras
sino solamente obras, aquí la belleza no es nada anormal sino
que constituye precisamente la materialización de una salud ordinaria
y de un desarrollo mediocre, es el triunfo de la materia y no
una revelación de Dios. Y esta belleza ordinaria sabe que no es
nada extraordinario y por eso no se tiene el menor aprecio; una
belleza absolutamente profana, desprovista de gracia... y sin
embargo, por su esencia misma parece estar fundida con la gracia
y la divinidad, resulta fascinante por aparecérsenos como una
renunciación.
Y ahora:
Lo que ocurre con la belleza física sucede también con la forma
Argentina es un país de forma precoz y fácil. No es posible ver
aquí esos dolores, caídas, suciedades, torturas que son el acompañamiento
de una forma que va perfeccionándose con lentitud y esfuerzo.
Es raro que alguien meta la pata. La timidez es una excepción.
La tontería manifiesta no es frecuente y estos hombres no caen
en el melodrama, el sentimentalismo o el patetismo y la bufonería,
al menos nunca por completo. Pero a consecuencia de esta forma
que madura precoz y llanamente (gracias a la cual el niño se mueve
con la desenvoltura del adulto) que facilita, que pule, en este
país no se ha formado una jerarquía de valores en el concepto
europeo y es eso tal vez lo que más me atrae de la Argentina.
No sienten repugnancia... no se indignan... no condenan... ni
se avergüenzan en la misma medida que nosotros. Ellos no han vivido
la forma, no han experimentado su drama. El pecado en Argentina
es menos pecaminoso, la santidad menos santa, la repugnancia menos
repugnante y no sólo la belleza del cuerpo, sino en general cada
virtud es aquí menos señera, está dispuesta a comer en el mismo
plato que el pecado. Aquí surge algo en el aire que nos desarma.
El argentino no cree en sus propias jerarquías o las considera
como algo impuesto. La expresión del espíritu en Argentina no
es convincente; ellos lo saben mejor que nadie: existen aquí dos
idiomas distintos, uno público, que sirve al espíritu: ritual y retórico; otro privado,
por medio del cual los hombres se comunican a espaldas de los
demás. Entre esos dos idiomas no existe la menor relación y el
argentino oprime el botón que lo traslada a la grandilocuencia
para después oprimir el que lo devuelve a la vida cotidiana.
¿Qué es la Argentina? ¿Es acaso una masa que no llega todavía
a ser pastel, es sencillamente algo que no ha logrado definir
del todo o es una protesta contra la mecanización del espíritu, un gesto desdeñoso e irritado del hombre que rechaza
la acumulación demasiado automática, la inteligencia demasiado
inteligente, la belleza demasiado bella, la moralidad demasiado
moral? En este clima, en esta constelación podría surgir una protesta
verdadera y creadora contra Europa... si la blandura encontrase
algún camino para convertirse en dureza... si la indefinición
pudiera convertirse en programa, es decir en definición.
W. Gombrowicz - "Diario argentino" (1967). Ed. Sudamericana. Buenos
Aires
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