La perspectiva exterior
         Reflexiones en el barco

 

    XIII

    ¿Mis apuntes de viaje? Aquí los tienen.

    Miércoles, 10 de abril

    Pasó la tormenta. Mar apacible. Se me acercó una dama:
    –¿El señor Gombrowicz? –resulta ser conocida de Ernesto Sábato, una argentina del Ministerio de Relaciones Exteriores. Me presenta a una amiga suya millonaria, que viaja a Europa por vigesimoquinta vez. Por ellas me entero de que se encuentra en el barco el nuevo encargado de negocios de la legación argentina en Varsovia.
    El encargado de negocios nos invita a tomar un drink.
    Conversación sobre las situaciones dramáticas que surgen con motivo de que para las autoridades polacas un polaco residente en Argentina, aunque reciba la ciudadanía argentina, no deja de ser ciudadano polaco.
    Coñac.
    La cita con la multimillonaria y el encargado de negocios me llena de ánimo respecto a los doscientos cincuenta dólares.
    Café.
    Correspondencia. Un partido de ajedrez con un aviador.
    Continuamente por el lado izquierdo aparecen vagamente, allá donde la vista se pierde, las costas montañosas del Brasil.

    Jueves, 11 de abril

    Ayer, Santos.
    Hoy, Río de Janeiro.
    ¡Al diablo con el paisaje! ¡El paisaje es tremendamente estúpido! Preferiría mucho más un robo, aunque fuese solo pequeño.
    Así, sin más ni más, salir por ejemplo del barco durante una hora, detenerme en una esquina desconocida y robar... aunque sólo se trate de aprovechar la mala suerte del vendedor que deja caer al resbalarse un racimo de plátanos y además es pisoteado por un niño… robar algo, a lo que no se tenga derecho algo que existe ahorita, "allá en Santos", asir, tomar.
    Aburrida euforia de los negros.

    Sábado

    Turbiedad del agua. continúa la navegación, colores y resplandor, calma, hace más calor, mucho más calor; el resplandor dormita sobre la penumbra v los vapores, nubes desmadejadas por el sol, peces voladores, fantásticos crepúsculos solares; tras de nosotros la estela espumante; ellas se divierten, juegos y pasatiempos, hamacas, reposo, un aparato en un zapatito, el brillo molesta comienza a funcionar la piscina, saltan, salen salpicando de agua a su derredor, saltan, charlas, conversaciones, un industrial suelta sus ¡Ja, ja, ja! en tono grave, ella extrae una agenda, aquél se rasca, ja, Bitte Sehr, Buon Giorno, parece ofendida, se ha ido, tal vez, él le hizo una señal, ¿de quién es esto? Resplandece el bronce, saltó bien, qué hora es, oh, no, cómo fue aquella vez, con quién... aquél por fin... la perdiz, por qué no lo sabia él, oh, coyuntura de ganso en la espalda qué seria si... la locomotora... la locomotora... por ejemplo... "Por ejemplo es una locución excelente, cómoda, facilitadora; hace ya bastante tiempo me decía Adancito Mauersberger, creo que en Konstancin, en una terraza, que términos como "por ejemplo" o "adecuadamente" facilitan... Con su ayuda se puede expresar todo, aun lo que no esté acorde con la verdad. Se puede decir: "el pan con mantequilla preparado adecuadamente sabe igual que el chocolate". Azul extenso y apático. ¿No seria quizás mejor dejar, no tocar, permitir que se aleje flotando y Adiós…? ¡Argentina, Argentina, Argentina!
    ¡Argentina! En sueños, con los ojos entornados, vuelvo a buscarla en mi interior –con todas mis fuerzas– ¡Argentina! Es extraño y sólo quisiera saber, ¿por qué nunca se me produjo en Argentina semejante pasión hacia Argentina? ¿Por qué me asalta ahora, cuando ya me he alejado?
    ¡Dios mío! Yo que ni por un momento quise a Polonia... Y ahora me empeño en querer a Argentina.
    Extraño, porque a ti la palabra "amor" te estaba vedada. Y he aquí que ahora experimentas los impúdicos ataques del amor. ¡Oh, oh, oh! (Se me hace difícil escribir, difícil redactar, pues, como siempre, al intensificar en mí la franqueza aumenta también el riesgo de la exageración, de la pose, y entonces la estilización resulta inevitable…)
    Y es cierto –pensé–, es cierto que todo esto no es sino un asunto de distancia: no querer a Polonia porque se estaba demasiado cerca de ella, querer a la Argentina, porque siempre me mantenía a distancia, amar justamente ahora, cuando me alejo, me separo... Y también porque en la vejez se puede reclamar el amor con mayor atrevimiento, ¡bah!, también la belleza, porque ambos conceptos –amor y belleza– surgen en la lejanía, lo que permite una mayor soltura... y ambos, tal vez, a la distancia se vuelven más concretos. Sí, el pasado se puede amar desde lejos, cuando uno se aleja no sólo en el tiempo sino también en el espacio.... Me veo secuestrado, sometido al proceso interrumpido del distanciamiento, de la separación, y, en ese alejamiento, consumido por la pasión del amor hacia eso que se va alejando de mí: la Argentina, ¿el pasado o el país?

    Lunes

    Susurra la lona –espumante la estela– susurra nuestra navegación –muchas hamacas, juegos y charlas– ¡aaah!, bullicio sereno, diversión somnolienta, brilla un ángulo, resplandece el bronce, cuerdas y palos que se trenzan en una red de sombras sedosas, sal y lejanía, balanceo en el azul y alguien dice: tráigalo aquí, alguien voltea, el aire. Buscaba algunos puntos de partida que me sirvieran para trasladarme a la Argentina con un invasor salto de tigre. Viajaba en el barco un muchachito de unos diez años de edad, Daniel, un uruguayo, saltaba a la piscina... con tanta facilidad física, corpórea, que incluso para América aquella facilidad resultaba excesiva. La intachabilidad de la epidermis suave y oscura bajo la cual se destacaban unos músculos infantilmente flexibles, la destreza y el reposo del cuerpo, como si cada movimiento estuviera aceitado, los ojos, la boca infantil que sonreía con encanto, la cabellera negra ondulada y tersa, la alegría chispeante –era inverosímilmente inverosímil la cordial familiaridad con que lograba granjearse la voluntad de los demás–. Sin embargo, en los momentos cumbres se volvía de una indiferencia salvaje, llegaba al pleno salvajismo, pues era evidente que le daba igual acercarse a quien fuera... Aquel muchacho se interesaba sobre todo en los niños, se les acercaba corriendo los asía, los levantaba, bromeaba, era un juego ligero y travieso que despertaba el éxtasis entre la parvada de niños que lo seguía saltando y gritando... pero en ciertos momentos se entregaba a una libertad indiferente y primitiva, y no obstante no menos confianzuda... ¡He aquí la Argentina!... Sí, eso es la Argentina... Y ya me parecía que la había comprimido en aquel niño hispanoamericano, ¿por qué no?... cuando vi a su lado muy cerca, acostada con pereza en un sillón, a una damisela con las comisuras de la boca caídas, el sinsabor y la amargura pendían de esa boca como adornos de negros, el hastío y la repugnancia, una vaga desesperación... y de pronto me dije "Esa es la Argentina" y sentí cómo aquel país que se alejaba –ya lejano– se me formaba de acuerdo con esa boca, tanto su pasado como su presente, sus ciudades, sus ríos, montañas, calles, cafés. Todo lo que me aconteció en Argentina podía concentrarse en el chiquillo como en el relajamiento de comisuras amargas... después me fijé en el forro de la chaqueta de alguien y pensé que también en aquel forro podía "concebir abarcar, dominar" a la Argentina. Los refrescos. Alguien saca fotografías. La pepita. El costado. Ondea la lona, la estela espumante, todos vuelven de pronto la cabeza hacía la izquierda, estrépito, un disparo, el tiro al blanco, y en esa vuelta simultánea de cabeza también estaba de algún modo contenida la Argentina. Ondea el toldo. Navegamos. La navaja. Ella exclama. El arete y la muerte. Algo acontece, incesantemente, sin tregua, como en una pantalla cinematográfica, no cesa ni por un instante y al no cesar no me permite dar el salto dominante que requiero. ¡Tal vez hubiese logrado alcanzar el pasado si el presente no existiera!
    La lona y la chimenea. Un codo. Un marinero. El mozo. ¡Oh, cualquier sentimiento hacia la partida sin retorno era imposible a causa de la avalancha de hechos... hechos y hechos... una reseña de hechos, surgieron los hechos, un enjambre de acontecimientos, atacaron mi partida como langosta, no pude simplemente librarme de los hechos, y además su furiosa abundancia produce en ellos una rabiosa degradación, nada puede existir en serio porque ya lo otro, lo siguiente, está pisándole los talones; jamás me han consumido los hechos a tal grado, ondea la lona, espuma la estela, juegos y diversiones, el hilo y el tacón. Tonterías. Estupideces. Sacar. Se apagó. El salto. Silueta. Un murmullo. La botella. Rezar. La cuna. Cáscaras... y en el murmullo, en el brillo, en el avance, en el alejamiento, en la afluencia y en el reflujo. ¡Oh, cómo me consumía el presente, cómo me debilitaba! Pasábamos frente a las costas septentrionales del Brasil, el Federico avanzaba a un promedio de dieciocho nudos con beidevind favorable. Miré la tierra de América, que escapaba. ¡Adiós América! A medida que caía la tarde la ya mencionada degradación de los hechos –hechos imaginarios y ahogados en el murmullo, y también desbordados que se fundían hasta casi hacerse invisibles–, me empezó a fastidiar cada vez más intensamente, pero no estaba completamente seguro de nada, por estar yo mismo, entre el murmullo y el balanceo, consumido por la lejanía... pero he aquí, por ejemplo, un acontecimiento, bastante insólito por cierto, que pude advertir. Sucedió aproximadamente después de las once (no de la noche, sino al día siguiente, por la mañana, a la luz del día). Ocurrió que uno de los marineros, un tal Dick Harties, se tragó por descuido el cabo de una cuerda delgada pendiente del palo de rnesana. Según creo fue a causa de... (pero no puedo hablar de eso con toda seguridad, puesto que muchos otros hechos distraían mi atención) la capacidad apendicular del tubo digestivo; empezó a sorber repentinamente la cuerda y antes de que se dieran cuenta ya había subido en ella hasta la cima como en un funicular, con el hocico enteramente abierto y, por supuesto, aterrorizado. La naturaleza apendicular del tubo digestivo resultó ser tan potente que no había modo de hacerlo bajar; en balde dos marineros lo halaban de los pies. Hay que agregar que en este tiempo el barco avanzaba sin cesar, y que yo alejaba... basta decir que hubo largas discusiones hasta que al primer oficial, de apellido Smith, se le ocurrió hacer uso de medios vomitivos... pero aquí se formuló la pregunta: ¿cómo introducir el vomitivo al esófago, completamente colmado por la cuerda? En fin, después de discusiones aun más largas (durante las cuales el enjambre de acontecimientos llegaba "volando" y "volando" se alejaba, en el murmullo, en el desfallecimiento por balanceo) se decidieron a actuar por medio de los ojos y la nariz sobre la imaginación del marino.
    He aquí lo que ocurrió (la escena se me clavó en la memoria tanto como puede clavarse una escena mientras uno se aleja sin cesar). Por orden del oficial uno de los grumetes trepó al mástil mostrando al paciente un racimo de colas de rata. El infeliz las miraba con los ojos desorbitados... más cuando añadieron a las colitas un pequeño tenedor, recordó repentinamente el spaghetti italiano de su niñez y bajó vomitando a la cubierta, tan precipitadamente que poco faltó para que se rompiera las piernas. Confieso que preferí no mirar demasiado la escena, que en su brillantez se presentaba como debilitada y moribunda, como los óleos antiguos sacados de un cofre del sótano, nítida, sí, pero como si hubiese sido vista a través de un trozo de cristal ahumado, como extraviada.

    Martes

    Hemos roto con el continente americano, el transatlántico, en el alto Atlántico, cruza el Ecuador apuntando la proa hacia Europa.
    ¿Curiosidad? ¿Excitación? ¿Espera? Pues no. ¿Las amistades que me aguardan allá, a quienes hasta el presente no conozco: Telenski, Giedrayó, Nadeau? No. ¿París, después de treinta y cinco años? No. No quiero reconocerlo... Estoy encerrado y consumido.
    Divago... todo lo que pienso está ya un poco más lejos en este mismo instante. Mi pensamiento se encuentra atrás, no delante de mí.
    El telegrama de Kot Jelenski: me enviarán los doscientos dólares. Hasta la fecha el dinero no llega. ¿Quizás en Las Palmas?
    Aburrido. Ni una cara interesante. Ajedrez. Gané el concurso, me llevé la medalla y soy campeón de ajedrez del barco.
    ¿Deseo de la muerte mediante un movimiento retrospectivo? (No confío en tales "pensamientos".)

    Miércoles

    Arquitectura.
    La catedral construida sin un respiro... Estoy construyendo y construyendo ese edificio... no puedo observarlo. A veces, en ocasiones excepcionales... parece como si vislumbrara algo en un santiamén... la mezcla de las bóvedas, los arcos, algún elemento de simetría...
    ¿El exterior?
    En el año 1931… ¿cómo podía suponer que mi destino sería la Argentina? Esta palabra ni siquiera podía ser presentida.
    Y sin embargo en aquel entonces escribí un relato titulado: " Los acontecimientos a bordo del Brig Banbury". En aquel cuento navego hacia la América del Sur. Los marineros cantaban:

       Bajo el azul cielo de Argentina donde los sentidos beben hermosas muchachas...

    Aquel cuento por extraña casualidad fue traducido al francés hace algunos meses y quizás ya en este momento haya aparecido en París en Preuves. Navego hacia él. ¡Las ilusiones! ¡Los espejismos! ¡Las falsas asociaciones! Ningún orden, ninguna arquitectura, la tiniebla en mi vida, de la que no surge ni un verdadero elemento de forma y sin embargo hoy me atacan fragmentos enteros de aquel cuento, nacen en mi memoria, pálidos, dolorosos, como espectros. "La imaginación cual un perro rabioso, liberado de la cadena, mostraba los dientes y gruñía sordamente, acechando en las esquinas." "Tengo la mente débil. Tengo la mente débil. Por eso no se borra la diferencia entre las cosas..." "La cubierta se convirtió en un vacío completo. El mar se agitó estremecedoramente, el viento soplaba con doble fuerza, en las tenebrosas aguas aparecía vagamente el armazón roto de una ballena, infatigable en su movimiento giratorio." Quiero mencionar aun que el "encuentro" tuvo lugar hoy al amanecer, al nordeste de las islas Canarias "El encuentro", lo escribo entre comillas, esta palabra no da la imagen total...
    No dormí por la noche, salí a cubierta antes de que se anunciara el día, contemplé a través de la oscuridad, durante largo rato, algo que uno siempre puede contemplar, el agua, percibí las luces de algunos barcos, rompiendo el océano hacia África... en fin, no diría que se hubiese aclarado la noche, pero disminuyó, desfalleció, se perdió en sí misma, entonces acá y allá surgieron blancas densidades, que en la severidad acentuada de la madrugada emergían reptando, semejantes a copos de algodón, y el mar hormigueó con esos blancos icebergs de niebla, entre los que vi aquello en lo que uno siempre puede fijar la mirada, el agua, las olas cual gallos enturbiados por la espuma Entonces apareció por entre sus blancas envolturas, también; blanco, con una gran chimenea que reconocí al instante, a una distancia de tres o cuatro kilómetros. Se hundió en seguida entre los torbellinos de niebla, volvió a asomarse. Yo, a decir verdad, no miraba sino que más bien tenía la vista fija en el agua... Sabia muy bien que aquello no estaba ocurriendo, no existía, y sin embargo prefería no mirar, pero mi no-mirar parecía confirmar su presencia. Es curioso que el no-mirar pueda ser una manera de mirar. Prefería también no pensar y no sentir en balde. Pero curiosamente el no-pensar y el no-sentir pueden ser una manera de pensar y sentir. Mientras tanto el fenómeno se acercaba, no se acercaba en la fantasmagoría de los torbellinos desgreñados con un pathos casi operístico y algo parecido a una fraternidad perdida, como el hermano asesinado, el hermano muerto, el hermano mudo, el hermano perdido para siempre, ya indiferente para mí... algo así se reveló y reinó en mi desesperación sorda, completamente enmudecida, entre los blancos torbellinos.
    Al fin pensé en mí en aquella cubierta; pensé que para aquél yo era un fantasma exactamente igual al que él era para mí.
    Después recordé que, en efecto, hace años a bordo del Chrobry hacia la Argentina, una noche cerca de las Islas Canarias no pude dormir y al amanecer salí a cubierta para mirar el mar... Buscaba algo...
    En seguida reprimí aquel recuerdo, pues advertí que ahora puedo fabricarlos por razones –como ya he dicho– arquitectónicas. ¡Qué manía! Observas un globo de cristal, un vaso de agua, e incluso ahí logras hilar algo de la nada, la forma...

    Viernes, 20 de abril

    ¡Ante mí, Europa! ¡París!
    En vísperas de mi llegada a París, cuando debía poseer el brillo, la dureza y el filo de una navaja, me encuentro débil, disperso, disuelto...
    Desde 1928 no he vuelto a París. ¡Treinta y cinco años. Vagaba entonces por París como un insignificante estudiante. Hoy Witold Gombrowicz llega a París; es decir, recepciones, entrevistas, charlas, discusiones... y es necesario organizar el efecto, voy a París a conquistar. Ya he cautivado a mucha gente en esta batalla y se espera de mí ese efecto. ¡Pero estoy enfermo. Los labios ardientes, la vista turbia, la fiebre...
    En este desenfreno me molesta una necesidad que considero inevitable, es decir que en París tendré que ser enemigo de París. ¡Ni hablar! Me engullirían demasiado fácilmente si no logro mantenerlos a raya; no podré existir a menos que me sientan como enemigo.
    No, ni el menor escrúpulo ante la probidad de esa actitud ad hoc, adoptada con entera sangre fría; la probidad es una necedad, no se puede ni hablar de probidad cuando uno nada sabe de sí mismo, cuando no recuerda nada, cuando no tiene pasado, cuando se es sólo un presente que fluye continuamente... En una niebla como la mía, ¿es posible hablar de escrúpulos morales?
    Pero es difícil encontrar un destino más irónico: yo, una vez más, ahora en mi crepúsculo, refluyo, tengo que esculpirme a mí mismo con la niebla que soy... y transformar esa niebla, esa polvareda en un puño, ¡en mi puño!

 

W. Gombrowicz - "Diario argentino" (1967). Ed. Sudamericana. Buenos Aires

 

 

 
Gombrowicz en Argentina:
desde lejos

 

Literatura Argentina Contemporanea