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XII
8 de abril
El puerto. Un café en el puerto, próximo al gigante blanco
que habrá de llevarme... una mesita frente al café, amigos, conocidos,
saludos, abrazos, cuídate, no nos olvides, saluda de nuestra parte
a... y de todo aquello la única cosa que no murió fue una mirada
mía, que por motivos desconocidos me restará para siempre; miré
casualmente al agua del puerto, por un segundo percibí un muro
de piedra, un farol en la acera, al lado un poste con una placa,
un poco más allá las barquitas y las lanchas balanceándose, el
césped verde de la orilla... He aquí cuál fue para mí el final
de la Argentina: una mirada inadvertida, innecesaria, en una dirección
casual, el farol, la placa, el agua, todo ello me penetró para
siempre.
Estoy ya en el barco. Se inicia la marcha. Se aleja la costa
y la ciudad emerge, los rascacielos con lentitud se sobreponen
unos a otros, las perspectivas se desdibujan, confusión entera
de la geografía jeroglíficos, adivinanzas, equivocaciones todavía
se presenta "La Torre de los Ingleses" de Retiro, pero en un lugar
que no le corresponde, he aquí el edificio de correos, pero el
panorama es irreconocible y fantasmagórico en su enredo, algo
de mala fe, prohibido, engañoso, como si malignamente la ciudad
se cerrara frente a mí, ¡sé ya tan poco de ella!... Me llevo la
mano al bolsillo. ¿Qué sucede? Me faltan los doscientos cincuenta
dólares, que había llevado conmigo para el viaje, me palpo, corro
al camarote, busco, quizá en el abrigo, en el pasaporte, no, no
hay nada. ¡Diablos! Tendré que cruzar el Atlántico con los pocos
pesos que me han quedado, ¡una suma aproximadamente equivalente
a tres dólares!
Pero allá, afuera, la ciudad se aleja, concéntrate, no permitas
que te despojen de esta despedida, corro de nuevo a cubierta:
ya sólo se veían oblicuamente en el extremo de la superficie del
agua los indeterminados torbellinos de la materia, una nebulosa
calada tejida acá y allá con un contorno más claro, mi vista ya
nada captaba, tenía frente a mí un plasma en el que se adivinaba
cierta geometría, pero era una geometría demasiado difícil...
Esta dificultad, sin cesar creciente y opresora, acompañaba al
murmullo del agua surcada por la proa de la nave. Y a la vez los
doscientos cincuenta dólares perdidos se sumergían en los veinticuatro
años de mi estancia en la Argentina, aquella dificultad se desdoblaba
en ese momento en veinticuatro y dos cientos cincuenta. ¡Oh matemática
misteriosa y engañosa! Doblemente robado fui a recorrer el barco.
La cena y luego la noche que mi gran fatiga merecía. Al día
siguiente salí a cubierta, murmullo, agitación, azul del cielo,
océano surcado profundamente, florecimiento tempestuoso de la
espuma en el espacio corroído por la demencia incesante de un
movimiento violento, la proa del Federico apunta al cielo y vuelve a hundirse en el abismo de agua, chorros
de agua salada. no es posible permanecer parado sin asirse de
algo... allá a la izquierda, a unos quince kilómetros de distancia
la costa del Uruguay, ¿serán aquellas acaso las montañas que conozco,
las que rodean Piriápolis?... Sí, sí, y ahora ya se ven los cubitos
blancos de los hoteles de varios pisos de Punta del Este y, juro,
hasta llega a mí el brillo intenso que produce el sol al reflejarse
en el cristal de los automóviles brillo agudo de largo alcance.
Ese brillo procedente de un automóvil en alguna bocacalle fue
el último signo humano emitido para mi desde la América que conozco,
me llegó como un (grito en medio del desorden enorme del mar,
bajo un cielo embrujado que intensificaba la confusión total.
¡Adiós América! ¡Cuál América?
La tormenta con la que nos saludó el Atlántico no era nada
habitual (me comentó después el steward que desde hacía mucho
tiempo que no había visto otra semejante), el océano era omnipotente)
el viento ahogaba. y yo sabía que en este desierto enloquecido
surgía ya delante de mi, indicada por nuestra brújula Europa.
Sí, se acercaba y yo no sabía aun qué dejaba tras de mí. ¿Cuál
América? ¿Cuál Argentina? Oh, ¿en realidad qué fueron esos veinticuatro
años? ¿Con qué regresaba a Europa? De todos los encuentros que
me aguardaban había uno especialmente molesto... tenía que encontrarme
con un barco blanco... salido del puerto polaco de Gdynia con
rumbo a Buenos Aires..., tenía que encontrarme inevitablemente
con él, tal vez dentro de una semana, a mitad del océano. Era
el Chrobry. El Chrobry de agosto de 1939 en cuya cubierta me hallaba con el señor Straszewicz
y el senador Rembielinski y el ministro Mazurkiewicz... ¡alegre
compañía!... sí, sabía que tenía que encontrarme con aquel Gombrowicz
rumbo a América, yo Gombrowicz el que partía ahora de América.
Cuánta curiosidad me consumía en aquel entonces, ¡monstruosa!,
respecto a mi destino; sentía entonces mi destino como si estuviera
en un cuarto oscuro, donde no se tiene idea con qué va uno a romperse
la nariz. ¡Qué hubiera dado por un mínimo rayito de luz que iluminara
los contornos del futuro...! y heme aquí acercándome a aquel Gombrowicz,
como solución y explicación, yo soy la respuesta.
¡Pero seré una respuesta a la altura de la tarea? ¿Seré capaz
de decirle algo al otro cuando el barco emerja de la brumosa extensión
de las aguas con su chimenea amarilla y potente, o tendré que
permanecer callado...? Sería lastimoso. Y si aquél me pregunta
con curiosidad:
¿Con qué regresas? ¿Quién eres ahora?... yo le responderé
con un gesto de perplejidad y las manos vacías, con un encogimiento
de hombros, quizás con algo parecido a un bostezo:
¡Aaay, no lo sé, déjame en paz!
El balanceo, el viento, el murmullo, el enorme encrespamiento
de las olas bullentes y turbias se funden en el horizonte con
el cielo inmóvil, que con su inmovilidad inmortaliza la liquidez.
. y a lo lejos, a la izquierda, aparece vagamente la costa americana,
como un preámbulo al recuerdo... ¿seré incapaz de dar otra respuesta?
¿Argentina? ¡Argentina! ¿Cuál Argentina? ¿Qué fue eso? ¿Argentina?
Y yo... ¿qué es ahora ese yo?
Mareado, porque la cubierta se me escapa bajo los pies en
todas direcciones, me aferro a la barandilla, titubeo, me dejo
llevar por el torbellino, aturdido por el viento; a mi alrededor:
rostros verdes, miradas turbias, figuras encogidas. Me suelto
de la baranda y realizando un milagro de equilibrio, avanzo. ..
de pronto miro, hay algo en una tabla de cubierta, algo pequeño.
Un ojo humano. No hay nadie, sólo junto a la escalera que
conduce a la cubierta del puente un marinero que mastica chicle.
Le pregunto:
¿De quién es este ojo?
Se encoge de hombros.
No lo sé, sir.
¿Se le cayó a alguien o se lo arrancaron?
No vi a nadie, sir. Está ahí desde la mañana; lo habría
levantado y guardado en una cajetilla, pero no puedo apartarme
de la escalera. Iba a continuar mi marcha interrumpida hacia mi
camarote, cuando apareció un oficial en la escalera de la escotilla.
Aquí en cubierta hay un ojo humano
Manifiesta gran interés:
¡Diablos! ¿Dónde?
¿Piensa usted que se le haya caído a alguien o que le fue
sacado?
El viento me arrebataba las palabras, había que gritar, pero
el grito también huía de la boca, se hundía irremisiblemente en
la lejanía. Seguí caminando; oí un gong que anunciaba el desayuno.
El comedor estaba vacío, el vómito general había hecho desertar
a toda la gente. Éramos sólo seis audaces, con la vista fija en
el "bailoteo" del suelo y en la inverosímil acrobacia de los camareros.
Mis alemanes (porque desgraciadamente me sentaron con un matrimonio
alemán, que habla tanto español como yo alemán) no aparecieron.
Pedí una botella de Chianti y los doscientos dólares se me clavan
una vez más como un enorme alfiler. ¿Con qué voy a pagar la cuenta
que ahora estoy firmando? Después del desayuno envío un radiotelegrama
a mis amigos de París para que me giren al barco doscientos dólares.
Viajo cómodamente, tengo un camarote exclusivamente para mi, la
cocina como antaño en el Chrobry es excelente, puro placer... ¿No morir? ¿Qué es este viaje sino
un viaje hacia la muerte?... Las personas de cierta edad ni siquiera
deberían moverse, el espacio está demasiado relacionado con cl
tiempo, el impulso del espacio resulta una provocación al tiempo,
todo el océano está hecho más bien de tiempo que de inmensas distancias,
es un espacio infinito, se llama: muerte. Da lo mismo.
Al analizar mis veinticuatro años de vida argentina percibí
sin dificultad una arquitectura bastante clara, ciertas simetrías
dignas de atención. Por ejemplo, había tres etapas, de ocho años
cada una: la primera etapa, miseria, bohemia, despreocupación,
ocio, la segunda etapa, siete años y medio en el Banco, vida de
oficinista; la tercera etapa, una existencia modesta, pero independiente,
un prestigio literario en ascenso. Podía también enfocar ese pasado
estableciendo ciertos hilos: la salud, las finanzas, la literatura...
u ordenándolo en otro sentido, por ejemplo desde el ángulo de
mi problemática, los "temas de mi existencia", que mudaban poco
a poco con el tiempo. ¿Pero cómo tomar la sopa de la vida con
una cuchara agujereada por estadísticas, diagramas? ¡Bah!, una
de mis maletas en el camarote contenía una carpeta; en ella había
una serie de pliegos amarillentos con la cronología, mes tras
mes, de mis hechos veamos, por ejemplo, ¿qué pasaba exactamente
hace diez años, en abril de 1953?: "Últimos días en Salsipuedes.
Escribo mi Sienkiewicz, Ocampo y los paseos por Río Ceballos, regresos nocturnos. Leo
La mente prisionera y a Dostoiewski. El día 12 regreso en tren a Buenos Aires. El
Banco, el aburrimiento, la señora Zawadska, el horror, la carta
de Giedroyó anunciando que el libro no va bien, pero que aún quiere
publicar alguna otra cosa mía En casa de los Grocholski y de los
Grodzicki. El "banquete" publicado en Wiadonosci. etcétera, etcétera.
Podía así ayudar a mi memoria, pasear de un mes al otro por el
pasado. ¿Y qué?, ¿qué hacer? me pregunto, con esta letanía de
especificaciones como absorber esos hechos si cada uno se desintegra
en un hormigueo de acontecimientos menores, que al fin se convierten
en una niebla; era un asalto de miles de millones, una disolución
en una continuidad imperceptible, algo como el sonar de un sonido...
¿pero en realidad cómo poder hablar aquí de hechos? Y sin embargo
ahora, al regresar a Europa, ya habiendo acabado todo, me acuciaba
la necesidad tiránica de rescatar aquel pasado de asirlo aquí,
en el estruendo y el torbellino del mar, en la angustia de las
aguas, en la efusión inmensa y sorda de mi partida por el Atlántico,
¿no sería sólo una especie de balbuceo, un balbucear el caos como
estas olas? Una cosa no obstante se volvió evidente: no se trataba
de ninguna cuestión intelectual ni siquiera de un asunto de conciencia,
se trataba únicamente de pasión.
Estar apasionado, ser poeta frente a ella... Si la Argentina
me conquistó fue a tal grado que (ahora ya no lo dudaba) estaba
profundamente, y va para siempre, enamorado de ella (y a mi edad
no se arrojan estas palabras al viento del océano). Debo agregar
que si incluso alguien me lo hubiera exigido, al costo de la vida
no hubiese logrado precisar qué fue lo que me sedujo en esta pampa
fastidiosa y en sus ciudades eminentemente burguesas. ¿Su juventud?
¿Su "inferioridad"? (¡Ah cuántas veces me frecuentó en la Argentina
la idea, una de mis ideas capitales, de que "la belleza es inferioridad"!)
Pero aunque ese y otros fenómenos considerados con mirada amistosa
e inocente, con una gran sonrisa, en un ambiente cinematográficamente
coloreado, cálido, exhalación tal vez de las palmeras o de los
ombúes, desempeñaron, como es sabido, un papel importante en mi
encantamiento, no obstante la Argentina seguía siendo algo cien
veces más rico. ¿Vieja? Sí. ¿Triangular? También cuadrada, azul,
ácida en el eje, amarga desde luego, sí, pero también inferior
y un poco parecida al brillo del calzado, a un tono, a un poste
o a la puerta, también del género de las tortugas) fatigada, embadurnada,
hinchada como un árbol hueco o una artesa, parecida a un chimpancé,
consumida por el orín, perversa, sofisticada, simiesca, parecida
también a un sándwich y a un empaste dental... Oh, escribo lo
que me sale de la pluma, porque todo, cualquier cosa que diga
puede aplicarse la Argentina. Nec Hercules... Veinte millones de vidas en todas las combinaciones posibles es
mucho, demasiado para la vida singular de una persona. ¿Podía
yo saber qué fue lo que me cautivó en esa masa de vidas entrelazadas?
¿Tal vez el hecho de haberme encontrado sin dinero? ¿El haber
perdido mis privilegios polacos? ¿Sería que esa latinidad americana
complementaba de algún modo mi polonidad? Quizás el sol del sur,
la pereza de la forma, o tal vez su brutalidad específica, la
suciedad, la infamia... no lo sé... Y, además, no correspondía
a la verdad la afirmación de que yo estuviera enamorado de la
Argentina. En realidad no estaba enamorado de ella. Para ser más
preciso, sólo quería estarlo.
Te quiero. Un argentino en vez de decir "te amo", dice "te
quiero". Meditaba entonces (todo el tiempo sobre el océano, sacudido
por el barco, éste a su vez sacudido por las olas) que el amor
es un esfuerzo de la voluntad un fuego que encendemos en nosotros,
porque así lo queremos, porque decidimos estar enamorados, porque
no se puede tolerar no estar enamorado (la torpeza con que me
expreso corresponde a cierta inhabilidad, producto de la misma
situación)... No, no es que la quiera, sólo deseo estar enamorado
de ella y por lo visto para eso me era vehementemente necesario
acercarme a Europa en un estado de aturdimiento apasionado por
la Argentina, por América. No quería tal vez aparecer en el ocaso
de la vida en Europa sin esa belleza que da el amor puede ser
que temblara por haber roto con un lugar lleno de mí, temiera
que mi traslado a lugares extraños, no calentados aún por mí,
me empobreciera y enfriara y matara deseaba sentirme apasionado
en Europa, apasionado por la Argentina, temblaba ante ese único
encuentro que me esperaba (en pleno océano, al anochecer, tal
vez al alba, en las nieblas veladas del espacio salado) y por
nada del mundo quería presentarme a ese rendez-vous con las manos enteramente vacías.
El barco avanzaba. El agua lo levantaba y hundía. Soplaba
el viento. Me sentía un tanto desvalido, confundido, porque quería
amar a la Argentina y a mis veinticuatro años comprendidos en
ella, pero no sabía cómo...
El amor es dignidad. Así me lo parece a mis años. Cuando mayor
es el derrumbe biológico, más se hace necesaria la pasión de arder
entre llamas. Mucho mejor es terminar abrasado que no irse lenta,
cadavéricamente enfriando. La pasión, ahora lo aprendía, es más
necesaria en la vejez que en la juventud.
Cae la noche. Ya es noche cerrada. Del lado de babor, apenas
perceptible, los centelleantes faros de la costa brasileña, y
aquí en cubierta, yo, yendo hacia adelante, alejándome sin cesar
en una marcha incomprensible... Desierto... lo infinito de un
vacío que hierve, truena, ruge, salpica... infinito imposible
de definir, inalcanzable, hecho de torbellinos y de abismos marítimos,
igual aquí que allá, y aun más allá y más allá, en balde agua
la vista, hasta el dolor; nada se puede ver, tras la barrera de
la noche, todo cae y se vierte sin reposo, se hunde y se sumerge
tras las tinieblas; allá abajo, deformidad y movimiento delante
de mí sólo un espacio irreal; arriba el cielo con un innumerable
enjambre de estrellas indistinguibles, irreconocibles... Sin embargo
aguzo la mirada. Y nada. Por otra parte, ¿acaso me asistía el
derecho de poder ver? Yo, abismo en este abismo, sin memoria.
perdido, desbordado por pasiones, dolores, que desconocía, ¿cómo
es posible ser después de veinticuatro años sólo agua que se vierte,
espacio vacío, noche oscura, cielo inmenso...? ser un elemento
ciego, no poder lograr nada en sí mismo. ¡Oh Argentina! ¿Qué Argentina?
Nada. Un fiasco. Ni siquiera podía desear, cualquier posibilidad
de deseo estaba excluida por un exceso de efusión que lo inmovilizaba
todo, el amor se convertía en desamor, todo se confundía, debo
irme a acostar, ya es tarde, el ojo humano. ¿Cómo llegó un ojo
humano a cubierta?... ¿Fue sólo una impresión? ¡Quién puede saberlo!
A fin de cuentas da lo mismo, ojo o no ojo. Porque, ¿para qué
jugar a los formalismos? ¿Vale la pena exigir a los fenómenos
un pasaporte? ¡Qué pretensiones! ¿Puedes ver algo? No, será mejor
que duermas.
W. Gombrowicz - "Diario argentino" (1967). Ed. Sudamericana. Buenos
Aires
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