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XII
Berlín, 18 de mayo, 1963
Escribo estas líneas en Berlín.
¿Qué ocurrió? Durante enero y febrero, los meses más cálidos
del verano argentino, estuve en Uruguay, escondido entre los bosques
de la costa oceánica con mi Cosmos, ya próximo al fin, pero aún irritante porque el final se negaba
a revelarse; me parecía que en la última parte había que darle
un empujón hacia otra nueva dimensión ¿pero cuál?. Ninguna de
las soluciones que se me ofrecían me resultaba satisfactoria.
El bosque, la monotonía de las olas y la arena, la despreocupación
uruguaya sonriente y liviana me resultaban en esa ocasión propicias
a mi trabajo; regresaba de la costa tembloroso de impaciencia
para seguir esforzándome con el texto, lleno de esperanzas en
que la forma, al crecer, venciera por sí misma las dificultades.
Llegó el día de mi regreso a Buenos Aires. Media hora antes de
mi salida... el cartero. Una carta de París en la que me preguntaban
confidencialmente si aceptaría una invitación de la Fundación
Ford para la estancia anual en Berlín.
A veces había experimentado esa niebla que invade, cegándonos,
los momentos decisivos de la vida. Los partos prefieren la noche,
y si los movimientos profundos del destino, los que anuncian El
Gran Cambio, no acontecen en la noche, entonces, como intencionalmente,
se forma a su derredor un caos extraño, borroso, dispersador...
Esa invitación a Berlín me resolvía el viejo problema, amargamente
rumiado, de terminar con la Argentina y regresar a Europa. Por
momentos sentía que no había otra salida. Pero he ahí ya la primera
complicación embrolladora y borrosa: la carta tenía fecha de un
mes atrás, se había extraviado en la oficina de correos, y exigía
una respuesta inmediata (pues tal invitación era una fortuna que
muchos codiciaban con "los dientes bien afilados"). ¿Por qué se
había extraviado la carta? ¿Por qué no enviaron otra? ¿Es que
entonces, ¡Dios mío!, todo se había desvanecido y debía quedarme
en Buenos Aires?
Cuando llegué a Buenos Aires encontré sobre el escritorio
un telegrama que reclamaba contestación urgente. Pero el telegrama
tenía ya dos semanas de haber llegado. Por una mezcla extraordinaria
de descuido y mala suerte había sido aquel telegrama de entre
toda la correspondencia recibida el único que no me había sido
reexpedido. Telegrafié que aceptaba... pero ya entonces no me
cabía la menor duda de que todo sería en balde, que todo se lo
había llevado el diablo, y que yo, ¡Dios mío! no podría moverme
de la Argentina.
Sin embargo ya algo comenzaba a acontecer a mi rededor...
en esos días de incertidumbre algunos aspectos particulares de
la realidad argentina cobraron un súbito impulso, parecía como
si aquella realidad al presentir un final próximo se hubiese empezado
a acelerar e intensificar en todo lo que de específico contenía...
esto se demostraba evidentemente en lo que se refiere a la juventud,
la parte quizás más característica de mi situación.
Ellos, como si justamente hubieran percibido en esos días
que algo como yo, no les sucedería todos los días: un escritor
ya "formado", con un nombre ya conocido, que no trataba con personas
mayores de los veintiocho años de edad, un artista con una rara
estética personal, con un orgullo especial, que con desdén y hastío
rechazaba a la gente "lograda" en la cultura para acercarse a
los jóvenes, a aquellos a l'heure de promesse, los de la etapa inicial, los de la antesala literaria... vaya,
¡pero qué caso excepcional, sin precedentes! ¡Qué excelente oportunidad
para atacar con este "joven-viejo" a manera de ariete, al beau monde literario de la Argentina, derribar las puertas, provocar l a
explosión de las jerarquías, causar escándalos! y he aquí que
esos blousons noirs del arte, esos iracundos (una de sus agrupaciones se llamaba "Mufados",
otra "Elefantes" ) me asaltaron, llenos de afán bélico, empezaron
a elaborar apresuradamente las formas de introducirme a la prensa
más importante. Miguel Grinberg, dirigente de los "Mufados" preparaba
febrilmente un número de su revista combativa dedicado a mí ¡movilización,
movimiento, electricidad! Yo miraba todo aquello con asombro...
porque de verdad parecía como si presintieran ya mi fin cercano...
y sin embargo, aún no lo sabían... Con asombro, y no sin placer,
porque aquello halagaba mi terquedad innata, verá que a pesar
de todo mi Grand Guignol (que me restaba seriedad entre los hombres de letras respetables),
era yo ¡ja, ja!, alguien muy serio y constituía un valor. Y el
Grand Guignol propio de mi situación se inflamaba en esos días finales de una
manera realmente insólita, a cada momento estallaba alguna excentricidad,
en la prensa aparecían cada vez con mayor frecuencia noticias
sobre mi "genialidad" reconocida, triunfante victoriosamente en
Europa, y Zdzislaw Bau que redactaba la crónica social en el Clarín me hacía publicidad insertando alusiones graciosas sobre bailarinas
seducidas por "Gombro" en los balnearios de moda. ¿Si este rumor
llegaba a los salones europeos de Madame Ocampo, qué podían pensar
sus respetables escritores? ¿Llegaba algo a penetrar en su Olimpo?
¿No se sentían acaso como Macbeth, al mirar desde el castillo
de Dunsinan el bosque verde que iba aproximándose?... En aquel
verdor acechaba la farsa, lo salvaje, la anarquía, la mofa, pero
todo insuficientemente sazonado ("frito" y "cocido"), a un nivel
inferior, "casi de sótano". Me olvidé dcl asunto de Berlín. Todo
anunciaba una diversión formidable, tal como a mí me gustan, desconcertante,
desequilibradora, a medio hacer.
De pronto la invitación oficial de la Federación Ford.
Mis pies tocaron tierra argentina el 22 de agosto de 1939.
Desde entonces muchas veces me había preguntado: ¿cuántos años
aún?, ¿cuánto tiempo? He aquí que el 19 de marzo de 1963 supe
que llegaba el fin. Apuñalado por la daga de esta aparición me
sentí morir por un instante. Sí, es verdad, toda la sangre me
abandonó durante un minuto. Ya ausente. Ya acabado. Ya listo para
el viaje. Roto quedaba el misterio entre yo y aquel lugar mío.
Aquel final exigía una comprensión, una toma de conciencia,
pero ya me había arrebatado el torbellino exterminante y dispersador:
documentos, dinero, maletas, compras, liquidación de todo; tenía
frente a mí dos semanas escasas para despachar todos mis asuntos;
me dedicaba desde el amanecer hasta bien entrada la noche a arreglar,
despachar, rematar a los amigos mediante una ternura ya ausente,
terminar con mis sentimientos y agravios, lo más rápidamente posible:
desayuno con Fulano, cena con Zutano, de prisa, debo aún recoger
algunos paquetes...
Debo decir que en los momentos finales comenzaron a madurar
flores y frutos inesperados, florecían las amistades, que por
años enteros se habían mantenido en un estado de semisomnolencia,
vi lágrimas..., pero ya no tenía tiempo de nada y fue como si
aquellos sentimientos al demorar su realización hasta el ultimo
momento se volvieran irreales. Todo para el último momento, todo
en realidad ex post. Relataré una anécdota cómica: salgo un día a las siete y media
de la mañana para arreglar once asuntos urgentes y me topo en
la escalera con una joven, una beldad de dieciocho años, novia
de uno de mis amigos estudiantes a quien él llamaba "la maleta",
porque según lo que afirmaba, se andaba con ella igual que con
una maleta. "La maleta" solloza derrama lágrimas, me declara su
amor, ¡no solamente ella decía, sino todas sus amigas estaban
también enamoradas de mí Witoldo; ninguna se había salvado! Y
así una semana antes de mi partida me enteré de aquellos amores
virginales... ¡Sí, era gracioso, pero no tan gracioso! Aquel risible
triunfo de la despedida me causaba escalofríos. ¿Así que aquellas
jóvenes estaban también dispuestas a colaborar en mi drama? Muchas
veces me sorprendió y horrorizó hasta lo inaudito la reacción
violenta de la juventud hacia mis sufrimientos relacionados con
ella. Y ahora sentía una especie de generosidad lamentable y desamparada,
una mano amistosamente tendida, que ya no podía alcanzar. .. Aun
otras flores y frutos se dieron en esos momentos de agonía en
el jardín cultivado por mi drama desde hacía muchos años, sí,
fue una maduración rápida e impetuosa, mientras yo, asceta, corría
de un lado a otro haciendo compras. Todo estaba en movimiento,
la presión tremenda del tiempo, acelerada por mi partida, era
justamente como la que se presenta cinco minutos antes de la llegada
del Año Nuevo: movimiento, presión, ya nada se podía captar, todo
se me caía de las manos y desaparecía como si lo hubiera contemplado
a través de la ventanilla de un tren. Nunca me había encontrado
tan solo y distraído.
A pesar de todo intentaba a veces febrilmente darle forma
a mi éxodo. Había cierta analogía entre esos últimos días y los
primeros, los de 1939, analogía formal únicamente, pero me aferré
a ella, en mi caos y pude hasta llegar a encontrar el tiempo necesario
para emprender la peregrinación a los lugares que habían sido
míos; llegué por ejemplo a un gran edificio situado en la calle
Corrientes número 1258, llamado "El Palomar", donde se cobijaba
la más diversa pobretería, donde sobreviví quizás al período más
difícil, aquel de fines de 1940, enfermo, sin un centavo. Subí
al cuarto piso, vi la puerta de mi cuartito, los goznes conocidos,
las raspaduras en la pared, toqué el picaporte, la barandilla
de la escalera, sonó en mi oído la vieja e inoportuna melodía
del dancing de abajo, reconocí el viejo olor... y por un momento,
asido a algo invisible esperaba que ese regreso fuera capaz de
darle forma y sentido al presente. No. Nada. Oquedad. Vacío. Fui
aun a otra casa, en la calle Tacuarí número 242, donde viví en
diciembre de 1939, pero esa visita resultó peor. Entro, abordo
el ascensor para trasladarme al tercer piso, donde existió mi
pasado, aparece el portero:
¿A quién desea ver?
¿Yo?... Al señor López. ¿No vive aquí el señor López?
Aquí no vive ningún López. ¿Por qué se mete en el ascensor
en vez de preguntar en la portería?
Pensé que... en el tercer piso...
¿Y cómo sabe que en el tercer piso si ni siquiera está usted
seguro de que viva aquí? A propósito, ¿qué asunto le trae? ¿A
quién busca? ¿Quién le dio la dirección?
Huí.
W. Gombrowicz - "Diario argentino" (1967). Ed. Sudamericana. Buenos
Aires
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