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Por la tarde rendez-vous con Santucho (uno de los hombres de letras
y redactor de la revista Dimensión) en el café Ideal.
Huele a Oriente. A cada momento unos pillos atrevidos me meten
en las narices billetes de la lotería. Luego un anciano con setenta
mil arrugas hace lo mismo; me mete los billetes en las narices
como si fuera un niño. Una ancianita, extrañamente disecada al
estilo indio, entra y me pone unos billetes bajo las narices.
Un niño me coge el pie y quiere limpiar mis zapatos, otro, con
una espléndida cabellera india, erizada, le ofrece a uno el periódico.
Una maravilla-de-muchacha-odalisca-hurí, tierna, cálida, elástica,
lleva del brazo a un ciego entre las mesitas y alguien lo golpea
a uno suavemente por atrás: un mendigo con una cara triangular
y menuda. Si en este café hubiera entrado una chiva, una mula,
un perro, no me asombraría.
No hay mozos. Uno debe servirse a sí mismo.
Se creó una situación un poco humillante, pero que me es difícil,
sin embargo, pasar en silencio.
Estaba sentado con Santucho, que es fornido, con una cara
terca y olivácea, apasionada, con una tensión hacia atrás, enraizada
en el pasado. Me hablaba infatigablemente sobre las esencias indias
de estas regiones. "¿Quiénes somos? No lo sabemos. No nos conocemos.
No somos europeos. El pensamiento europeo, el espíritu europeo,
es lo ajeno que nos invade tal como antaño lo hicieron los españoles;
nuestra desgracia es poseer la cultura de ese vuestro 'mundo occidental'
con la que nos han saturado como si fuera una capa de pintura,
y hoy tenemos que servirnos del pensamiento de Europa, del lenguaje
de Europa, por falta de nuestras esencias, perdidas, indoamericanas.
¡Somos estériles porque incluso sobre nosotros mismos tenemos
que pensar a la europea!... " Escuchaba aquellos razonamientos,
tal vez un tanto sospechosos, pero estaba contemplando a un "chango"
sentado dos mesitas más allá con su muchacha; tomaban: él, vermut;
ella, limonada. Estaban sentados de espaldas a mí y podía adivinar
su aspecto basándome solamente en ciertos indicios tales como
la disposición, la inmovilidad de sus miembros, esa libertad interior
difícil de describir de los cuerpos ágiles. Y no sé por qué (quizás
fue algún reflejo lejano de mi Pornografía, novela terminada hacía poco, o el efecto de mi excitación en esta
ciudad), el hecho es que me pareció que esos rostros invisibles
debían ser bellos, es más, muy hermosos, y quizás cinematográficamente
elegantes, artísticos... de pronto ocurrió no sé cómo, algo como
que entre ellos estaba contemplada la tensión más alta de la belleza
de aquí, de Santiago... y tanto más probable me parecía ya que
realmente el mero contorno de la pareja, tal como desde mi asiento
la veía, era tan feliz cuanto lujoso.
Al fin no resistí más. Pedí permiso a Santucho (que abundaba
sobre el imperialismo europeo) y fui a pedir un vaso de agua...
pero en realidad lo que quería era verle los ojos al secreto que
me atormentaba, para verles las caras... ¡Estaba seguro de que
aquel secreto se me revelaría como una aparición del Olimpo, en
su archiexcelsitud, y divinamente ligero como un potrillo! ¡Decepción!
El "chango" se hurgaba los dientes con un palillo y le decía algo
a la chica, quien mientras tanto se comía los cacahuetes servidos
con el vermut, pero nada más... nada... nada... a tal punto que
casi me caí, como si le hubiesen cortado la base a mi adoración.
Miércoles
¡Innumerables niños y perros!
Nunca he visto semejante cantidad de perros... y tan tranquilos.
Aquí si ladra un perro lo hace por broma.
Los niños morenamente despeinados dan saltitos... nunca he
visto niños más "parecidos a una imagen"... ¡deliciosos! Frente
a mí dos muchachitos; van abrazados por el cuello y se cuentan
secretos. ¡Pero cómo! Un chiquillo enseña algo con el dedo a un grupito infantil de
grandes ojos abiertos. Otro le canta algo solamente a un palito,
sobre el que ha colocado un papel de caramelo.
Lo que vi ayer en el parque: un chiquillo de cuatro años desafió
a boxear a una muchachita que no tenía idea de lo que era el box,
pero que por ser más gordita y más alta le daba muy duro. Y un
grupito de pequeñuelos de dos y tres años, en camisones largos,
tomándose de las manos, saltaban y gritaban en su honor: ¡No-na!
¡No-na! ¡No-na!
Jueves
Extraña repetición anteayer de la escena con Santucho en el
café, aunque en otra variante.
Restaurante del hotel Plaza. Estoy en la mesita del doctor
P. M., abogado, quien representa en Santiago la majestad de la
sabiduría, contenida en su biblioteca; con nosotros, su "barra",
o sea el grupo de compañeros de café, un médico, varios comerciantes...
Yo, lleno de las mejores intenciones, me entrego a una conversación
sobre política, cuando.... ¡Oh! ... ¡ya estoy pescado!... allá,
no lejos, se sienta una pareja fabulosa... y se anegan el uno
en el otro, como si un lago se ahogara en otro lago. ¡Otra vez
"la belleza"! Pero tengo que sostener la discusión en mi mesita,
en cuya sopa nadan perogrulladas de los nacionalismos sudamericanos,
sazonadas de odio hacia los Estados Unidos y terror pánico ante
los "aviesos propósitos del imperialismo"; sí, desgraciadamente
tengo que responderle algo a este tipo, aunque me encuentre contemplando
y escuchando con todos mis oídos a la belleza que acontece cerca
de mí... yo, esclavo enamorado a muerte y apasionado, yo, artista...
Y vuelvo a preguntarme cómo es posible que semejantes maravillas
se sienten en estos restaurantes a un paso de... pues, de esa
Argentina parlanchina... "Siempre hemos exigido moral en las relaciones
internacionales"... "El imperialismo yanqui en connivencia con
el británico pretende..." "Ya no somos una colonia..." Todo eso
lo declara (no desde hoy) mi interlocutor, y yo no puedo comprender,
no puedo comprender, no puedo comprender... "¿Por qué los Estados
Unidos conceden préstamos a Europa y no a nosotros?"...
"¡La historia de Argentina demuestra que por encima de todo
hemos apreciado la dignidad!..."
¡Ah, si alguien pudiera sacarle del vientre la fraseología
a este simpático pueblito! ¡Esa burguesía, que por la noche toma
vino y durante el día "mate", es tan plañidera! Si les dijera
que en comparación con otras naciones están viviendo como en las
manos de Papá Dios, en esta maravillosa estancia suya, tan grande
como la mitad de Europa y si hubiera añadido que no sólo se les
hice injusticia, sino que Argentina es un "estanciero" entre las
naciones, un "oligarca" orgullosamente sentado sobre sus espléndidos
territorios... ¡Se ofenderían mortalmente! Mejor no... ¡Y qué,
ya se los digo en su cara! ¿Pero qué me importa eso?
Allá, en aquella mesita está la Argentina que me fascina silenciosa
y sin embargo con una resonancia de gran arte, no ésta, parlanchina,
holgazana, politiquera. ¿Por qué no estoy allá, con ellos? ¡Aquel
es mi lugar! ¡Junto a aquella muchacha como un ramo de temblores
blanquinegros, junto a aquel joven semejante a Rodolfo Valentino!
. . . ¡Belleza!
Pero.. . ¿qué ocurre? Nada. Nada a tal punto que hasta este
momento no sé cómo y qué llegó hasta mí desde ellos... tal vez
un fragmento de frase. . . un acento. . . un brillo de ojos. .
. Bastó para que de repente me sintiera informado.
¡Toda esa "belleza" era precisamente igual que todo! Igual
que la mesa, el mozo, el plato, el mantel, igual que nuestra discusión,
no se diferenciaba en nada... igual... del mismo mundo. . . de
la misma materia.
Jueves
¿Belleza? ¿En Santiago? ¡¿Pero, caramba, dónde?!
[....]
Viernes
Llegó Roby. Es el más joven de los diez hermanos S. de Santiago.
En ese Santiago del Estero (mil kilómetros al norte de Buenos
Aires) pasé varios meses hace dos años dedicado a contemplar
todas las chifladuras, susceptibilidades y represiones de aquella
provincia perdida, que se cuece en su propia salsa. La librería
del llamado "Cacique", otro de los miembros de la numerosa familia
S., era el sitio de encuentro de las inquietudes espirituales
del pueblo, tranquilo como una vaca, dulce como una ciruela, con
ambiciones de destruir y crear el mundo (se trataba de las quince
personas que se dan cita en el café Águila). ¡Santiago desprecia a la capital, Buenos Aires! Santiago considera
que sólo ella mantiene la Argentina, la América auténtica (legitima)
y lo demás, el Sur, es un conjunto de metecos, gringos, inmigrantes, europeos: mezcla, churria, basura.
La familia S. es típica de la vegetación santiagueña, que
se transforma por medio de una incomprensible voltereta en arranque
y pasión. Aquellos hermanos son de una santa benignidad y no les
falta esa dulzura ciruelina, son un poco como un fruto que madura
al sol. Y al mismo tiempo los sacuden pasiones violentas que vienen
de algún lado del subsuelo, de carácter telúrico u modorra, entonces,
galopa inflamada por la urgencia de reformar, de crear. Cada uno
de ellos es prosélito jurado de alguna tendencia política, gracias
a lo cual la familia no tiene que temer a las revoluciones, frecuentes
aquí, pues sean cuales fueren siempre darán el triunfo a alguno
de los hermanos, al comunista o al nacionalista, al liberal, al
cura o al peronista... (todo esto me lo refirió Beduino en una
ocasión). Durante mi estadía en Santiago dos de los hermanos tenían
sus propios órganos de prensa, editados por propia cuenta con
un tiraje de unas decenas de ejemplares.
Uno publicaba la revista cultural mensual Dimensión y el otro, un periódico cuya misión era combatir al gobernador de
la provincia.
Roby me sorprendió poco antes de su visita a Buenos Aires
nunca nos habíamos escrito con una carta enviada de Tucumán en
la que me pedía le enviara Ferdydurke en la edición castellana:
"Witoldo: algo de lo que dices en la introducción a El Matrimonio me ha interesado... esas ideas sobre la inmadurez y la forma que
parecen constituir la tranza de tu obra y tienen relación con
el problema de la creación.
Claro está que no tuve paciencia para leer más de veinte páginas
de El Matrimonio"...
Luego me pide Ferdydurke y escribe: "Hablé con Negro (es su hermano, el librero) y veo que sigues atado a tu chauvintsmo europeo; lo peor es que
esa limitación no te permitirá lograr una profundización de este
problema de la creación. No puedes comprender que lo más importante
'actualmente' es la situación de los países subdesarrollados.
De saberlo podías extraer elementos fundamentales para cualquier
empresa."
Con esta muchachada me hablo de "tú" y consiento en que me
digan lo que les viene en gana. Comprendo también que prefieran,
por si acaso, ser los primeros en atacar nuestras relaciones
distan mucho de ser un tierno idilio. A pesar de eso la carta
me pareció ya demasiado presuntuosa... ¿qué se estaba imaginando?
Contesté telegráficamente:
ROBY S. TUCUMÁN SUBDESARROLLADO NO HABLES TONTERÍAS FERDYDURKE
NO LO PUEDO ENVIAR PROHIBICIÓN DE WASHINGTON LO VEDA A TRIBUS DE NATIVOS PARA IMPOSIBILITAR DESARROLLO, CONDENADOS A PERPETUA INFERIORIDAD TOLDOGOM.
Puse el telegrama en un sobre y lo envié como carta (en realidad
son telegramas-cartas). Pronto me respondió en tono indulgente:
"Querido Witoldito, recibí tu cartita, veo que progresas, pero
vanamente te esfuerzas en ser original", etcétera, etcétera. Quizás no valga la pena anotar todas esas
majaderías... pero la vida, la vida auténtica, no tiene nada de
extraordinariamente brillante, y a mí me importa recrearla, no
en sus culminaciones, sino precisamente en esa medianía que es
la cotidianidad. Y no olvidemos que entre las frivolidades puede
a veces haber también un león, un tigre o una víbora escondidos.
Roby llegó a Buenos Aires y se presentó en el barcito donde
paso un rato casi todas las noches: es un muchacho de "color subido",
cabellera negra ala de cuervo, piel aceite-ladrillo, boca color
tomate, dentadura deslumbrante. Un poco oblicuo, a lo indio, robusto,
sano, con ojos de astuto soñador, dulce y terco... ¿qué porcentaje
tendrá de indio? Y algo más todavía, algo importante, es un soldado
nato. Sirve para el fusil, las trincheras, el caballo. Me interesaba
saber si en los dos años que habíamos dejado de vernos había cambiado
algo en aquel estudiante. . . ¿algo cambió?
Porque en Santiago nada cambia. Cada noche se expresan allá
en el café Águila las mismas atrevidas ideas "continentales": Europa está acabada,
llegó la hora de la América Latina, tenemos que ser nosotros mismos
y no imitar a los europeos, nos encontraremos de verdad si regresamos
a nuestra tradición indígena, tenemos que ser creadores, etcétera.
Así, así, Santiago, el café Águila, la coca-cola y estas ideas
audaces repetidas día tras día con la monotonía de un borracho
que adelanta un pie y no sabe qué hacer con el otro, Santiago
es una vaca que rumia diariamente su vuelo, es una pesadilla en
la que uno corre una carrera vertiginosa pero sin moverse de un
lugar.
Sin embargo me parecía imposible que Roby, a su edad, pudiera
evitar una mutación aunque fuese parcial, y a la una de la madrugada
fui con él y con Goma a otro bar para discutir en un círculo más
íntimo. Consintió con muchas ganas, estaba dispuesto a pasar la
noche hablando, se veía que ese "hablar genial, loco, estudiantil"
como dice Zeromski en su diario, le había entrado en la sangre.
En general, ellos me recuerdan mucho a Zeromski y a sus compañeros
de los años 1890: entusiasmo, fe en el progreso, idealismo, fe
en el pueblo, romanticismo, socialismo y patria.
¿Las impresiones de nuestra conversación? Salí desalentado
e inquieto, aburrido y divertido, irritado y resignado, y como
apagado... como si me hubieran dicho: ¡basta ya de eso!
El tonto no ha asimilado nada desde que lo dejé en Santiago
hace dos años. Volvió a la misma discusión de entonces, como Si
sólo hubiera sido el día anterior. Igual como dos gotas de agua.
. . sólo que está mejor afianzado en su tontería y por consiguiente
más presuntuoso y omnisapiente. Otra vez tuve que escuchar: ¡Europa
se acabó! ¡Ha llegado la hora de América! Tenemos que crear nuestra
propia cultura americana. Para crearla, debemos ser creadores,
¿pero cómo lograrlo? Seremos creadores si contamos con un programa
que desate en nosotros las fuerzas creadoras, etcétera, etcétera.
La pintura abstracta es una traición, es europea. El pintor, el
escritor deberían cultivar temas americanos. El arte tiene que
vincularse con el pueblo, con el folklore... Tenemos que descubrir
nuestra problemática exclusivamente americana, etc.
Me lo sé de memoria. Su "creación" empieza y termina con esas
declaraciones.
W. Gombrowicz - "Diario argentino" (1967). Ed. Sudamericana. Buenos
Aires
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