La perspectiva exterior
Gombrowicz y la intelectualidad literaria

 

     Sábado

    Me enteré por Tito de que César Fernández Moreno había tomado notas de nuestra conversación sobre la Argentina y se proponía publicarlas en una revista. Le pedí por teléfono que me las mostrara antes de darlas a la imprenta.
    Aunque ahora recuerdo que todavía nada saben de mi convivencia con el mundo literario argentino. Ahora apenas me doy cuenta de que no están al tanto de este capítulo de mi vida. No dudo que les gustará enterarse. ¿Es que he logrado introducirlos bastante en mí, para que todo lo relacionado conmigo no les resulte indiferente?
    Como he dicho ya en otra parte, llegué a Buenos Aires en el vapor Chrobry, una semana antes de que estallara la guerra.
    Jeremi Stempowski, entonces director de GAL en Buenos Aires, se ocupó de mí; fue él quien me presentó a uno de los más conocidos escritores, Manuel Gálvez. Gálvez había sido amigo de Choromanski, quien había pasado aquí una temporada el año anterior a mi l legada, ganándose muchas simpatías. Gálvez me brindó una generosa hospitalidad y me auxilió en algunas dificultades, pero su sordera lo relegaba a la soledad. . . Poco después me traspasó al no menos conocido poeta Arturo Capdevila, también amigo de Choromanski. "Ah –me dijo la señora de Capdevila–, si es usted tan encantador como Choromanski, llegará a conquistar muy fácilmente nuestros corazones."
    Desgraciadamente no fue así. No puedo culpar de esto a los argentinos. Hubiesen tenido que usar una dosis de perspicacia mucho mayor de la que permite el febril ajetreo de las relaciones urbanas, para poder entender algo de mi locura de aquel entonces, y tener una paciencia angelical para adaptarse a ella. La culpa era de esa constelación que apareció en mi cielo desplomado.
    En el trayecto de Polonia a la Argentina me había sentido bastante desmoralizado; nunca (con excepción, quizás del período pasado en París unos años atrás) me había encontrado en semejante estado de disipación. ¿La literatura? La literatura me importaba un bledo; después de publicar Ferdydurke había decidido descansar. . . por otra parte, el alumbramiento de esa novela fue para mí una sacudida realmente fuerte; sabía que habría de correr mucha agua antes de que se movilizaran en mí nuevas vivencias. Estaba aún envenenado por la ponzoña de mi libro, del que ni siquiera sabía bien si quería ser "joven" o "maduro". Si se trataba de una vergonzosa manifestación de mi eterno hechizo ante la joven –encantadora– inferioridad o si, por el contrario, pretendía la orgullosa, pero trágica y nada atractiva, madura superioridad. Y cuando en el Chrobry pasaba frente a las costas alemanas, francesas e inglesas, todos esos territorios de Europa inmovilizados por el pavor del crimen aún por nacer, en el clima sofocante de la espera, parecían gritarme: ¡sé ligero, nada te es posible, lo único que te resta es la ebriedad! Me emborrachaba, pues, a mi modo, es decir, no necesariamente con alcohol. . . pero estaba borracho, casi totalmente embotado...
    Después, las fronteras de los Estados y las tablas de las leyes hicieron explosión; se abrieron las esclusas de las fuerzas ciegas y –¡ah!– de pronto yo, en la Argentina, absolutamente solo, cortado, perdido, hundido, anónimo. Me sentía un tanto excitado, otro tanto amedrentado... Pero a la vez algo en mi interior me ordenó saludar con apasionada emoción el golpe que me aniquilaba y me lanzaba fuera de mi orden establecido. ¿La guerra? ¿La caída de Polonia? ¿El destino de mis amigos, de mi familia? ¿Mi propio destino? ¿Podía preocuparme por eso de una manera, pudiéramos decir, normal, yo, que estaba iniciado en todo ello de antemano, que lo había experimentado hacía ya tiempo?... Sí, no miento al decir que desde hacía años convivía en mi interior con la catástrofe. Cuando aconteció me dije algo por el estilo:
    "Ah, así que al fin..." Y comprendí que había llegado el momento de aprovechar esa capacidad de lejanía y rompimiento en la que me venía ejercitando. Por cierto nada había cambiado, ese cosmos esa vida, en la que estaba aprisionado, no se volvieron distintos por haber terminado cierto orden cómodo de mi existencia. Pero el escalofrío de una terrible y febril excitación provenía del presentimiento de que la violación libera algo que no estaba nombrado ni formado, cuya presencia no me era ajena, un elemento del que sabía solamente que era "inferior", "más joven"... y que se ponía en movimiento ahora en medio de una noche negra y violenta. No sé si resulta claro cuando señalo que desde el primer momento me enamoré de la catástrofe, aunque a mí también me arruinaba; que mi naturaleza me obligó a recibirla como una oportunidad de unirme en las tinieblas con el elemento inferior.
    Capdevila, poeta-profesor-redactor del gran diario La Prensa, vivía con su familia en una casa de Palermo. Recuerdo la primera vez que fui a cenar a su casa. ¿Cómo debía presentarme a los Capdevila? ¿Como el trágico exiliado de una patria invadida? ¿Como un literato extranjero que sabe discurrir sobre los "nuevos valores" en el arte y desea informarse sobre el país? Capdevila y su señora esperaban que apareciera en una de esas encarnaciones, además estaban llenos de una simpatía potencial hacia el "amigo de Choromanski"..., pero pronto se sintieron confundidos al encontrarse ante un muchacho enteramente joven que sin embargo, no era ya un muchacho tan joven...
    ¿Qué aconteció? Sí, tendré que confesarlo. Bajo el efecto de la guerra, del surgimiento de las fuerzas "inferiores" y las fuerzas regresivas se efectuó en mí la irrupción de una juventud tardía. Ante el desastre me escapé hacia la juventud y de golpe cerré esa puerta. Siempre tuve inclinaciones a buscar en la juventud –la propia o la ajena– un refugio frente a los "valores", es decir, frente a la cultura. Ya lo he dicho en este diario: la juventud es un valor en sí, lo que significa que es destructora de todos los demás valores, puesto que, bastándose a sí misma no los necesita. Yo, por lo tanto, en vista del aniquilamiento de toda lo que hasta ahora poseía: patria, casa, situación social y artística, me refugié en la juventud, más apresuradamente aun debido a que (como se ha mencionado) estaba "enamorado". Entre nous soit dit, la guerra me rejuveneció... y dos factores me eran propios en este sentido. Parecía joven, tenía una cara fresca, veinteañera. El mundo me trataba como a un joven –¿acaso para la mayor parte de mis lectores polacos no era yo sino un chiflado, una persona carente de toda seriedad? Para los argentinos era alguien totalmente desconocido, más o menos igual a todos aquellos aspirantes que llegan de provincia y sólo después de demostrar sus posibilidades pueden pretender ser aceptados. Aunque quisiera imponerme como un valor, ¿qué podía hacer si el idioma me era desconocido y la gente se entendía conmigo en un francés cojo? Así que todo: mi aspecto, mi situación, mi absoluta desviación de la cultura y las vibraciones secretas de mi alma, todo me empujaba hacia una ligereza juvenil, un juvenil bastarme a mi mismo.
    Los Capdevila tenían una hija, Chinchina, de veinte años. Así fue, que pronto tanto él como su mujer me pusieron en manos de ella, quien me presentó a sus amigas. Imaginad a Gombrowicz en ese año mortal de 1940 flirteando sutilmente con esas señoritas... que me hacían conocer los museos... con las que iba a comer pastas... para quienes dicté una charla sobre el amor europeo... Una mesa grande en el comedor de los Capdevila, detrás doce jovencitas y yo –¡qué idilio!– que hablaba de L'amour européen. Sin embargo, aunque esta escena parezca un contraste infame con otras escenas de verdadera destrucción, en realidad no estaba tan lejos de serlo, era más bien la otra cara de la misma catástrofe, el principio de un camino también descendente. Advino una especie de absoluta bagatelización de mi ser. Me volví liviano y vacío.
    Al mismo tiempo penetraba en una Argentina alejada de todo aquello, exótica, displicente, impávida, consagrada a lo cotidiano. ¿Cómo conocí a Roger Pla? Quizás por la señorita Galiñana Segura. De cualquier modo fue él quien me introdujo en casa de Antonio Berni, el pintor. Allí también di una conferencia sobre Europa para unos cuantos pintores y escritores. Pero todo lo que decía era fatal; sí, justamente en el momento en que conquistar cierto aprecio me era decisivo, me falló el estilo, y mi discurso se volvió tan indolente que casi me avergonzaba. ¿De qué hablaba? De la regresión de Europa, de cómo y por qué Europa anheló el salvajismo cómo esta morbosa inclinación del espíritu europeo podía ser aprovechada para hacer una revisión de una cultura excesivamente desvinculada de sus bases. Pero al decirlo yo mismo era un triste ejemplar de la regresión, una lastimosa ejemplificación... era como si las palabras me traicionaran y quisieran justamente probar que era inferior a lo que tenía que decir. Y aun hoy me acuerdo cómo, en Diagonal Norte, Pla, con cierta irritación me reprochó algunos tontos e ingenuos sentimentalismos colados en mi exposición; y yo, dándole la razón y sufriendo a la par que él, sabía que aquello era inevitable. Existen períodos durante los cuales se efectúa en nosotros un desdoblamiento de la personalidad y, entonces, una parte de nuestro ser le juega bromas a la otra, porque es otro el camino y el fin que se ha elegido. Allí justamente, en casa de Berni, conocí a Cecilia Benedit de Debenedetti, en cuya casa de la Avenida Alvear se reunía cierto grupo bohemio. Cecilia vivía en no sé qué brumas, aturdida, empavorecida, embriagada por la vida, acosada por todas partes, despertándose del sueño para hundirse en otro sueño más fantástico, luchando al estilo de Chaplin con la materia misma de la existencia... era incapaz de soportar el mero hecho de existir... por lo demás una mujer de dotes magníficas, de grandes virtudes, un alma noble y aristocrática. Su descentramiento no le impedía actuar bien y con sumo sentido de responsabilidad . Pero dado que se sentía aplastada y atemorizada por el hecho mismo de existir, le resultaba indiferente rodearse de quien fuera. ¿Las recepciones en casa de Cecilia? Algo de ello me ha quedado en la memoria. Joaquín Pérez Fernández, bailando; Rivas Rodney, empinando el codo; una jovencita muy bella divirtiéndose a más no poder... sí, sí, esas reuniones se me confunden con otras de lugares distintos, otras donde iba gente aun más bohemia y me veo con una copa en la mano, oigo mi propia voz, llegada de lejos, mezclada con la voz de Julieta:
    Yo: ¿Conoces a esas dos chicas que están junto al rincón?
    Julieta: Son las hijas de aquella señora que habla con La Fleur. Se habla mucho de ella; parece ser que se llevó a un hotel a dos muchachos de la calle y, para excitarlos, les puso una inyección... uno de ellos con el corazón algo débil murió. ¡Te imaginas! ¡La policía, la investigación! Como estaba bien relacionada se ocultó el asunto, pero tuvo que irse por un año Montevideo...
    No podía revelar la importancia que tenían para mí esas noticias; decía únicamente:
    –¡Ah, sí!
    Más tarde abandoné esa reunión y en una noche argentina, inmóvil, azul negra, me dirigí a Retiro, que tanto he descrito en Transatlántico . "Allí es donde la barranca se despeña en el río y la ciudad al puerto baja. . . Abundan allí los marineros jóvenes..." A quieres se interesen en el punto debo aclararles que jamás aparte de ciertas experiencias esporádicas en mi temprana juventud, he sido homosexual. No puedo quizás hacer frente a la mujer, no lo puedo hacer en el terreno de los sentimientos, porque existe en mí algo frenado, una especie de temor al cariño... sin embargo, la mujer, sobre todo cierto tipo de mujer, me atrae y me sujeta. Así que no eran aventuras eróticas lo que iba a buscar en Retiro. . . Aturdido, fuera de mí, expatriado y descarrilado, trabajado por ciegas pasiones que se encendieron al derrumbarse mi mundo y sentir mi destino en bancarrota... ¿qué buscaba? La juventud. Podría decir que buscaba a la vez la juventud propia y la ajena. Ajena, pues aquella juventud en uniforme de soldado o marinero, la juventud de aquellos ultrasencillos muchachos de Retiro me era inaccesible; la identidad del sexo, la carencia de atractivo erótico excluían toda posibilidad de posesión. Propia, pues aquella juventud era al mismo tiempo la mía, se realizaba en alguien como yo, no en una mujer sino en un hombre, era la misma juventud que me había abandonado y que veía florecer en otros. No cabe duda: para un hombre la juventud, la belleza, el encanto de una mujer nunca serán tan categóricos en su expresión, ya que la mujer es, a pesar de todo, un ser distinto y, además crea la posibilidad de lo que, en cierta medida, biológicamente, nos salva: el niño. Pero ahí, en Retiro, veía la juventud en sí, independientemente del sexo, y experimentaba el florecer del género humano en su forma más aguda, radical y –debido a que estaba marcada por la carencia de cualquier esperanza– demoníaca. Además: ¡abajo!, ¡abajo, abajo! Aquello me llevaba hacia abajo, a la esfera inferior, a las regiones de la humillación; aquí la juventud, humillada ya como juventud, se veía sometida a otra humillación como juventud vulgar, proletaria. ... y yo, Ferdydurke, repetía ala tercera parte de mi libro: la historia de Polilla que intentaba "fraternizar" con el gañán.
    ¡Sí, sí! He aquí a todo lo que me indujo aquel núcleo de tendencias a las que me sentía supeditado, mientras en mi patria anterior la degradación alcanzaba el fondo, haciendo sólo posible la presión hacia arriba... Esta era mi nueva patria que iba reemplazando gradualmente a la otra. A menudo me ocurría que abandonaba las reuniones sociales o artísticas para vagar por allí, por Retiro, por Leandro Alem, tomando cerveza y pudiendo captar, con la mayor emoción, los destellos de la Diosa, el secreto de esa vida floreciente y a la vez degradada. En mis recuerdos, todos aquellos días de mi vida normal de Buenos Aires están "recubiertos" por la noche de Retiro. Aunque una ciega obsesión empezaba a dominarme por completo, mi vida trabajaba; advertía que estaba aventurándome en zonas peligrosas y, naturalmente, lo primero que se me ocurrió pensar fue que estaban trabajándose en el subconsciente tendencias homosexuales. Y por cierto, hubiera recibido con alivio tal hecho, que por lo menos me ubicaba en alguna realidad –pero no, al mismo tiempo mantenía relaciones íntimas con una mujer y su intensidad no dejaba nada que desear. En general, en aquella época corría bastante tras las mujeres, a veces hasta con escándalo. Ruego me sean perdonadas estas confidencias. No me propongo introducir a nadie en mi vida erótica, sólo trato de fijar los límites de mis experiencias. Si al comienzo yo sólo buscaba refugio de la juventud frente a valores que se me mostraban inaccesibles, pronto ella se me reveló como el único, máximo y absoluto valor de la vida y su única belleza... Pero esa "belleza" tenía de particular el que parecía haber sido inventada por el mismo diablo; en especial el hecho de que al ser y por ser juventud estaba siempre por debajo del valor, estaba estrechamente vinculada con el rebajamiento mismo.
    Debe haber sido en 1942 cuando trabé amistad con el poeta Carlos Mastronardi; mi primera amistad intelectual en la Argentina. La sobria poesía de Mastronardi le había valido alcanzar un sitio destacado en el arte argentino. Algo más de cuarenta años, sutil, con lentes, irónico, sarcástico, hermético, un poco parecido a Lechón, este poeta de Entre Ríos era un provinciano ornamentado con lo más fino de Europa, poseía una bondad angelical oculta tras la coraza de lo cáustico; un cangrejo que defendía su hipersensibilidad. Despertó su curiosidad el ejemplar, raro en el país, de un europeo culto; a menudo nos encontrábamos durante la noche en un bar... lo que tenía también para mí un atractivo gastronómico, pues de cuando en cuando me invitaba a cenar ravioles o spaghettis. Poco a poco le descubrí mi pasado literario, le hablé de Ferdydurke y de otros asuntos y todo lo que en mí difería del arte francés, español o inglés le interesó vivamente. El, a su vez, me iniciaba en los entretelones de la Argentina, país nada fácil y que a ellos, los intelectuales, se les escapaba de un modo extraño y aun, a menudo, los asustaba. Por mi parte el juego era más encubierto –más encubierto por prohibido. No podía decirle todo. No podía hablarle de ese lugar en mí, penetrado por la noche, que he llamado "Retiro". A Mastronardi le descubría el trabajo de mi mente anárquica en busca de algunas "soluciones" sin indicarle las fuentes de mi inspiración; y él no sospechaba de donde procedía aquella pasión con la que arremetía contra los mayores y lo "mayor", exigiendo que en la cultura, basada hasta ahora en la supremacía de la superioridad, la madurez, lo "mayor", se destacara esa corriente que provenía de abajo, y que a su vez hacía depender lo "mayor", de lo "menor", la superioridad de la inferioridad. Exigía que lo "Adulto" quedase sometido a lo "Joven". Exigía que por fin se legalizara en nosotros esa tendencia al rejuvenecimiento incesante, y que la juventud fuese reconocida como un valor distinto capaz de transformar nuestra relación con los demás valores. Tenía que dar la apariencia de razonamiento a lo que en mí era pasión, y esto me conducía a innumerables construcciones mentales que en realidad nada me importaban... Pero, ¿no es de esta manera como nace el pensamiento: como sucedáneo inocuo de anhelos ciegos, de necesidades y pasiones a las que no logramos dar el derecho de ciudadanía entre los hombres? El infantilismo era lo que aliviaba estos diálogos, porque Mastronardi, casi tan infantil como yo, sabía por suerte divertirse conmigo. El infantilismo, aunque próximo a la juventud, es sin embargo infinitamente menos comprometedor; por eso a un hombre maduro le resultaba más fácil ser infantil que juvenil; por eso yo casi siempre me volvía infantil frente al demonio del verdor, con el que no podía llegar a ningún acuerdo. Sin embargo, ¿hasta dónde quería yo ser infantil y hasta dónde lo era de verdad? ¿Hasta dónde quería ser joven y hasta dónde encarnaba en verdad una especie de tardía juventud? ¿Hasta dónde todo esto era mío, y hasta dónde era solamente algo de lo que estaba enamorado?
    Mastronardi mantenía buenas relaciones con el grupo de Victoria Ocampo, el centro literario más importante del país, concentrado alrededor de Sur, revista editada por la misma Victoria, dama aristocrática, apoyada en grandes millones, que hospedaba en su casa a Tagore y a Keyserling, cuya obcecación entusiasta le había ganado la amistad de Paul Valéry, que tomaba el té con Bernard Shaw y se tuteaba con Stravinski. ¿En qué medida influyeron en esas majestuosas amistades los millones de la señora Ocampo y en qué medida sus indudables calidades y su talento personal? –he aquí una pregunta que no pretendo contestar. El tufo insistente de esos millones, ese aroma financiero, un tanto irritante a la nariz, me hacía desear no conocerla. Se contaba que un escritor francés de renombre había caído de rodillas frente a ella, proclamando que no se levantaría hasta obtener el dinero necesario para fundar una revue literaria. El dinero le fue concedido, "porque –dijo la Ocampo– ¿qué se puede hacer con una persona arrodillada que insiste en no levantarse? Tenía que darle el dinero". En mi opinión la actitud del escritor francés ante la señora Ocampo me parecía, después de todo, la más sana y sincera, pero estaba persuadido de antemano de que, por no ser conocido en París yo nada hubiera obtenido aunque me arrodillase durante meses enteros. No me apresuraba, pues a hacer la peregrinación a la residencia de San Isidro. Por otra parte, Mastronardi temía –y con razón– que el "conde" (porque yo me había proclamado conde) fuera a comportarse extraña o aun descabelladamente, tampoco se daba prisa en introducir mi persona en esas reuniones. Por lo pronto decidió presentarme primero a la hermana de Victoria, Silvina, casada con Adolfo Bioy Casares. Una noche fuimos a cenar con ellos.
    Después conocí a muchos otros escritores, a gran parte de la intelectualidad argentina –pero me extiendo sobre estos primeros pasos, porque los que siguieron fueron bastante semejantes. Silvina era poetisa, de cuando en cuando publicaba un volumen de versos... su marido, Adolfo, era autor de novelas fantásticas bastante buenas... y este culto matrimonio vivía inmerso en la poesía y en la prosa, frecuentaba exposiciones y conciertos, estudiaba las novedades francesas, sin descuidar, de ninguna manera, su discoteca. En esa cena estaba también presente Borges, quizás el escritor argentino de más talento, dotado de una inteligencia que el sufrimiento personal agudizaba; yo, con razón o sin ella, consideraba que la inteligencia era el pasaporte que aseguraba a mis "simplezas" el derecho a vivir en un mundo civilizado. Pero, prescindiendo de las dificultades técnicas, de mi castellano defectuoso y de las dificultades de pronunciación de Borges, quien hablaba rápido y poco comprensiblemente, omitiendo también mi impaciencia, mi orgullo y mi rabia, tristes consecuencias del doloroso exotismo y del consiguiente aprisionamiento en lo extranjero, ¿cuáles eran las posibilidades de comprensión entre esa Argentina intelectual, estetizante y filosofante y yo? A mí lo que me fascinaba del país era lo bajo, a ellos lo alto. A mí me hechizaba la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de París. Para mí la inconfesable y silenciosa juventud del país era una vibrante confirmación de mis propios estados anímicos, y por eso la Argentina me arrastró como una melodía, o más bien como un presentimiento de melodía. Ellos no percibían ahí ninguna belleza. Y para mí, si había en la Argentina algo que lograra la plenitud de expresión y pudiera imponerse como estilo, se manifestaba únicamente en los tempranos estados de desarrollo, en lo joven, jamás en lo adulto. ¿Qué es, sin embargo, lo importante en un joven? Por cierto que no su sabiduría, experiencia, razón o técnica, siempre inferiores y más débiles en él que en un hombre ya formado, sino únicamente su juventud –esa es su carta de triunfo. Pero ellos no veían en esto ningún atractivo, y esta élite argentina hacía pensar más bien en una juventud mansa y estudiosa cuya única ambición consistía en aprender lo más rápidamente posible la madurez de los mayores. ¡Ah, no ser juventud! ¡Ah, tener una literatura madura! ¡Ah, igualar a Francia, a Inglaterra! ¡Ah, crecer, crecer rápidamente! Además, ¿cómo podrían ser jóvenes, si personalmente eran hombres ya de cierta edad, si su situación social no encajaba en aquella juventud del país entero, si el hecho de pertenecer a las altas clases sociales excluía una verdadera unión con lo bajo? Así, Borges, por ejemplo, advertía únicamente sus propios años y no, por decirlo así, la edad que le rodeaba; era un hombre maduro, un intelectual, un artista, perteneciente a la Internacional del Espíritu sin ninguna relación definida ni intensa con su propio suelo. Y esto, a pesar de que de vez en cuando aderezaba su metafísica (que muy bien podía haber nacido en la luna) con lo gauchesco y lo regional –en el fondo su modo de encarar lo americano era precisamente europeo–, él veía a la Argentina como un francés culto ve a Francia o un inglés a Inglaterra.
    No obstante, el ambiente del país era tal, que ese Borges europeizante no podía lograr ahí una vida verdadera. Era algo adicional, como pegado, un ornamento; y no era otra la suerte de toda esa literatura argentina, tanto la confeccionada a la francesa o a la inglesa como la que se esforzaba, según los esquemas consabidos, por exaltar lo propio, lo nacional, el folklore (haciéndolo exactamente igual que en otros países). Naturalmente sería un disparate exigir que ellos, siendo mayores, pudiesen expresar directamente la juventud, que, siendo superiores, pudiesen expresar textualmente la inferioridad. Lo que les reprocho es no haber elaborado una relación con la cultura mundial, más acorde con su realidad, realidad argentina. El arte es ante todo un problema de amor; si queremos conocer la verdadera posición del artista debemos preguntar: ¿de qué está enamorado?. Para mí era evidente que ellos no estaban enamorados de nada o de nadie y si lo estaban era de Londres, París, Nueva York o en fin, de un folklore bastante esquemático e inocuo. Pero ninguna chispa auténtica brotaba entre ellos de esa masa oscura de belleza "inferior".
    De no ser así, si hubiesen captado la poesía junto a la cual pasaban con las narices sumergidas entre libros, ¿acaso toda la inspiración de este pueblo no habría tomado otra dirección?. Una enorme cantidad de problemas se acumulaba ante quien quisiera desde aquí participar en la cultura mundial como genuino representante de su lugar en el mundo. ¿No consistirá el papel de una cultura más joven, además de repetir las obras adultas, en crear sus propios puntos de partida? ¿No será que las palabras "arte", "historia", "cultura", "poesía" suenan aquí en forma diferente que en Europa, y por lo tanto, no es posible pronunciarlas del mismo modo? ¿Debe el joven obediencia al maestro o por el contrario debe, con arrogancia, con atrevimiento, abrirse paso? ¿No era esta la plataforma ideal para someter a una crítica creadora todos los mecanismos gastados del espíritu europeo, poner en claro todas sus estupideces, liberarse de sus convenciones? Por eso la corrección del arte argentino, su aire de alumno aplicado, su buena educación, eran para un testimonio de impotencia frente a su propia realidad. Prefería gaffes, equivocaciones, hasta suciedad, pero creadoras. De vez en cuando trataba de decirle a algún argentino lo mismo que se me ocurre decirle a los polacos- "¡Interrumpid por un momento la producción de versos, de cuadros, las conversaciones sobre el surrealismo, averiguad si esto os satisface realmente, pensad si no valdría la pena meditar un poco más en vuestra ubicación en el mundo y en la elección de vuestros medios y fines." Pero no. A pesar de toda su inteligencia no lo asimilaban. Nada podía detener la marcha de este nuevo taller cultural. Exposiciones. Conciertos. Conferencias sobre el gaucho o sobre Alfonsina Storni. Comentarios, glosas, ensayos. Novelas y cuentos. Volúmenes de poesía. Pero, a todo esto, ¿no era acaso un polaco quien hablaba? ¿Ignoraban que los polacos por lo general no son "finos" ni están a la altura de la problemática parisiense? Decidieron, pues, que yo era un anarquista bastante turbio, de segunda mano, uno de aquellos que por falta de mayores luces proclaman el élan vital y desprecian aquello que son incapaces de comprender.
    Así terminó la cena en casa de Bioy Casares... en nada... como todas las cenas consumidas por mí al lado de la literatura argentina Y así pasaba el tiempo. . . pasaba la noche de Europa y la mía, durante la cual se edificaba mi mitología con grandes sufrimientos... Podría hoy presentar toda una lista de palabras, cosas, personas, lugares, que tienen para mí el gusto de una santidad agobiante e íntima... ese era mi destino, mi templo. Si les introdujese en esa catedral se quedarían asombrados al ver qué triviales y aun a veces deleznables –por su menudez– son los altares a los que rendía culto, pero la santidad no se mide por la grandeza del dios, sino por la vehemencia del alma que santifica algo. "No es posible luchar contra lo que el alma ha elegido."
    A fines de 1943 pesqué un resfrío y me quedó una pequeña fiebre que se negaba a ceder. Jugaba entonces al ajedrez en el café Rex, en la calle Corrientes, y Frydman, el director del lugar, amigo noble y generoso se preocupó por mi salud y me procuró algunos pesos para que me fuera a las sierras de Córdoba; lo hice con gusto. Pero tampoco allí cedía la fiebre, hasta que por fin, ¡paf!, se rompió el termómetro prestado por Frydman; compré un termómetro nuevo y... la temperatura había desaparecido. Le debo, pues, la estancia de unos meses en La Falda al termómetro de Frydman que andaba mal e indicaba unas cuantas décimas de más. La estadía se amenizó por la llegada al vecino Valle Hermoso (llegada previamente arreglada) de cierta conocida mía, argentina, que me fue presentada por Cleo, la hermana de la bailarina Rosita Contreras.
    Cuando llegué a La Falda no sabía que me esperaban momentos terribles y ridículos.
    Todo se anunciaba bien. Paré en el Hotel San Martín, libre de preocupaciones materiales, y pronto conocí a un par de jocosos mellizos. Con ellos y con otros jóvenes hice algunas excursiones y adquirí nuevos amigos, en quienes el despertar de la vida vibraba como un colibrí; en todos ellos se sentaba la sonrisa, esa sonrisa que es uno de los fenómenos más nobles que conozco, porque se realiza a pesar de la nostalgia abrumadora y de la tristeza de esos años condenados a la insatisfacción de los instintos. ¡Ah, esas despreocupadas vacaciones en las sierras o en las playas. . . el sombrero llevado por el viento, el sándwich comido sobre una roca y la lluvia que cae de golpe! Mi armonía con la América Latina, adormecida en su amanecer, asombrosamente discreta y silenciosa en su amable existencia, parecía no estar perturbada por nada más (mi hermano y mi sobrino se encontraban entonces en un campo de concentración; mi madre y mi hermana habían escapado de Varsovia en ruinas y vagaban por la provincia, y sobre el Rin estallaba el rugido de la última contraofensiva alemana; pero ese rugido, ese grito del que no me olvidaba, tan sólo aumentaba mi silencio). Sería un error imaginarse que, por convivir con esos muchachos podía comportarme como ellos; no, jamás, el sentido del ridículo nunca me lo hubiera permitido –me comportaba como una persona mayor, despreciándolos, ironizando sobre ellos, provocándolos, abusando de todas las ventajas del adulto. Pero era eso justamente lo que les encantaba y enardecía su juventud; al mismo tiempo detrás de esa tiranía se formaba un tácito entendimiento basado en el hecho de necesitarnos mutuamente. Empero, un día, al mirarme detenidamente en el espejo vi algo nuevo en mi rostro: una red sutil de arrugas que aparecían sobre la frente y en las comisuras de la boca, así como bajo el efecto de algún ácido puede aparecer el contenido funesto de una carta, inocente en apariencia ¡Maldita cara mía! La cara me traicionaba. ¡Traición, traición, traición!
    ¿Era la sequedad del aire? ¿O el agua caliginosa? ¿O sencillamente llegaba el momento ineludible en que los años se abrían paso a través de la mentira de mi tez? Ridiculizado, humillado por la índole de mi sufrimiento, comprendí, al mirar mi rostro, que estaba ante el fin, la terminación, el final, el punto. En los senderos que parten de La Falda existe un límite donde terminan las luces de las casas y hoteles y empieza la oscuridad del espacio, quebrado en montículos, un espacio enano, como inválido y envilecido. A ese límite lo llamé, por Conrad, "el perfil de la sombra", y cuando por las noches lo atravesaba, dirigiéndome a Valle Hermoso sabía que entraba en la muerte, una muerte delicada, insignificante y lenta, pero en todo caso una agonía. . . y que yo mismo era el envejecimiento, una muerte viva, que imitaba a la vida, que todavía andaba, hablaba, hasta se divertía, pero que en realidad sólo era vital por ser la realización gradual de la muerte. Como Adán, expulsado del paraíso, así penetraba yo en la oscuridad tras la frontera de sombra, eliminando la vida que allí, fuera de mí, se deleitaba consigo misma bajo los rayos de la gracia. Sí, la mistificación tenía que ponerse en evidencia, algún día debía terminar esa ilegítima y tardía permanencia en la vida floreciente y ahora yo era el envejecer, yo-ponzoñoso, yo-repulsivo, yo-adulto. Aquello me colmaba de espanto pues me hacía comprender que definitivamente quedaba fuera del encanto y que sería incapaz de gustar a la naturaleza. Si la juventud teme menos a la vida se debe a que ella es en sí vida atractiva, subyugadora, hechicera, conoce la simpatía y la benevolencia... puede atraer... Aquel era el motivo por el que yo me acogía al florecimiento; sobre todo en esta tierra de repente árida y bajo un firmamento inconmovible de estrellas debía soportar la tensión del ser, siendo yo mismo un ser corrupto, sin poder obtener los favores que obtienen los jóvenes.
    Aquí se me hizo evidente la liberación que puede aportarnos el sexo, la división en hombre y mujer. Porque cuando al cabo de mi "vía crucis" llegaba al hotel donde me esperaba mi amiga, todo el panorama de mi destino cambiaba y aquello era como la irrupción de otra fuerza que trastornaba toda mi "constelación". ¡Fuerza ajena! Allí me esperaba lo joven, pero diferente, incorporado en una forma humana distinta de la mía, y esos brazos a la vez idénticos y exóticos me convertían en otro, me obligaban a armonizarme con esta extraña, como su complemento. La femineidad no exigía de mí juventud, sino masculinidad y yo me volvía sólo macho, conquistador, capaz de poseer, de anexar la biología ajena. Lo terrible de la masculinidad es que no se, preocupa de su propia fealdad, no desea agradar, constituye un . acto de expansión y prepotencia y –ante todo– de dominio. Este señorío está siempre en búsqueda de su propia satisfacción. . . y puede ser que esto me procurase un alivio momentáneo. . . era como si abandonase mi condición de ser humano, temeroso, amenazado, convirtiéndome en señor, poseedor, soberano... y ella, la mujer, mataba en mí al muchacho con el hombre. Pero esto no duraba mucho tiempo.
    Duraba mientras el ser se dividía, por efectos del sexo, en dos polos. Cuando al amanecer regresaba a casa, todo a mi alrededor se cerraba otra vez en una órbita de la que no había huida –y me sentía como estafador y como víctima de una estafa–, la conciencia de morir volvía a irrumpir en mí. Estaba ya marcado por el signo negativo. Estaba en oposición a la vida. La mujer no estaba en condiciones de salvarme, la mujer podía sólo salvarme en tanto hombre, pero yo era también un ser humano, sencillamente. Y de nuevo volvía a sentir el anhelo de "mi" juventud, es decir una juventud idéntica a mí, la que se repetía ahora en otros, más jóvenes... Allí, pues, encontraba el único lugar de la vida, donde se efectuaba el florecer, mi florecer. Este algo absolutamente seductor del que estaba privado. Todo lo demás era humillación, compensación. Único triunfo, única alegría en la humanidad horrenda gastada, agotada, desesinerada y degradada... Me encontraba entre monstruos, yo-monstruo. Al mirar las casitas del valle donde algunos jóvenes sencillos se entregaban a sueños banales, pensaba que allí se había trasladado mi patria.
    Regresé a Buenos Aires, persuadido de que ya nada me quedaba... por lo menos nada que no fuese un sucedáneo. Volví con mi secreto humillante que no podía confesar a nadie, pues eso no hubiera sido viril, y yo, hombre, estaba supeditado a los hombres... Y me amenazaban las carcajadas groseras de los machos, únicamente por el pecado de haber violado su código. En Rosario el tren se llenó de adolescentes, eran marineros que regresaban a su base en Buenos Aires.
    Por el momento basta, ya la mano me duele de tanto escribir. Pero no terminan aquí mis recuerdos de esos años aún no tan lejanos en la Argentina.

 

W. Gombrowicz - "Diario argentino" (1967). Ed. Sudamericana. Buenos Aires

 

 

 

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