MARCELO DI MARCO

 


La punta de la madeja
–alimento balanceado para coordinadores gallos y poetas pollos–

"La inspiración existe, pero es mejor
que nos encuentre trabajando."
PABLO PICASSO  

    Lo compruebo todos los días, dentro y fuera del taller: montarse en la inspiración y sacar de lo profundo a nuestros ángeles y demonios es apenas una etapa inicial de la creación poética. Valioso en sí mismo, este "pensar por escrito" es incluso independiente de la escritura, ya que podríamos hacerlo con la ayuda de un grabador, sin lápiz ni papel, sin stilus. Pero después viene el legítimo laburo: darle sin asco a ese bloque de mármol que es el poema en bruto, corregir esa primera versión según las inquietudes estéticas y la capacidad técnica de cada poeta. Desde el vamos, un buen coordinador debería demostrarles a los escritores que trabajan con él que la cosa quedará estancada si no le dan a la corrección el lugar que se merece. Escribir bien es, principalmente, tomar el texto por las astas y eliminar los escombros. Escribir bien es no escribir más de la cuenta. Escribir bien es expresar las ideas con las palabras justas. El estilo, que le dicen.
    Pero no todo el mundo piensa igual. Por ejemplo, cada vez que me toca ser jurado de concursos, siento la tentación de pedir guita extra por trabajo insalubre. Porque la proporción de lo que se envía es siempre la misma: carradas de "versos" insignificantes –algunos hábilmente montados para simular poesía– conviven con dos o tres poemas vigorosos, expresivos y sinceros que, con justicia, terminan por alzarse con los premios. Dentro de ese 95 % descartable, invariablemente aparecen los acostumbrados tics: frases hechas y lugares comunes, expresiones "apasionadas" y estados de ánimo "poéticos", estructuras fallidas, imágenes incomprensibles, adornos al por mayor. De la música del poema, ni qué hablar: todo huele a prosa cortadita y desflecada, derechita y para abajo. Pienso que en tales trabajos no hay, justamente, eso: trabajo. Da la impresión de que el remitente de dichas correspondencias no pudo resistirse a dejar las cosas como están, después de haberlas vomitado en el brillo de la pantalla o sobre la página en blanco. Yo soy así, dicen, qué voy a hacer. Tómame o déjame. Y yo, personalmente, a la hora de poner los escritos en la balanza, opto por lo segundo y los dejo. Y confieso que, a menudo, los dejo con pena: leo algunos poemas más de una vez, y noto en ellos cierta belleza, cierta sonoridad… pero en estado bruto, sin acabar. Y, mucho menos, sin pulir. ¿Qué sería de esos textos –no me atrevo a llamarlos poemas– si su autor encontrara un adecuado método de corrección que le permitiera eliminar la pirita y destacar el oro?
    Hay escribidores de versos a quienes esta cuestión les importa tres pepinos. Y así les va. Creo que su postura tiene muchísimo que ver con los apresuramientos de la juventud, con la supuesta lealtad a uno mismo, con una interpretación histérica del término inspiración, con cierta adoración a la espontaneidad, a la intuición transgresora y a la tan mentada incorruptibilidad del artista.
    Pero en la vereda de enfrente hay verdaderos escritores que procuran hacer el trabajo bien hecho. Conocen la diferencia entre escribir poesía y soplar botellas. Están empeñados en conquistar un estilo propio. Y saben que estar empeñados en la conquista de un estilo propio supone dar con el criterio de corrección que mejor se adapte a sus intereses poéticos. Y en esa búsqueda van aligerando peso: sin el fardo de las imperfecciones, sus poemas se vuelven dinámicos, relevantes, se encaminan a ser auténticamente personales.
    Trabajar así implica vencer el pánico al strip–tease del alma. Y significa descubrir tarde o temprano –allá por el cuarto o quinto libro– la plenitud, la felicidad de la creación. Quien lo probó, lo sabe.

 

nota aparecida en el nº 8 de la revista de poesía La guacha, octubre de 1999. ©

 

MARCELO DI MARCO
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