"La inspiración existe, pero es mejor Lo compruebo todos los días, dentro y fuera del taller: montarse
en la inspiración y sacar de lo profundo a nuestros ángeles y
demonios es apenas una etapa inicial de la creación poética. Valioso
en sí mismo, este "pensar por escrito" es incluso independiente
de la escritura, ya que podríamos hacerlo con la ayuda de un grabador,
sin lápiz ni papel, sin stilus. Pero después viene el legítimo laburo: darle sin asco a ese
bloque de mármol que es el poema en bruto, corregir esa primera
versión según las inquietudes estéticas y la capacidad técnica
de cada poeta. Desde el vamos, un buen coordinador debería demostrarles
a los escritores que trabajan con él que la cosa quedará estancada
si no le dan a la corrección el lugar que se merece. Escribir
bien es, principalmente, tomar el texto por las astas y eliminar
los escombros. Escribir bien es no escribir más de la cuenta.
Escribir bien es expresar las ideas con las palabras justas. El
estilo, que le dicen.
La punta de la madeja
alimento balanceado para coordinadores gallos y poetas pollos
que nos encuentre trabajando."
PABLO PICASSO
Pero no todo el mundo piensa igual. Por ejemplo, cada vez
que me toca ser jurado de concursos, siento la tentación de pedir
guita extra por trabajo insalubre. Porque la proporción de lo
que se envía es siempre la misma: carradas de "versos" insignificantes
algunos hábilmente montados para simular poesía conviven con
dos o tres poemas vigorosos, expresivos y sinceros que, con justicia,
terminan por alzarse con los premios. Dentro de ese 95 % descartable,
invariablemente aparecen los acostumbrados tics: frases hechas
y lugares comunes, expresiones "apasionadas" y estados de ánimo
"poéticos", estructuras fallidas, imágenes incomprensibles, adornos
al por mayor. De la música del poema, ni qué hablar: todo huele
a prosa cortadita y desflecada, derechita y para abajo. Pienso
que en tales trabajos no hay, justamente, eso: trabajo. Da la
impresión de que el remitente de dichas correspondencias no pudo
resistirse a dejar las cosas como están, después de haberlas vomitado
en el brillo de la pantalla o sobre la página en blanco. Yo soy
así, dicen, qué voy a hacer. Tómame o déjame. Y yo, personalmente,
a la hora de poner los escritos en la balanza, opto por lo segundo
y los dejo. Y confieso que, a menudo, los dejo con pena: leo algunos
poemas más de una vez, y noto en ellos cierta belleza, cierta
sonoridad
pero en estado bruto, sin acabar. Y, mucho menos, sin
pulir. ¿Qué sería de esos textos no me atrevo a llamarlos poemas
si su autor encontrara un adecuado método de corrección que le
permitiera eliminar la pirita y destacar el oro?
Hay escribidores de versos a quienes esta cuestión les importa
tres pepinos. Y así les va. Creo que su postura tiene muchísimo
que ver con los apresuramientos de la juventud, con la supuesta
lealtad a uno mismo, con una interpretación histérica del término
inspiración, con cierta adoración a la espontaneidad, a la intuición
transgresora y a la tan mentada incorruptibilidad del artista.
Pero en la vereda de enfrente hay verdaderos escritores que
procuran hacer el trabajo bien hecho. Conocen la diferencia entre
escribir poesía y soplar botellas. Están empeñados en conquistar
un estilo propio. Y saben que estar empeñados en la conquista
de un estilo propio supone dar con el criterio de corrección que
mejor se adapte a sus intereses poéticos. Y en esa búsqueda van
aligerando peso: sin el fardo de las imperfecciones, sus poemas
se vuelven dinámicos, relevantes, se encaminan a ser auténticamente
personales.
Trabajar así implica vencer el pánico al striptease del alma.
Y significa descubrir tarde o temprano allá por el cuarto o quinto
libro la plenitud, la felicidad de la creación. Quien lo probó,
lo sabe.