MARCELO DI MARCO

 


NOTAS 32, 46, 47 Y 48 DE:
Hacer el verso


   
32. CORREGIR NO ES DIVÁN NI CENSURA


    Antes de seguir, he aquí un par de aclaraciones insolentes.
    Básicamente, existen tres perfiles de coordinador de taller literario:


    1. El Sigmund Fraude.
    2. El Adolfito de Bolsillo.
    3. El Guía de Ruta.


    1. De temperamento científico, Sigmund Fraude prefiere usar un diván en lugar de escritorio. No le gusta –o no sabe– arremangarse frente a los problemas puntuales del texto: prefiere matar el tiempo "analizando" todo lo que llevan los talleristas. Y tampoco escudriña, al menos, desde el lugar del escritor, sino desde una mirada que pretende ser introspectiva y retrospectiva: descubre, por ejemplo, que detrás de la palabra "abismo" se esconde la fijación anal del tallerista, o que en tal o cual tormenta lo que en realidad cae es semen caliente y no helada agua de lluvia como habíamos escrito nosotros. Superficial y permisivo, desconoce aquel viejo axioma del psicoanálisis: "interpretación fuera de contexto es agresión". Se hace sus buenos pesitos a costa de la ilusión ajena: como jamás subraya ni tacha ni nada, Sigmund Fraude gana fama de democrático, y así se la pasa bomba concediendo "permisos especiales" a la hora de crear, o proponiendo su latiguillo eterno: "Interesante… Volvélo a mirar en casa…".
    2. Especie en extinción –porque merma el stock de masoquistas y la gente lo abandona más temprano que tarde– Adolfito de Bolsillo se va a la otra punta y tacha todo. Tacha, rompe, denigra. Ni siquiera lo hace porque cree que "la letra con sangre entra" sino por satisfacer su afán de manipulación. Lo peor del asunto es que jamás explica por qué tachó. A veces –no es estúpido– también alaba. Pero, en tal caso, tampoco explica el motivo del elogio. Y si hay algo que odia es ver progresar en el mundo de la cultura a sus ex talleristas: es envidioso. Esconde su desamor por la poesía detrás de una bibliografía inextricable. Es un bicho malsano, que intenta disfrazar su impotencia creativa y su fracaso con la máscara del "rigor intelectual". No le gusta que la gente tenga estilo propio: todo lo que no se parece a lo que él escribe –si es que escribe– es digno de reprobación. ¡Y guay de quien ose contradecirlo o se atreva a pedirle alguna puntualización que justifique el desembolso de la cuota!
    3. En las antípodas de los dos anteriores, Guía de Ruta entiende la literatura como un camino de conocimiento. Sabe que no se las sabe todas. No promete varas mágicas. Prefiere el terreno de la duda al del "dejar hacer". Corrige lapicera en mano y predica con el ejemplo: suele ser un escritor tenaz, e inculca esa perseverancia en los talleristas. Entiende que sería una falta de respeto –y un robo– no decir las cosas como son: si tiene que criticar duro, lo hace con amor y verdad. No puede fingir orgasmos. Cada vez que abre la boca se nota que sabe de qué está hablando. Nunca se mete en el qué del poeta sino en el cómo (si escarba en el qué es porque entiende que su intervención puede aliviar el bloqueo creativo del tallerista). Su alegría por ayudar es contagiosa. A los tres meses de estar trabajando con Guía de Ruta, los cambios empiezan a notarse: sencillamente, el poeta preocupado por aprender su oficio siente que está escribiendo mejor que cuando entró.
    Podría contarles mil anécdotas protagonizadas por estos tres tipos de coordinador, pero les referiré solamente una: Josefina Tallerista fue un día a ver a Adolfito de Bolsillo con un poema paródico bajo el brazo. Adolfito leyó el poema en voz alta y delante de todos le disparó a Josefina: "M’ijita, esto es parodia, y para hacer parodia hay que saber mucho". Y después no dijo qué había que saber, ni por qué el poema estaba tan espantoso: se limitó a agarrar un marcador y a cruzar el texto con saña ante la incredulidad de Josefina, quien se levantó y corrió a la puerta para que nadie la viera llorar.
    De todas maneras, no seamos tan extremistas: a decir verdad, todos los coordinadores tenemos algo de cada uno de los tres.
    Ahora, eso sí: hay proporciones y proporciones…

 


   
46. ESCRIBIR ES DARLE LUGAR AL QUE LEE


    Bien decía Novalis que ciertas palabras le corresponden al lector y no al poeta. Por ejemplo, no gano nada si digo:

Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.

    ¿A quién le importo escribiendo de este modo? Tal vez a mi terapeuta, al cura o a algún amigo preocupado por lo que yo siento.
    Sucede que no es lo mismo ser simple que ser simplote. Ser claro en poesía no significa, apenas, que a uno lo "entiendan clarito". No debemos confundir concisión y claridad con un mero telegrama, seco y soso:

Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.

    En literatura las cosas no funcionan de esa manera lisa y chata: el verdadero toque poético lo lograré transmitiendo con palabras realmente expresivas esa mezcla de "insignificancia y esperanza", si es eso lo que quiero decir. Y por "expresivo" entiendo aquello que se atiene al juego de toda comunicación: expresar es, siempre, un "para". Lo que expreso sale de mí –o, mejor dicho, pasa por mí– "para" llegar al otro. En todo caso, la oración "Me siento insignificante pero sin embargo tengo grandes esperanzas" es una resultante, un corolario que debería correr por cuenta del lector, que así se encargaría de reponer –de completar, digamos– lo que el artista dejó latiendo, implícito, en el discurso.
    Convengamos que no es lo mismo decir, como todo hijo de vecino:

Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.

    que, como Fernando Pessoa en el arranque de su "Tabaquería":

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

    Moraleja: la literatura se hace de a dos.


   
47. MIXTURA FINA
   
    Hace unos diez años leí cierta encuesta que me llamó la atención. No recuerdo qué medio les preguntaba a los escritores del momento cuáles eran las palabras más bellas de nuestro idioma. Creo que las palmas se las llevó "crepúsculo", o algún término parecido…
    A mi entender, el asunto es una reverenda tontería. No existen palabras más o menos bonitas que otras. Baste observar con detenimiento los tan "bellos" términos que usa Fernando Pessoa en la lección de humildad que citamos en la nota anterior:

Ser.
Nada.
Nunca.
Poder.
Querer.
Aparte.
Eso.
Tener.
Sueños.
Mundo.

    La poesía no precisa más que de palabras. Palabras a secas. Palabras "comunes" como las de Pessoa, o "primorosas" como las de Lugones:

El cerro azul estaba fragante de romero,
y en los profundos campos silbaba la perdiz.


   El secreto está en la fusión, en la amalgama de realidades divergentes, incluso contrapuestas, que logra el poeta. Esta convergencia de elementos me recuerda a los componentes de una escultura móvil: al entrechocarse azarosamente, se proyectan hacia una zona insospechada de la sensibilidad, creando así otra realidad (paradójicamente ideal, abstracta). Piensen en ese par de versos de Lugones, por poner un ejemplo: en apenas dos líneas el poeta nos ha bombardeado la vista, el olfato y el oído. ¿Y cómo debemos leer lo de "profundos campos"? Sin duda, en una profundidad que trasciende lo paisajístico.
    La belleza de las palabras dependerá de que el poeta y el lector las combinen en una dimensión otra, pero común a los dos. Una divergencia convergente, diríamos. El lenguaje de la poesía consiste en eso. Por tal camino iba César Vallejo cuando afirmaba que para renombrar la realidad no era necesario encontrar nuevas palabras sino nuevas metáforas.
    Entre la mera crónica y lo poético hay un abismo. Si el arte fuera igual que la vida, no tendría razón de existir.


   
48. DISTINGUIENDO ENTRE MANTECA Y MARGARINA
   
    No es preciso ser demasiado astuto ni viejo para darse cuenta de que la vida es como es: un caos perfecto. Cada mañana el hombre propone… y no advierte la teja floja o la amante perdida que están esperándolo justo al cruzar la calle.
    Y a la poesía le encanta hundirse en ese maremágnum de posibilidades. Abriéndose camino entre los gritos y la confusión aleatoria de lo cotidiano, el poeta rescata lo insólito, lo inusual que subyace en lo frecuente. Su despierta mirada filtra lo que ve y lo transforma en música de palabras. Verdaderamente, quien logra escribir en clave poética vuelve a ordenar el mundo. Es como si nos raptara de todo y nos dijera: "¡Vea, vea y advierta las cosas como son!".
    A mí de chico me secuestraron. Me hicieron navegar en un barco ebrio mientras me arrojaban flores hediondas desde el abismo al son del estribillo de un cuervo nocturnal. Todavía me tienen maniatado, y confieso que a veces me permiten uno que otro balbuceo. Aún escucho con nitidez aquellos primeros versos que llegaron de la mano de Rimbaud, Baudelaire y Poe. No los leo hace tiempo, pero los estoy escuchando ahora. Los escucho más nítidamente a ellos, tan distantes, que a ese poemita escuálido y estridente que me aburrió ayer nomás.
    Si el poema no conmueve, si el poema no encandila la mirada del otro y la dirige hacia ese deslumbrante reordenamiento de las cosas, no es un poema. Si no logra arrebatarnos del mundo para siempre, no es un poema. Se tratará, apenas, de una sucesión de líneas más o menos parejitas, escritas a veces con cierta habilidad. Y nada más. Quizá logre causarnos sorpresa o un ligero extrañamiento. Tal vez consiga hacernos olvidar por un rato la perfección del caos.
    Pero no durará.

 

Notas de "Hacer el verso", publicado por Ed. Sudamericana. ©1999.

 

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