Me siento insignificante ¿A quién le importo escribiendo de este modo? Tal vez a mi
terapeuta, al cura o a algún amigo preocupado por lo que yo siento. Me siento insignificante En literatura las cosas no funcionan de esa manera lisa y
chata: el verdadero toque poético lo lograré transmitiendo con
palabras realmente expresivas esa mezcla de "insignificancia y
esperanza", si es eso lo que quiero decir. Y por "expresivo" entiendo
aquello que se atiene al juego de toda comunicación: expresar
es, siempre, un "para". Lo que expreso sale de mí o, mejor dicho, pasa por mí "para" llegar al otro. En todo caso, la oración "Me siento
insignificante pero sin embargo tengo grandes esperanzas" es una
resultante, un corolario que debería correr por cuenta del lector,
que así se encargaría de reponer de completar, digamos lo que
el artista dejó latiendo, implícito, en el discurso. Me siento insignificante que, como Fernando Pessoa en el arranque de su "Tabaquería": No soy nada. Moraleja: la literatura se hace de a dos. Ser. La poesía no precisa más que de palabras. Palabras a secas.
Palabras "comunes" como las de Pessoa, o "primorosas" como las
de Lugones: El cerro azul estaba fragante de romero,
NOTAS 32, 46, 47 Y 48 DE:
Hacer el verso
32. CORREGIR NO ES DIVÁN NI CENSURA
Antes de seguir, he aquí un par de aclaraciones insolentes.
Básicamente, existen tres perfiles de coordinador de taller
literario:
1. El Sigmund Fraude.
2. El Adolfito de Bolsillo.
3. El Guía de Ruta.
1. De temperamento científico, Sigmund Fraude prefiere usar
un diván en lugar de escritorio. No le gusta o no sabe arremangarse
frente a los problemas puntuales del texto: prefiere matar el
tiempo "analizando" todo lo que llevan los talleristas. Y tampoco
escudriña, al menos, desde el lugar del escritor, sino desde una
mirada que pretende ser introspectiva y retrospectiva: descubre,
por ejemplo, que detrás de la palabra "abismo" se esconde la fijación
anal del tallerista, o que en tal o cual tormenta lo que en realidad
cae es semen caliente y no helada agua de lluvia como habíamos
escrito nosotros. Superficial y permisivo, desconoce aquel viejo
axioma del psicoanálisis: "interpretación fuera de contexto es
agresión". Se hace sus buenos pesitos a costa de la ilusión ajena:
como jamás subraya ni tacha ni nada, Sigmund Fraude gana fama
de democrático, y así se la pasa bomba concediendo "permisos especiales"
a la hora de crear, o proponiendo su latiguillo eterno: "Interesante
Volvélo a mirar en casa
".
2. Especie en extinción porque merma el stock de masoquistas
y la gente lo abandona más temprano que tarde Adolfito de Bolsillo
se va a la otra punta y tacha todo. Tacha, rompe, denigra. Ni
siquiera lo hace porque cree que "la letra con sangre entra" sino
por satisfacer su afán de manipulación. Lo peor del asunto es
que jamás explica por qué tachó. A veces no es estúpido también
alaba. Pero, en tal caso, tampoco explica el motivo del elogio.
Y si hay algo que odia es ver progresar en el mundo de la cultura
a sus ex talleristas: es envidioso. Esconde su desamor por la
poesía detrás de una bibliografía inextricable. Es un bicho malsano,
que intenta disfrazar su impotencia creativa y su fracaso con
la máscara del "rigor intelectual". No le gusta que la gente tenga
estilo propio: todo lo que no se parece a lo que él escribe si
es que escribe es digno de reprobación. ¡Y guay de quien ose
contradecirlo o se atreva a pedirle alguna puntualización que
justifique el desembolso de la cuota!
3. En las antípodas de los dos anteriores, Guía de Ruta entiende
la literatura como un camino de conocimiento. Sabe que no se las
sabe todas. No promete varas mágicas. Prefiere el terreno de la
duda al del "dejar hacer". Corrige lapicera en mano y predica
con el ejemplo: suele ser un escritor tenaz, e inculca esa perseverancia
en los talleristas. Entiende que sería una falta de respeto y
un robo no decir las cosas como son: si tiene que criticar duro,
lo hace con amor y verdad. No puede fingir orgasmos. Cada vez
que abre la boca se nota que sabe de qué está hablando. Nunca
se mete en el qué del poeta sino en el cómo (si escarba en el qué es porque entiende que su intervención puede aliviar el bloqueo
creativo del tallerista). Su alegría por ayudar es contagiosa.
A los tres meses de estar trabajando con Guía de Ruta, los cambios
empiezan a notarse: sencillamente, el poeta preocupado por aprender
su oficio siente que está escribiendo mejor que cuando entró.
Podría contarles mil anécdotas protagonizadas por estos tres
tipos de coordinador, pero les referiré solamente una: Josefina
Tallerista fue un día a ver a Adolfito de Bolsillo con un poema
paródico bajo el brazo. Adolfito leyó el poema en voz alta y delante
de todos le disparó a Josefina: "Mijita, esto es parodia, y para
hacer parodia hay que saber mucho". Y después no dijo qué había
que saber, ni por qué el poema estaba tan espantoso: se limitó
a agarrar un marcador y a cruzar el texto con saña ante la incredulidad
de Josefina, quien se levantó y corrió a la puerta para que nadie
la viera llorar.
De todas maneras, no seamos tan extremistas: a decir verdad,
todos los coordinadores tenemos algo de cada uno de los tres.
Ahora, eso sí: hay proporciones y proporciones
46. ESCRIBIR ES DARLE LUGAR AL QUE LEE
Bien decía Novalis que ciertas palabras le corresponden al
lector y no al poeta. Por ejemplo, no gano nada si digo:
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
Sucede que no es lo mismo ser simple que ser simplote. Ser
claro en poesía no significa, apenas, que a uno lo "entiendan
clarito". No debemos confundir concisión y claridad con un mero
telegrama, seco y soso:
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
Convengamos que no es lo mismo decir, como todo hijo de vecino:
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
47. MIXTURA FINA
Hace unos diez años leí cierta encuesta que me llamó la atención.
No recuerdo qué medio les preguntaba a los escritores del momento
cuáles eran las palabras más bellas de nuestro idioma. Creo que
las palmas se las llevó "crepúsculo", o algún término parecido
A mi entender, el asunto es una reverenda tontería. No existen
palabras más o menos bonitas que otras. Baste observar con detenimiento
los tan "bellos" términos que usa Fernando Pessoa en la lección
de humildad que citamos en la nota anterior:
Nada.
Nunca.
Poder.
Querer.
Aparte.
Eso.
Tener.
Sueños.
Mundo.
y en los profundos campos silbaba la perdiz.
El secreto está en la fusión, en la amalgama de realidades
divergentes, incluso contrapuestas, que logra el poeta. Esta convergencia
de elementos me recuerda a los componentes de una escultura móvil:
al entrechocarse azarosamente, se proyectan hacia una zona insospechada
de la sensibilidad, creando así otra realidad (paradójicamente
ideal, abstracta). Piensen en ese par de versos de Lugones, por
poner un ejemplo: en apenas dos líneas el poeta nos ha bombardeado
la vista, el olfato y el oído. ¿Y cómo debemos leer lo de "profundos
campos"? Sin duda, en una profundidad que trasciende lo paisajístico.
La belleza de las palabras dependerá de que el poeta y el
lector las combinen en una dimensión otra, pero común a los dos. Una divergencia convergente, diríamos.
El lenguaje de la poesía consiste en eso. Por tal camino iba César
Vallejo cuando afirmaba que para renombrar la realidad no era
necesario encontrar nuevas palabras sino nuevas metáforas.
Entre la mera crónica y lo poético hay un abismo. Si el arte
fuera igual que la vida, no tendría razón de existir.
48. DISTINGUIENDO ENTRE MANTECA Y MARGARINA
No es preciso ser demasiado astuto ni viejo para darse cuenta
de que la vida es como es: un caos perfecto. Cada mañana el hombre
propone
y no advierte la teja floja o la amante perdida que están
esperándolo justo al cruzar la calle.
Y a la poesía le encanta hundirse en ese maremágnum de posibilidades.
Abriéndose camino entre los gritos y la confusión aleatoria de
lo cotidiano, el poeta rescata lo insólito, lo inusual que subyace
en lo frecuente. Su despierta mirada filtra lo que ve y lo transforma
en música de palabras. Verdaderamente, quien logra escribir en
clave poética vuelve a ordenar el mundo. Es como si nos raptara
de todo y nos dijera: "¡Vea, vea y advierta las cosas como son!".
A mí de chico me secuestraron. Me hicieron navegar en un barco
ebrio mientras me arrojaban flores hediondas desde el abismo al
son del estribillo de un cuervo nocturnal. Todavía me tienen maniatado,
y confieso que a veces me permiten uno que otro balbuceo. Aún
escucho con nitidez aquellos primeros versos que llegaron de la
mano de Rimbaud, Baudelaire y Poe. No los leo hace tiempo, pero
los estoy escuchando ahora. Los escucho más nítidamente a ellos,
tan distantes, que a ese poemita escuálido y estridente que me
aburrió ayer nomás.
Si el poema no conmueve, si el poema no encandila la mirada
del otro y la dirige hacia ese deslumbrante reordenamiento de
las cosas, no es un poema. Si no logra arrebatarnos del mundo
para siempre, no es un poema. Se tratará, apenas, de una sucesión
de líneas más o menos parejitas, escritas a veces con cierta habilidad.
Y nada más. Quizá logre causarnos sorpresa o un ligero extrañamiento.
Tal vez consiga hacernos olvidar por un rato la perfección del
caos.
Pero no durará.