25. HABLA SIR LAWRENCE Noticia pésima "A": La utilidad de este libro es nula si ustedes lo adoptan como
un programa infalible. En el arte, lo dije antes, no existen los dogmas ni los recetarios.
Sólo disponemos de ciertos procedimientos, de guías de ruta. No
más. En literatura hay acuerdos generales sobre muy pocas cosas.
Conozco a poetas y a cuentistas excelentes que trabajan de maneras
distintas de las de otros poetas y cuentistas no menos excelentes.
Pero, ya sea que usen frases cortas o frases largas, siempre un
común denominador unirá a todos los buenos escritores: sus textos
son claros, su estilo fluye, sus ideas viven. Noticia pésima "B": Los esquemas de correción son solamente eso: esquemas. Sería una locura suponer que los textos pueden transformarse
en ejemplos de maestría literaria sólo mediante la mera aplicación
de métodos calculados al milímetro. Si sospechan que el trabajo
se reduce a poner fríamente en práctica algunas técnicas más o
menos ingeniosas, están listos. Si creen en aquello de "los engranajes, los mecanismos del texto", mejor dedíquense a la relojería, no pierdan tiempo
con la literatura. Acá hay que dejar el alma, como en todo lo
que vale la pena. De todo lo que se escribe, sólo me interesa lo que se escribe
con la propia sangre. Escribe con la sangre y así aprenderás que
la sangre es espíritu. En resumen, la cosa quedará estancada si no le hacemos un
lugar a la magia en el centro de nuestra literatura. 38. ESO EXISTE Vuelen al escritorio. Larguen todo inmediatamente, ya tendrán
tiempo de prepararse otra taza de café. No se detengan a pensar en qué escribir. Si no se les ocurre
nada, escriban sobre ese tipo que hace un minuto vieron cruzar
la calle corriendo.
NOTAS 1, 25, 29 Y 38 DE:
Taller de corte & corrección
1. ELOGIO DE LA CORRECCIÓN
Hace más de quince años que trabajo con gente de diversa formación
y extracción social y económica: profesionales, estudiantes, escritores
primerizos y avanzados. Y todos los días me parece maravilloso
comprobar cómo mejoran su estilo al eliminar el ripio. Sin el
lastre de las imperfecciones, sus textos no tardan en volverse
dinámicos, relevantes, sensacionales.
Durante una conversación con Daniel Freidemberg, publicada
en Clarín en 1992, Abelardo Castillo hablaba de su gran obsesión: alcanzar
la forma expresiva perfecta.
"Creo que todo puede ser corregido decía. Reescribir es
hacer otra cosa con un texto, y corregir es tratar de modificar
ese texto dentro de las pautas que te plantea."
No dudo de que más de un lector de la entrevista familiarizado
o no con la literatura se habrá sorprendido al enterarse de que
"no se puede enseñar a escribir, pero sí a corregir"; de que Borges
corregía sus textos sin parar; de que Valéry sólo publicaba cuando
llegaba al hartazgo de la corrección; de que Castillo mismo eliminaría
todas las ediciones anteriores de sus libros para meter mano en
ellos a voluntad. Con vehemencia, el escritor sostenía que para
él la corrección era, ante todo, una actitud ética respecto del
significado profundo de la escritura: "En la literatura y en la
vida en general, hacer menos de lo que se puede hacer me parece
que es un rasgo de mala conducta".
La entrevista, indirectamente, me hizo pensar en una confusión
bastante frecuente: para muchos escritores, limpiar el texto,
modificarlo, ajustarlo, retocarlo, son trabajos impensables; peor
todavía: innecesarios. Creo que esta actitud tiene muchísimo que
ver con eso de la "fidelidad a uno mismo", con una lectura equivocada
del término "inspiración", con cierto culto a la "espontaneidad",
a la "intuición" y a la "pureza". Sin embargo, estoy seguro de
que dichos autores sospechan íntimamente que en sus escritos al
igual que en los de todos los escritores, expertos o no discurren dragones terribles,
capaces de matar una idea de por sí brillante, de desmoronar una
invención novedosa, de ahuyentar al lector más paciente. Pero,
para la mayoría, la tentación de dejar las cosas como están es
muy poderosa, inconscientemente poderosa. Hay quienes optan por
leerse a sí mismos una y otra vez, llegando a enamorarse del tono,
de cierta cadencia del texto. Al desconocer sus defectos, también
terminan enamorándose de ellos. Se autoengañan. Y toda esta música
grata a su oído hace imposible cualquier cambio. Tal vez sea por
eso que muchos coordinadores de talleres literarios ponen el acento
en la "producción original", en el "sacar afuera", en "vencer
el temor a la página en blanco". Todo eso es muy bueno, pero no
alcanza. En absoluto. Resultaría realmente efectivo si estuviera
complementado por algo fundamental en el arte de escribir: la
corrección. O, lo que es lo mismo, la búsqueda de un estilo expresivo,
brillante de transparencia y nitidez.
Pero no perdamos tiempo. Los invito a que nos pongamos a trabajar.
Terminaba Olivier de interpretar una obra de Shakespeare.
Después de la función, un periodista alabó su estilo de actuación.
"¡Qué maravilla, sir Lawrence! dijo. ¡Cuánta espontaneidad
en el personaje!"
"Es verdad contestó Olivier, salió espontáneo: lo estuve
ensayando durante seis meses."
Ser claro. Ser sencillo. Ser cuidadoso. Esforzarse para resultar
natural y "espontáneo".
Corrección mediante.
29. UNA DE ARENA
Por ahora, todo está muy lindo. Pero llegó el momento de decirles
algo. No hubiera querido hacerlo; sin embargo, aterrizando en
este punto del libro... en fin, tengo que darles un par de pésimas
noticias. Espero no desilusionar a nadie (y, pensándolo bien,
quizás alguno de ustedes hasta me dará las gracias).
Escuchemos la voz de Friedrich Nietzsche:
Las prácticas de corte y corrección que he sugerido y sugeriré
tienden a que cada uno se forme su propio estilo. Por algo se
empieza. Después, con el trabajo, vendrán la originalidad, el
gusto por el detalle o por la amplificación, el desborde imaginativo,
la sobria arquitectura, el festín del espíritu, la sangre.
Imagínense en la mañana de un sábado cualquiera, solos en
casa. Llueve, y parece que el tiempo seguirá así por un buen rato.
Han desayunado sin apuro, no hay ningún compromiso en todo el
día. Por la ventana les llega el rumor de algún auto y del agua
que cae sin parar. Miran la gris claridad de la calle y el brillo
de la lluvia en los charcos. Alguien cruza corriendo, dobla la
esquina y se pierde de vista. Aparte de ese intrépido, nadie más
se ha atrevido a salir. Y ustedes tampoco piensan hacerlo. Todavía
queda aroma a pan tostado y café, y no quieren irse de la cocina.
Les gusta que el momento siga durando. No pueden explicarse tanta
felicidad. Simplemente, sucede.
Pero notan que también hay algo más.
Algo que despunta adentro de uno. Al principio es una sensación
incierta, casi imperceptible.
Lentamente, empiezan a comprender. Tal vez éste no sea un
sábado como cualquier otro.
Eso está despertando. Lo sienten. Lo han sentido más de una vez,
y aprendieron a reconocerlo.
Eso.
Es lo mismo que hoy les pasa a García Márquez, a Bioy, a la
vecina de acá a la vuelta, que escribe versos.
Eso.
Lo mismo que vivieron Safo, Goodis, Dante, Unamuno, Perlongher,
cada vez que los torbellinos de sus almas no querían dejarlos
en paz.
Liberen Eso. Escriban lo que sea, lo que se les ocurra en este momento de
gracia.
¿Por qué corre?
Creo que la lluvia no tiene nada que ver. Creo que corre por
otra cosa.
Escapa.
Debe ser un asesino a quien la culpa persigue desde hace cinco
años, desde el día en que...
¡Basta! Ustedes saben mejor que nadie qué escribirán sobre ese
personaje extraño.
O, por lo menos, lo sospechan. Eso busca romper la jaula, pronto será un aullido imparable.
Estén ahí, para cuando Eso pase.