MORIR EN CASA, MORIR DESPACIO Por fin estaba a punto de firmar, pronto sería libre de una vez. CUESTIÓN DE HERENCIA Siempre pasábamos la Navidad en casa. Los tres, sin parientes
ni vecinos. Pero el año en que cumplí nueve, a tía Ingrid se le
ocurrió invitarnos. Misteriosa, dijo que había llegado el momento
de que supiéramos la verdad. Papá le siguió la corriente, trabajado
por la culpa: hacía meses que no veíamos a los tíos, estaban más
solos que el demonio y ya empezaban a desvariar y todo. EL TEJIDO SOCIAL ESTÁ CADA VEZ MÁS HECHO PELOTA Qué hacía Tío Bebe en Punta Mogotes era un auténtico misterio:
toda la vida veraneó en Punta del Este, y cuando se refería a
Mar del Plata decía "Mier del Plata" frunciendo la nariz. Me di
cuenta de que era él por el Mercedes rojo, una bruta máquina,
flamante, que se había hecho traer de Alemania. Cuando lo vi,
ya era tarde para rajar: Tío Bebe nos saludó con un bocinazo y
ahora se nos acercaba maniobrando en el estacionamiento del balneario
y sacando la cabeza por la ventanilla.
Cuentos recientes
Postrada y jadeante, ella lo espiaba con sus ojos de rata. Era
evidente que la vieja tenía miedo: en sesenta años jamás se habían
separado.
Pero él dejó la lapicera en el aire. Y volvió a cada humillación,
a cada derrota suya frente a esa mujer. Y contuvo la furia para
tomar aliento.
Cambié de opinión, mamá dijo, solemne, rompiendo los papeles
del geriátrico. Nadie va a tratarte como pienso hacerlo yo.
Fuimos.
Y así tuve la revelación de mi vida. Por supuesto, no espero que
alguien crea en este relato. Necesito contarlo y punto.
Llegamos a eso de las diez a Santos Lugares, como para brindar
rapidito y volar a casa. Pedí llevar yo los regalos, y cuando
bajamos del Gordini mamá me colgó del brazo la bolsa con los paquetes.
Papá tocó el timbre y pronto oí un crujido. Me puse en puntas
de pie, y estúpidamente rogué porque fuera Papá Noel el que se
acercaba. Pero no: era tía Ingrid. No había suficiente luz, tenía
la cara oculta en la oscuridad. Bajaba los escalones del zaguán
con mucho esfuerzo. Me solté de mamá y retrocedí. Papá me fulminó con la mirada.
Vení acá dijo.
Obedecé a tu padre susurró mamá.
Obedecí, y al instante la puerta tembló y tía Ingrid apareció
en el umbral. Tuve un escalofrío.
Nicky querido me dijo, con su acento ronco y siseante, Feliz
Nochebuena.
Cómo estás, Ingridsaludó papá, y mamá tosió y dijo algo que
no oí.
Sin contestar a ninguno de los dos, tía Ingrid me sonrió. Hizo
ademán de acariciarme, yo intenté apartar la cabeza pero mamá
me agarró del cuello y me mantuvo quieto mientras tía Ingrid me
restregaba la mano huesuda por el pelo. Tenía olor a comida pasada,
a rancio. Sentí un retortijón y disimulé lo mejor que pude. Y
después vino el beso y ese aliento agrio, como de hollejos podridos.
Entren, queridos dijo la bruja. Hoy vamos a tener una Navidad
maravillosa.
Sí, sí, linda Navidad dijo mamá, y vi que contenía la risa.
¿Cómo íbamos a sospechar?
Entramos.
Habían colgado medias rojas en la estufa a leña, de hierro, orgullo
del tío Nicolás. Para mí era horrenda, un cachivache. Y peor con
esas ridículas "botas" de Papá Noel, que parecían no contener
ningún regalo. Debo confesar que, como la mayoría de los chicos,
yo detestaba a los viejos. Odiaba su mundo de olor a naftalina.
Pero bueno, había que aguantarlos del mejor modo posible. Lo único
hermoso era el árbol, enorme, igualito al de Cascanueces.
Mamá me ayudó con los paquetes, y aproveché para pegar un vistazo
alrededor: quería descubrir de dónde vendría el tío Nicolás.
¿Y Nicolás? preguntó papá como si me hubiera leído la mente.
Debe estar por volver. Un viaje largo, vos sabés
Papá sonrió, asintió, y me di cuenta de que no sabía ni medio.
En realidad, ninguno de nosotros sabía ni medio.
Los grandes se pusieron a hablar de sus cosas, y yo aproveché
para mandarme a mudar al fondo. Aquella casa era más oscura que
una cripta. Nunca logré entenderla del todo. Pensaba que abajo
estaría recorrida por sótanos, traspasada de túneles y cosas así.
Jamás pude acostumbrarme al olor apestoso que la invadía. Sebo,
grasa hirviendo. Me hacía sentir un regusto de manteca cortada
que me llenaba la boca. Era preferible pasar la Navidad en cualquier
parte menos en esa bóveda, pero reconozco que la invitación de
tía Ingrid me había intrigado, sobre todo por sus palabras: "Llegó
el momento de que sepan la verdad había dicho. Muy pronto Nicky
tendrá que encargarse de todo".
Y entonces fue que lo vi, en medio de la noche del fondo.
Hubo en el cielo un chisporroteo de cristal encendido, hubo una
música de trompetas que estalló en aquel rincón de Santos Lugares,
hubo una nube resplandeciente de la que emergió el trineo de tío
Nicolás. Aterrizó al lado del viejo limonero igual que un plato
volador. Noté que los renos estaban muertos de agotamiento, con
la lengua afuera y sudando como caballos.
¡Lección primera, Nicky dijo, apeándose, tío Nicolás: entre
un reparto y otro, hacéte un tiempo para festejar con la familia!
¡Qué dice la intelectualidad vernácula! gritó, sonriente.
¡Y qué hay de la dirigencia empresarial! contesté, completando
la contraseña habitual.
Lo veíamos de tanto en tanto pero nos unía un odio cariñoso; a
pesar de nuestras protestas, enseguida nos cargó las cosas en
el baúl, nos hizo subir al Mercedes y enfiló para nuestro departamento.
Y bueno, che dijo, una gauchada no se le niega a nadie. De
paso se les pega un poco de mi brillo.
Tío Bebe era insoportable. Dueño de cinco fábricas de camperas,
afiliado al PC de toda la vida, le encantaba pregonar a voz en
cuello su compromiso con la realidad sociopolítica del país. Y
del mundo: en los últimos diez años lo habíamos oído justificar
prolijamente cada fusilamiento de Castro, la masacre de la Plaza
Tiananmen y la invasión a Kuwait. Una noche dijo que Cabrera Infante
y Reinaldo Arenas eran "un par de comemierdas", y Mónica me tuvo
que contener para que no le tirara con el cenicero.
Los 35 º ni se notaban adentro del Mercedes. Tío Bebe aclaró que
venía por negocios, pero le sospeché una mina. La cuestión es
que estábamos con el tío en Mar del Plata, mi mujer y yo, tratando
de avanzar en medio de la caravana de autos que también se habían
ensartado al tomar la costa.
Me llega a tocar y lo reviento explicó, señalando un 504 que
tenía atrás, bien pegado.
La gente vive muy alienada, tío dijo Mónica, y se dio vuelta
y me guiñó un ojo.
Tío Bebe no contestó, y de pronto se abrió un claro y picó en
punta.
Ahí están, pobres muchachos. El tejido social está cada vez más
hecho pelota.
Miré hacia donde él miraba, y a media cuadra distinguí a un grupo
de chicos con baldes y cepillos. Algunos tendrían más de veinte
años.
Tío Bebe aceleró, tal vez para ir más rápido al encuentro de sus
desposeídos. Pero nos paró el semáforo.
De inmediato nos rodeó un enjambre de "pobres muchachos" sonrientes,
cargados de tachos y empuñando secadores de mango corto. Tío Bebe
se puso más pálido que un vampiro.
Quququé van a hacer tartamudeó.
Pronto nos enteramos: un pobre muchacho aplicó su trapo roñoso
al parabrisas, otro se dio a rascar la luneta trasera con su cepillo
y un tercero enchastró el capot rojo con el secador.
Tío Bebe quedó paralizado, pero sólo fue un segundo: paró el motor,
bajó del Mercedes como un relámpago, agarró de los pelos al primer
pobre muchacho que encontró y le encajó una trompada que lo desparramó
en el pavimento. Todos los demás pobres muchachos se nos vinieron
al humo. Yo alcancé a sacar a Mónica y llevarla a la vereda. Quise
intervenir, pero me detuvo. La gente gritaba como loca, y los
bocinazos eran una fiesta. Tío Bebe repartía patadas y se cubría
de la lluvia de tortazos. Hasta que pronto terminó todo. Uno de
los pobres muchachos abrió la puerta del Mercedes y echó un baldazo
de agua podrida sobre el tablero y el tapizado impecable. Tío
Bebe bajó los brazos, miró el desastre y se desmayó, no sin antes
recibir un puñetazo que le partió la nariz. Al rato vino la policía.
Lo demás salió en todos los diarios.
Y esa fue la última vez que vimos al tío Bebe. Dicen que se hizo
vegetariano y que consulta a un astrólogo cada vez que viaja.
Eso sí: del PC no se desafilió.