MARCELO DI MARCO

 


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MORIR EN CASA, MORIR DESPACIO

   Por fin estaba a punto de firmar, pronto sería libre de una vez.
   Postrada y jadeante, ella lo espiaba con sus ojos de rata. Era evidente que la vieja tenía miedo: en sesenta años jamás se habían separado.
   Pero él dejó la lapicera en el aire. Y volvió a cada humillación, a cada derrota suya frente a esa mujer. Y contuvo la furia para tomar aliento.
   –Cambié de opinión, mamá –dijo, solemne, rompiendo los papeles del geriátrico–. Nadie va a tratarte como pienso hacerlo yo.



CUESTIÓN DE HERENCIA

   Siempre pasábamos la Navidad en casa. Los tres, sin parientes ni vecinos. Pero el año en que cumplí nueve, a tía Ingrid se le ocurrió invitarnos. Misteriosa, dijo que había llegado el momento de que supiéramos la verdad. Papá le siguió la corriente, trabajado por la culpa: hacía meses que no veíamos a los tíos, estaban más solos que el demonio y ya empezaban a desvariar y todo.
   Fuimos.
   Y así tuve la revelación de mi vida. Por supuesto, no espero que alguien crea en este relato. Necesito contarlo y punto.
   Llegamos a eso de las diez a Santos Lugares, como para brindar rapidito y volar a casa. Pedí llevar yo los regalos, y cuando bajamos del Gordini mamá me colgó del brazo la bolsa con los paquetes. Papá tocó el timbre y pronto oí un crujido. Me puse en puntas de pie, y estúpidamente rogué porque fuera Papá Noel el que se acercaba. Pero no: era tía Ingrid. No había suficiente luz, tenía la cara oculta en la oscuridad. Bajaba los escalones del zaguán con mucho esfuerzo. Me solté de mamá y retrocedí. Papá me    fulminó con la mirada.
   –Vení acá –dijo.
   –Obedecé a tu padre –susurró mamá.
   Obedecí, y al instante la puerta tembló y tía Ingrid apareció en el umbral. Tuve un escalofrío.
   –Nicky querido –me dijo, con su acento ronco y siseante–, Feliz Nochebuena.
   –Cómo estás, Ingrid–saludó papá, y mamá tosió y dijo algo que no oí.
   Sin contestar a ninguno de los dos, tía Ingrid me sonrió. Hizo ademán de acariciarme, yo intenté apartar la cabeza pero mamá me agarró del cuello y me mantuvo quieto mientras tía Ingrid me restregaba la mano huesuda por el pelo. Tenía olor a comida pasada, a rancio. Sentí un retortijón y disimulé lo mejor que pude. Y después vino el beso y ese aliento agrio, como de hollejos podridos.
   –Entren, queridos –dijo la bruja–. Hoy vamos a tener una Navidad maravillosa.
   –Sí, sí, linda Navidad –dijo mamá, y vi que contenía la risa. ¿Cómo íbamos a sospechar?
   Entramos.
   Habían colgado medias rojas en la estufa a leña, de hierro, orgullo del tío Nicolás. Para mí era horrenda, un cachivache. Y peor con esas ridículas "botas" de Papá Noel, que parecían no contener ningún regalo. Debo confesar que, como la mayoría de los chicos, yo detestaba a los viejos. Odiaba su mundo de olor a naftalina. Pero bueno, había que aguantarlos del mejor modo posible. Lo único hermoso era el árbol, enorme, igualito al de Cascanueces.
   Mamá me ayudó con los paquetes, y aproveché para pegar un vistazo alrededor: quería descubrir de dónde vendría el tío Nicolás.
   –¿Y Nicolás? –preguntó papá como si me hubiera leído la mente.
   –Debe estar por volver. Un viaje largo, vos sabés…
Papá sonrió, asintió, y me di cuenta de que no sabía ni medio. En realidad, ninguno de nosotros sabía ni medio.
   Los grandes se pusieron a hablar de sus cosas, y yo aproveché para mandarme a mudar al fondo. Aquella casa era más oscura que una cripta. Nunca logré entenderla del todo. Pensaba que abajo estaría recorrida por sótanos, traspasada de túneles y cosas así. Jamás pude acostumbrarme al olor apestoso que la invadía. Sebo, grasa hirviendo. Me hacía sentir un regusto de manteca cortada que me llenaba la boca. Era preferible pasar la Navidad en cualquier parte menos en esa bóveda, pero reconozco que la invitación de tía Ingrid me había intrigado, sobre todo por sus palabras: "Llegó el momento de que sepan la verdad –había dicho–. Muy pronto Nicky tendrá que encargarse de todo".
   Y entonces fue que lo vi, en medio de la noche del fondo.
   Hubo en el cielo un chisporroteo de cristal encendido, hubo una música de trompetas que estalló en aquel rincón de Santos Lugares, hubo una nube resplandeciente de la que emergió el trineo de tío Nicolás. Aterrizó al lado del viejo limonero igual que un plato volador. Noté que los renos estaban muertos de agotamiento, con la lengua afuera y sudando como caballos.
   –¡Lección primera, Nicky –dijo, apeándose, tío Nicolás–: entre un reparto y otro, hacéte un tiempo para festejar con la familia!



EL TEJIDO SOCIAL ESTÁ CADA VEZ MÁS HECHO PELOTA

   Qué hacía Tío Bebe en Punta Mogotes era un auténtico misterio: toda la vida veraneó en Punta del Este, y cuando se refería a Mar del Plata decía "Mier del Plata" frunciendo la nariz. Me di cuenta de que era él por el Mercedes rojo, una bruta máquina, flamante, que se había hecho traer de Alemania. Cuando lo vi, ya era tarde para rajar: Tío Bebe nos saludó con un bocinazo y ahora se nos acercaba maniobrando en el estacionamiento del balneario y sacando la cabeza por la ventanilla.
   –¡Qué dice la intelectualidad vernácula! –gritó, sonriente.
   –¡Y qué hay de la dirigencia empresarial! –contesté, completando la contraseña habitual.
   Lo veíamos de tanto en tanto pero nos unía un odio cariñoso; a pesar de nuestras protestas, enseguida nos cargó las cosas en el baúl, nos hizo subir al Mercedes y enfiló para nuestro departamento.
   –Y bueno, che –dijo–, una gauchada no se le niega a nadie. De paso se les pega un poco de mi brillo.
   Tío Bebe era insoportable. Dueño de cinco fábricas de camperas, afiliado al PC de toda la vida, le encantaba pregonar a voz en cuello su compromiso con la realidad sociopolítica del país. Y del mundo: en los últimos diez años lo habíamos oído justificar prolijamente cada fusilamiento de Castro, la masacre de la Plaza Tiananmen y la invasión a Kuwait. Una noche dijo que Cabrera Infante y Reinaldo Arenas eran "un par de comemierdas", y Mónica me tuvo que contener para que no le tirara con el cenicero.
   Los 35 º ni se notaban adentro del Mercedes. Tío Bebe aclaró que venía por negocios, pero le sospeché una mina. La cuestión es que estábamos con el tío en Mar del Plata, mi mujer y yo, tratando de avanzar en medio de la caravana de autos que también se habían ensartado al tomar la costa.
   –Me llega a tocar y lo reviento –explicó, señalando un 504 que tenía atrás, bien pegado.
   –La gente vive muy alienada, tío –dijo Mónica, y se dio vuelta y me guiñó un ojo.
Tío Bebe no contestó, y de pronto se abrió un claro y picó en punta.
   –Ahí están, pobres muchachos. El tejido social está cada vez más hecho pelota.
Miré hacia donde él miraba, y a media cuadra distinguí a un grupo de chicos con baldes y cepillos. Algunos tendrían más de veinte años.
   Tío Bebe aceleró, tal vez para ir más rápido al encuentro de sus desposeídos. Pero nos paró el semáforo.
   De inmediato nos rodeó un enjambre de "pobres muchachos" sonrientes, cargados de tachos y empuñando secadores de mango corto. Tío Bebe se puso más pálido que un vampiro.
   –Qu­qu­qué van a hacer –tartamudeó.
Pronto nos enteramos: un pobre muchacho aplicó su trapo roñoso al parabrisas, otro se dio a rascar la luneta trasera con su cepillo y un tercero enchastró el capot rojo con el secador.
   Tío Bebe quedó paralizado, pero sólo fue un segundo: paró el motor, bajó del Mercedes como un relámpago, agarró de los pelos al primer pobre muchacho que encontró y le encajó una trompada que lo desparramó en el pavimento. Todos los demás pobres muchachos se nos vinieron al humo. Yo alcancé a sacar a Mónica y llevarla a la vereda. Quise intervenir, pero me detuvo. La gente gritaba como loca, y los bocinazos eran una fiesta. Tío Bebe repartía patadas y se cubría de la lluvia de tortazos. Hasta que pronto terminó todo. Uno de los pobres muchachos abrió la puerta del Mercedes y echó un baldazo de agua podrida sobre el tablero y el tapizado impecable. Tío Bebe bajó los brazos, miró el desastre y se desmayó, no sin antes recibir un puñetazo que le partió la nariz. Al rato vino la policía. Lo demás salió en todos los diarios.
   Y esa fue la última vez que vimos al tío Bebe. Dicen que se hizo vegetariano y que consulta a un astrólogo cada vez que viaja. Eso sí: del PC no se desafilió.

 

cuentos aparecidos en la revista Noticias, en 1998 y 1999. ©

 

MARCELO DI MARCO
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