La marca del Zorro
Lo encontré de casualidad, en El Aljibe, después de casi veinte
años. Estaba igual, aunque con menos pelo. Le costó reconocerme:
hace veinte años yo daba lástima, de tan flaco. El Zorro sacó
del bolsillo su Movicom y lo puso sobre la mesa. Hice lo mismo
con el mío. Faltaba que nos desafiáramos a ver quién orinaba más
lejos, como hacíamos de chicos.
Ordenó queso de cabra marinado y grillé, y sugirió que lo
compartiéramos. No quiso hablar de Ardilla. Explicó que acababan
de separarse y que el asunto había sido bastante denso. Pero no
parecía preocupado. Se reía por cualquier cosa, incluso cuando
me dijo que su hermano había muerto en un accidente de aviación,
en la primavera del '81.
Lindo hijo de puta Juan Martín comentó. En Agronomía les
preparaba a los compañeros sándwiches de concha de vaca, no sé
si te lo conté alguna vez.
¿Y los otros? pregunté, interrumpiendo el encendido de un
cigarrillo.
Qué otros.
El Yeti, Ignacio, Penny.
Poco y nada se llevó la copa de champagne a los labios,
sin dejar de sonreír. El club no tardó en venirse abajo y todos
nos desparramamos para cualquier parte.
El sommelier trajo un Don Valentín. El Zorro le indicó que era yo quien debía
catarlo.
Excelente dije, mientras pensaba que un buen Beaujolais de Flichman hubiera combinado mejor con el queso.
El mozo sirvió el vino y se retiró.
Una vez vi a Andy Panda por televisión siguió el Zorro.
Andy Panda... Pensar que de chica no valía un pito.
Pero vos y Andy Panda... disparé.
¿Con qué mina del club no tuve algo, Marcelo?
Pensé en Gala. No pude evitarlo. En todos estos años, nunca
dejé de imaginarla dentro del coche, sus gritos desesperados,
los jadeos de desgarro.
¿Y Gala? dije.
El Zorro levantó la vista y se iluminó. Miró por encima de
mí, hacia la puerta. Su sonrisa crecía, más y más ancha. Alguien
se acercaba. Por un momento se me ocurrió que era Gala, que Gala
venía hacia nosotros. No me atreví a darme vuelta.
Un grupo de americanos pasó cerca de nuestra mesa. El Zorro
les hizo un saludo.
¿Y Gala? repetí.
Qué Gala preguntó, como si fuese la primera vez que oía
ese nombre.
Galatea contesté.
Gala, claro el Zorro se limpió la boca cuidadosamente. Sus
ojos brillaron con la misma intensidad de aquella noche, cuando
contó a la barra el desenlace de la historia. ¿Qué será de la
vida de Gala?
Lo primero que nos impresionó fue el coche, ¿te acordás?
Un Fairlane reluciente dijo el Zorro.
Era difícil olvidarse. La había traído un chofer. Notamos
de inmediato que Galatea era distinta, y no sólo por el nombre.
Sospeché que algo raro iba a pasar. Tres meses más tarde supe
que había acertado, aunque no del todo. Más que raro, lo que pasó
con Gala fue terrible.
El mono que la traía era de la custodia del padre recordó
el Zorro.
Un pez gordo.
Me estás cargando dijo. Más bien tenía pinta de comisario
mejicano jubilado.
El viejo dije, me estoy refiriendo al viejo.
Sonó el Movicom del Zorro. Habló en inglés, con voz monótona.
Una antena de radio se había derrumbado con el viento, en Comodoro.
Dio un par de instrucciones y cortó.
Por mí, se pueden ir todos a la mierda dijo. Ahora estoy
con vos. Qué me estabas diciendo...
Que Gala tenía bastante pedigree.
El Zorro le hizo una seña al mozo.
Es cierto asintió. No sé quién nos dijo que el padre era
Subsecretario o algo por el estilo.
Asesor del Ministerio del Interior desde la época de Onganía
confirmé. Uno de los pocos tipos que quedaron después que subió
Lanusse. Gala no era una mina del montón.
No bien había aparecido por la entrada del buffet, el bolso
Adidas en una mano y la Dunlop de aluminio en la otra, las chicas
la calificaron con un injusto 4. Para nosotros, caimanes de hambre
atrasada, la nueva (modosita, rubiecita, culoncita) calificaba
para 8, era merecedora del 8; y merecedora de otras cosas, además
del 8. Días después, el Yeti y Tata Dios intentaron arrimársele.
Cada cual a su turno, supieron de las espinas, de las hieles del
fracaso amoroso, de los turbios sinsabores del rebote y la agachada.
El mozo se acercó con el queso.
El Zorro levantó su copa y me miró directo a los ojos.
Vos también le anduviste atrás.
¿A quién?
A Gala. Confesálo.
Después de lo que les pasó al Yeti y a Tata Dios mentí,
no me quedaron ganas.
Fue una lástima: si Gala hubiera aceptado a cualquiera de
esos dos inocentes, o a mí, posiblemente no habría sucedido nada
de lo que pasó aquella noche.
Al principio explicó el Zorro yo preferí darle un poco
de soga.
No mentía. Se había fijado en Gala recién al mes de que ella
entrara al club. No se podía esperar menos de él no diré que
le copiábamos hasta el modo de escupir; le teníamos, sí, cierto
respeto y admiración. Sabía pesar, con frialdad de relojero, las
instancias sutiles de su encanto. Calculaba casi en miligramos,
como un estratega. Encuentros sorpresivos en la cancha de hockey,
suministro de sonrientes chocolatines, animosas visteaditas de
mesa a mesa, miradas de puma solitario. Logró entusiasmarla. La
melancolía del otoño hizo el resto. Y, también, la liberación
de los guerrilleros ordenada por Cámpora como primer acto de gobierno,
suceso que despertó, en más de una, la natural urgencia de recibir
protección. La tormenta política se aplacó. Vinieron cines, partidos
de rugby, bailes, zoológico con bosques de Palermo incluidos,
casa de los suegros, golfito y arquería y cupé Chevy y paseos
en bicicleta y bowling automático. Pero cama del Zorro, nunca.
Era toda una damita rió. Se le había metido en el bocho
que quería llegar virgen al matrimonio.
Educada con mano maestra, dueña de un super yo de este tamaño
(según aseguraba Andy Panda, la anteojuda intelectual de nuestra
tribu), Gala no quería ponerse de acuerdo en lo esencial. Eso
perjudicó al Zorro. Su calificación (un 10 bien merecido: las
muescas en su revólver superaban la decena) bajó vertiginosamente.
Todos nos preguntábamos qué pasaba, qué estaba esperando. Hubo
quien arriesgó que el líder se había enamorado de verdad, que
ya no estaba simplemente haciendo el novio con Gala. Nadie sospechó
lo que cocinaba en su cabeza.
Las monjas apunté.
El Zorro miró a uno y a otro lado.
Qué monjas preguntó.
Las del Divino Rostro, si no me equivoco.
Volvió al queso, entusiasmado.
Estás en pedo dijo. La que iba al Divino Rostro era Ardilla. Si a Gala la hubieran agarrado las monjas, habría
sido otro cantar.
No creo. Gala era distinta.
El mozo dejó el menú. El Movicom del Zorro sonó de nuevo.
La puta que lo parió dijo, y optó por desconectarlo. Colegio
de monjas o no, hay que reconocer que la muy turrita tenía su
carácter.
Las peleas, las agarradas por cualquier estupidez, empezaron
a ser habituales en ellos. Llegaron a cruzarse algún que otro
insulto pesado, en público. Cosas de chicos. Gala, colorada de
furia y de vergüenza, un día le tiró en la cara el anillo de plata
900 y se fue corriendo. Recuerdo que bastó una mirada del Zorro
para que también nosotros nos mandásemos a mudar. Dejaron de verse
dejó Gala de venir al club una semana. Pero el amor propio de
él era más fuerte que el amor a secas. Volvieron, gracias también
a los buenos oficios de Ardilla, esa temible versión adolescente
de la Celestina, que años después se iba a convertir en su esposa.
Volvieron. Y el Zorro, dale que dale, cada vez más para adelante.
Y Gala, a último momento, echándose atrás, dándole de comer a
la barrita con tanto devaneo y negativa. Ya había risas. Y burlas
no lo bastante solapadas.
Lo del Virianol pregunté fue idea tuya o de tu hermano.
El Zorro se puso un poco serio. Sólo un poco.
El asunto no daba para más dijo.
Nunca supimos de quién fue la idea. Todos sospechamos de Juan
Martín, el hermano mayor del Zorro, ex estudiante de Agronomía.
En el mundo de la farmacopea veterinaria existe un producto eficaz,
el Virianol, una compleja mixtura de estrógenos destinada a exacerbar
el celo de las yeguas. La noche que después todos quisimos olvidar,
hubo una inyección aplicada a un caramelo, hubo un Chevy estacionado
no muy lejos del Hostal del Lago, entre la fronda, con Gala a
bordo.
El Zorro estudió la carta.
Para mí ordenó, una corona de cordero. En su jugo.
¿Y el señor? preguntó el mozo.
¿Qué aconseja?
Pedíte lo mismo que yo propuso el Zorro. Viene con ajo
relleno.
Y con macedonia de verduras intervino el mozo.
Preferiría el pastel de champignones arriesgué.
El mozo se fue con el pedido.
En qué estábamos dijo el Zorro.
En que vos te habías bajado...
¿A quién? rió. ¿A Galatea?
Encendí un cigarrillo.
Vos bajaste con el pretexto de ir a comprar puchos o no sé
qué en el Hostal del Lago recordé.
Correcto contestó. La dejé sola para darle tiempo de que
se pusiera bien a punto.
Se pasó un dedo por los labios y miró hacia abajo, hacia un
punto perdido del mantel. Ya no reía. Me pareció sumamente cansado,
como si de pronto le hubiesen echado encima una pila de años.
Decidí no hablar. Pensé que se confesaría de una vez.
Me hubieras hecho caso dijo, sorpresivamente. ¿Cuánto hace
que no te comés un buen cordero?
Mucho, pensé. Y antes de que pudiera contestar me dio una
conferencia acerca del cordero y sus bondades. Se explayó sobre
todo lo referido a la crianza en Tierra del Fuego y en Córdoba.
Alabó el sabor presalé de los corderitos del monte Saint Michel. Dijo que todo el mundo
pensaba igual, que el cordero era comida de pobres. Me abrumaba
con datos, cifras, recetas. Contó que en la India había aprendido
a comerlo hasta con yogur.
Eran animales chiquitos, como Dios manda. A la boluda de
Ardilla le daban pena.
La última vez que comí cordero fue en una estancia dije
de mala gana. Al asador, lleno de sal gruesa.
¿Y qué tal?
Estaba bastante duro.
Hizo una mueca de desaprobación.
Hay que matarlos antes de los cuatro o cinco meses explicó.
Después, no sirven para un carajo. Con la gente pasa lo mismo.
Bebió un poco de agua.
Ni demasiado jóvenes, ni demasiado viejas cité.
Más bien lo segundo dijo. Los borregos tienen la grasa
bien blanca. La carne joven se nota a simple vista. Entre pálida
y rosadita.
Como la de Gala.
Abrió los ojos más de la cuenta. Tres mozos se acercaban con
la soberbia corona de cordero. Parecían chambelanes. Deberían
haberla traído sobre un almohadón rojo, en lugar de usar esa bandeja
de plata. Algunos comensales se dieron vuelta para mirarla. Al
lado de ella, mi lívido pastelito de champignones era una simpática
miniatura.
El Zorro ordenó otra botella de Don Valentín.
Qué me contás dijo, clavando el tenedor en una costilla.
Sos vos el que tenía la palabra.
Silencio. Parecía entretenido exclusivamente por el cordero.
Decías que la carne de Gala... dije.
No seas hincha pelotas dijo, inexpresivo. Parecés mi vieja.
¿Después de aquello la habrán internado?
A quién, si está hecha un roble.
Hablo de Gala.
Yo qué carajo sé. Pasaron más de veinte años.
No parecía enojado. Ni siquiera molesto. Con cierta torpeza
desgarró la carne y separó una nueva costilla. Manejaba el cuchillo
de un modo muy raro. La sangre se mezcló con las verduras que
adornaban el centro de la corona.
De todos modos dije, lo del Virianol fue una idea bastante
piola.
De golpe le volvió la sonrisa. No resistió el halago.
Tendrías que haber visto cómo se puso dijo, sin dejar de
masticar. Cuando íbamos por la Libertdor tenía la cara como llena
de fuego.
El Zorro la había pasado a buscar por la casa. Abrió la guantera
y sacó el caramelo. Gala se lo agradeció. Dijo que le vendría
bien a la garganta. Había estado tosiendo toda la tarde. A la
altura de la Escuela de Mecánica, el Virianol empezó a demostrar
que era infalible. Gala y el Zorro iban rumbo a los bosques de
Palermo, con el Chevy a mil.
Me pidió que manejara más despacio, que no podía más del
vértigo.
Pasa dije. Especialmente a las minas.
Sí, pero esta vez era diferente. Otra que vértigo.
El Zorro dejó a un lado cuchillo y tenedor y agarró la carne
y se metió en la boca el extremo de la costilla. No lo pude creer.
El hueso crujió con un sonido áspero que se oyó incluso en las
mesas vecinas. Uno de los yanquis se volvió y nos pegó un vistazo
con cara bastante elocuente. Se lo hice notar al Zorro.
Me chupa un huevou dijo, y continuó con su relato. Yo no
dejaba de mirarla de reojo. Casi choco.
Siempre fuiste medio animal para manejar.
Pero es que no podía sacarle los ojos de encima hablaba
enarbolando la costilla. No sabés cómo se iba calentando. Cuando
estábamos por llegar a los bosques, arranqué de nuevo con el tema.
Tendrías que haberla visto sonrió. Pobre Gala.
El mozo sirvió el segundo Don Valentín. Lo probó el Zorro.
La copa quedó impregnada con la grasa del cordero.
Gala lo habrá escuchado hablar como en un sueño. Se habrá
quemado más y más, muda y confusa, tironeada entre la excitación
y la vergüenza.
Se apretaba la concha con la cartera. Yo seguí adelante.
Paré el coche abajo de los árboles y empecé a manosearla, pero
la muy guachita no respondió.
Habrá entendido que perdería para siempre si lo hacía mi
pastel de champignones se estaba terminando; pensé robarle al
Zorro una costilla de esa corona que ya había perdido su regia
forma. Seguramente dije, nunca sintió nada igual por vos. Ni
por nadie.
Ponéle la firma se envaneció. Pero yo sabía que ella no
iba a aflojar.
No tenía que aflojar remarqué. Ni siquiera bajo el efecto
del Virianol.
El Zorro pareció pensativo.
Más de una vez me había dicho que quería llegar intacta al
matrimonio, vestida de blanco, con la frente bien alta.
Gala. Gala en el coche, sola. Se le habrá empapado la bombacha,
la calentura le habrá cambiado la respiración. Cuando el Zorro
bajó del Chevy, Gala ya estaría en el límite. Y lo cruzó. Ella
sola. En ese segundo irrepetible se habrá visto pisotear todo
lo que le habían enseñado en la casa, traicionarlo todo. Se habrá
descubierto sucia, indigna. Sin poder volver atrás. Sin posibilidades
de elegir. La imagino metiéndose la mano una y otra vez, llevársela
a la boca. La veo pasarse la lengua entre los dedos, olerse, gustarse,
arrancarse el vestido y acariciarse los pechos. Habrá buscado
frenéticamente algo, un objeto largo y lo suficientemente rígido
y grueso como para llegar hasta sus últimas consecuencias. Habrá
revuelto en la cartera. Habrá probado con el cepillo del pelo.
Se lo habrá metido hasta no poder más, hasta reventar de deseo,
hasta descubrir algo mucho más apropiado. La veo encaramarse bruscamente
sobre los dos asientos, la veo separarse con los dedos los labios,
veo la palanca de cambios entrar y salir de ella. La veo cabalgar
encima. La oigo gritar. Siempre la escucharé.
¡Hay que ver las cosas que se le pueden meter a una mina
en la cabeza! exclamó el Zorro.
Nunca más volvimos a verla. Imaginé aquella palanca al piso,
roja de sangre.
Y no sólo en la cabeza... dije.
El Zorro lanzó una carcajada, convulsionado. Volcó vino en
su corbata, en el mantel y en lo que quedaba del cordero. Los
americanos se dieron vuelta y lo miraron. Ni aun por eso dejó
de reír. Barrí despacio algunas migas de pan con la mano. Opté
por reírme con el Zorro. Lo llamábamos así no por lo astuto, sino
porque siempre vestía de negro.