MARCELO DiMARCO

 

Mano a mano

Buenos Aires, jun/23/85

Sr. Marcelo di Marco
PRESENTE
   


   
Con la intención de darle una mano en su circunstancial trabajo de antólogo y teniendo en cuenta la colección de relatos gardelianos que está preparando,1 me permito acercarle un escrito bastante curioso que exhumé de mi desvencijado archivo cinematográfico. Se trata de una nota periodística aparecida hace diez años en Songs & Movies, nostálgica revista hoy totalmente fuera de circulación.
    Es una lástima, amigo di Marco, que su antología sea solamente de cuentos y relatos imaginados, ya que creo que "Ángeles de la luz y del abismo" -de autor para mí desconocido, un tal Bob Neill- se constituye en una aproximación interesante al Gardel actor, a su luminosa faceta de hombre y cantor de cine. Conociendo el gusto suyo por las viejas películas musicales y de horror, no dudo de que usted hará lo posible por poder publicar en su antología este extenso artículo que le envío.
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    Esperando que el texto lo distraiga por un rato de sus flamantes labores editoriales, se despide, con un abrazo inofensivo,

Wenceslao M., el vampiro del Abasto.



 

DIOSES DE LA LUZ Y DEL ABISMO



 

Por Bob Neill


    Tuve el honor de conocer personalmente al gran Carlos Gardel hace casi medio siglo, cuando nos fue presentado a mí y a mi socio, el entonces activísimo director de teatro Roy Underwood, en el Nouvelle Club. Antes de que la depresión acabara por fin con toda su pompa, el Nouvelle Club de Denver Street era uno de los restaurantes más brillantes y concurridos de New York: banqueros, políticos, diplomáticos, personajes del cine y de las bandas, se enseñoreaban del lugar impunemente, hundiéndose en alcohol etílico como dioses acuáticos y parloteando por encima de números musicales y devorando ostras entre los pocos mortales que se daban una vuelta por el costoso Nouvelle para fisgonear estrellas a su propio riesgo.
    Ninguna fotografía, ninguna película pueden dar siquiera una mínima idea de lo que era en persona ese dorado mito viviente de Carlos Gardel. Cuando apareció envuelto por toda su comitiva, se apagaron las luces del Nouvelle, un reflector le iluminó la cara de por sí ya encendida como un sol, y la orquesta arrancó lenta con "La cumparsita", una suerte de himno nacional de la Argentina. Gardel repartía esa sonrisa suya, tan ancha y tan porteña. Por única vez en la historia del Nouvelle, todos se unieron para aplaudir, para ovacionar en delirio a esa gloria. Las mismas mesas parecieron abrirse mágicamente, giraron solas en abanico dándole paso al maestro entre la fervorosa fronda aquélla, hecha de rubias cabelleras, de esmoquins y pedrería, de espaldas desnudas.
    Los mozos, obligados a simular discreción pero enloquecidos bajo las órdenes del maître, trataban de acercarse a la mesa privilegiada que le había sido destinada al Zorzal: un inmenso altar ornamentado con rosas rojas y orquídeas despampanantes, con un argentinísimo centro de mesa escarlata hecho con flores de ceibo y estrellas federales, que vaya uno a saber dónde las habían conseguido.
    Entre la veintena de hombres y mujeres que acompañaban a Gardel, Roy Underwood reconoció sólo a Francisco Canaro, uno de los amigos más cercanos del cantor. Carlos Gardel lo llevaba del brazo, conduciéndolo a través del gentío por un camino iluminado por el potente rayo de un segundo reflector. También, y tal como lo habíamos previsto, pudimos ver con ellos al muy afortunado John Velasco, conocido de nosotros, y uno de los intérpretes bilingües (en el caso de John, bífidos, como decía Roy) que la Paramount había cedido para que oficiara de traductor de los argentinos.
    Cuando Gardel, con su sonrisa y su escolta, llegó al lugar que le habían preparado, la orquesta estaba a punto de acabar -de liquidar- "La cumparsita". Entonces, aprovechando el silencio de sus músicos y del auditorio, el obeso director se adelantó. Aunque bastante grosero y común, esta vez Mickey Giovanni iba revestido de cierta majestad: apenas un gesto de la mano le bastó para sofocar el expectante murmullo del público. Cuando logró el silencio total, secó el sudor de la frente con la manga de su frac, extrajo del bolsillo un par de anteojos y un papelito doblado en cuatro; con estudiada ceremonia, acomodó la boca en el micrófono. En una gangosa mixtura de inglés y español, proclamó estas palabras memorables:
    -Damas y caballeros: tengo el orgullo de anunciarles que esta noche nos ha honrado con su presencia uno de los hijos más dilectos de la Patagonia.
    Silencio impetuoso. Las miradas se posaron en Carlos Gardel, en el imán Gardel. El improvisado locutor continuó con la presentación.
    -Se trata nada más ni nada menos que del Zorzal de Río de Janeiro, del Ruiseñor Sudamericano de las Pampas, del gran... ¡¡¡CARRRLOS GARRRDELLL!!! -dijo, alzando el tono en fogoso crescendo.
    Y señaló con la mano extendida a Francisco Canaro.
    Tuvo que ser Ebony -el pobre Ebony, irónicamente el último de los míseros negros que se rompían el alma en el Nouvelle- quien pusiera inmediata luz en el asunto: como un obsequioso dios, dirigió desde arriba los rayos de su enorme reflector para inundar por fin de esplendores a Carlos Gardel.
    Superada la equivocación, todos acertamos a ponernos de pie y, en medio de silbidos y aplausos extensísimos, festejamos de tan chillona manera la honorable presencia del "zorzal carioca". Ampuloso, Gardel tiraba besos y saludaba con esa sonrisa de cristal y su brazo en alto. Los vítores arreciaron. El ídolo señaló con sus manos el centro de la soberbia mesa, sacudió la cabeza despacio y se alzó de hombros mirando al público en general, sin dejar de sonreír, como si con su gesto quisiera significarnos que él, tan luego Él, no era digno merecedor de semejante recibimiento. La gente disparó con fuerza todo el arsenal de sus aplausos y Gardel, conmovido, se quitó el clavel que portaba en el ojal del esmoquin, se lo ofreció gentilmente a su dama, y se puso una estrella federal sobre el corazón. Dándole las considerables espaldas a todo el mundo, arrojó generosamente por sobre su hombro el bouquet de flores de ceibo al extasiado público del restaurante.
    Las flores volaron como una centella roja y viva. El desorden fue descomunal, homérico. Cientos de manos intentaron quedarse con la reliquia que, ajena a todo, fue a parar sobre el opulento pecho de Mara Russell. Jamás había visto a la pelirroja Mara tan hermosa como aquella noche; con las flores nacionales de la Argentina entre sus manos, sonreía encantada como si Dios mismo se las hubiera puesto allí. Las acarició y se levantó de su mesa, tal vez para cruzar el salón e ir a agradecerle la cortesía al cantor. No había dado tres pasos cuando se produjo el primero de los incidentes serios que habrían de tener lugar esa noche. Borracha como nunca y lloriqueando con sonido de hiena, la veterana Jane Tryham se desprendió bruscamente del carilindo Sammy Leroy, se arrojó con furia sobre la Russell e intentó por todos los medios (uñas, escupitajos, trompadas) arrebatarle a la pelirroja su trofeo.
    Los flashes de las cámaras fotográficas nos deslumbraban al estallar como una lluvia de meteoritos sobre esa violenta y lujuriosa escena de lucha libre femenina. Tomando cartas en el asunto, el carilindo Sammy, más borracho que la propia Jane Tryham, lejos de intentar apaciguar a las hembras que se destrozaban en el piso, se puso a regarlas con "bourbon" helado mientras que su no menos carilindo hermano mellizo Bobby, divertidísimo, se entretenía embadurnándoles profusamente el pelo con el caviar auténtico que surtía el Nouvelle. Yo lo vi: Gardel cabeceaba comprensivo y sonreía, sonreía.
    De pronto, en dos segundos, la puerta de la gerencia se abrió y una monstruosa especie de antropoide cruzó a pasos de gigante la distancia que mediaba entre la oficina del gerente y el concurrido ring que se había establecido en el otro extremo del restaurante. La presurosa bestia avanzó con el poder de un acorazado en combate: a dos manos lanzaba al aire las mesas, sillas y personas que se interponían entre él y el tumulto. Pasó al lado de nosotros y no nos aplastó de milagro; la gente gritaba, presa del pánico. Una irreconocible Mara, encharcada en el suelo empapado de alcohol, ponía todo su ardoroso empeño en arrancarle la falda del vestido a Jane. Pero la Tryham se revolvió como una culebra de Arizona y, ya de pie, la emprendió con formidables tacazos y patadas contra la deliciosa anatomía de la pelirroja. Cuando llegó al lugar en que Mara y Jane ofrecían su espectáculo, el terrible guardaespaldas (yo no conocía su nombre, era nuevo) descargó un puñetazo con la fuerza de una maza sobre la coronilla de la veterana. La Tryham se desplomó definitivamente, arrastrando sillas en la caída. En su inconsciencia, los mellizos Sammy y Bobby Leroy se encaramaron en el lomo del mamut y tiraron simétricas pataditas al aire, prendidos de su pelambre hirsuta. El gigante, complacido, logró fácilmente atrapar entre sus garras al dúo y estrujarles las cabezas contra la pared. Juro que el ruido fue oído por todos: dos calabazas que al unísono hicieron ¡plop!, ni más ni menos.
    La gente de Gardel comenzaba a buscar la salida con la mirada, pero el cantor, entusiasmado, hizo un gesto y los detuvo.
    -No se preocupen, muchachos -sentenció-. Cuando se ponen en pedo, los yonis se mandan estas macanas.
    Acto seguido, resoluto, se aproximó a la orquesta, subió al escenario con porte de caballero, puso la mano haciendo bocina en el oído del gordo director, tomó el micrófono como si estuviese acariciando a una mujer y, con su sonrisa y su voz inolvidables, comenzó a cantar "Rubias de New York".
    Fue como un bálsamo. La gente aplaudía, en tanto el mastodonte ocupaba su tiempo en echar a patadas a los mellizos, a la perra Tryham y a la pobre Mara Russell. La voz de Gardel produjo el milagro: los juiciosos mozos compusieron las mesas desparramadas, el horrendo guardián retornó a su caverna con bamboleante andar de simio, los ricachones tranquilizaron a sus ricachonas y algún alma caritativa llamó a un taxi para que los despojos de los cuatro desafortunados contendientes fueran recogidos de la vereda.
    El recio cantor volvió a la mesa; Canaro y Velasco, dale que dale y entre vol-au-vent y vol-au-vent, charlaban con los pocos "importados" del séquito de Gardel, riendo a carcajadas. Hasta que, de pronto, John Velasco advirtió a Roy por entre las mesas. Levantó su copa e hizo señas de que nos acercáramos. Habíamos estado esperando eso desde que entraron los argentinos al Nouvelle.
    La mano del Zorzal era cálida -sé que esto puede llegar a sonar como un lugar común, pero lo cierto es que la mano del Zorzal era cálida. Yo, sin saber qué hacer, le inventé una historia, le dije que había visto "Cuesta abajo" de paso por La Habana y que me había gustado mucho. Me brindó una palmada tierna en la cara y, sonriendo, dijo "gringuito lindo". Lo dijo en castellano. Comprendí que me había descubierto. Sentí calor en las mejillas, creo que me puse colorado. Alguna de las rubias teñidas de la escolta soltó una risita brevísima y elocuente. No supe qué decir; pedí permiso, saludé a Canaro y a Velasco, y regresé a la mesa en la que el pacífico Roy Underwood tragaba su pavo relleno de almendras. Cuando me senté, Roy me miró un momento a los ojos, sin dejar de masticar.
   


    Todo termina, tarde o temprano. El bullicio se fue aquietando, la magia no tan sutil que se había desplegado alrededor de Carlos Gardel se extinguía lenta y fatal junto con las conversaciones, a medida que las sombras avanzaban. La orquesta entendió que era tiempo de valses vieneses y quince o veinte parejas intoxicadas y obedientes se pusieron a dar vueltas cansinas por la pista, discurriendo y evolucionando como patos chuecos. Y así, la noche siguió ondulando cordialmente en torno de Gardel y de sus fieles (los doscientos que estábamos en el Nouvelle Club).
    Roy comenzó a despedirse, debía desayunar con gente de la Metro. Le pedí que no se fuera. Aún hoy suelo tener presentimientos. Algo estaba a punto de suceder. No me equivocaba: pronto se produciría el segundo de los incidentes serios de esa noche.
    (Lo que voy a narrar ahora no es ningún secreto. En los años '20 le habíamos prohibido la sonrisa al mejor cómico del cine mudo. La industria tiene estas cosas, y confieso que en aquellos tiempos yo no estaba al margen de eso. Bajo contrato, logramos que Buster Keaton, "el hombre que no ríe jamás", mantuviera en público la máscara impasible que mostraba en la pantalla. A comienzos de los '30, "Drácula" había lanzado a Bela Lugosi a la cumbre de la gloria. Hicimos lo nuestro. Lo obligamos a vestir siniestras capas y a concurrir a fiestas embutido en un ataúd. Noche a noche, Lugosi debía vestirse como el célebre conde vampiro. No nos conformamos con eso: en las sesiones inaugurales del Teatro Chino lo forzamos a llevar un gorila atado a una cuerda.) Y bien... ¿quién se presentó ante nuestros ojos y ante los de nuestro sonriente invitado de honor durante la velada argentina?
    Sí, sagaz lector: el mismísimo Bela Lugosi, el príncipe de las tinieblas. Caracterizado con su equipo completo de Vampiro, el hombre que dejaba hipnotizados a los cinéfilos en sus butacas hizo su entrada en el Nouvelle Club. En medio de aquella noche gardeliana, Bela Lugosi apareció yacente dentro de su catafalco y transportado en vilo por gitanos de pacotilla.
    El maître chasqueó los dedos, impartió sus órdenes. Los mozos volaron en silencio, dispusieron en un santiamén -valga el sarcasmo- la mesa de Lugosi. Nuevamente, aunque con mucho, muchísimo más misterio que cuando entrara Gardel, se apagaron las luces del gran salón. Y otra vez, como por encanto -pero como por un encanto mucho más encantador que antes-, la orquesta dejó de tocar los lánguidos valses. Las parejas de la pista quedaron inmóviles, sobrecogidas por la inesperada y torva presencia del Vampiro. Plantificado al lado del maître, el gerente del Nouvelle encendió un cigarro y se aflojó la corbata. Algo extraño flotaba sobre las mesas del restaurante con negras alas tenebrosas. Se lo hice notar a Roy Underwood en voz baja, no me atreví a profanar el silencio que se había apoderado de aquel sitio. Los mozos estaban congelados. Temerosos, algunos pinches de la cocina se animaron a asomar la nariz por un resquicio de la puerta vaivén. Parecía como si un aire frío hubiera paralizado todos los relojes. No por nada Lugosi era el Vampiro, la encarnación del Conde Drácula sobre la tierra; que no es poco decir. Despacioso, su cortejo de partiquinos "magiares" se dirigió con parsimonia a la pista de baile. Las pocas parejas borrachas huyeron a buscar refugio, cada cual en su mesa.
    Toqué con mi zapato la puntera del de Roy y le señalé con la vista la mesa de los argentinos: Francisco Canaro, muy serio, cuchicheaba con un hombrón grueso, morocho, de aspecto insolente, que, a su vez, se puso a secretear con el tipo que tenía más a mano. Un par de rubias se taparon la boca con el vano propósito de contener la risa pícara. Gardel, el rostro ensombrecido, parecía meditar. Se dirigió, en un susurro que por supuesto no alcancé a oír, a su compinche Canaro.
    Los "porteadores gitanos" depositaron solemnemente a Lugosi en el centro de la pista. La caja oblonga produjo un ruido sordo y tétrico cuando tocó el suelo. Todo el mundo contuvo la respiración. El feroz Vampiro comenzó a levantarse de su ataúd. Lenta, muy lentamente. Entre la penumbrosa atmósfera que creaban las tinieblas que él mismo había convocado.
    Alguien gritó.
    Lugosi, ya de pie, impuso silencio con un autoritario ademán. Le bastaron el mórbido desplegarse de su enorme capa negra y su intensa presencia de actor. Nos miró con esos ojos penetrantes, como de lobo salvaje, como de reptil nocturno. Yo, fascinado, sentí que me hundía en el asiento. Bela Lugosi hubiera podido hacer con nosotros lo que se le antojara.
    En ese instante se oyó un disparo terrible.
    Y al estrépito siguió un alarido de dolor.
    Francisco Canaro, fuera de sí y ajeno a los gritos desesperados de las mujeres, hacía fuego una y otra y otra vez sobre su amigo Carlos Gardel. Algunos nos tiramos al piso, otros atinaron a parapetarse detrás de las columnas, la mayoría buscó refugio debajo de las mesas. El único que permaneció de pie fue Lugosi. Su ficción había sido desbordada, atrozmente derrotada por la tragedia de la realidad.
    Gardel se cubrió con las manos el pecho rojo. Una sonrisa le congelaba la cara.
    -Pero che... qué hiciste, viejito... -le preguntó sin rencor a su amigo del alma, entre los estertores de la agonía-. Tan luego a mí... Vos..., que fuiste como un hermano.
    -¡Hermanos son los güevos, que nunca se separan! -gritó el despiadado Canaro, al tiempo que terminaba de vaciar el tambor de su revólver en el pecho del Zorzal.
    Gardel nos dedicó una última sonrisa, se aferró al mantel, puso los ojos en blanco, dijo: "¡Guitarra, guitarra criolla!" y se derrumbó. Y con él se derrumbaron los platos, los cuchillos, las salseras, las paneras, las flores, los vasos, las cucharas, las servilletas, los restos de la comida y del postre, las botellas; en fin, lo que el mantel pudo llevarse al suelo con el Morocho,
3 se lo llevó.
    Casi todos corrimos hacia el lugar donde se había consumado el hecho de sangre. Lugosi, desencajado, fue uno de los primeros en llegar a la desmañada mesa de los argentinos: patinó (¡vampiro al suelo!) en la confusión de sillas y manteles y emergió de entre tanto desbarajuste con la impecable pechera de su esmoquin manchada de rojísima salsa de tomate. Fulminó con una mirada de ira al estúpido de Velasco cuando éste intentaba tímidamente limpiar al Vampiro con una servilleta. Desarmado ya y bien sujeto por varios de sus compatriotas, el enloquecido Canaro gritaba:
    -¡SUS OJOS SE CERRARON Y EL MUNDO SIGUE ANDANDO, BOLUDOS!
    El cuerpo de Carlos Gardel yacía despatarrado y supino, sin dignidad, en una disposición desarticulada, tragicómica, cubierto por los manteles y los pedazos de comida que lo habían acompañado en su caída. Apenas entreabiertos, los ojos muertos de Carlos Gardel miraban al infinito, sin ver, como incrédulos. La sonrisa de Carlos Gardel era eterna ya, casi transformada en un helado rictus de muerte. El negro y reluciente pelo engominado de Carlos Gardel y la blanca y roja y almidonada pechera del esmoquin de Carlos Gardel rivalizaban respectivamente, en negrura, en blancura y en rojura, con el negro y reluciente pelo engominado de Bela Lugosi y con la blanca y roja y almidonada pechera del esmoquin de Bela Lugosi. Cuando vi cómo el Vampiro se reclinó sobre el Zorzal y tendió su mano nudosa hacia la muñeca del cantor, comprendí que esos dos monstruos -Bela Lugosi y Carlos Gardel- habían estado destinados, desde siempre, a encontrarse en algún punto, en alguna grieta honda del espacio y del tiempo. En cualquier callejón del Bronx o del Abasto. Si hasta parecían hermanos.
    Y cuando vi el rostro de Bela Lugosi, ya casi a escasos centímetros del de Carlos Gardel, se me oprimió el corazón. Porque entendí que el Vampiro, por primera vez en su vida, estaba siendo reflejado por un espejo, un espejo humano. Y que al Zorzal, por primera vez en su muerte, le correspondía ese honor, el de ser el espejo tremendo que el Vampiro había estado esperando, solitario en su cripta, desde la noche de los tiempos.


    Gardel y Canaro tenían por costumbre practicar esa pantomima en bodegones de Buenos Aires y Montevideo. Empezaban, como quien no quiere la cosa, hablando de caballos, de orquestas, de mujeres. Y Canaro, poco a poco, descubría que Gardel, su mejor amigo, le "había soplado la dama", como se dice en la Argentina. Canaro se ponía hecho una furia y desenfundaba un ruidoso Colt del 38, cargado con balas de salva. Gardel metía una mano veloz en la salsera roja y, cuando empezaban los inofensivos disparos, embadurnaba su pecho con la salsa; después se agarraba del mantel y ¡brruummm!, todo iba a parar al piso. Los acompañantes también eran cómplices: las mujeres armaban una gritería infernal ("¡Habláme, Carlos, habláme, mi amor!") y los tipos se ponían a reducir a Canaro, quien no paraba de proferir insensateces a los cuatro vientos.
    Cuando Lugosi se dispuso a tomarle el pulso a Gardel, a asistirlo, el Zorzal abrió los ojos de golpe, adelantó la cara, ensanchó todo lo que pudo su ancha sonrisa y dijo, con su tono más compadrón:
    -¿Qué hacé, vampirito?
    El grito de horror del asustador asustado se transformó en una carcajada, en una larga y resonante carcajada de regocijado vampiro. Todos le hicimos eco. De puro nervio, tal vez. Hasta el gorila del guardaespaldas se reía con una serie de ruidos que se parecía mucho al sonido gorgoteante del water.


    Esa broma macabra en el Nouvelle Club de la Denver Street de New York bastó para que ambos se hicieran muy amigos. Así al menos me lo contó Roy y yo mismo lo pude corroborar. Gardel llevaba a pasear a Lugosi bajo el sol (¡bajo el sol!), tomaban mate, Coca-Cola, andaban en bicicleta, patinaban sobre el hielo, charlaban de todo un poco, con las lógicas limitaciones del idioma. El francés se había empeñado inútilmente en enseñarle a jugar al truco al húngaro y el húngaro se había empeñado inútilmente en enseñarle a cocinar goulash al francés.
    Cuatro años más tarde, con "La marca del vampiro", Tod Browning repitió el éxito de "Drácula". Estuvimos juntos la noche del estreno. Me confió un proyecto ambicioso que jamás podría concretar. Si Gardel no hubiera muerto en la catástrofe de Medellín él habría podido filmar, con los dos monstruos, un musical fantástico, sobrenatural. El montaje alternado de los ritmos frenéticos del tango y del horror se conjugarían en un todo estético, demoledor y siniestro. Una de las escenas, me dijo Browning, recrearía la historia que acabo de referir. El poético y apocalíptico episodio en el cual, mano a mano y bajo las tenues luces de un restaurante neoyorquino, Carlos Gardel y Bela Lugosi hubieron de consumar para siempre sus respectivas resurrecciones.
   


 

©copyrighted. "El fantasma del Reich", 1995 Sudamericana.

 

MARCELO DiMARCO
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