Que Dios y la Patria El Mudo gruñó y, sin dejar de sonreír, levantó el índice apuntando
al Congreso. Imaginé que quería mostrarme los fogonazos del cielo,
pero no: el Mudo siempre oía el zumbido de los aviones antes que
nadie. Miré hacia arriba y un Haggard surgió como relámpago superponiéndose
a las ruinas del Molino y disparó dos misiles. En un segundo,
la cúpula del Congreso se desintegró con un estallido impresionante.
Menos el Mudo, todos nos echamos cuerpo a tierra, con escombros
y vidrios lloviéndonos alrededor. Hubo otra explosión mucho más
poderosa, y vi un compacto humo gris brotar pesadamente entre
la estructura de hierros desarticulados. Envueltos en llamaradas,
tres o cuatro francotiradores se precipitaban al vacío desde un
trozo de pared circular que milagrosamente permanecía erguida,
restos de cascarón en medio de un nido de fuego y vigas descalabradas.
Desde el piso aparté mi yelmo y miré al Mudo. Ajeno a todo, seguía
sonriente y de pie, con la mano en alto. Parecía feliz, un chico
remontando su barrilete. Lo agarré de una pierna y conseguí tirarlo
abajo, ovillarlo con nosotros. El Mudo no era mudo, era idiota.
Pero al Mudo había que cuidarlo, había que tenerlo contento, tratarlo
como a un hermanito. Idiota y todo, el Mudo era valioso; Ramallo
había hecho bien en incorporarlo: casi podía decirse que olía
la presencia de los ingleses, y su amor de fanático por el Emperador,
aunque viniera de un idiota condicionado, te incitaba a la lucha
quieras que no. Y corrimos desesperados a parapetarnos detrás de una ambulancia
volcada en la puerta del Gaumont. Enseguida aparecieron los aviones
desde el Sur de la ciudad, ametrallando la plaza. Una ráfaga de
las M-47 chilenas sacudió la combi, y la luneta trasera voló.
Como para mantener la moral, ordené a los muchachos que abrieran
fuego. A lo lejos, el Haggard comenzó a lanzar ácido a chorros,
líquidos remolinos de llamas. Aun desde la distancia en que nos
encontrábamos podía olerse el hedor, una repugnante mixtura como
de máquina sulfatada y nafta. Por primera vez en el frente tuve
que aspirar hondo para evitar el vómito. El werthonn caía espiralado sobre Avenida Mayo, inundándola de rojo, convirtiéndola
en surcos de ácido flagrante al paso de los aviones. La segunda
escuadrilla de Pinochets se abría camino entre torbellinos de
humo, desgarrando jirones vivos que despedía el avión inglés.
Todo duró momentos apenas, y antes de que nos hubiéramos dado
cuenta los perdimos de vista. Se dirigían hacia el río, seguro
que con destino a Plaza Mayo. A la Rosada, para ser más precisos.
Bastante barata la habíamos sacado en Malvinas, veinticinco años
atrás. El fin de Carlos Iº era inminente. El que le pegó el tiro al Mudo fue el Caballo Rodríguez, con
órdenes mías. Los rumores acerca de lo que había sucedido en el Congreso
eran absolutamente veraces. El destrozado interior del Palacio
nos dio un recibimiento escalofriante: absurdas imágenes de Doré,
Bertolucas y De Chirico entreveradas en rojo, pintando ruinas
en un delirio surrealista. Emblemáticos, los gurkhas habían hecho
un trabajo magistral en el mismísimo seno de lo que la prensa
denominaba, sin ninguna ironía, como La Mayor Realización de Carlos Iº. Recordé que el carácter inglés tenía un costado muchas veces
afecto al simbolismo y al grotesco. Decenas, cientos de cadáveres
de pibes enviados a combatir desde todos los rincones del Imperio
yacían caóticamente amontonados entre las ruletas y sobre las
destrozadas mesas de punto y banca y blackjack. Muchos de los
muertos estaban desnudos de la cintura para abajo, a otros les
habían arrancado hasta la piel. Inmóviles torrentes de sangre
seca formaban figuras aterradoras en las alfombras, y las hogueras
que había dejado el enemigo daban una luminosidad irreal a tanta
muerte. El Toti, todavía muy crudo, nos obsequió con un llanto
que parecía risa, un gorgorito curioso. Me molestó ordenarle silencio.
La podredumbre era tan hedionda, que a cada rato me llevaba la
cazoleta de la pipa a la nariz. Inútil seguir buscando aliados con vida. Daba la impresión
de que nosotros cuatro éramos los únicos imperiales sobrevivientes
de aquella guerra de mierda. Solos entre cientos de fiambres,
totalmente incomunicados, sin órdenes de los superiores o de quien
fuera. Ni siquiera encontramos un televisor o una radio que no
hubieran sido destruidas. Pensé que el enemigo no volvería. Para
qué, si ya todo había terminado. Esta vez, los ingleses no se
habían andado con vueltas. Me toqué la cabeza y noté una tela dura, áspera. Un vendaje. El de más edad se adelantó hacia mí. Era igual a Terry-Thomas,
la misma cara de boludo pero sin bigotito. El rubio oprimió una tecla y el display se apagó. Sin una
palabra, los ingleses guardaron la Mac, me hicieron un saludo
y se fueron, escoltados por el chilote.
A Miguel Rodríguez Arias
Uno
El Haggard levantó la nariz, rugió por encima de nosotros,
cruzó la Plaza en dirección al Bajo y vimos cómo se le unía una
escuadrilla blanca, cinco Pinochets provenientes de Zonasur. Se
me ocurrió que los chilenos ya habrían aniquilado el Ferrishop
de Constitución. Quizás fueran ciertos los rumores de que aquella
era la última vía de escape elegida por la gente del Emperador.
Ya no se oía el bombardeo ni los cañonazos de la batería antiaérea
de los paraguas. Solamente quedaba un sucio halo violeta flotando
en el cielo de Zonasur como un extraño crepúsculo.
-Chilotes -balbuceó de pronto el Mudo con ojos velados, en
trance-. Más. Vienen de allá.
Dos
Tres
Cuando corrimos en desbandada a la ambulancia, habíamos olvidado
al idiota al borde de la fuente. Lo encontramos como a cinco metros,
atrapado bajo un montón de chatarra incendiada. El ácido lo había
carbonizado. Hasta la sangre parecía negra. Creí que estaba muerto.
Pero no: en un susurro, los labios achicharrados del Mudo llamaban
a la madre. Como si la hubiera conocido, pobre idiota.
Se oyó un tableteo cercano, seguido de una detonación. Decidí
que era hora de borrarnos. El olor de la carne viva asándose tapaba
al del werthonn.
El Caballo se acercó al Mudo por atrás y le disparó un pistoletazo
en la cabeza.
Cuatro
A medida que penetrábamos cautelosamente en los inmensos salones
de juego, seguían las novedades. Unos cincuenta combatientes de
uniforme uruguayo habían sido decapitados y muchas de las cabezas,
con el miembro en la boca, aparecían ensartadas en los mangos
de las máquinas tragamonedas simétricamente alineadas. Por el
corte pulcro, delicado, comprendí que, a pesar de la actual tecnología,
los gurkhas seguían prefiriendo el temible cuchillo Kukri. La
faena era perfecta, un hecho casi estético, admirable.
La descomunal cocina del restaurante del ala Norte se había
transformado en el paraíso de las tripas: por todas partes vimos
cabelleras ensangrentadas y mantas de piel, intestinos y vísceras
irreconocibles que colgaban de ganchos de carnicería chorreando
cortinados de carne. Ramallo resbaló en un gran coágulo, y por
un pelo no se partió la nuca con el borde de una mesada.
Cinco
Abriéndonos camino entre los cuerpos, trepamos con cuidado
por los restos de uno de los balcones. Esperábamos ver qué estaba
ocurriendo en Plaza Mayo. Montado en lo más alto de una viga de
hierro, el Caballo se calzó los largavistas.
-No falta nadie -dijo-. Es como si estuviera...
Y el resplandor más rojo que vi en mi vida se lo llevó por
el aire antes de que pudiera terminar la frase. La onda nos incrustó
contra la pared opuesta y en el horizonte se levantó una blanquísima
columna de humo del tamaño de un edificio. Por un instante, nuestro
improvisado bichadero retembló como en un terremoto. Empezaron
a venirse abajo bloques de mampostería y los chicos gritaron,
fuera de control. Vi caer algo del cinturón del Toti y me lancé
cabeza abajo por el hueco de las escaleras. A mis espaldas hubo
un estallido. Antes de que todo se me oscureciera, supe que no
me había equivocado: una granada del pobre pibe, desprendida de
su espoleta por el sacudón.
Seis
Pude incorporarme y vi paredes azulejadas cuya pretensión
de blancura hacía que la mugre fuera más notoria. El olor era
inconfundible. Traté de adivinar a qué hospital me habían traído.
Me sentí afortunado: gurkhas y bombas aparte, los británicos trataban
con proverbial consideración al enemigo, como si las leyes de
Ginebra no hubieran pasado a la historia. Y les convenía. Porque
desde el Hemisferio Norte, aunque sin mover un dedo por nosotros
aún, el calmo general Powell se había dedicado a vigilarlos no
bien pisaron el continente. Mucho menos bruto que los milicos
del '82, el astuto Carlos Iº supo granjearse poco a poco la amistad
del negro. Ambos se perdían por el golf y el tenis, y también
la Emperatriz había hecho buenas migas con la esposa del norteamericano
durante sus muy publicitadas conversaciones sobre pieles, joyas
y cirugías. No me caben dudas de que tales relaciones carnales
habían sido el puntal básico del Imperio. También, la causa de
que Carlos Iº festejara su autonombramiento como "Supremo Benefactor
Panamericano" atreviéndose a anexar la Patagonia chilena y a dictar
el embargo sobre los bienes que la Corona Británica poseía en
las islas del Atlántico Sur. Desde fines del siglo pasado se venía
dudando de su salud mental.
Se abrió la puerta y entraron dos oficiales ingleses acompañados
por un hombre bajo y morocho, de traje, que enseguida se presentó
como intérprete. Un chilote.
Siete
-Usted no es soldado -afirmó, chileno mediante.
-Elemental, Watson -dije-, como todos nosotros. Por qué no
te vas a la mierda.
El chilote abrió los ojos y sonrió. Pareció dudar. Iba a traducir
mi bienvenida, pero el inglés lo cortó en seco con un gesto. El
oficialito que estaba más atrás dejó unos papeles que tenía en
la mano y me miró atentamente.
Terry hizo las presentaciones. Explicó que me habían capturado
hacía cuarenta y ocho horas y que me encontraba en el Thatcher Hospital, ex Clínicas.
-Lo que han hecho es intolerable -dijo, después de una pausa-.
¿Cómo se les ocurrió que íbamos a quedarnos quietos?
Movió la cabeza paternalmente. Parecía intrigado de veras.
Avanzó un poco más, y casi tuve miedo de que me agarrara de una
oreja. Vi que traía un portafolios negro en la mano. No perdía
nada con mandarlo otra vez a la mierda, de modo que lo hice. El
chilote se puso rojo.
Terry ni se mosqueó. Optó por sentarse en una silla que había
al lado de mi cama, prendió un cigarrillo. El oficialito se acercó
a nosotros, apartando suavemente al chilote. Me vino una puntada
en el costado, y asocié el dolor con la mirada del rubio, filosa
como un témpano.
-It's time -le dijo a Terry, señalándole el portafolios.
Terry se lo alcanzó, el rubio descorrió el cierre relámpago
y sacó una Mac portable. Tecleó un par de veces, y en el display
flotó el logo de la LINKBBC. El oficialito volvió al teclado,
e inmediatamente apareció en la pantalla una de las locutoras
del noticiero.
-Qué van a dar -dije-. ¿El Show de Benny Hill?
-Cállese -ordenó Terry-. Cállese y observe.
La imagen cambió. Y yo, que de inglés no entiendo mucho, pronto
me di cuenta de todo.
Arrellanado en un sillón, Carlos Iº de Megamérica charlaba
amigablemente con Carlos IºII de Inglaterra. Los flashes de las
cámaras fotográficas se multiplicaban en ellos. Se los veía distendidos
a los dos, muy a gusto. Carlos Iº no lucía el manto de armiño
ni su tradicional corona de Emperador, apenas la gorra de golf
que tanto le gustaba. Se ve que el Carlos de nosotros dijo un
buen chiste, porque el Carlos de ellos en un momento se partió
de la risa.
Los ingleses me miraban con sorna. Recordé a los muchachos.
Recordé al Toti, a Ramallo, al Caballo Rodríguez.
Pero en el que más pensé fue en el Mudo.
Un día antes de morir, en uno de sus raptos de cordura me
había advertido que era el final. Habló largo rato de todos nosotros,
de nuestros sueños, de las esperanzas del pasado. Daba gusto.
No por nada le decíamos El Mudo.
-Tome -había dicho, mientras me ponía en la mano algo que
sacó del bolsillo-. Esto. Para usted. -Abrí el puño, y vi un holograma
celeste y blanco. El antiguo escudo argentino, rodeado de laureles
luminosos con el gorro frigio palpitando en el centro.
El chileno tosió, nervioso. Me acomodé en la cama y volví
a la pantalla. Llevándose a la boca un vaso de trago largo, Carlos
Iº sonreía, y lo mismo hacía el rey Carlos IºII. En el borde de
los vasos les habían puesto paragüitas de plástico.
Final
Me quedé solo, llorando en silencio.
Volví a pensar en los muchachos.