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La Maga | 17.12.1997

 

Judith Gociol
Entrevista a Marcelo di Marco

Marcelo Di Marco lleva más de quince años de trabajo con grupos de personas interesadas en la escritura. Parte de esta experiencia quedó reunida en Taller de corte & corrección (Sudamericana, 1997), un libro con pautas útiles para quienes se adentran en la literatura. De las posibilidades que da una buena frase habla Di Marco en esta nota.


–¿Cómo se reconoce una buena frase?

–Esta es una pregunta que no se puede responder salvo apelando al contexto. Hay frases muy mal sonantes en un texto que transplantadas a otro pueden funcionar perfectamente.
A grandes rasgos, no obstante, diría que una frase está mal escrita cuando aparece el circunloquio (rodeos en la frase sin llegar a la precisión adecuada), el hipérbaton (alteración del orden lógico de la frase), la repetición de palabras o la sobreadjetivación. Esto, claro está, cuando uno detecta a priori que están sonando mal en el texto porque el hipérbaton –por ejemplo–no es un error, es un recurso de estilo que hay que saber aplicar. ¿Y quién determina entonces si la frase está bien armada o no? No es el coordinador, ni el tallerista: es el mismo cuento el que lo va a decir. Por eso sostengo que un procedimiento puede ser negativo en un cuento y positivo en otro. En narrativa, por ejemplo, uno como coordinador de un taller sabe que es mucho mejor empezar un cuento quemando goma, porque el cuento exige una velocidad en ese sentido: empezar contando lo más importante. Sin embargo, hay un cuento de Roal Dahl, "La señora Bixby y el abrigo del coronel", que se inicia con un preámbulo de una majestuosidad impresionante y recién después empieza la historia. Yo esto jamás lo hubiera recomendado en un taller y sin embargo en ese texto funcionó.

–Supongo que además hay diferentes estilos de escritura. Si uno sólo tomara los consejos de concisión de Ernest Hemingway dejaría fuera de la literatura Madame Bovary de Flaubert.

–Es así. Lo que pasa es que son momentos muy diferentes de la literatura. Hemingway escribió medio siglo después de Flaubert y las cosas eran ya muy diferentes. Los escritores del siglo XIX necesitaban dar detalles de cosas que ahora uno ve en la televisión, en las fotos de los diarios, en los documentales. Es decir que entonces las descripciones estaban al servicio del lector, que debía entender cómo venia el asunto. Borges decía que Flaubert era uno de esos autores que cada vez que un personaje abría la puerta, necesitaba anoticiar a los lectores de todos y cada uno de los muebles que había en esa habitación. Pero para mí Flaubert no describía porque sí; lo que pasa es que hoy se describe menos, hay menos necesidad. En Moby Dick , por ejemplo, hay todo un capítulo en el que Melville contó cómo cazar las ballenas. Hoy eso se puede ver en los documentales de Greenpeace, pero Melville necesitó contarlo para que el lector esté perfectamente habituado a ese ambiente; se convierta en un ballenero más, junto a los personajes. Lo que pasa es que la literatura se enseña muy mal: se hace creer que su belleza está relacionada con la belleza de lo que se describe. Si esto fuera así, Charles Baudelaire no hubiera podido describir una carroña y convertir esos versos en uno de los más bellos poemas de la literatura.

–Ahora que no hacen falta las descripciones, ¿esos textos perdieron vigencia?

–Con los textos clásicos pasa lo mismo que con las buenas mujeres y los buenos vinos: mejoran con el tiempo. Pero uno no tiene que ponerse en situación como para que el clásico lo deslumbre. (Di Marco se se para y saca un libro de la biblioteca.) Calvino decía que "los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos, resultan al leerlos de verdad". La cuestión de que un texto clásico no es asequible no es un problema del clásico; es un problema nuestro. Espiritual e intelectualmente nos hemos quedado en la historia, no pasamos de la televisión.

–¿Cuál sería el lector ideal?

–Un lector que pueda interpretar y disfrutar integralmente de todo lo que el escritor pone en su obra. El lector integral tendría conocimiento, tendría belleza y tendría sentido. Él mismo sería un productor de todo eso, alimentaría el clásico con su mirada.

–¿Qué debe poder transmitir una buena frase?

–Claridad y sentido, incluso cuando se hable del sinsentido. Borges decía –y en esto, como en todo, hay que citarlo siempre–que no es necesario ser aburrido para hablar del aburrimiento, y es así.

–¿Qué se puede aprender en un taller literario?

–Un taller literario es bueno si, a los tres meses de entrar, la persona escribe mejor; en ese lapso se tienen que notar progresos evidentes. De lo contrario, el taller puede convertirse en una especie de rueda de interpretadores, de reunión de amigos, en una manera de encontrar novio, hacer terapia de grupo o huir de la angustia. Un buen taller literario debe enseñar a leer y a escribir, debe mostrar cómo tener la vela del barco desplegada y maniobrar el timón; lo que no va a dar nunca es el viento.

–Qué es lo que definitivamente no se puede aprender?

–No se puede aprender lo inaprensible. Cuando uno lee los clásicos le es muy difícil aprender cosas desde el punto de vista técnico de la literatura, porque está todo tan naturalmente puesto y hecho, tan oculta está la cocina, que casi no es posible ingresar en esas obras desde el punto de vista técnico. Ese ocultamiento no se puede aprender, ese es el plus de misterio al que uno no puede acceder. Uno lee determinados textos y se pregunta " Cómo hizo?" Ese es el grado de misterio que ningún coordinador de taller podrá decodificar nunca.

 

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