POEMAS de MARCELO DiMARCO


 

El tallado del madero



I. La caída

En la hora de sombras,
como con filo infinito,
      a ras del mundo,
como con guadaña de muerte
en la perdida mirada de la fe,
socavando, allí,
así: una semilla hacia el abismo,
      soterrada,
para ceguera del mundo.
Como con filo infinito,
      a ras del mundo,
como con guadaña de muerte
clavando hondo la tiniebla
      esa semilla
para ceguera del mundo.
Como con filo infinito,
      a ras del mundo,
como con guadaña de muerte,
enterrando su negra partícula,
ese aguijón punzante de veneno,
      esa semilla,
para ceguera del mundo.
Como con filo infinito,
      a ras del mundo,
como con guadaña de muerte,
      depositada
en los vacíos cálices de la esperanza
      esa semilla,
para ceguera del mundo.
Como con filo infinito,
      a ras del mundo,
      se despliega
la hora de las sombras,
      como un demonio,
entre la noche.
Para ceguera del mundo.
Y tal nocturno devenir,
el tiempo de la cosecha vacía,
      está ahora
entre todos nosotros,
hacia el final de los tiempos:
como con filo infinito,
      a ras del mundo,
como con guadaña de muerte,
para ceguera del mundo,
la hora oscura, hoy más que nunca,
la hora indiferente de la desesperanza,
el cristalizado momento de la amargura.
Para ceguera del mundo.
Como con guadaña de muerte,
      sombrío,
el advenimiento
      sigiloso
de aquel tiempo fatal,
el tiempo, la hora incierta
de intentar atrapar, amontonados,
los frutos descarnados,
los vinos desvirtuados,
los frutos que no saben a nada,
las estúpidas vides mancilladas
del desamor. Que el Enemigo sembró
      para ceguera del mundo.
Como con filo infinito,
      a ras del mundo,
como con guadaña mortal,
el Enemigo, así,
en la perdida mirada de la fe,
enterrando, allí,
como al descuido,
una semilla entre el abismo,
      abandonada.
En la hora de sombras.
Para ceguera del mundo.
Como con filo infinito.
En la hora de sombras.
Para ceguera del mundo.
Como con filo infinito,
se avanza la hora de la noche
y de las sombras se descuelga
      el Enemigo:
como con filo infinito,
      a ras del mundo,
para ceguera del mundo,
como con guadaña de muerte,
enterrando su seminal partícula,
ese aguijón que late de veneno,
en el mismo corazón
      de nuestra vida.
Para ceguera del mundo.
Para ceguera del mundo.
Para ceguera del mundo.
Sal de la tierra, esencia desvirtuada,
¿quién tendrá piedad de nuestros ojos,
      que han perdido la luz?




Último salmo de la naturaleza

      ¡Dios mío, qué grande eres!
La gloria dorada de la luz
canta tu gracia omnipotente,
la noche que estalla de relámpagos
nos recuerda tu presencia poderosa
en todo rincón de la Creación.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Tus nubes formidables, levísimas,
se remontan y vagan por el cielo,
nos hacen mirar hacia la altura
y viajar en su calma de deriva.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Y aun así
la más ínfima partícula de musgo
te contiene, Señor;
y tú contienes la totalidad del universo
con el más imperceptible gesto de tu mano.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Padre de eternidad, qué espléndida tu voz
cuando la catarata derrama su torrente,
cuando los pájaros iluminan de canto al sol,
cuando la lluvia cincela la arena tan callada.
Cuando el silencio de los montes nos rodea.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Has teñido los más sutiles pétalos
con el color inefable de todas las galaxias,
le diste el aroma puro de los bosques y las selvas
a cada minúscula nervadura de hierba,
a cada pimpollo restallante de sentido.
Infundiste de fuego inmortal
la ardiente superficie del desierto,
las esquivas pupilas de los ciervos,
la mirada sorprendida de los niños.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
La serenidad del lago,
su confiada quietud,
a una sola palabra tuya
se extienden al pie de la montaña
y resplandecen bajo el amanecer de dulzura.
A una sola palabra tuya, Señor;
sin que ni siquiera la hayas pronunciado.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Danzas en los imparables torbellinos
de los bramantes remolinos marítimos,
danzas en el aullido del viento
que hace clamar las olas y las rocas.
Danzas en el presente, el futuro y el pasado
de cada era geológica, de cada cambio,
de cada movimiento insondable de la tierra.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Las corrientes veloces de los ríos
que descienden de alturas exquisitas,
traen la frescura de tu canto, Señor,
tanto como lo hace el lenguaje del vino,
tanto como lo hacen el ocaso,
la música de la oscuridad
y sus murmullos crepusculares:
plantas de susurro, animales sigilosos,
aleteos y zumbidos de insectos escondidos,
el silbo de peñas agudas como catedrales
resistiendo la tormenta del invierno
y el terrible abrazo del estío,
la búsqueda encendida de los seres enamorados,
su aproximación tan bella y tan tímida y heroica,
su líquido roce acompasándose en la sombra.
      ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable,
cuán excelso es tu nombre en toda la tierra!
Haces crecer los árboles y las frondas
para enseñarnos a elevarnos hacia ti.
Nos diste la noche y sus fenómenos
para enseñarnos a cobijarnos en ti.
      ¡Dios mío, qué grande eres!
Nuestros cuerpos están llenos de tu misterio
de amor y de inquieta alegría.
Somos de fuego, somos de hielo,
somos hermosos y salvajes;
somos exaltados como los océanos infinitos
y somos calmos como el alba fragante.
Podemos amar y crear y dar vida
y amar más todavía
y elegir nuestros propios senderos...
Y es que tú has soplado la eternidad de tu fuerza
sobre el barro mortal de nuestro corazón.
      ¡Dios mío, tú eres grande!

 

 

del libro "El tallado del madero", de Marcelo di Marco. © M. di Marco (inédito)

 

POEMAS INÉDITOS DE MARCELO DI MARCO
[Carmina marina] [El ábaco de tinta] [El tallado del madero] [Epitafios]

 

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