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CLARIN, 20 de junio de 1999

 

ENTREVISTA CON PABLO DE SANTIS

RAQUEL GARZON
Un cadáver en la biblioteca

TRES CRITICOS AMBICIOSOS Y LA OBRA DE UN ESCRITOR GENIAL SON ALGUNOS DE LOS INGREDIENTES DE "FILOSOFIA Y LETRAS", EDITADO POR PLANETA. AQUI, LA TRASTIENDA DE UN THRILLER APASIONANTE CONTADA POR SU AUTOR.

Exterior, día, barrio de Caballito en Buenos Aires. A las 11.33, una de las puertas de la cuadra número 16 de Pedro Goyena se abre en señal de bienvenida. La casa y la sonrisa son del escritor Pablo De Santis, que sugiere acampar en el living familiar para charlar sobre su novela Filosofía y letras, aparecida en España el año pasado y recién editada por Planeta en la Argentina. La escenografía de la charla es pues, un ambiente cálido que asila por orden de aparición: una biblioteca de nueve estantes en la que conviven del techo al piso y sin problemas de copropiedad, libros, fotos, soldaditos de pasta, autos de colección y recuerdos de viaje; una mesa y sus sillas, un sillón de dos cuerpos, un aparador, tres afiches y un corralito inflable donde reina Octavio, el hijo menor del escritor, nuevemesino todo ojazos y simpatía, que en unos veinte años tendrá a las quinceañeras perfeccionando suspiros.

De Santis ofrece café. Lo prepara. Sugiere bajar la calefacción que tiene la casa "a temperatura bebé" y finalmente se sienta, algo nervioso. "Tímido no reciclable" anota la cronista, mientras repasa otros datos del autor de El palacio de la noche. Una panorámica rápida por su currículum arroja: porteño, clase 63, pisciano del 27 de febrero, casado y padre de tres hijos, amante del policial inglés, deudor confeso de la literatura argentina de exportación (Borges, Bioy Casares, Piglia, Saer), abogado defensor de las novelas de Agatha Christie, maestro de ceremonia de ficciones en las que el misterio manda (aunque siempre se las ingenie para tocar otros temas), imaginador febril y laburante inquieto de la palabra. Fue guionista y jefe de redacción de la revista Fierro, escribió exitosas novelas juveniles (Desde el ojo del pez y Pesadilla para hackers, entre otras) y probó suerte como autor de tres productos televisivos: El otro lado, El visitante y Bajamar, la costa del silencio. Con La traducción, un thriller intelectual que reflexiona sobre los límites del lenguaje, De Santis llegó a la final del premio Planeta 1997 y se afianzó como uno de los escritores argentinos más polifacéticos e interesantes de la generación de los treinta y pico. Actualmente dirige "La movida" y "Obsesiones", dos colecciones de literatura juvenil, y una -"Enedé"- sobre clásicos de la historieta argentina, colabora regularmente con diarios y revistas y trabaja en una nueva novela: El teatro de la memoria.

Sobre Filosofía y letras, "un libro más ambicioso que el anterior, menos contenido, con más humor y más personajes", habla despacio. Confiesa que el apellido de Esteban Miró -el narrador y protagonista de la historia, treintañero diletante que vive con su mamá hasta la página 74, para más datos-, lo encontró con nombre de calle en la esquina de su casa. Que lo entusiasma la ya confirmada aparición de la novela en italiano e inglés y que su obsesión por la concisión también pisó fuerte en esta historia, aunque el argumento cumpla, a la vez, con su deseo de contar mil historias en una.

La novela narra con la voz de Miró, devenido en empleado de la facultad, la lucha campal entre tres críticos literarios por encontrar y analizar la obra de Homero Brocca, un autor argentino supuestamente muerto y genial del que sólo se conserva un único cuento en mil versiones distintas. Bajo la pluma de De Santis, el argumento policial suma a la serie de muertes prototípica y al enrarecido clima de una facultad en ruinas, un hospicio para intelectuales, un grupo de amigotes de adolescencia que rumian derrotas amorosas y otros fracasos, una poeta de medio pelo con rimas desopilantes y el caso de un profesor universitario, algo tocado, que robó tecla a tecla una pila de máquinas de escribir para dormir rodeado de ellas y sobornar así a sus fantasmas literarios. Café de por medio, el autor explica cómo creó esta pintoresca botica con fauna y flora de inusual belleza, en la que realidad y ficción ajustan cuentas.

-¿Qué quiso contar en Filosofía y letras? -En realidad, no creo que el tema sea algo que esté ahí, en el libro. Me parece que es, más bien, una conclusión del lector, una invención a partir de una propuesta del autor. Esta novela, por ejemplo, nació a partir de viejas imágenes de mi primer año de facultad en lo que era el edificio de Filo sobre la calle 25 de Mayo. Recuerdo haber visto alguna vez una habitación llena de carpetas, monografías y papeles sueltos. Pero llena, eh? Eran pilas y pilas. En ese momento pensé en la gente que había escrito todos esos trabajos. ¿Dónde estarían esas personas; qué habría sido de ellas; sabrían que sus monografías habían ido a parar allí? El escenario de Filosofía y letras, un edificio fantasmagórico, casi en ruinas, donde sólo se respira papel y humedad y que, según dicen, guarda como un tesoro escondido en su cuarto piso las obras de Homero Brocca, un artista supuestamente genial, tiene mucho de mi sensación de aquellos días.

-¿Usa siempre sus recuerdos a la hora de escribir? -A veces. En general, me gustan más los lugares y los objetos como concentradores de historias. Imaginar que cada cosa tiene una historia que contar es el comienzo de muchas de mis novelas. Una vez que la idea aparece, vivo con ella mucho tiempo. La novela se convierte en una casa portátil que llevo conmigo donde vaya porque necesito verla entera antes de empezar a escribir. Como si la historia fuera una ciudad conocida de la que uno quiere aislar un punto para contar lo que pasa sólo en ese barrio.

-¿Por qué prefiere el policial a otros géneros? -Porque me parece que reproduce el mecanismo mismo de la lectura. El misterio es como un hilo que lleva al lector del principio al final. Tensa la novela. Y siento que, así como el lector de thrillers quiere descubrir el misterio que encierra el libro, en otros géneros, aunque no haya un enigma por descifrar, el escritor debe conseguir que el libro se convierta para el lector en un misterio en sí mismo. Mis tramas aspiran a repetir esa búsqueda: la búsqueda del lector que ve en el libro un objeto que siempre encierra un enigma, un misterio.

-¿Exactamente, qué entiende usted por "misterio"? -Para mí, el misterio es el gran desafío de la literatura: es difícil de plantear, difícil de resolver y una vez resuelto, tiene que sobrevivir además a la decepción del que lee. Porque ésa es otra constante. Casi siempre, la solución de un enigma decepciona al lector y el que escribe tiene que preverlo. Por eso la construcción y resolución del libro no pueden basarse sólo en la lógica. Hay que presentar el caso y resolverlo lógicamente, pero sin descuidar la belleza. Debe haber belleza en la resolución. Preguntas que se prolonguen más allá del libro. Creo que para un escritor es un gran reto. Por eso no comparto la idea de los que menosprecian el policial como si fuera un género liviano.

-Filosofía y letras cumple con el packaging del policial, pero trata esencialmente de la relación entre ficción y relidad, ¿o no? -Bueno, creo que la novela refleja mi propia dificultad para traducir ese vínculo. Para mí, la relación entre realidad y ficción es siempre inquietante. Cuando trato de escribir sobre algo real, algo inmediato, descubro que me es absolutamente imposible, lo encuentro casi chocante. No tengo palabras. En mis primeros textos eso se notaba mucho. Las historias transcurrían en castillos, los personajes no tenían edad definida y se llamaban con nombres que uno no podía identificar como argentinos. Algo así como zambullirme en la literatura como negación total de la experiencia. Con el tiempo me di cuenta de que la experiencia de uno es fundamental para la literatura. Y entendí que si bien a la realidad hay que traducirla, convertirla en otra cosa, es esencial para sonar creíble, para tener algo qué contar. Quizás en Filosofía y letras la idea central sea justamente ésa: la posibilidad de escribir la realidad.

-O de lograr que la realidad casi sola escriba un libro. -Sí; ésa es la ambición de Homero Brocca: influir sobre la realidad con la palabra. Para hacerlo, en un momento dado decide desaparecer sin dejar pistas y poner en marcha un argumento en el que tres críticos luchan a muerte por encontrar sus libros. Un argumento que no se actúa en la página sino en la realidad. Pero el error de Brocca como escritor es tremendo, porque cuando uno renuncia a escribir la historia, el peligro es que la novela sea escrita por otro. En este caso la historia nos llega por Miró: un testigo que pasa a ser protagonista casi sin quererlo.

-En esa relación difícil entre ficción y realidad, ¿qué papel les asigna a los locos de su historia? -Creo que están a medio camino entre una y otra. La idea de la Casa de Reposo Spinoza nació, en verdad, en otro libro que se llama Oficina de objetos perdidos. A mí me gustaba la idea de un hospicio para intelectuales donde se desdoblaran, exacerbadas y con rótulo de patología, distintas caras de un escritor real. Por ejemplo, Rusnik, uno de los locos del hospicio está afectado por un mal que le impide dejar de escribir. Escribe a toda hora, sobre papel, paredes, telas y cuando el papel se le acaba, sobre su propia piel. Grog, en cambio, es un personaje que está afectado por la enfermedad inversa, el Síndrome de Marconi: habla todo el día como una radio encendida, inventa historias geniales pero es incapaz de escribir una sola línea.

-Además de pintar locuras, el libro se detiene en la melancolía. ¿Las sesiones de nostalgia de algunos personajes tienen para usted algún significado literario? -Miró y sus amigos se reúnen todos los miércoles en un bar para recordar una supuesta edad de oro. A mí como escritor, esos episodios me permiten ejercitar la ironía, cargarlos un poco, bah, aunque quizás haya algo más... En un texto de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, se cuenta el caso de un hombre que no logra construir el relato de su vida. A mí me impresionó mucho ese libro porque ser capaz de rebobinar la propia historia tiene que ver con la identidad. Cuando esa capacidad de narración se frustra, explica el libro, nos disolvemos porque perdemos nuestra unidad, nuestro yo. Mis libros están llenos de personajes que cuentan historias dentro de la historia mayor: Esteban se imagina alternativamente como preso o como editor literario; Grog se vende a sí mismo como un iluminado zen al margen de cualquier rutina, mientras esconde a sus amigos mujer, trabajo e hijos. Estos relatos quizá no tengan que ver sólo con la literatura, sino con una necesidad de nuestra vida cotidiana. La necesidad de contar historias que nos cuenten, contar para contarnos a nosotros mismos.

-En ese sentido, ¿qué cree usted que es la imaginación: un refugio, una herramienta para abordar la realidad o una trampa voraz? -A mí me gusta definir lo que hago como literatura de imaginación, así que para mí la imaginación es todo eso y mucho más. En mis relatos el desafío es ser capaz de imaginar algo y ponerlo en movimiento en la ficción: aparatos, relaciones, misterios. Para eso imagino casi adictivamente y leo de todo un poco. Libros de curiosidades, esoterismo, noticias asombrosas, literatura de segunda mano: desde los secretos del triángulo de las Bermudas hasta el descubrimiento de un hombre congelado en una montaña que podría ser el Yeti, todo vale. Creo que para un narrador de ficciones es un ejercicio necesario que obliga a pensar en cosas descabelladas y libera de explicaciones puramente racionales.

-¿Es una casualidad que sus asesinos sean siempre intelectuales? -No, es que los intelectuales se prestan para las intrigas y a mí me gusta imaginar historias en las que se llega al crimen por ambiciones más fuertes que la pasión por el dinero. Me parecen más atractivas. Mis asesinos quieren fama, premios, la admiración de sus colegas y matan por eso. Supongo que ese exceso es para mí la clave para hacer interesante un oficio como el de la escritura, de por sí nada excesivo. Ahora bien, si el exceso surte efecto los escritores pueden ser personajes muy interesantes. Oscar Wilde lo resumía diciendo que un gran poeta resulta la menos poética de las criaturas y que, por el contrario, los poetas mediocres son fascinantes como personajes. En el caso de esta novela, Homero Brocca es, si no un mal escritor, sí un escritor sospechoso: lo único que se conserva de su obra es un cuento -"Sustituciones"- que en realidad ni siquiera se sabe si fue escrito por él porque las versiones que circulan son infinitas. Sus libros, si en verdad existieron, no fueron leídos por nadie. No se sabe si fue un genio o un loco. Si existió o no.

-¿Cree que la fórmula "tipo que pasaba por ahí, resulta ser genial y resuelve el misterio por casualidad" sigue siendo efectiva para el policial? -En general, no me gusta que el protagonista sepa más que el lector. Es una forma de acompañar al que lee. Un gesto de amabilidad, que aprendí leyendo a Borges. Trato de que el que cuenta la historia, Miró en este caso, no sea su dueño. Prefiero que esté como a un costado. Es cierto que hay algunos trucos en el género. Por ejemplo, narrar en ambientes cerrados crea un clima enrarecido que favorece el misterio. Quizás un narrador protagonista que empieza siendo absolutamente ajeno al enigma pueda considerarse también una receta, pero sirve. Porque sus sorpresas pasan a ser también las sorpresas del lector. Si el personaje sabe demasiado de la historia, hay una superioridad frente al lector que me molesta. No me gustan los protagonistas ganadores que saben lo que va a pasar antes de que la historia sea contada.

-Una última curiosidad. En su novela Miró se enamora primero de una hipocondríaca y después, cuando Selva Granados empieza a caerle simpática, la encuentran muerta. ¿Por qué a sus protagonistas casi siempre les va mal con las mujeres? -(Se ríe) En verdad, no sé, no lo había pensado. Pero si tengo que improvisar alguna explicación... hay una pequeña historia que escribí para un libro, todavía inédito, que se llama Los calígrafos. Este relato habla de una lapicera, recién lanzada al mercado: tiene cuerpo de hierro, es pesada, fácil de oxidar y difícil de asir. Escribir con ella es un martirio porque además tiene púas que se clavan en los dedos del que la usa y el tanque, que sólo carga tinta negra, está fuera de la lapicera y se conecta con ella por medio de un tubo de goma que suele soltarse y convertir en manchón ilegible la página del que escribe. Por si esto fuera poco, la lapicera es carísima y tiene tendencia a escribir sobre desencuentros, separaciones y finales poco felices. Así y todo, es un modelo que los calígrafos prefieren y al usarla sonríen.

-¿Por qué? -Quizá por la misma razón que lleva a la gente a aplaudir a rabiar una película como Titanic o a mis protagonistas a elegir casi siempre la mujer equivocada. Porque como dice el final del cuento: Después de todo, no hay mayor felicidad que la de escribir (o leer) historias tristes.


 

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