Sospecho que una novela con casi treinta años de existencia merece
algunas palabras previas a su publicación. Al regreso concluí la novela, que por entonces se llamaba Pueblamérica, como una forma de sobrevivir. Fue editada en 1973, distribuida
casi artesanalmente y retirada de la circulación, muy poco después,
siguiendo algunos consejos que consideré de elemental sentido
común. El país se estaba incendiando y yo, aunque convencida de
que escribir significa correr riesgos personales, no quería contribuir
a la fogata ni ser devorada por ella. No obstante, la novela alcanzó
a tener algunas críticas, sobre todo en los Estados Unidos (en
ámbitos universitarios) y me tocó vivir ciertas experiencias singulares.
Verbi gratia: la de un joven bastante enigmático que me persiguió hasta dar
con mi humanidad. ¿Para qué? Para decirme de qué manera él y los de su grupo (nunca
llegué a saber a ciencia cierta quiénes eran) se habían sentido
identificados con algunas partes de mis textos, y cómo a ciertos
soliloquios los habían fotocopiado para reflexionar sobre ellos.
Yo no pertenecía a ningún grupo ni político ni ideológico, me
sentía un simple testigo y para nada me hacía gracia verme envuelta
o envolver a mi familia en situaciones peligrosas. Pero siempre
sentí que esa novela, en los repliegues de su texto, en las orillas
de su escritura, había testimoniado una partícula de las convicciones
y de los titubeos de la hora. Por eso escuché con gusto la propuesta de la editorial Norma para
una edición. Por eso vuelvo a ponerla a la consideración de ustedes,
mis lectores. Quizá con temor y temblor, como diría Pablo de Tarso. Soliloquio Ahora comprendo cómo un hombre puede dividirse y romperse dentro
de sí y aparentemente seguir inmutable, de qué modo se consigue
llevar una vida dual sin mayores dramatismos, encontrar justificativos
que amparen el propio desmantelamiento y entre extremos y contradicciones
seguir viviendo. Pero siento que cada vez el esfuerzo es mayor,
las fuerzas día a día menores, más inciertos los pasos, mayor
la propia indecisión, y como el enfermo se inquieta averiguando
si ha pasado ya lo peor o todavía falta una dosis para agregar
al sufrimiento, yo me pregunto si habré llegado al límite. De qué modo ni explicado ni explicable estoy en esto. Quién lo
sabe. Puedo rastrear las causas exteriores, aún lejanas, remontarme
a la época romántica de los sueños juveniles, cuando vivir era
un proyecto altanero, buscaba torcer el rumbo de una humanidad
podrida, y en bares saturados de humo y de impaciencias, frente
a pocillos de café, papas fritas, maníes y sandwiches olvidados
de comer en el frenesí de las charlas, intentaba clarificar la
abominable confusión desatada por los mandamás, o en asambleas
que presumía históricas, a fuerza de gritos y golpes de puño quería
torcer el curso de un mundo enloquecido, con rabia e impotencia,
pero con decisión y furia. Cuántos hombros junto al mío; cuántas
manos tendidas para buscar la misma senda; qué de pasos uniéndose
al de uno o el de uno plegándose al de ellos, en itinerarios fraguados
con palabras al comienzo, después ya tan distintos. Recuerdo,
por ejemplo, los plantones en las esquinas de un barrio y de otro
y de tantos, la noche alta, alguna piba recién conocida al lado,
remedando mentidos gestos de amor y de ternura, aguardando que
la calle quedara desierta para entonces empeñarnos, brocha en
mano, pintando los frentes quietos de las viejas casonas o empapelando
anchurosos muros con incendiarios afiches que hablaban de libertad
y de paz, de convivencia pacífica y dignidad nacional, hasta que
el silbato de algún cana o un trasnochador inoportuno nos obligaba
a reincidir en arrumacos, exaltando formas apasionadas que recibían
miradas aquiescentes o gestos de repudio por el fortuito testigo.
O aquellas otras veces, los días de huelga en la Facultad, el
infierno instalado en aulas y pasillos, amurallados reductos alguna
vez inviolables, pero de los cuales llegaba el momento de salir,
aunque afuera aguardaran la violencia uniformada, la altanera
autoridad pronta a confinar nuestros graves ideales, innoblemente,
en el espacio reducido de un celular o en la seccional correspondiente.
O aquella otra vez frente a la Facultad, en el bar repleto de
libros, apuntes, sandwiches, restos de Coca Cola y conversaciones
exaltadas donde de pronto pareció ordenarse el caos a impulsos
de la avalancha que penetró, cruzando órdenes y maldiciones, son
provocadores gritó alguno, volaron copas, botellas, libros, vidrios
hechos añicos, olió pólvora el aire, la complicidad del horror
irrumpió con los uniformes en larga ronda, en macabra pesadilla,
los espejos del bar, impasibles, repitieron la escena, antes de
estallar hechos trizas, como negándose a continuar reflejando
la infamia: el cuerpo de un compañero muerto, los de varios heridos
desangrándose. Pero ahora, aquí, aquello parece tan lejano, la
voz del polaco Goyeneche me acompaña, aparejándose a mi evocación
con los versos de Manzi: "Nostalgias de las cosas que han pasado/
arena que la vida se llevó/pesadumbre de barrios que han cambiado
/y amargura del sueño que murió". Y cómo no recordar entonces
aquellos otros versos de Manzi, "en una lucha oscura de bolillas
y temas/ un día traje a casa el diploma oficial". Y el título,
y con el título la instintiva y casi orgánica rebeldía juvenil
convirtiéndose en deber abrumador, porque de la respuesta personal
dependía la calidad de una vida, la mía, testigo del sacrificio
de Juan, de aquella muerte que repercutía inquietándome, más por
lo que en ella hubo de estéril que de doloroso. Yo sentía afectado,
en verdad, el amor fraternal que había tenido por Juan (y cuya
dimensión me era revelada entonces, frente a una larga intimidad
deshecha), pero sobre todo ella encendía una rebelión radiante,
más ardiente y frenética que la de los primeros tiempos, porque
era una rebeldía alimentada en el recuerdo constante del cuerpo
de Juan deshecho a cadenazos, en la memoria de su rostro perdido
en la premuerte de su inconsciencia, en la evocación, más lejana
pero perentoria, de sus ideales derrotados. Creo que entonces
conocí el odio. Oh, Dios, no es fácil ir llevando el odio a cuestas.
Mal vas corazón, volvéte, me decía, pero el odio es un compañero
duro de abandonar y el rostro de los muertos queridos una carga
pesada, cuántos años, cuántas cosas y cambios, qué de vueltas
para volver a encontrar algún sentido, cuando todo parecía tan
absurdo y Juan estaba muerto, y mamá y papá ya no existían, y
qué sentido al fin y al cabo podía ya tener la placa aquella,
al frente de la casa (calle Helguera, casi esquina Gaona), si
mamá no lustraba el bronce que decía Sergio Duzén, doctor. Qué
podía amigarme con un mundo vacío de ternuras, repleto de asfixiantes
escarnios, de pactos vergonzantes. estas cosas que se avienen
conmigo, basta de diálogos con el culo en la silla, me dije un
día y seguí el rastro de estos ojos oscuros y enigmáticos, de
esas caras de piedra, indescifrables, que alguna vez había encontrado
en pasillos y salas de hospitales. Yme fui, con el adiós en el
bolsillo. Y aquí lo supe: el hombre nunca queda al resguardo de los hombres,
las muchedumbres regresan, el fulgor de las pasiones sólo se acaba
con la muerte pero, qué paz el impulso de la fraternidad, buscar
la justicia, olvidar el odio. Qué paz. Aquí recuperé tantas cosas
de la infancia entre hombres elementales, confinados en fronteras
inertes, porque la desesperación había acabado con toda esperanza.
Hay que ayudar a salvarlos, me dije, hay que devolverlos a su
dimensión humana: y era un modo de empezar a vivir. Aparié mi
hombro al de ellos, el bisturí y el estetoscopio fueron instrumentos
de combate, pero también las palabras que yo buscaba si no sabias,
sensatas: con ellas intenté vencer desconfianzas y resistencias,
en cuántas charlas, a orilla del río, en mentidas jornadas de
pesca o de caza, subterfugios para abrir el cauce a la confianza
y eludir vigilancias. Un día (lo tengo tan presente), Póstol Sánchez
vino a mi consultorio: me anunciaron que llegó un justiciero,
me dijo, y vengo a conocerlo. Yo sentí entonces que mi vida vieja
se deshacía como la estearina ante la lumbre, que un fulgor nuevo
chisporroteaba en mí y me juré -por Juan, por tantos-: si no soy
justiciero, estaré al lado de la justicia.
Violentos jardines de América
PRÓLOGO
Les cuento: comencé a escribirla a mediados de 1969. Hacerlo era
para mí un proceso de descubrimiento mediante el cual intentaba
comprender una situación conflictiva que comenzaba a vivirse en
mi país. Promediada la historia, y no sabiendo qué salida darle
a mi ficción -tampoco el país la encontraba- apelé a un recurso
gratificante: me fui a Europa (sacando los medios de no sé dónde),
a fin de poner distancia entre aquello en que estaba metida y
la visión de sociedades más evolucionadas.