Ahora es otro día y Juan Manuel Blanes lo ha visto llegar, galería
abajo, y se le acerca, pincel en mano, sonrisa a flor de labios
y una demanda, la misma que lo tiene en suspenso durante muchas
horas y muchos días: Los soldados unitarios ¿Está lo acontecido en el cuadro que está pintando el pintor?
El general, el pintor y la dama
I. PAPELES DEL GENERAL
Tenía un rostro de óvalo agraciado y perfil rotundo, la piel oscurecida
por vientos y soles, firme el trazo de la boca, amplia la frente,
brillantes los ojos de reflejos verdosos. El tiempo había aventado
ya bastante pelo de su cabeza oscura, pero un hábil peinado disimulaba
la calvicie. Era general pero vestía traje de paisano, altas las
botas de reluciente cuero, chaqueta blanca la suya, pantalón oscuro,
y en la mano ese latiguillo que jamás abandonaba, como no abandonaba
su chambergo, aunque el chambergo no estaba entonces porque lo
había dejado en la Secretaría Pública, desde donde había enviado
una carta al gobernador de Corrientes, quien le pedía la venia para que el señor Domingo Faustino Sarmiento pudiera comprar ciertos
bienes raíces en la provincia. "El es un arjentino y tiene derecho por ese título tan simpático
para mi, a vivir en cualquier provincia nuestra siempre que las
autoridades locales no se lo impidan...Yo desearía que hallare
bienestar para él y para su familia", acababa de escribir en las oficinas del frente de su estancia
de San José, que era ese Palacio en medio de la selva montielera,
desde donde comandaba todo el país, menos la díscola Buenos Aires.
Pendiente le había quedado la correspondencia con los caciques
Culfucurá y Calíbar, a quienes solía tranquilizar accediendo a
los pedidos de comida, armas y ropas con que dos por tres le daban
el sablazo. Y también pendiente la respuesta a varias cartas enviadas
desde Nueva York y Londres por Juan Bautista Alberdi, impenitente
trotamundos siempre esforzándose por relacionarlo con el universo
civilizado.
Pero, apenas se secó la tinta de sus misivas, salió para ver en
qué andaba su pintor. Se asomó primero a una de las galerías,
y se acercó al rincón donde el pintor desplegaba el lienzo en
el cual estaba tomando forma la escena por él bien conocida, porque
la había vivido hacía mucho y rememorado no hacía tanto ante ese
muchacho más bien agreste, de ojos inteligentes y barba renegrida,
a fin de que fijara en la tela la suma de sus recuerdos.
¿Para qué?le preguntó Dolores, su mujer, no muy contenta con
ese intruso que durante meses se apropiaría de un ala de la casa
con sus trebejos.
Para confirmar la memoria y de algún modo recuperar la gloriale
respondió él.
Y vaya a saber qué había entendido Dolores. Era tan joven Dolores.
Al muchacho se lo habían ofrecido unos meses antes: es bueno,
le informaron, pinta que es una preciosura, y aunque ésa no era
palabra de su vocabulario, le había gustado la idea de que sus
hazañas permanecieran más allá de los recuerdos propios, de allegados
o enemigos.
Para la posteridadhabía dicho su asesor inseparable, Benjamín
Victorica, hombre letrado y amigo que terminó convenciéndolo.
Aunque estaba más que alhajado su hermoso establecimiento de San
José, con árboles traídos de Australia y de medio mundo, muebles
importados de Hamburgo y damascos de Oriente y alfombras de Samarcanda
y pianos de Alemania y platería del Perú, él sospechaba que algo
faltaba. Algo casi imponderable como ese sueño de injertar, en
medio de tantas comodidades, lujos y modernidades trasladadas
de Europa, aquellas hazañas bélicas que habían fraguado su destino.
Y hacerlo entonces, cuando ya parecía estar en paz.
Porque se libran batallas para alcanzar la pazdecía siempre.
Y decía, además:
Las guerras pudren los campos, pero también las almas.
Es curioso como la vida resuelve en ocasiones por uno, incluso
cuando uno es alguien acostumbrado a decidir siempre por sí mismo.
El lo estaba probando.
Era Justo José de Urquiza.
Era Presidente de la Confederación Argentina.
Era 1857, un año complicado. Como tantos.
De modo que, en la ocasión, aceptó al muchacho que se estaba haciendo
hombre en lides de vocación y trabajo, y el hombre vino desde
el Salto, desde la otra banda del río, con la carga adicional
de una familia recién estrenada, a saber: su mujer, un crío, y
otro en la panza de la doña, que se llamaba María.
El pintor Blanes se la había presentado unos días atrás.
María Linari de Copellodijo la señora, con vocecita leve, como
aleteo de paloma, y cadencia que en seguida don Justo José adivinó
italiana.
¿Y eso?preguntó Urquiza, más bien asombrado, porque el contratado
era de apellido Blanes, y Blanes, al presentarla, había dicho:
mi mujer.
La fuerza de la costumbre, señorla excusó el pintor sin perder
su compostura. La señora estaba casada con el señor Copello.
Pero desde ahora es mi mujer y la madre de mis hijosagregó señalando
a una criatura en brazos de la correspondiente criada y al otro
ya insinuándose en su vientre.
¿Y aquélla?preguntó el general estanciero presidente, a quien
nada se le escapaba, mirando a la niña, de unos diez años, que
correteaba, en un lugar remoto del parque, tras Purvis, el perro traído como único trofeo de algunas batallas en la
otra Banda, y al que había puesto el nombre de un general aliado.
Es mía y de mi anterior esposoacotó la mujer con un leve rubor
que descubrió Urquiza, como descubrió en la cara, levemente pálida
por trajines de viaje pero ciertamente hermosa, rastros de años
que sin duda superaban en número a los de su marido pintor. Se
llama Ana María. Ven, niña, saluda al señor.
La niña llegó corriendo, Purvis tras ella, pues buenas migas habían hecho can y criatura, y en
tanto el animal iniciaba sus zalemas al amo y buscaba la correspondiente
caricia, que el hombre otorgó palmeándolo cariñosamente, ella,
la niña, con elocuentes modales de buena educación, hizo graciosa
reverencia al señor del Palacio. Entonces se oyó un chillido y
era chillido infantil, y era del niño en brazos de la criada y
tal chillido sin duda recordó a la madre la hora de alimentarlo
porque, después de solicitar el pedido pertinente para retirarse,
se la entrevió en la sombra de una habitación en menesteres de
madre, al aire su pecho y en el rostro ese gesto como solemne
que las mujeres adquieren cuando amamantan.
Pensativo quedó don Justo José por un detalle para nada escamoteado
a su perspicacia: nadie había dicho si la señora María Linari
era supérstite del marido difunto, vale decir, viuda, o separada
del fugazmente mentado señor Copello. Pero mejor no desperdiciar
tiempo en acertijos de tal calaña y respetar en silencio el silencio
de la pareja, se dijo el general. ¿Acaso podría tirar la primera
piedra? Si sabría de las complicaciones insólitas que suele originar
el amor o simplemente el trato con mujeres. Cuando apenas tenía
diecinueve años, él había iniciado su larga carrera de progenitor
(o de padrillo, murmuraban por ahí) Un hermano zafado solía decirle:
a éste se la ponen dura los tiros y las campañas. Vaya insolencia
la del hermano, que era Cipriano, siempre boca suelta. Pero, en
verdad, había empezado bien mozo en esas cuestiones de las polleras.
Concepción: así se llamó la hija que tuvo con Encarnación Díaz
(entre nominaciones sacras parecía andar esa niña concebida no
sólo detrás del sacramento sino casi casi en casa pública).
Se entresonríe el general: aunque amigo de la risa, cuando ríe
lo hace con ganas, pero no suele desperdiciarla. Fornido y enhiesto,
curtida la tez por tantos soles recibidos, avizores los ojos,
firme la mirada, retoma la marcha por la galería. El asunto de
la Encarnación había sido en los comienzos de su virilidad y en
un rancho al que su hermano, sin duda por paterna orden, enderezó
los pasos del jovencito alborotado, aunque ya, por las suyas y
a escondidas, el mozo andaba en trotes similares.
La Encarnación era una muchacha querendona y al alcance de más
de uno, sobre todo si ese uno era hijo de don Joseph de Urquiza.
Y la Encarnación dijo que sí una vez y otra y cuántas, vaya a
saber, hasta que un día lo esperó, entre lagrimones y risas de
contentamiento, para anunciarle: estoy gruesa. E1 vaya a saber
qué dijo; no se acuerda ni hace falta, pero seguro que fue cortito,
porque en momentos así los hombres se apabullan, sobre todo si
es la primera vez. Pero de lo que entonces estuvo seguro, y ahora
lo sigue estando, fue de cómo el corazón se le ensanchó en el
pecho: pucha que es lindo ser padre, se dijo. Los viejos, a su
manera, se dieron por enterados. Doña Cándida, la madre, santiguándose
con apuro:
Vaya con el benjamín, muy mozo para empezar.
E1 padre, con consejito y moraleja:
Hijo, dicen que quien hace el amor, engorda; quien sólo lo ve
hacer, desmejora; pero quien abusa, enloquece. No lo olvides.
Recuerda el general que la mujer del caudillo oriental Artigas,
la paraguaya Melchora Cuenca, fue quien alzó a la niña en la pila
bautismal. Porque por aquellos días él andaba metido en líos que
lo iban introduciendo en la política y en la Otra Banda. Hasta
entonces, undécimo hijo de don Joseph Narciso Urquiza y de doña
Cándida García, sólo se había preocupado por dirigir a la peonada
en esos duros trabajos de acrecentar el fundo de la familia en
la agreste geografía montielera: montes impenetrables, bichaje
de toda laya, gauchos cimarrones. Pero a esa tarea comenzó a sumarle
otras, las de la política.
Así va pensando Urquiza en tanto recorre las vastas galerías de
la casa y mira al pintor Blanes, empeñado en su tarea, y a la
mujer de Blanes alejándose, con sus niños, entre nubes de polvo,
en la calesa que los había traído, y que entonces está viendo
en el portalón de salida, y ya introduciéndose en el camino rumbo
a la villa de Concepción, ex del Arroyo de la China.
La historia de aquel momento lejano había sido así:
su hermano Cipriano José, arrimado al oriental Artigas, tuvo dificultades
políticas. La volteada terminó arrastrándolo a él y al padre,
y en la caída, por ese devanar de arriesgadas aventuras en la
Banda Oriental, se les confiscaron bienes, perdieron ganado y
él tuvo que alejarse de la susodicha Encarnación Díaz pero no
de la hija, a la cual, en el momento oportuno, reconoció y ayudó
a criar y también, pasados los años, a casar, que uno es padre
una vez, pero lo es para siempre, como en tantas ocasiones se
lo han recordado los curas y su propio corazón. No hace mucho
le comentaron a Urquiza:
La Encarnación Díaz es mujer de todos menos de sí misma. Todo
el día está dándole al trago. Dicen que dos por tres se la ve,
pasada en copas, gritar por calles y caminos: mírenme a mí que
he sido la amante del Gobernador y ahora soy pura piltrafa.
Así las cosas (sigue rumiando el general presidente camino a su
Secretaría Pública), cuando él, Justo José de Urquiza, vino de
sus correrías orientales, ya andaba enceguecido por otros ojos,
que eran los de Segunda Calvento. Como para acordarse de Encarnación
Díaz estaba.
Segunda Calvento, niña de familia principal (según comentó a muchos
Beatriz Bosch, conocedora como ella sola de la estirpe), era hermana
de Norberta, una muchacha que había noviado con Pancho Ramírez,
el Supremo Entrerriano, aquél que en los años veinte, para susto
de porteños, ató su pingo y el de sus lanceros en la mismísima
Pirámide de Mayo, después de la batalla de Cepeda. Pues bien,
por culpa de la Delfina, brasileña entrometida y valiente, la
Norberta Calvento se quedó sin poder usar el traje de esponsales
que sólo le sirvió como mortaja. De su hermana Segunda se enamoró
el menor de los Urquiza. La hizo suya debajo de una pérgola, al
anochecer y en verano. Y con ese encanto de criatura tuvo un hijo
y después otro y otro y otro más, que fueron serios y consecuentes
esos amoríos con la Segunda, damita bella y entretenida que se
le entregó, sin decir ay, una vez y otra y muchas y tantas como
para parirle cuatro hijos al hilo. Aunque sin casorio.
Espumas de recuerdos invaden al general estanciero, hoy Presidente
de la Confederación Argentina, ya cincuentón largo: para la gloria
y también para las injurias, en su vida han contado siempre las
mujeres y los hijos. Pero nunca le incomodaron ni tales glorias
ni tales injurias. ¿Por qué no se casó, teniendo como tenía una
familia casi constituida? En verdad, eran años de tumulto y sedición
en los que no había ocasión para cumplir el débito matrimonial
con la mujer propia y apenas si para picotear con las ajenas.
Pero, reflexiona, ¿acaso fue sólo por eso? Ahora, ya entrado en
años y experiencias, Urquiza tampoco sabe qué responderse, como
no lo supo en la ocasión. Probablemente fue porque todo su empeño
estaba puesto en hacer lo que estaba haciendo: construir fortuna
y prestigio político. Desde joven la había visto clara: por un
lado estaban las regiones y sus banderas federales, y por otro
los porteños mandamás, llámense con el nombre que se quiera: Junta,
Triunvirato o Directorio. Ya había sido la batalla de Cepeda,
ya estaba vencido el poderío directorial, ya había corrido sangre
y muerto de muerte injusta Pancho Ramírez, el Supremo que soñó
con hacer de la región, República. ¿Qué más? Acabado el tiempo
de las armas, venía el de la política. Los vecinos lo quisieron
diputado y fue diputado, lo eligieron gobernador y fue gobernador.
Ahora lo quieren Presidente y ahí está, Presidente. Para defender
las autonomías provinciales, para buscar empréstitos a fin de
fomentar la ganadería y la educación, para arreglar la deuda pública
(válgame Dios, si aún siguen impagas las del año 10, contraídas
para gestar la revolución). Pero, sobre todo, ser presidente significa
dar una Constitución a este país de díscolos e intemperantes.
Y díganme, con tantas gestiones, hilvanadas una detrás de otra,
¿había tiempo para pensar en casorio?
De modo que ahí está el general, en esa mañanita de agosto más
bien fría, recordando a sus mujeres, presentes gracias a esa María
Linari venida con su cría propia y la que ha tenido con Blanes,
el pintor recientemente contratado para fijar en el óleo las glorias
de sus batallas.
Urquiza sabe que ha amado a muchas mujeres. Y si para tantos los
amores posteriores al primero no son más que variantes y repeticiones
del inicial, para él cada una ha sido distinta. Desde la Díaz
hasta Dolores Costa, última y definitiva, entonces con él en San
José. Aunque mediante ceremonial que no termina de convencer al
padre Ereño, como moscardón siempre encima: hay que arreglar,
general, hay que arreglar la papelería.
¿Tendrá tiempo ahora, general?pregunta, y está claro: el tiempo
que le solicita al general, es el de su atención para mirar el
cuadro que está pintando.
Es joven Juan Manuel Blanes. Ha de rondar los veinte y pico, sin
llegar a los treinta, es más bien bajo pero delgado, tiene barba
renegrida y espesa, dos ojos que son carbones encendiéndole la
cara y una voz cadenciosa que sabe siempre decir lo que quiere
decir.
Esta vez son pocas sus palabras porque el tema ya ha sido conversado:
el general se ha ofrecido para ir explicándole las batallas que
quiere ver en el lienzo: el orden de los soldados, el punto en
que se encontraba, la hora de lo acontecido y tantas cosas atinentes.
E1 cuadrolos cuadros, porque en ocho está pensandoserá obra
de los dos: uno pondrá colores y el otro pondrá recuerdos.
Quiero que vea cuánto he avanzado, señor.
E1 pintor se empeña con fervor: es apenas un principiante, sin
escuela ni prestigios, con el solo respaldo de su habilidad innata
y una lógica ambición: el espaldarazo de Urquiza mucho significará
en su vida si logra salir airoso del trabajo encargado. Urquiza,
por su parte, apuesta a su memoria. Pero ¿podrá hacerlo? Han pasado
muchos años, en algún caso hasta veinte y, lo que es más, mucho
ha vivido y sigue todavía viviendo. ¿No será todo un confuso magma,
imposible de transmitir? ¿Acaso esa estancia, llamada San José
en honor del padre, pero a la cual todos se empeñan en llamar
Palacio, es el refugio de paz por él apetecido? Nada de eso. Si
más que sede de ese gobierno que acaba de dejar en Paraná, en
manos de su vice, parece ser el centro del país. En ese momento
mismo se siente alboroto en la puerta por el lado de la guardia.
Algún chasqui, sin duda, porque pronto oye el arrastrar de nazarenas
por el patio embaldosado y ve al secretario, como pidiéndole venia
para entregarle la carta que trae en manos, y presiente su contenido
antes de abrirla: sin duda, algún lío de esa ciudad siempre alborotada,
de ese estado rebelde que tanto jode la paciencia, Buenos Aires.
Recibe la carta, entonces, pero anuncia: ahora estoy en otra cosa,
y ve cómo se marcha el secretario y escucha a Blanes repitiéndole:
Mire, señor general.
Y se acerca a Blanes, y Blanes descubre el lienzo y en el lienzo
ve el general sus legiones, y se ve a sí mismo, era 1839, era
el 31 de marzo, era Corrientes y en Corrientes el Pago llamado
Largo. El, Urquiza, hombre de Echagüe que era hombre de Rosas,
a la vanguardia del ejército, con su caballería entrerriana sorprendió
al gobernador correntino, don Genaro Berón de Astrada, lo atacó,
y fue brava la batalla de Pago Largo, la que entonces padeció
y ahora está viendo entre colorado, sepia, blanco y azul de cielo.
andan malevos por áhi;
si el federal los agarra
le hai tocar el violín.
El general mira la planicie, y en la planicie su caballería colorada
arremetiendo con bravura, y a los otros los ve, pero ya en son
de huida, uno ha perdido el caballo, otro está perdiendo la vida,
él azuzando a los suyos, de galera, como estila, montado en caballo
blanco, según costumbre, movido por el viento mañanero y otoñal,
el poncho también blanco, alta la banderola federal en la mano
alta, contra el cielo distante y ajeno, fuerte la voz no escuchada
desde el lienzo pero que aún suena en sus oídos, a la carga, dice
la voz, y es el desbande, y él en medio del fragor y del desbande,
con el aplomo de siempre, insoportable para muchos, como a otros
insoportable les resulta esa inconmensurable fortuna que ha ido
amasando por prepotencia de trabajo y envión de audacia.
Blanes, expectante, balbucea su demanda:
¿Qué le parece, señor?
Está bien, pintor.
¿Falta Purvis, señor?
No, pintor. Purvis no estaba, todavía. Nada falta.
Pero Urquiza calla lo demás que falta: los más de mil trescientos
muertos difunteados en el campo, y los dos mil prisioneros, y
de los dos mil los pocos que quedaron para contar el cuento porque
ochocientos cayeron bajo las armas o el degüello, al son de una
chachana, dijeron los enemigos, como dijeron lo demás: Berón de
Astrada, encontrado dos días después, con el cuerpo en parte putrefacto,
y la espalda en carne viva, porque una lonja de su piel había
ido a parar a la menea que alguien, ingenioso detalle del agravio,
hizo con esa lonja de piel. El, Urquiza, fue acusado de haber
sido autor de tamaño estropicio en cuerpo de cristiano y gobernador.
Pero, en verdad, había sido un muchachito desalmado a quien ni
se pudo castigar por inimputable.
Me limpio el culo con esa infamiadijo su hermano Cipriano.
Pero él sí se quedó dolido porque ¿quién borra una infamia cuando
la infamia echó a volar?
Duras las luchas entre federales y unitarios. Durísimas. Cómo
se moría en esos tiempos, caray. Pero sólo dice:
Está muy bien, Blanesy palmea al pintor que ha pintado Pago
Largo, poniendo tanta armonía en el cuadro como horror tuvo la
batalla que lo inspiró. Y agrega:Su pincel está reconstruyendo
mi pasado, pintor.
No, señor. Son sus recuerdos los que me están haciendo el cuadro.
Está bien, pintor, está bien...repite el general y se aleja
por la galería, el látigo en la mano, el ayer en el alma.
¿Qué recuerdos recuerda el general Urquiza en tanto avanza por
la galería camino a su Secretaría Pública, desde donde está manejando
no sólo los asuntos de su establecimiento o los negocios de la
provincia, sino los intereses de la nación entera, salvo los de
esa pequeña porción rebelde que es la provincia de Buenos Aires?
No son asuntos comerciales ni políticos. Son asuntos del corazón
desatados por esa batalla de Pago Largo que ha visto tan bien
pintada por Blanes. Junto a la sangre y la muerte y la victoria,
y el humo de la pólvora y el ladrar de los perros, acaba de pasar
por su memoria, ya que no por sus labios, el cortejo de mujeres
que amó por esos años de empuje juvenil, y de las que guarda memoria,
entre tantas sin nombre y ya, ay, sin rostro recordado por el
borrar insidioso del paso de los años. Encarnación Díaz, Segunda
Calvento, la tan amada, Cruz López Jordán...
Qué bella era Cruz. María de la Cruz Jordán.
Aquella noche de veinte años atrás estaba Justo José en casa de
los López Jordán, con su hermano Cipriano, casado con María Teresa
de Jesús López Jordán. El casorio había intensificado los lazos
fraternales que desde muchos años atrás unía a las dos familias,
sobre todo a partir de esos ideales comunes alimentados por sueños
de libertad para el país y de federalismo para la provincia que,
en ambas familias, fundadoras de la sociedad lugareña, habían
provocado tantas persecuciones políticas, enajenaciones económicas,
y hasta muertes. Cipriano había sido ministro de Francisco Ramírez,
el Supremo Entrerriano, y esa noche, alto y fortachón, la cara
invadida por grueso bigote, la voz enérgica y el ademán firme,
correspondía en aspecto al prestigio de su historia.
De esas materias se hablaba.
Esa noche Cruz, la menor de las hijas de doña Tadea Jordán, de
Ramírez en primeras nupcias y de López en el matrimonio bis, prolífica
matrona en ambos matrimonios, estaba deslumbradora. Y Urquiza,
joven y enamoradizo, se sintió deslumbrado. Delgada en su figura,
alegre en su trato, incapacitada para la torpeza, expansiva sin
mengua de su femineidad, Cruz Jordán emitía como resplandores
mágicos desde el lugar en que se encontrara. A1 menos para Justo
José.
La tertulia había derivado hacia temas políticos, siempre candentes,
dada la índole de los tiempos y la categoría de los reunidos,
pero, en la ocasión, para nada infundían regocijo en el mozo Urquiza
tales efusiones, porque sus ojos volaban al encuentro de la niña
Cruz. De pronto, generosamente, el azar vino en su auxilio y la
niña Cruz comenzó a mirarlo como si nunca lo hubiera visto antes.
Los varones rememoraban incomprensiones, cicatrices y esperanzas,
prestándole a la Historia la apariencia de la anécdota, y a la
emoción familiar el encanto de la cercanía; doña Tadea organizaba
el orden de aparición de vituallas para que nadie quedara sin
tener entre pecho y espalda el milimetraje óptimo de bebida y
los gramos necesarios de alimentos; las muchachas, expertas en
atenciones, ponían manos a la obra esforzadamente, pues por lo
común los hombres engullían más de lo que ellas tenían tiempo
de ofrecer; Justo José y María de la Cruz se miraban a los ojos,
nivelados en una mutua y muda admiración. En sucesivas horas,
de los ojos pasaron a las manos: un roce aquí, una breve caricia
allá, otra más acá, todo bajo el amparo de la contradanza y sus
felices compases que, a cierta hora de la tertulia, había comenzado.
La genérica visión maternal de doña Tadea, aunque preocupada por
la marcha del servicio y la atención de los hombres, para nada
dejaba de medir los avances del joven Urquiza con su benjamina,
la María de la Cruz. Y los siguió observando y promoviendo con
el correr del tiempo, en oportuno oficio de celestina, hasta que
un día su sueño casamentero se vino abajo: imposible innovar en
el desordenado régimen amoroso del menor de los Urquiza, de quien
ya conocía sobrados antecedentes, como la hija con la muchacha
Díaz y los cuatro de la Segunda Calvento.
Fue así: un día Justo José dejó el pueblo, en campaña nuevamente
para defender las fronteras de la provincia. María de la Cruz
quedó sola, y quedó triste, y quedó muda, muy recatada dentro
de sus amplias vestimentas a la moda, hasta que llegó el momento
en que ni esas recatadas vestimentas pudieron seguir ocultando
lo inocultable: María de la Cruz estaba embarazada y con casamiento
en veremos .
Doña Tadea lamentó su fallida esperanza y¿qué otra cosa le quedaba?disimuló
la situación: crío y madre en la casa y aquí no ha pasado nada,
pues vergüenzas de deshonras se esconden siempre puertas adentro.
Pero, además, gravitó sobre el perdón maternal el recuerdo de
su propia experiencia: entre la defunción del primer marido, Ramírez,
y el casamiento con el segundo, López, ella, Tadea Jordán, madre
del Supremo Entrerriano, había dado a luz un crío, pues las mujeres
también suelen sentir los rigores de la carne, sobre todo si son
jóvenes y cojonudas como lo fue doña Tadea.
En fin: nació una niña y la niña fue llamada Ana, y la hermana
de Justo José levantó a la niña en la ceremonia bautismal, y doña
Tadea lloró de emoción, y en la casa de los López Jordán se crió
Ana. Después, como los otros hermanos desparramados por la zona,
Ana llegó a San José, convertido en un parvulario, para completar
su educación a la sombra de profesores traídos de donde hiciera
falta. Y, según pasaron los años, acompañó a su padre en las ceremonias
oficiales, porque la muchacha se había puesto toda una señorita
y el padre, durante mucho tiempo, fue un general solterón que
en lides oficiales necesitaba al lado una dama.
Urquiza, ya casado, aunque sin tener todo en regla, según el padre
Ereño, antes de volver a su Secretaría Pública, alcanza a escuchar
que alguien de la villa anda buscando al pintor oriental.
¿Qué pasa?pregunta Blanes.
Lo necesitan con urgencia en lo de Carrasco.
¿Por. . . ?
Se les ha muerto un hijo en un accidente y quieren que vaya usted
para retratarlo antes de que lo entierren.
Dicen que el médico dijo que no puede resucitarlo, pero los padres
dicen que, si usted pinta su retrato, el niño siempre estará con
ellos. Eso dicen.
Voyescucha Urquiza responder al pintor Blanes.
Y escucha, también, que las cigarras, silenciadas por el bochorno
de la hora, han comenzado nuevamente a cantar.