La aún liviana penumbra que precede al atardecer se ha instalado
en la habitación, y en la habitación está Manuel, en su cuerpo
visible esa brecha abierta por la enfermedad; y está el doctor
Redhead, robusto y rubicundo, en quien ni los vaivenes intempestivos
de la fortuna, ni el ímpetu de la espada, ni los litigios de los
hombres han hecho mella alguna; y entre ambos, establecida como
una presencia, la voz de Manuel que va contando altibajos de inciertos
días que ya son, sobre su espalda, pasado irremediable y tal vez
glorioso.
Las batallas secretas de Belgrano
I Santo Domingo esquina Camino del Rey
En los mapas el Paraná era un hilito azul y uno lo vio antes
y pudo imaginar cómo vadearlodice. Pero vaya usted a cruzarlo
de veras, cuando ha crecido por razones estaciona es que no estaba
en uno prever y no hay medios materiales y las aguas están abundantes
y embravecidas y el tiempo no acompaña y los momentos apremian,
porque deben llevarse noticias de la revolución a esos confines
que aguardan para ser sumados a la empresa americana gestada en
Buenos Aires y en mayo por los patriotas. Porque le digo, doctor
Redhead, que por entonces el gobierno estaba concentrado en propagar
lo acontecido: todavía no se les había dado por pelearse entre
ellos, aunque les faltaba pocodice Manuel y mira la frente despejada
del doctor Redhead y su pelo colorado cayéndole al costado de
la cabeza y la atención de sus ojos claros y atentos.
Linda idea había sido esa de la Primera Juntaprosigue: enviar
a este hombre de leyes y de libros, de modas y besamanos aprendidos
en la corte madrileña y trasladado a estas latitudes por razones
de amor a la familia y al terruño, enviarlo, digo, como adelantado
de las novedades libertarias acaecidas y no solita su alma sino
al frente de un ejército. Ejército por llamarlo de algún modo.
Porque, dígame doctor Redhead, uno que había visto los de la España
de Carlos lll y los de la Francia revolucionaria y los de la Inglaterra,
¿podía pensar en serio como ejército a ese puñado de doscientos
paisanos mal entrenados, peor vestidos, lejos de toda disciplina
y nuevitos para encarar la estampida del cañón o la turbamulta
de la pólvora? De ninguna manera. Pero era la orden y aunque este
servidor la consideró más bien descabellada, producto de cabezas
acaloradas y no más, la cumplió con buen ánimo, porque desde que
se había visto metido en la lista de la Primera Junta "sólo pensó en corresponder a la confianza del pueblo y contraerse
al desempeño de las obligaciones inherentes a su puesto". Claro que estaba lo demás, pero como de yapa: esa muchacha de
ojos oscuros y patriotismo lindo con quien me había mirado mucho
y conversado poco, porque aunque estaba cierto de que la mujer
es la llamada a alegrar las sábanas de un hombre y hacerle más
llevadera las penurias inherentes al vivir, no eran tiempos aquellos
para abundar en bisbiseos sentimentales ni en comercios eróticos,
con los alborotos de la ciudad de diez años antes, usted se acuerda.
Manuel mira los ojos del doctor Redhead primero y después
mira la ventana que da al patio y escucha entonces cómo empieza
a caer la lluvia prometida por la meteorología y escucha también
al dicho Redhead diciendo:
Linda cosa esta lluviecita para agregar enseguida, mirándolo
por encima de la tisana que Juana ha traído para ambos. Fiera
la travesía, Manuel, usted bien que la ha de recordar.
Como un sueño la recuerdo, doctor. Primero aquellos interminables
campos, pajonales, cañaverales y esteros sumándose por leguas
y leguas, con una naturaleza "desnuda de todo auxilio del arte como de trescientos años atrás". Y uno a trechos en su coche, tratando de solucionar fallas,
faltas y necesidades en ese contingente militar descalabrado y
sin mayores ímpetus al cual había que dar disciplina e ideales.
Pero la mayor parte del tiempo y del camino que se iba abriendo,
arriba de la cabalgadura, que un jefe no es jefe en estas latitudes,
usted lo sabe, si no tiene pinta de centauro y aguanta que el
pellejo del culo se le quede prendido a los aperos, como estos
gauchos nacidos sobre el pingo, según decía el amigo Blas de Mondéjar.
Y así un día y otro día, marchando bajo el sol y bajo la resolana
y bajo la neblina, porque todo fue de setiembre para adelante
(pues nombramiento y misión me habían llegado justito para la
primavera), y a medida que avanzábamos norteando, el calorcito
apretaba más y más; y durante las noches, el cabeceo sobre la
montura, o en refugios precariamente levantados para el descanso,
porque no teníamos tiendas de campaña y siempre la avalancha del
bicharraje cada vez más nutrido y agresivo, y el siseo de los
mosquitos, que dicen abundan por la zona más que los ángeles en
el cielo, y el rebullir de insectos, y la lluvia que caía y caía
y era más soportable la mojadura en movimiento que en esas enramadas
fuentes siempre de inagotables sufrimientos para este oficialito,
acostumbrado a la mullida cama con doseles y tules que Madre o
las hermanas preparaban a los hombres de la casa. Y ni hablar,
doctor Redhead, del oído atento a los malos murmullos que cruzaban
el aire, porque aunque enemigos no había cerca y la misión era
misión de paz, a los hombres se les había dado, tan nuevitos como
eran, por abandonar sus compromisos y escaparse, y ése era ejemplo,
el de la huida digo, que Manuel Belgrano no estaba dispuesto a
tolerar. Una, porque su espíritu le decía que, si una vez se aflojaba,
adiós el entramado disciplinar, columna vertebral para cualquier
empresa, y, ay, cómo odio la anarquía; y otra, porque el mandato
de la Junta era mano de hierro, como la que tuvieron con Liniers,
cuando a mi primo Castelli le tocó ordenar al pelotón matar al
héroe de la reconquista por la turbamulta que había armado el
franchute despistado.
Manuel mira por la puerta entreabierta las begonias que asoman
en el patio, el doctor Redhead sigue por un momento la mirada
de Manuel: si está cansado descanse, general. Pero Manuel prosigue.
Dura la guerra, sí doctor. Pero en ésa estábamos, apostando
a la Historia, y ya nadie podía echarse atrás, menos este abogadito,
burócrata del Consulado primero y entonces improvisado jefe militar
por ímpetu revolucionario que, no obstante el correaje de su uniforme
y el armamento bélico de que era portador, no podía con las suyas,
razón por la cual en cada lugar donde llegábamos con la tropa,
que iba en aumento a medida que pasamos de San Nicolás a Santa
Fe y de Santa Fe a la Bajada, y de allí al Curuzú Cuatiá hasta
dar con Misiones, antesala final en ese viaje en el cual se cruzó
medio país como quien atraviesa una plaza pueblerina, en todos
los remotos lugares brotados de la nada, villorrios dormidos en
el viento, digo, a los cuales llegamos portados por buenos y malos
aires, como representante del gobierno que era, este servidor
se apropincuaba a las escuelas, las fundaba cuando no existían,
reconvenía por la poca asistencia, amonestaba a padres negligentes,
aconsejaba cuartillas y lecturas, cultivo de la tierra y de las
mentes. Porque estaba cierto de que si por entonces se necesitaban
armas y soldados para construir a la patria, muy pronto llegaría
el tiempo en que la mayor urgencia sería de ciudadanos y labranzas.
Calla el enfermo, pero pronto retoma su discurso.
Si hasta pueblos fundé en medio de vientos y esteros... Porque
dígame usted, por si acaso, "¿podía verse sin dolor que las gentes de la campaña viviesen tan
distantes unas de otras lo más de su vida, sin oír la voz del
pastor eclesiástico, fuera del ojo del juez, y sin recurso para
lograr alguna educación?". Y vaya, que alguna alegría tuve en aquel peregrinaje de judío
errante.
¿Cuál alegría, don Manuel?inquiere el doctor Redhead, quien
apenas si alcanza a escuchar la voz del enfermo, gastadita por
la debilidad, a medida que la tarde prospera, la fiebre avanza
y la lluvia intensifica su repiquetear en techos y cornisas de
la vieja casa de la calle Santo Domingo esquina Camino del Rey.
Y en tanto aguarda que el amigo prosiga hilvanando palabras se
pregunta: ¿qué lo está hinchando tan monstruosamente a este hombre?
¿La hidropesía, los recuerdos o simplemente las penas?
¿Cuál alegría?escucha la respuesta. La que me dio una mujer
del pueblo, doña Gregoria Pérez, cuando "puso a mi orden y disposición su hacienda, casas y criados desde
el río Feliciano hasta el puesto de las Estacas para con ellos
auxiliar al ejército sin interés ninguno". Créame, doctor Redhead, sentí entonces que por vaivén del destino
había encontrado a una mujer de aquellas que de veras poseen los
relumbres que me llegan al alma. Yo, Manuel Belgrano, que conocí
mujeres de gran lucimiento, vestidas de terciopelo y oro, y otras
de cuerpo labrado porque eran indias; yo, que alterné con muchachas
de vida alegre y patricias de sangre recatada; que intimé con
señoras de abolengo y núbiles doncellas sin casta conocible y
supe de sabias féminas acerca de las cuales historias y leyendas
proclamaban excelsitudes, y que en ellas gasté dulces naderías,
arrebatos de pasión, admirado enajenamiento o simple indiferencia,
yo, créame doctor Redhead, a doña Gregoria Pérez, hembra de tierra
adentro, madura, cerril, de poco lustre y manos encallecidas en
trabajo doméstico y rural, rendí mi más íntimo tributo: esa lágrima
de hombre y de patriota que le dijo a la doña antes de partir:
muchas gracias.
Así concluye Manuel su perorata al amigo antes de perderse
en el silencio y en la fiebre, y ya la sombra de los árboles se
alarga en la huerta y ya la lluvia ha dejado de repicar en techos
y cornisas y la ronca voz del viento se expande aventando nubes
pero sin aportar respuestas a ese hombre que se sabe en sus vísperas,
y Juana entra entonces:
Basta ya, doctor Redheadordena, y mira a Manuel, que se
ha dormido con intranquilo sueño, y le dice y se dice: Pobrecito.