|
Narración amena en una lograda recreación histórica
En la Belle époque
UN DANDY EN LA CORTE DEL REY ALFONSO
Por MARÍA ESTHER DE MIGUEL
(Planeta)-400 páginas
En el Fausto de Estanislao del Campo (l866), Anastasio el Pollo le cuenta
a su amigo Laguna el encuentro del Diablo con el doctor Fausto
y refiere que el Maligno lo incita con estas palabras: Si quiere
plata tendrá,/ mi bolsa siempre está llena/ y más rico que Anchorena/
con decir quiero, será. En nuestro país el apellido Anchorena
era entonces -y lo seguiría siendo por mucho tiempo- sinónimo
de riqueza. A esa familia, la más adinerada del siglo pasado,
perteneció Fabián Gómez y Anchorena, personaje de un capítulo
de Cinco dandys porteños, de Pilar de Lusarreta, al que también aludiera en un ensayo
Juan José Sebreli, pero cuyos rasgos novelescos ninguno aprovechó
como lo hizo María Esther de Miguel en este entretenidísimo relato.
La acción transcurre en la segunda mitad del siglo XIX, época
que ya anunciaba la frivolidad y el burbujeo de lo que después
se llamaría belle époque, únicamente bella, en verdad, para la clase alta. Fabián, huérfano
criado por su abuela materna Estanislada, es un adolescente deseoso
de aventuras. Cansado de andar entre faldas de institutrices y
levitas de profesores, se enamora de la soprano Josefina Gavotti
y, contrariando a la abuela, huye con la cantante a Italia después
de un accidentado casamiento. Desde Florencia, donde se instala
con su esposa (que le dobla en años y de la que pronto se separará),
inicia una larga residencia europea, especialmente en París y
Madrid, ciudades en las que su enorme fortuna le permite rodearse
de lujos, refinamientos, y frecuentar a la aristocracia del viejo
continente.
Su dispendiosidad y su atildamiento lo convierten en perfecto
dandy (hoy se lo denominaría playboy), célebre por sus aventuras
mundanas y lances amorosos en los que exagera sus despilfarros
y parece siempre sobreactuar. Así es como conoce a la destronada
reina de España Isabel II y a su hijo Alfonso, parrandero y bon vivant, como él, a quien acompañará desde París cuando los azares de
la política lo llevan a ocupar el trono de España como Alfonso
XII. Su amistad con el monarca le hará recuperar el título nobiliario
de Conde del Castaño, abolido junto con la esclavitud y los instrumentos
de tortura en las fogatas de la Asamblea de l8l3.
Necesario es destacar la colorida descripción que la novelista
hace del Madrid palaciego de saraos e intrigas y la de las verbenas
populares con sus majos, manolas, chisperos y anarquistas. Es
la primera vez que la escritora entrerriana revive ambientes que
no son los del propio país y lo hace con sugestión y gracia. La
vivacidad de su prosa a menudo brillante, matizada, otorga a la
narración una amenidad que se traduce en lo que podríamos llamar
"el placer de la lectura". En cada página suceden cosas; escenas
y personas están recreadas con el dinamismo y la maestría a que
María Esther de Miguel nos tiene acostumbrados y que, por otra
parte, le han valido ser una de nuestras narradoras más leídas
actualmente.
Un párrafo final sobre el desenlace de esta historia, que tiene
por escenario nuevamente la Argentina pero en la segunda década
del presente siglo. Desenlace que no vamos a contar pero del que
queremos decir que puede llegar a conmover hondamente -mérito
incontestable de la autora- la sensibilidad del lector. De estas
últimas páginas se desprende un melancólico estremecimiento; el
del tiempo que pasa, el de la fugacidad de las cosas que uno ha
creído importantes, el de la fragilidad de la sustancia humana.
Antonio Requeni
|