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LA NACION LINE | 20.01.99 | Cultura

 

Narración amena en una lograda recreación histórica
En la Belle époque

UN DANDY EN LA CORTE DEL REY ALFONSO
Por MARÍA ESTHER DE MIGUEL
(Planeta)-400 páginas

En el Fausto de Estanislao del Campo (l866), Anastasio el Pollo le cuenta a su amigo Laguna el encuentro del Diablo con el doctor Fausto y refiere que el Maligno lo incita con estas palabras: Si quiere plata tendrá,/ mi bolsa siempre está llena/ y más rico que Anchorena/ con decir quiero, será. En nuestro país el apellido Anchorena era entonces -y lo seguiría siendo por mucho tiempo- sinónimo de riqueza. A esa familia, la más adinerada del siglo pasado, perteneció Fabián Gómez y Anchorena, personaje de un capítulo de Cinco dandys porteños, de Pilar de Lusarreta, al que también aludiera en un ensayo Juan José Sebreli, pero cuyos rasgos novelescos ninguno aprovechó como lo hizo María Esther de Miguel en este entretenidísimo relato.

La acción transcurre en la segunda mitad del siglo XIX, época que ya anunciaba la frivolidad y el burbujeo de lo que después se llamaría belle époque, únicamente bella, en verdad, para la clase alta. Fabián, huérfano criado por su abuela materna Estanislada, es un adolescente deseoso de aventuras. Cansado de andar entre faldas de institutrices y levitas de profesores, se enamora de la soprano Josefina Gavotti y, contrariando a la abuela, huye con la cantante a Italia después de un accidentado casamiento. Desde Florencia, donde se instala con su esposa (que le dobla en años y de la que pronto se separará), inicia una larga residencia europea, especialmente en París y Madrid, ciudades en las que su enorme fortuna le permite rodearse de lujos, refinamientos, y frecuentar a la aristocracia del viejo continente.

Su dispendiosidad y su atildamiento lo convierten en perfecto dandy (hoy se lo denominaría playboy), célebre por sus aventuras mundanas y lances amorosos en los que exagera sus despilfarros y parece siempre sobreactuar. Así es como conoce a la destronada reina de España Isabel II y a su hijo Alfonso, parrandero y bon vivant, como él, a quien acompañará desde París cuando los azares de la política lo llevan a ocupar el trono de España como Alfonso XII. Su amistad con el monarca le hará recuperar el título nobiliario de Conde del Castaño, abolido junto con la esclavitud y los instrumentos de tortura en las fogatas de la Asamblea de l8l3.

Necesario es destacar la colorida descripción que la novelista hace del Madrid palaciego de saraos e intrigas y la de las verbenas populares con sus majos, manolas, chisperos y anarquistas. Es la primera vez que la escritora entrerriana revive ambientes que no son los del propio país y lo hace con sugestión y gracia. La vivacidad de su prosa a menudo brillante, matizada, otorga a la narración una amenidad que se traduce en lo que podríamos llamar "el placer de la lectura". En cada página suceden cosas; escenas y personas están recreadas con el dinamismo y la maestría a que María Esther de Miguel nos tiene acostumbrados y que, por otra parte, le han valido ser una de nuestras narradoras más leídas actualmente.

Un párrafo final sobre el desenlace de esta historia, que tiene por escenario nuevamente la Argentina pero en la segunda década del presente siglo. Desenlace que no vamos a contar pero del que queremos decir que puede llegar a conmover hondamente -mérito incontestable de la autora- la sensibilidad del lector. De estas últimas páginas se desprende un melancólico estremecimiento; el del tiempo que pasa, el de la fugacidad de las cosas que uno ha creído importantes, el de la fragilidad de la sustancia humana.

Antonio Requeni

 

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MARÍA ESTHER DE MIGUEL
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