El intruso

otro cuento interactivo

 

(La historia comienza aquí)

Winifredo cerró el libro que estaba leyendo. Se levantó del cómodo sillón frente al hogar y se dirigió hacia la galería, fuera de la casa, pues había oído ladrar insistentemente a Caimán.
Su rostro, arrebatado por el calor intenso de los leños, sintió el aire frío de la noche. Con un silbido llamó a su perro, un ovejero de gran porte, que enseguida se acercó a su amo para volver, ladrando, hacia el pinar, del lado norte de la propiedad.
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¿Quién anda ahí??!! El grito de Winifredo cortó el silencio de la noche... Pero la única respuesta que obtuvo fué un fuerte gruñido de Caimán que corría como enloquecido acercándose al pinar.
Winifredo quedó por un momento estático pensando que hacer... Su rostro reflejaba preocupación. ¿Sería verdad entonces aquella historia que le contara Jacinto esta mañana en el pueblo?...
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Sí, Jacinto tenía razón. Uno no cree en brujas, pero que las hay las hay...

Caimán continuó ladrando con insistencia...
De pronto, regresó corriendo, agitado, con la cola entre sus enormes patas traseras, los pelos parados y aullando lastimeramente...
3
—¿Qué pasa, Caimán? —preguntó Winifredo—. ¿Qué tenés? —como si el perro fuera a contestar algo.
Pero Caimán contestaba ahora con la crudeza de las evidencias; por el costado de su lomo, en dirección a la alfombra beige, corría un oscuro hilo de sangre. El perro se acostó en el suelo. "De nada sirve cuidar la alfombra en este momento", pensó Winifredo, "mejor será que salga y me fije qué pasa allí afuera".
La noche estaba helada, oscura y fría se desplegaba por todo lo ancho de la ciudad. Winifredo no tenía armas de fuego, nunca le habían gustado. Empuñaba su mejor cuchilla mientras atravezaba la galería, cuando escuchó algo en dirección al garaje.
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Miró hacia el río y estaba todo oscuro. La neblina densa ocultaba la luz de las balizas. De pronto vió algo que se movía al final del jardín, se acercó y era un hombre que trataba de trepar el muro para salir hacia la calle, pero en su apuro resbaló en las enredaderas y volvió a caer al suelo con un quejido de dolor. Winifredo corrió hasta llegar a su lado y simulando que traía un arma de fuego en el bolsillo le preguntó:
—¿Qué hace usted aquí?. Esto es una propiedad particular. El otro no respondió, pero le miró con una expresion que pedía clemencia.
5 Parecía asustado y desprotegido. Como si no fuera otra cosa que un ladrón vulgar de los que saltan los muros para robar fruta. Aparentemente no iba armado y el pánico se reflejaba en sus ojos. Winifredo tuvo la sensación de que había alguien más. Era poco probable que este individuo, solo, hubiera podido propinar semejante herida a Caimán, su fiel ovejero, sin embargo, no se oía nada ... 6
El pobre hombre se quedo estupefacto e inmóvil por un instante. Luego reaccionó y le respondió:
—Señor, mi auto tuvo un desperfecto, yo sólo recurrí hasta usted para solicitar su teléfono y así poder llamar a un auxilio automotor.
Winifredo le contestó que por esos pagos no había comunicación alguna con la civilización. El hombre, afligido, le preguntó entonces si sería tan gentil de alojarlo por esa noche en un casa; y que a la mañana siguiente el se trasladaría hasta el pueblo más cercano para comunicarse con la grúa caminera. Y que incluso estaría dispuesto a darle dinero por su hospitalidad.
El buen winifredo aceptó de buen gusto, pero no era necesaria ninguna dádiva por la solidaridad que le prestaría. Pero aun le quedaban muchos misterios por develar de aquel sospechoso forastero, del cual aun también desconocía su nombre.
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Fué a llamar al fiel José, su mayordomo que habitaba un pequeño quincho junto al río. José le ayudó a trasladar al forastero hasta una de las habitaciones para huéspedes, de la planta baja. Lo tendieron en la cama, y a la luz pudieron escrutar su aspecto. Estaba bien vestido, usaba un pantalón de buen casimir, bien cortado, una camisa deportiva y un pulóver sin mangas. Tendría unos 35 años, rostro saludable y jovial, parecía un ejecutivo jóven pasando el fin de semana en El Tigre. Su faz estaba sudorosa y algo sucia por la caída, y presentaba una herida cortante en la mano derecha de la que aún salía un poco de sangre.
—No teman, les dijo. No soy ningún delincuente, lo que les he contado es verdad. Traté de trepar el muro porque me asusté con los ladridos del perro.
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La excusa sonaba hueca, como voz adulta en un cuarto vacío. Los ojos escrutaban su rostro herido, generando perfiles tan diversos que, por momentos, parecía un ángel olvidado en la Tierra y, en otras ocasiones, un asesino frustrado. Quizás sería conveniente seguir el curso de cada una de las distintas hipótesis y dejar que el relato se abriera en múltiples posibilidades, como un gran abanico
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Winifredo y José se miraron sorprendidos por la respuesta del extraño, como dudando de su veracidad. Salieron un rato afuera del cuarto y convinieron en suministrarle un somnífero poderoso mientras decidían que hacer con él. Cuando se hubo dormido, Winifredo telefoneó al hotel principal del Tigre y pidió que le comunicaran con un hombrecillo muy especial que le había presentado el embajador de Bélgica. Se trataba de un famoso detective privado que estaba de paso por Buenos Aires. El hombre accedió a venir. Veinte minutos mas tarde sintieron el motor de una lancha y fueron a esperarle al embarcadero.
Al desembarcar, saludó ceremoniosamente sacandose su sombrero hongo.
—Bon soir monsieur, cést moi, Hercule Poirot.
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"Es increíble la velocidad de la mente, estaba tan metido en la novela de Agatha Christie que me estoy haciendo la película", pensó Winifredo mientras curaba a Caimán. El perro se había tendido en el suelo. Por el costado de su lomo, en dirección a la alfombra beige, corría un oscuro hilo de sangre.
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Winifredo sintió hielo en las venas, "¿Será verdad lo que dijo Jacinto?"
Pero el hilo de sangre lo arrastró como una serpiente hacia afuera...
Salió a la espesura con linterna en mano, sentía que el vello de su piel se convertía en gusanos que le caminaban por el cuerpo. Más al norte se escuchaban unos alaridos feroces y endemoniados, apagó la leve lámpara y vió el reflejo de una fogata no muy lejos. Avanzó escondiéndose entre los matorrales. De pronto el corazón le pegó un portazo como afirmando lo que Jacinto había narrado. Figuras negras danzaban alrededor de un macho cabrío colgado de un árbol, el cual fijó sus ojos de fuego en Winifredo.
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Winifredo miró estupefacto la danza de las figuras negras: tres mujeres, que supuso eran brujas. Moviéndose lentamente entre los matorrales logró acercarse hasta el lugar donde estaba el trio diabólico. A pesar de lo que imaginó, vio con asombro que éstas eran jóvenes y hermosas. Tenían los ojos de un color verde claro y relucientes como esmeraldas. La figura de sus cuerpos en movimiento cautivó su mirada por espacio de varios minutos, hasta que se detuvieron y empezaron a recitar varias palabras en un lenguaje desconocido. Pronto descubrió que una de las jóvenes brujas, tenía una voz familiar, que estaba seguro de haber escuchado antes...
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—Debo estar soñando— se dijo, después de todo, estas cosas no ocurren. Simplemente, son imposibles.
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Era imposible unir esa voz extrañamente familiar a ninguno de esos rostros bellos y malévolos ni a esos cuerpos lúbricos agitados por la danza. Una de ellas cantaba mientras agitaba en sus manos un huso al que iba enredando un hilo. La otra tenía unas enormes tijeras que blandía amenazadoramente (segun le pareció), la tercera de pronto empezó a cambiar de forma. Ante sus ojos, de sus manos empezaron a multiplicarse y de sus muchos dedos empezaron a brotar unos delicados hilos que brillaban a la luz de la luna, y que rápidamente fueron tejiendo una inmensa telaraña.
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¡Oh, dios!.—Esta pesadilla con todo y sus tenebrosos malabares se ha convertido en sueño humedo.
(ring,ring,ring) ¡El telefono!—¡NO! —el despertador...—De pronto....Mi madre
—Wincito son las 9:00 en punto, levántate muchachito que si la juventud es el futuro contigo nos jodimos y que conste que con cien como tu no hacemos un Ronaldo. Y si te cambiamos por una bolsa de basura, de seguro perdería la bolsa
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Winifredo se estremeció. En unos segundos su cuerpo se había visto rodeado de una extraña funda. Como una crisálida. Era como si hubieran tejido sobre él una madeja extraña que le había llevado directamente a su infancia, a ese tiempo en el que todavía no era un hombre acomodado, y donde sufría con resignación los ataques de violencia de su madre.
Trató de acomodarse de nuevo a la realidad. Era tarde, Caimán el perro, había entrado en la sala con un reguero de sangre en el costado. El desconocido no parecía peligroso, pero algo no encajaba...Entonces tras dejarlo en la cabaña para los huéspedes, había visto esa luz con esas sombras, ¿qué había visto en realidad?, Había algo ahí...sí...¿pero qué?.
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No sabía exactamente qué era, sólo sabía que había algo y que ese algo le llenaba de angustia, por el hecho de ser desconocido; tenía que descubrir qué era o sino se volvería loco pensando qué podría ser. Fue entonces cuando decidió ir a encontrarse con ese algo.
18 El terror se apoderó de su cuerpo, sentía la sangre agolparse dentro, corriendo en círculos, pero algo le ordenaba seguir adelante, encontrarse de frente con aquello a lo que le temía. 19
Winifredo sabe que no hay miedo mayor que el miedo a lo desconocido, sabe que el monstruo deja de ser monstruoso cuando le vemos la cara, pero no sabe qué o quiénes son esas tres figuras femeninas que insisten en perpetuarse ante él. ¿Tres brujas? ¿Las tres Parcas que me atrapan en la red de mi propio destino? ¿Mi madre, mi tía y aquella desgraciada que...? ¿Tres estudiantes trasnochadas de las que ven demasiada televisión?...
—¿Qué hacés vos acá? —dice una de ellas, justo la que parece más alta, avanzando hacia Winifredo, que la mira estupefacto. Y enseguida le reprocha con cierta cortesía fría: —Interrumpiste nuestra ceremonia.
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Soledad... Miedo...Muerte... Las tres sombras que siempre persiguieron a Winifredo, danzaban frente a él. La voz chillona del teléfono le pareció la risa de la Muerte. La danza sinuosa y envolvente de la Soledad se acercaba agazapada hacia él. El ronquido de risa del Miedo lo despertó a la realidad... Miró su mesita de luz...Ya no le quedaba ni siquiera un porro para cegarse frente a la realidad abrumadora de su vida. Solo la cabaña, sus libros, el perro, su ayudante y ahora...
El Intruso.
Saltó de la cama como bestia herida y se dirigió hacia el desconocido. ¿Acaso él tendría las soluciones para su mente atormentada, y los vendavales de su vida?
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Winifredo caminó hacia la habitación de aquél misterioso huésped y, mientras caminaba, percibió que había luz en la habitación. ¿Cómo? ¡Le habían suministrado un somnífero que haría dormir a un caballo! Abrió la puerta de la habitación sin titubear y casi no pudo creer en la escena que vio: el forastero clavando los dientes en el cuello de su perro.
—¿Qué pasa...? —intentó preguntar Winifredo.
—¡Callate! —gritó el forastero. —Este perro está envenenado. Necesito sacarle el veneno.
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Caimán miraba al forastero con ojos agradecidos. Winicito no entendía nada. De pronto la habitación se llenó de luz. Una luz enceguecedora que lo hizo retroceder olvidándose de todo.
23 Sintió una mano sobre su espalda, y giró sobresaltado.
—¡Escusemoi monsieur, pego usted y los otros relatores se han olvidado completamente de moi!!.
Era Hercule Poirot. Lucía indignado.
—Este cuento carece de toda lógica monsieur, paga que estoy yo, sino para introducir un poco de cordura de inteligencia en todo esto!!
Wini se quedó con la boca abierta, mientras en intruso buscaba prestamente la salida.
—Alto ahí, dijo Poirot, estoy en condiciones de aclarar este crimen.
—¿Qué crimen, señor?, si aquí no ha muerto nadie —dijo timidamente el intruso.
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—Si nadie ha muerto —replicó— ¿para qué diantre me llamaron?
¿Eso? —preguntaron todos los actores a un tiempo, inclusive el perro.
Winifredo cerró un momento los ojos, como para concentrarse, sujetó el libro que tenía en su mano, entre las rodillas y juntó los dedos levantando un poco la cabeza en busca de luz. La lamparita se encendió de pronto y recobrando algo la cordura explicó que el lío esta en su interior. Que el papel de cada uno aún no estaba definido porque él no tenía nada claro que clase de pesadilla quería vivir. Entonces rogó a todos paciencia y que cada uno volviera a su puesto incial para reiniciar la historia.
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Lo que el pobre Wini no sabe, es que uno no elige las pesadillas que le toca vivir, y que todos podemos vivir varias realidades simultáneamente: una imaginaria, otra real, otra soñada, otra recordada... y que ellas no son excluyentes.
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"Escucho a su avestruz nadando desde entonces, ajenjo dulce en vasito pequeño, jarabes, jarabes. Las luces gimen dentro del cielo. ¡Ah, no! ¿convidarte mi mermelada?. Prefiero saber de vos. Guardate tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Llamame a las cinco, que el rincón sube por hora" —pensó— ¿a qué se debió tan estúpido pensamiento? Inclinó sus ojos.
27
Y despertó.
28

 FIN

 

Muchísimas gracias a todos los que colaboraron en este cuento. Ellos son:

1. José María Cuenca (jcuenca@senado.gov.ar) desde IP speedy.senado.gov.ar el 30/06/98.
2. Patricia Araujo
(paraujo@ciudad.com.ar) desde IP o2000.prima.com.ar el 02/07/98.
3. Juan Antonio Araujo
(paraujo@ciudad.com.ar) desde IP o2000.prima.com.ar el 04/07/98.
4. Alejo
(villarino@sinectis.com.ar) desde IP genker.sinectis.com.ar el 05/07/98.
5. Juan carlos Ruiz G.
(jcruiz@entelchile.net) desde IP tc31-190.entelchile.net el 07/07/98.
6. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 08/07/98.
7. Paola V. Fiore.
(gitana@fiorella.com.ar.) desde IP 200.26.121.131 el 08/07/98.
8. Juan carlos Ruiz Godoy
(jcruiz@entelchile.net) desde IP tch43-230.entelchile.net el 08/07/98.
9. Eve Baili desde IP pppd30.citynet.net.ar el 09/07/98.
10. Juan carlos Ruiz Godoy
(jcruiz@entelchile.net) desde IP tch11-28.entelchile.net el 10/07/98.
11. Alicia
(solyluz@mixmail.com) desde IP r245-241.adinet.com.uy el 17/07/98.
12. Ludy M.Sekher
(sekher@internet.com.uy) desde IP 200.40.15.202 el 18/07/98.
13. Eduardo JimÈnez A.
(edjimenez@hotmail.com) desde IP escazu2-a38.racsa.co.cr el 18/07/98.
14. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 20/07/98.
15. circe
(selva@ciudad.com.ar) desde IP host155097.ciudad.com.ar el 20/07/98.
16. Hector Santana
(hsantana@usa.net) desde IP bay-148-b3.codetel.net.do el 20/07/98.
17. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 24/07/98.
18. irma leticia quiroz romo
(escritora@mailcity.com) desde IP 209.198.200.145 el 26/07/98.
19. irma leticia quiroz
(escritora@mailcity.com) desde IP 209.198.200.145 el 26/07/98.
20. Alicia
(solyluz@mixmail.com) desde IP r50-90.adinet.com.uy el 26/07/98.
21. Ludy M. Sekher
(sekher@internet.com.uy) desde IP 200.40.15.207 el 26/07/98.
22. AndrÈ L.
(aol@uol.com.br) desde IP 200.246.125.44 el 27/07/98.
23. Cris
(Dempaque@telcel.net.ve) desde IP server03.t-net.net.ve el 28/07/98.
24. selva
(selva@ciudad.com.ar) desde IP host152206.ciudad.com.ar el 28/07/98.
25. NoemÌ Graciela Petronacci
(noemitome@mx3.redestb.es) desde IP ppp87.196.redestb.es el 28/07/98.
26. Alicia
(solyluz@mixmail.com) desde IP r50-119.adinet.com.uy el 29/07/98.
27. Rafael Varela
(rafaelv@rcc.com.ar) desde IP 200.16.187.244 el 29/07/98.
28. Eve Baili desde IP pppd4.citynet.net.ar el 29/07/98.

 

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