El espectador...
(
otro cuento interactivo)

(La historia comienza aquí)

Juan Alberto, con los ojos semi cerrados no seguía la escena que se estaba representando. Tampoco respondía a Andrea -su media naranja- que le hacía comentarios sobre la obra. El solamente pensaba en el atolladero en que estaba metido. Lo torturaba la idea de no encontrar solución al problema, para liberarse.

Escuchó que ella, en voz muy baja, le decía no has aplaudido ni una vez... y, entonces, él lo hizo fuerte y seguido. Pero en ese momento la acción en la escena había llegado al clímax. Se escucharon chistidos... y hasta un que retiren a ese bruto...1
Pero los chistidos se calmaron al oir el gran aplauzo de Juan Alberto, todo el público se dio vuelta para mirarlo, pero Juan Alberto ni siquiera se enteró y siguió aplaudiendo cada vez más fuerte.
Andrea lo miraba, anonadada y confundida, nunca había sentido una vergüenza tan grande, tanta humillación, y con una lágrima en la mejilla se fue corriendo.
Ahí fue cuando Juan Alberto se percató de la situación, y mientras lentamente se ponía de pie y recorría con la vista a toda la gente, escuchó un aplauso desde lejos, y escuchó otro, y cuando menos lo esperaba, todos lo aplaudían a él. 2
Hasta cuando tanta confusión, todos podían ver algo especial en él menos ella. ¿Qué le impedía esperar un poco y unirse y gozar del aplauso?...sin motivos especiales.. sin razón. Al fin de cuentas sólo fue una reacción a su petición. 3 Sin embargo, cuando todos se hubieron sentado y la concentración colectiva volvió sobre los actores en el escenario, Juan Alberto volvió a hundirse en su asiento y en sus demonios interiores. No podía decirle a Andrea, apenas dos meses antes de la boda, que había vuelto a sentirse inseguro respecto a sus sentimientos. 4
No era el debut de Juan Alberto De Negri como dramatugo. De las cinco obras que había escrito después de su regreso a Montevideo, desde su exilio voluntario en el Royal Albert de Londres; tres habían llegado a representarse con buena crítica, considerando que los críticos de teatro, no son muy benevolentes con los debutantes jóvenes.
Sin embargo ésta, que se estrenaba, era la que le había demandado mayor esfuerzo y la que más le costó terminar.
No había querido contarle a Andrea que cinco semanas antes del estreno, el productor lo había marginado, entregándole la dirección al pelmazo de Genovese, que la había cambiado tanto, que terminó convirtiéndola en un desastre. 5
Mientras sus pensamientos se sucedían en loco tropel dentro de su cabeza: Andrea, Genovese y el fracaso de la obra, hundido en su butaca, Juan Alberto veía sin mirar a los actores, cuyas voces retumbaban en sus oídos, como retumbaban sus gritos, en el zaguán de una casa de la calle Pereyra Lucena, cuando era niño y pasaba por allí a visitar a su abuela ¡Qué cosa extraña!, pensó, cosas tan insignificantes, como lo del zaguán, que permanezcan aún en su recuerdo, a pesar de tantos años pasados. 6
Sin embargo es así.La memoria atesora cosas nimias, pequeñeces, insignificancias...y sepulta en el inconsciente los datos de aquello que nos genera dolor y que ya no somos capaces ni siquiera de descubrir solos.
Pero estaba allí, inerme, frente a una obra de teatro que, siendo un mensaje, se había trastocado, hasta convertirse en una simbiosis caótica de palabras, gestos y tonos, vacíos de contenido y, pese a ello, grotescos, hiperbólicos, desmesurados, hasta salirse del cauce de lo comunicativo. 7

La casa de la calle Pereyra Lucena; llegó a recordar Juan Alberto...
Claro es real que la memoria atesora nimiedades y borra, cierra, la mente a los dolores que la vida nos da... pues ésta tiene en su viaje, momentos de risa y momentos de lágrimas... pero que lindo es vivir. 8
El día siguiente del estreno, un domingo caluroso de enero, mientras tomaba su mate de media mañana bajo el emparronado del patio de la abuela en Pereyra Lucena, tomó el suplemento de arte del diario. Se encontró con la columna de Marcos Silverstein, el crítico de teatro más prestigiado de la Banda Oriental; y para su sorpresa, el crítico soslayando las deficiencias del montaje, hacía bastantes elogios de su obra y no mencionaba para nada al boludo de Genovese. Se dió una buena ducha, se vistió y tomó el tranvía que pasa por Sarandí, en la parte antigua de Montevideo. 9
Como era de esperar fue a buscarla. Mientras recorría el largo camino que lo llevaba a ella fluían en su mente imágenes y pensamientos como el guión de una nueva obra donde él creía ser el actor principal. ¿Del tranvía?: de eso no era necesario hablar, sólo su cuerpo estaba allí, su mente tejía la trama más importante: la euforia de saber que su obra había resultado buena a pesar de todo y de todos, y la tristeza de no saber cómo decirle a ella que sus dudas se convertían en certezas, pero eso al fin de cuentas ya no importaba tanto... 10
"¡Alabadas, usurpador! ¡alabadas sean esas dudas!" dijo mientras se arremangaba el brazo derecho. Juan Alberto sacó un pequeño espejo de su bolsillo y con su mano izquierda, ya la derecha, empezó a verse lamiendo su brazo antes derecho. Empezó por el codo, seguro de que era lo correcto. Lentamente y con su mirada temblante fija en ella misma, lamió cada gruta de ese codo; luego, cada pelo de su antebrazo, dejando estampados pequeños trozos de diferentes alimentos en él. Después su mano. A ella la recorrió dedo por dedo, limpiándose lo marrón de nicotina, empapándola de jugos gástricos y por qué no gracias mi querida. ¡No se me vaya m'hijo que lo pisa el tren!, dos tirones de orejas (pequeño sonriente dentro de la estación). Y Juan Alberto volvió a enmangarse el brazo derecho. Conversó. 11
–Disculpe señor– Una bella señorita vestida de rojo, que viajaba en el tranvía, sacudía a Juan Alberto. –¿le ocurre algo?, parece Vd. delirando,...no es que yo quiera molestarle, pero es que me tiene Vd cogido el brazo, y estamos llegado a mi parada,...yo me bajo aquí mismo, o no voy a llegar al casting, ¿y Vd también baja? 12
–A veces señorita. Hoy por ejemplo me toca bajar.
–No sé a lo que se refiere señor, debe Vd. de tener sus razones para cambiar de rutina y confío en que sean loables, comprende. Seguramente no necesitará mi brazo de todas maneras. –Juan Alberto sonrió irónicamente con la vista puesta en el sotén de la mujer, quien ya esperaba que la puerta del transporte se abra. Luego miró a la dama su pelo, mientras pensaba quien sabe en qué.
–Por cierto: lo felicito, es Vd. un verdadero artista.
Juan Alberto frunció la entreceja, se guardó un erupto (era su principal síntoma de asombro, el erupto), y cuando el tren se puso en marcha, miró subir las escaleras a la mujer, antes, la vió comprar cigarrillos Dunhill. Juan Alberto odiaba los cigarrillos Dunhill. 13
Ella se apresuró escaleras arriba. Se ajustaba su vestido en las caderas, mientras guardaba el paquete de cigarrillos en el bolso. En realidad no fumaba, pero había pensado que si buscaban una mujer para un papel como ese, esperarían una chica sofisticada, y todo el mundo sabe que las muejeres sofisticadas fuman, además una marca de cigarrillos como esa. Antes de salir de casa había sopesado si debía o no llevar boquilla, pero finalmente la desestimó cuando ensallando frente al espejo, sus poses de Femme fatale, le había saltado la risa y se había ahogado con los estornudos que el humo había cosquilleado su garganta.
Sin saber por qué sentía una picazón en el codo. Como si algo estuviera mordiéndoselo o jugueteando con él. Simplemente lo atribuyó a los nervios de la prueba y no quiso pensar en ello. Entonces, sintió otra vez su mano en el brazo. Juan Alberto, le decía, "tal vez no necesite su brazo pero..." 14
"...pero tal vez también podría ud. convidarme con uno de sus cigarrillos". La mujer no sonrió y volvió a tomar la cajita bordó de cigarrillos Dunhill, sacó rápidamente uno y nerviosa se lo acomodó entre labios, después, tomó otro y se lo dió a quien se lo había pedido sonriente. Luego sacó de la misma cajita un fósforo, tropezando encendió primero su cigarrillo y luego el otro. Juan Alberto no podía creer la falta de femeneidad de esa mujer: "¿cómo podía adueñarse del primer tabaco y negárselo a quien se lo había pedido caballerosamente? ¿cómo podía además también encender primero el suyo y después el ajeno, y no dejarme ese trabajo a mí?", pensó. No tuvo más remedio mirarla con superioridad y soltarle el brazo.
–Sí, es Vd. un verdadero artista, pero también un burgués, ortodoxo y conservador. Mi nombre es Marie Claire, y también gusto de Hermann Hesse. Juan Alberto creyó conocer las características de aquellas gentes como ella. La mujer prosiguió: –Quisiera saber, señor Heredia: ¿realmente necesitó mi brazo allá en el tren? ¿o cualquier brazo le hubiese dado igual? –preguntó. 15
–no es que necesitara su brazo –dijo –es que los días jueves me da por tomar brazos, usted me entenderá...
–Claro que le entendería a no ser que hoy no fuera jueves.
–¿Y cómo saberlo? No me diga que usted cree en esas cosas de los calendarios y todo eso.
–Me ofende, no es que crea, pero es necesario crear un código, ¿no le parece?
–Lo único que me parece es que la importancia que tenga el haberle tomado un brazo no justifica la afirmación de que el mundo está manejado por códigos, eso me resulta muy simplista, y como todo lo simple, permanece siempre al limite de la vulgaridad.
–No crea señor Heredia, lo vulgar cumple su función de contraposición, y como tal debe ser respetado. Sino corremos el riesgo de que hoy vuelva a ser jueves.
–¿Cómo, ya pasó una semana?
–Sí querido Heredia, eso dicen.16
¡La mística de un tiempo mensurable que ya no existe!
El tiempo de una dimensión reversible, en suma,pura energía y materia
Quizás el brazo sea tiempo añorado
y su devolución, vacío.
Después de todo, nadie sabía si era jueves 17 Hablar del tiempo mientras sacamos el reloj o miramos el calendario, es reducir cada acontecimiento a un punto fijo y expresarlo después en años, meses , y horas. ¿Es realmente el tiempo mensurable –y como tal asociado a un espacio– o es una masa fluida, un océano en movimiento, misterioso y potente que yo veo girar en torno mío...?18
Entonces ella soltó una carcajada, inmensa...Su vestido rojo, desprendía menos fuego que el rubor de sus mejillas, y los ojos negros que escrutaban la mirada de Juan Alberto.
–¿Dígame señor heredia, le parezco una mujer culta y sofisticada, capaz de asesinar a su marido?. –Francamente, no veo que tiene eso de importante –respondió él.
–El casting, ¿no lo recuerda?, justo terminé la secundaría y debo parecer una mujer culta y preparada, por eso todo esta verborrea, ¿me ha seguido el juego por que le parecía interesante o por que quiere algo de mi?
–Ja, ja, ja –contestó Juan Alberto –eso no tiene importancia, ahora, pero déjeme que le diga una cosa, si no le aceptan en ese casting, yo tengo algo que proponerle, necesito una mujer muy atractiva como Vd. para poder ayudarme en una cohartada que tengo que contar a una persona. Le pagaré bien. 19
No creía servir para misterios policíacos. Estaba constuitida por otra sustancia ignota, desconocida y, sin embargo, tan flexible como para adaptarse a cualquier rol.20 Fue entonces cuando recordé el junco. Siempre tan flexible y portador de una consigna ignota: doblarse hasta la gracia infinita de lo imposible sin romperse. 21
Ahora, la necesidad de salir huyendo de este martirio que conduce nuestras vidas nos lleve tal vez a deshacer todo compromiso establecido. Las reglas no son claras; aunque lo fueran, jamás las respeto. La ficción sólo es una evasión de nuestros más recónditos miedos.22
La ficción y los miedos suelen combinarse, protegerse, disimularse o irradiarse...No lo sé. 23
–¿Querés otro mate?
–Sí, dame, decime Andrea, ¿que opinás de una obra donde unos tipos se conocen en el tranvía?
–Mmmmm, ¿nombre de la chica?
–Marie Claire– y luego dijo –ya sé, no me mires así, meloso.
–Y decime Andrea, ¿por qué es que nos vamos a casar? 24
–Quizás, simplemente, porque somos osados, o porque creemos en la vida, o porque el amor es ese imponderable insoslayable y difícl de describir
–Y vos, ¿qué crees? 25
–Dame otro mate. –¡El amor!...¡el amor!.. Sabés ...me gusta pensar que vas a estar conmigo. ..y aún más...adivinar tu cuerpo envuelto en la sábana...desayunar uno al lado del otro...correr después, los dos, hasta alcanzar el 110 vos y yo el 71...y volvernos a encontrar a la noche y... no sé todas esas cosas que siempre se hacen. 26
–¿Y si nos aburrimos?. Prometeme, por favor, que nunca nos vamos a aburrir–dijo casi suplicando.
–Nunca, querida. 27
Juan Alberto sonreía y la abrazaba, realmente la quería.
–¿Una cohartada? –preguntaba Marie Claire– nunca pensé que tuviera problemas con la justicia señor Heredia.
–No, no es la justicia. Digamos que es algo personal. Una decisión que no estoy seguro de querer asumir, tal vez en un momento dado me convenga demostrar que Vd y yo nos conocemos mucho, desde hace mucho tiempo, que nos conocemos....íntimamente, ¿me entiende?
–Pero eso no es cierto, señor Heredia, ni aunque otra vez sea jueves, y le toque agarrar cualquier brazo.
–Pero eso no tiene ninguna importancia. Piénselo, aquí tiene mi tarjeta, ¡suerte con el casting, y ya sabe, si necesita el trabajo, llámeme!. 28
Juan Alberto salió a la calle. Se volvió, Marie Claire ya no estaba. Pensó en su mujer. Pensó en todas las mujeres. Las que tuvo. Las que pudo haber tenido. Las que ya no estaban.
Miro la parada y dudó. Caminar. Necesitaba el tiempo, pensar. Andrea iba a estar esperándolo. Andrea iba a estar esperando que el hablara. Nunca pudo ocultarle nada. Entonces recordó el cigarrillo y lo soltó, con asco. Hacía años que no fumaba.
–Hacía años que no fumaba –dijo Andrea, sorprendiéndose por el comentario en voz alta. Lo vió doblar la esquina, miró la escalera por donde desapareció la mujer y sintió un vacío en el estómago. Conteniendo el llanto, cruzó la calle. 29
Todos sus recuerdos junto a Juan Alberto centellaban en su cabeza como espinados borbotones de desilusión, las lágrimas furiosas empezaban ya a mover sus hilos, y el vacío de su estómago era ya un abismo.
Cruzando la calle conjuró un planteo contra Juan Alberto, sabiendo siempre cual sería la respuesta de su prometido, su atroz devoto.
30 Al cabo de unos minutos ambos, Juan Alberto y Andrea, despertaron de sus fantasias por un instante. Esa introspección tan cotidiana en la vida de todo dramaturgo y especialmente en la de Juan Alberto De Negri. Su futura esposa Andrea, sin embargo parecía haber adoptado esta actitud hace poco, quizas el casamiento la ponía un poco nerviosa y la imaginación era su ruta de escape. Mientras que la cabeza de Andrea conjuraba ese planteo para hacerle a Juan Alberto, el le decía:....y te gusta el nombre Marie Claire para el personaje–. Si esta bien pero depende de la trama,que es lo que pasa en la historia– No vayas a escribir una trama donde pasen esas cosas asquerosas de jugos gástricos que le gusta a Genoveve!!. Mira Andrea si fuera por mi voluntad no lo haría pero lamentablemente él me paga muy bien y tengo que complacerlo. Igualmente no va a ser lo escencial de la historia es solo un poco de esa morbosidad que me obliga Genoveve a incluir en las historias, vos sabes como es él.
Juan Alberto, miró su mano y se encontró con un cigarrillo de Andrea ubicado entre sus dedos. Andrea le dijo: hace mucho que no fumabas Juan. Si, contestó él, lo que pasa es que vos sabes como me gusta jugar al personaje mientras que escribo la historia, y el personaje fuma y se llama Juan Alberto, pero Juan Alberto Heredia no De Negri. Juan te juro que a veces me asustas de verdad, hasta que punto vivis en la realidad– No puede ser que pretendas vivir la vida de tus personajes! Además porqué el nómbre Juan Alberto Herdia– tiene tu nombre y el apellido de tu madre– Qué te pasa te crees que sos como Borges que le pone Acevedo a sus personajes–. Juan Alberto se enfurecío, el miedo a la subestimación era un dolor que llevaba dentro suyo desde un fracaso que había tenido hace muchos años ya. No entiendo cual es el sentido de ese reclemo Andrea que puede importar que me guste vivir como si fuera mi personaje que puede importar el nómbre–. Juan, vos no entendes nos vamos a casar y yo ni siquiera se si el que se quiere casar sos vos, o es tu personaje. Tengo miedo, nunca se con lo que me vas a salir ¿entendes?. ¿Sos vos el que se quiere casar conmigo o es Juan Alberto Heredia el que se quiere casar con Marie Claire?
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–Te entiendo, y te pido que me disculpes, pero sabes que no puedo trabajar una historia, y creo que nadie podría, si no me meto de lleno en la vida de un personaje...
-Y claro -dijo ella-, si es así tendrás que inventar un alterego para mí también, ¿no?
Él prefirió no prestar atención al comentario. Se concentró más bien en la llama del cigarrillo que, débil y perezosa, se dirigía hacia el filtro, como un río que corre hacia su propio cauce... "Hacia su propio cauce", pensó, y de inmediato la imagen de Marie Claire subiendo por las escaleras de la estación se le hizo presente. 32 De modo que Juan Alberto comenzo a soñar como de costumbre viajando entre las grietas de su imaginación. Andrea, molesta por la indiferencia de Juan Alberto quien tenía esa maldita costumbre de hacerla a un lado, se levanto de su silla y a pasos agigantados entro al cuarto luego de haber dado un portazo intentado llamar la atención de Juan. Claramente su intención no había sido lograda, ya que Juan Alberto, estaba mas que nunca extasiado con la presencia de esta dama, Marie Claire, quien ocuparía el papel principal en su obra y que ya se había ganado ese lugar preferencial en sus fantasias. Juan Alberto comenzo a imaginar cada surco del cuerpo de Marie Claire, al cabo de unos minutos, había hecho de esta mujer, una musa sensual de cuerpo docil y casi etéreo. Luego de haber acariciado las caderas de Marie Claire en ese sueño imaginativo, Juan Alberto encontro el cigarrillo ya apagado, muerto entre sus dedos que habían permanecido tiesos a lo largo de esa exquisita aventura. 33 Andrea no se lo merecia, siempre habia estado a su lado, incluso cuando sus obras habían fracasado y la critica había hecho de él objeto de sus carcajadas. Pero ya no la amaba, o por lo menos no como deseaba a Marie Claire.
Andrea era lo cotidiano, lo estable, lo rutinario, y ahora él necesitaba lo imprevisible, lo desconocido, lo misterioso. Necesitaba una mujer que le hiciese sufrir. Que triste realidad, se habia cansado del amor de Andrea y ansiaba el dolor, la indiferencia, la duda y el abandono.
Sus personajes debían conocer la vida atormentada, las lagrimas, la muerte ... otra vez esa maldita idea de la muerte. 34 ¿Porque la muerte...– Siempre omniscente, en actitud de espera. Ya le iba a hacer yo un buen corte de manga, apenas tenga una crítica sin peros, y me despegue de Genovese.
Marie Claire aire a conocer a respirar, amanecer poniente, diosa incandescente, toda fuego.
Andrea pan, harina blanca, agua murmurante, clara meta de todos los días.
Que olor tiene este cigarrillo apagado, la muerte tendrá olor... otra vez, la muerte, salitrosa... pelo en guedejas, porque le crujen los dientes, los tendrá postizos, quién se creerá que es. Yo soy Juan Alberto de Negri el creador de personas y vida de papel letrado...vos quién sos muerte, si ni apellido tenés...quién sos mujer fatal...¿a quién esperás...? 35 ¿A Marie Claire? ¿A Andrea? Quizas me esperas a mi, envuelta en esa negra túnica como tu misma mirada. No te rias. Las quiero a las dos. LLevate a ambas, o no te lleves a ninguna.
¿Que pretendes? Tengo fama y mis obras son representadas en los mejores teatros ... Andrea, es la rutina, sin ella no puedo estar, su tranquilidad es mi equilibrio. Dios mio, Marie Claire me esta volviendo loco, es tan espontánea que hace que todo parezca fácil. La escribiré una obra. Si, eso es. Ella será Andrea en mi obra. Las tendré a las dos. O quizás la muerte quiera representarme, se lo preguntaré la próxima vez que me aceche. No puedo creerlo, ¿me estaré volviendo loco? Creo que debo volver al teatro, quizás vuelva a encontrarme con ella. 36
Se despertó bien temprano esa noche, a las cuatro. Se acomodó la corbata y el cinturón, restableció su concepto de burgués ortodoxo y conservador de Juan Alberto Heredia, y salió. Casi muerto, casi monopolico.
Andrea Margarita Osorio, en cambio, despertó un rato mas tarde, con el sonido del afilador cortando sus tímpanos. Se levanto sabiendo que Juan Alberto no iba a estar ni en el estudio ni en el balcón replanteándose el maritaje. Entonces se bañó, se vistió como si fuera a un casting, se roció de olores de flores de Bach y salió, pensando en que nunca mas quería ser extra en la vida de Juan Alberto De Negri, y menos de Juan Alberto Heredia. Antes de salir encendió la colilla semiapagada de un Dunhill que sacó de su cartera. Andrea siempre había querido ser actríz, por eso se iba a casar con el Sr. Director De Negri, militante comunista y reconocido conocedor entre la elite de Chéjov y Artaud, seguidor de Bergman y Fellini. Como cualquier actor, empezó siendo extra años y años, y ahora era el turno de su primer papel principal. Pero tenía que adaptarse a la historia.
"-Señorita Andrea Garay Santaló...¿cómo lo desea?" dijo el hombre de azul en el banco.
"-Todo en billetes de veinte pesos, por favor". Y sonrió. El hombre de azul también sonrió, en el banco era promordial la cortesía. 37 Juan Alberto gustaba de lo fantástico, de la interposición de diferentes planos de realidad e incluso de la ocurrencia de casualidades milagrosas, pero detestaba la fabulación monstruosa, la aberrante humanización de los sucesos, las cosas, los animales, y, sobre todo, odiaba desde su infancia los dibujos animados donde patos, gatos y ratones se comportan como seres humanos.

Consideraba primitivas y animistas esas obras en cuyo reparto figuran personajes abstractos como la muerte. Esas obras eran como medievales danzas de la muerte que se correspondían con una época precientífica en que los hombres dotaban de personalidad humana a todos los fenómenos, simplemente porque, al no comprenderlo, el comportamiento de su entorno se les antojaba tan caprichoso como el de una persona. Para Juan Alberto la muerte no era una entidad con la que se pudiera conversar, solo era un hecho que le acaecía a los seres vivos. Hablar con su muerte era como discutir con su nacimiento, debatir con su licenciatura o tener por contertulia la ceremonia de su próxima boda con Andrea. 38 Su decisión estaba tomada, su siguiente obra sería una comedia, si una de esas obras modernas en las que nada parece tener principio ni fin. Recrearía una boda, no, mejor aún, reflejaria el absurdo de su enlace con Andrea. Ella se daria cuenta del significado. Sobre todo cuando la muerte hablara. ¿Y si conseguia que Marie Claire interpretase a Andrea...?¿Y si Andrea fuese la muerte? 39 ¿Una comedia sin principio ni fin al estilo de los cuentos colectivos de la página de Literatura argentina contemporánea en Internet? Mejor si tenía un fin y ese fin era una muerte, pero se trataba de una comedia y tendría que ser una muerte grotesca en todo caso... mejor que una muerte el protagonista podría sufrir una invalidez, una situación en la que padeciera una ataraxia completa o una grave demencia incurable. Esa alternativa haría que la comedia acabara en un "continuará...", y sería mas cómica que una muda muerte sin ningún significado. 40 Volvió animado, eufórico, casi pueril. Andrea no estaba en casa. Se sorprendió al encontrar en la cocina una colilla de Dunhill, es que Andrea no fumaba, y menos cigarrillos importados. Leyó en el extremo de la colilla: "Dunhill". "El fumar es perjudicial para la salud", pensó.
Pensó también en los estatutos que rociaba y secaba a su gusto la elite, los títulos que impregnaba etéreamente, los conceptos inconcientes que siempre habían sido un clamor para él, que vivió siempre en Pereyra Lucena, en el borde del Chicago del subdesarrollo. Se sintió seguro, muy seguro, ahora sí monopólico. Pensó en el poder que había descubierto desde su encuentro con Marie Claire, actríz, buscando papel.
Juan Alberto salió de casa, y se tomó el 71 de ida, al ingresar en el transporte saludó al chofer con una sonrisa de superioridad, de poseedor del título burgués.
Llegó a la estación, compró un paquete de cigarrillos Dunhill y se apoyó en la pared del andén. Marie Claire tenía que llegar en cinco minutos, y también Andrea. Juan Alberto sabía que Andrea sabía que hoy él le iba a proponer a Marie Claire el papel de su mujer. Entonces esperó.
A las cinco y cuarto vió salir del vagón a Marie Claire, y vió de reojo a su mujer espiando desde atrás de un cartel de cigarrillos. Marie Claire lo saludó y hablaron entre sonrisas.
- Estuve esperando este momento, señor Heredia. ¿O señor De Negri? ¿quién de los dos ha venido a ofrecerme ese papel?
- Juan Alberto Heredia, por supuesto.
- Entonces seré Andrea Garay Santaló en el futuro, ¿verdad?
Entonces Andrea se acercó y observó la escena. Juan Alberto De Negri la miró y entrecerró los ojos. Luego sonrió diabólico y sacó un revolver de dentro de su saco.
- Andrea, voy a matarte, así termina mi nueva creación.- Andrea sacó de sí una sonrisa infernal, sutil, pero terrible, y miró a Marie Claire. Marie Claire miro a ambos con una expresión de horror, y sintió en contraposición un orgullo vivaz y un terrible dolor. Es que había esperado años para tener ese papel, igual que Andrea, y es que sabía que Juan Alberto Heredia odiaba a Andrea, y que jamás había querido casarse con ella, así lo había querido Juan Alberto De Negri, y así fue. Y Marie Claire solo era una actríz mas, no tenía poder ni siquiera para no aceptar el papel. Entonces miró resignada el piso y tiró el atado de Dunhill que tenía entre manos.
Luego del disparo, la policía tomó el lugar. Juan Alberto De Negri volvió a su actitud ortodoxa y conservadora y salió del lugar en encuentro del comisario Menéndez. Andrea Margarita Osorio estaba con él. 41 Pero, ¿Por qué Andrea tenia el rostro de Marie Claire? ¿Era acaso un juego de su mente? Andrea no fumaba, de eso estaba seguro. Esos malditos cigarrillos Dunhill.
¿Por qué Andrea se aferraba a esa cajetilla de letras doradas?
Esas piernas ... no son de ella. He disparado a Marie Claire pero ese es el cuerpo de Andrea. ¿A que juegas amiga muerte? 42 - Te lo digo en serio Enrique, no vuelvo al cine contigo.
Marta estaba cansada, no había entendido ni una palabra de aquella historia. Y esa mania de doblar las voces de los actores, ¿como habían podido cambiar los nombres y llamar Andrea, Marie Claire y Julio Alberto a aquellos japoneses de ojos rasgados?. Decididamente no pensaba aceptar ninguna otra invitación de su jefe para acompañarle a estas extrañas veladas cinematográficas. Si queria agradecerla lo bien que trabajaba, ya sabía lo que tenía que hacer, subirla el sueldo o mandarla un ramo de rosas, pero estas películas eran insufribles.
- Pero Marta, si ha sido muy entretenida. El guión era magnífico, ese devenir de los personajes buscando su identidad, la confusión del protagonista en el climax, las reflexivas introspecciones sobre la muerte, e incluso esa música ...
- Ah no, eso si que no, la música ni me la nombres. Todos esos sonidos orientales intentando abrirse paso entre Andreas y Julios Albertos... Por favor Enrique, encima no quieras convencerme de que se merecen un Oscar.
Enrique sonrió y le ofreció a ella un cigarrillo. Sabia de sobra que no fumaba. 43
Tanto Enrique como Marta,Andrea,Julio Alberto o Marie Claire son simples observadores de la vida de los demás, personajes anónimos que actuan en una obra colectiva que no tiene principio ni fin, un drama para algunos que es comedía para otros ... un espectáculo constante en el que todos somos actores o espectadores y en el que, la mayoria de las veces, confundimos nuestros papeles. FIN. 44
FIN..., FIN..., reduplicábase el monosílabo en los pensamientos de Enrique..., mejor terminar, la comedia -o el drama de la vida-, no tienen término y, es cierto, hasta se rotan, se trastocan, se confuden los papeles.
Quizás, dar un epílogo y descansar en el marco de otro contexto narrativo.
O, mejor todavía, redimensionar la realidad desde otra óptica.
Lo importante, es que juntos o separados, distintos o distantes, dejemos de ser espectadores para ser partícipes, actantes, protagonistas o personajes anónimos, hábiles compaginadores de la trama compleja de los instantes vividos, como lo fue la tarde de ayer, el día de hoy, y como, seguramente, lo será el próximo amanecer de los tiempos.
Cosa de hombres y mujeres, simplemente, cuestiones de humanos, como somos 46
Y así excepcionalmente, como de costumbre en nuestras vidas de cosumbres, comienza a bajar el telón de otra historia que fué, o está siendo, o seguramente será una y mil veces más.
Cargada de descargas afectivas, de ausencias olvidadas, de sueños por cumplir, de vivencias por vivir.
Alguien en algún lugar del mundo, consume con prisas las últimas frases de una historia compartida, alguien volverá mil veces a ver el final de una historia que tambien es la suya, alguien dirá un día esta historia también fué mía, y alguien depués de ahora, aprovechará el final para tener un principio. 47

FIN

Muchísimas gracias a todos los que colaboraron en este cuento. Ellos son:

1. Juan Antonio Araujo (paraujo@ciudad.com.ar) desde IP xciudad.com.ar el 24/06/98.
2. Fernanda Millares (fer@waxcom.com) desde IP 206.251.201.185 el 24/06/98.
3. Maria Alejandra Garcia (argon1970@hotmail.com) desde IP 163.186.73.38 el 25/06/98.
4. Jorge Alvarez (Jorge@Alvarez.com) desde IP linea-d14.globalpc.net el 27/06/98.
5. Juan Carlos Ruiz G. (jcruiz@entelchile.net) desde IP tch22-188.entelchile.net el 27/06/98.
6. José María Cuenca (jcuenca@senado.gov.ar) desde IP 168.83.65.18 el 01/07/98.
7. Eve Baili desde IP pppd8.citynet.net.ar el 03/07/98.
8. Juan Antonio Araujo (paraujo@ciudad.com.ar) desde IP o2000.prima.com.ar el 04/07/98.
9. Juan Carlos Ruiz G. (jcruiz@entelchile.net) desde IP tc31-190.entelchile.net el 07/07/98.
10. María Isabel Atencia (matencia@infovía.com.ar) desde IP ppp-11.for.satlink.com el 11/07/98.
11. Rafael Varela (rafaelv@rcc.com.ar) desde IP 200.16.187.248 el 22/07/98.
12. Patricia (PatriciaD_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 23/07/98.
13. Rafael Varela (rafaelv@rcc.com.ar) desde IP 200.26.85.235 el 26/07/98.
14. Lilibeth (Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 27/07/98.
15. Rafael Varela (rafaelv@rcc.com.ar) desde IP 200.16.187.244 el 29/07/98.
16. Diego (Arlt@ciudad.com.ar) desde IP 200.16.234.85 el 29/07/98.
17. Eve Baili desde IP pppd11.citynet.net.ar el 29/07/98.
18. alicia ghenzi (aghenzi@pinos.com) desde IP 200.10.106.2 el 31/07/98.
19. Lilibeth (Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 31/07/98.
20. Eve Baili (>) desde IP pppd11.citynet.net.ar el 31/07/98.
21. alicia ghenzi (aghenzi@pinos.com) desde IP 200.10.106.2 el 31/07/98.
22. Nadja desde IP 200.10.70.182 el 31/07/98.
23. Eve Baili desde IP pppd10.citynet.net.ar el 31/07/98.
24. velia (veliacm@hotmail.com) desde IP inter1157.internet.com.mx el 31/07/98.
25. Eve Baili desde IP pppd5.citynet.net.ar el 03/08/98.
26. alicia ghenzi (aghenzi@pinos.com) desde IP 200.10.106.2 el 03/08/98.
27. velia (veliacm@hotmail.com) desde IP inter526.internet.com.mx el 03/08/98.
28. Lilibeth (Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 05/08/98.
29. Sebastian Aloi (sebito@sion.com) desde IP proxy.fibertel.com.ar el 07/08/98.
30. Paul Etenberg (latul@hotmail.com) desde IP rduesmd4p66.impsat.net.ar el 07/08/98.
31. Maria Eugenia (maruclar@hotmail.com) desde IP nppp206.overnet.com.ar el 08/08/98.
32. Nelson González Leal (negole@hotmail.com) desde IP 207.0.213.214 el 08/08/98.
33. Maria Eugenia (maruclar@hotmail.com) desde IP nppp196.overnet.com.ar el 10/08/98.
34. bachita (bmayo@itc.cimd.es) desde IP 194.73.29.69 el 10/08/98.
35. José A. Fernández Q. (jfernández@telefe.com.ar) desde IP 200.16.211.180 el 10/08/98.
36. bachita desde IP 194.73.29.69 el 11/08/98.
37. Rafael Varela (rafaelv@rcc.com.ar) desde IP 200.16.187.228 el 11/08/98.
38. Ostrión (ostrion@hotmail.com) desde IP 195.76.84.218 el 11/08/98.
39. bachita desde IP 194.73.29.69 el 12/08/98.
40. Ostrión (ostrion@hotmail.com) desde IP 195.76.84.209 el 12/08/98.
41. Rafael Varela (rafaelv@rcc.com.ar) desde IP 200.16.187.253 el 12/08/98.
42. bachita (bmayo@itc.cimd.es) desde IP 194.73.29.69 el 13/08/98.
43. bachita desde IP 194.73.29.69 el 14/08/98.
44. Bachita (bmayo@itc.cimd.es) desde IP 194.73.29.69 el 18/08/98.
46. Eve Baili desde IP 200.32.14.227 el 18/08/98.
47. Rubén Molina (rmolina@maptel.es) desde IP abonado-195-53-35-167.cat.es el 18/08/98.

 

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