La Noche de la oruga

cuento interactivo

(Esta es la historia)

   Casia sabía que la noche de aquel domingo era la más fría de todas las que había pasado al lado de Ernesto, sin embargo, seguía recordándolo. 1 Porque las cortinas seguían moviéndose con el viento helado,las ventanas abiertas, sí a el legustaba dormir así,"al natural",y ella,no podía despegarse ni de las mas mínimas costumbres que su presencia le transmitía. 2 porque su olor a transpiración y cigarrillo negro continuaba aun impregnado en la almohada, en las sábanas y hasta en la suave y lechosa piel de Casia. 3 Sin embargo, decidió repentinamente, esta sería la última de esas frías noches. Saltó de la cama. Decidió no mirar el reloj. Si eran las dos o las tres de la madrugada daba exactamente lo mismo. Comenzó a vestirse con prisa y después pasó sus dedos entre el cabello rojo tratando de alisarlo. Daba igual a donde iba, de cualquier forma se vería excelente.Tomó su bolsa y cruzó el umbral. El seguía parado junto al farol fumando un cigarrillo. Se enderezó al verla. Ella le dio la espalda, paró un taxi y lo abordó antes de que el pudiera decirle algo o alcanzarla. 4

Sentada en la parte trasera del taxi, sacó la polvera de su bolso. Con gesto nervioso y mecánico, dió unas leves piceladas de rouge en sus mejillas, mientras su mano izquierda colocaba el espejito a la altura suficiente para reflejar la calle que dejaba atrás. El traqueteo del empedrado del la calle dificultaba focalizar la tenue luz de la farola, y a Ernesto, a ese Ernesto que problablemente estaba ya a punto de echarse a la carrera para pararla, ese Ernesto de traje blanco de lino, que probablemente descompuesto la perseguía con gesto febril en la mirada, y sin embargo...el maldito y minúsculo espejo, encontró una lejana imagen de aquel hombre, pidiendo fuego a una estraña mujer que había llegado hasta la farola. Justo iban a doblar la esquina, cuando ella dudó si debía o no parar el taxi. 5
No, no pares, si regresas te convertirás en la sal de tus lágrimas, le contestó su imagen reflejada en el espejo que se quebró en mil pedasos. 6
Cada fragmento del espejo, caídos sobre las piernas de Casia, iluminó con pequeños haces de luz sus faldas. La muchacha, con el dolor de su desilusión reflejado en su rostro, sin pensar en las consecuencias, «barrió» con el canto de su mano derecha los pequeños vidrios luminosos arrojándolos al suelo del vehículo. La sangre comenzó a fluir de su mano. 7
Con lágrimas en los ojos, apartó delicadamente las esquirlas que se le habían incrustado en la piel. Acercó su mano a su boca, y sus labios succionaron las últimas gotas de sufrimiento rojo, las últimas noches de frío y ventanas abiertas, sola en aquella llanura kilométrica con sábanas de hilo, las últimas horas con Ernesto...
-- "¿A dónde señorita? ¿dónde quiere que le lleve?-- Preguntó el taxista que miraba sus piernas por el retrovisor.
-- Lléveme a cualquier parte, a cualquier parte dónde haya gente, y pueda encontrar algo de compañía... 8
--Bueno, bueno, por favor, no se enoje. Yo simplemente quería...
--Claro, ustedes todos quieren o querían, o les da ganas o... La voz se le volvía con cada palabra más oscura, como si un leve acceso de locura casi paralítica se le estuviese instalando en las cuerdas vocales.
--¿Dondé quiere que le lleve?
A... (llevame al siglo XIII, ¿qué te parece? -- a pensar que nadie tiene culpa de nada y que la culpa de nadie es y que ....Dios, dondé quiero que me llevase éste para escaparme de una vez de tanto contestar preguntas con miles de respuestas 9
El hombre, sin dejar de mirar las piernas de Casia, carraspeó y susurró:
--Si quiere, yo mismo puedo hacerle compañía.
Casia despertó de repente, y sus ojos se chocaron con la mirada blanda del taxista, que aguardaba una repuesta, con la madíbula floja y los labios entreabiertos. Lo más rápido que pudo, extrajo un billete de la cartera y, después de arrojárselo en la cara, bajó del auto y huyó.
Caminó con prisa una cuadra, dos, tres, y al doblar en la esquina, se encontró dentro de abrazo duro, como atrapada en una coraza de hierro.
--Ernesto, ¡dejame en paz!
--Te volviste totalmente loca, Casia. Volvamos a casa...
Pero la imagen de Ernesto se esfumó de pronto, y otra vez se quedó sola, en la congelada oscuridad de la calle. 10
Afortunadamente pudo constatar que sólo se trataba de una visión. Una ilusión nocturna que alcanzó a espantar con la mano derecha, aquella que todavía dejaba gotear hilitos de sangre producto del accidente con el espejo. Decidió caminar, con la angustia del que camina sin saber adónde vá. Todas las puertas y las ventanas estaban cerradas, guardando a los habitantes del frío invernal de la madrugada de junio. Y Cassia caminaba, con los dedos lastimados de la mano derecha y el taco torcido del zapato izquierdo que se le había enganchado en una baldosa floja. De pronto, comenzó a garuar, caía una llovizna finita y copiosa que acentuaba la desolación. Estaba parada en la esquina de Defensa y Chile. Eran las dos de la mañana y nadie, ni siquiera un gato solitario, rondaba por el lugar para distraerla de los ruidos del silencio compacto y oscuro que la abrazaba como un insólito tapado de pieles inexistentes.11

Vagabundeó sin rumbo fijo, mientras la humedad y el frío comenzaban a calarle dentro de los huesos. En su salida precipitada, había olvidado tomar una gabardina, o una prenda de abrigo. Al final de la calle divisó una marquesina con luminosas carteles publicitarios, y un banco solitario. Decidió sentarse un rato, en espera de que la lluvia amainara. Sabiendo que ningún autobús la llevaría a ninguna parte a esas horas...
Abstraida en sus propios pensamientos, se sobresaltó cuando una mujer apareció de la nada, y la abordó por sorpresa.
--¿Necesita algo?, ¿se encuentra vd. bien?--
Casia la miró como si no fuera real, como si en realidad fuera otra alucinación, parecía la mujer que un rato atrás había visto con Ernesto en aquella imagen del espejo. No contestó.
Entonces, esa extraña mujer, la tomó por un brazo y dijo: --Venga conmigo, necesita compañía-- y sin más, la llevó hasta un coche color anaranjado que estaba estacionado a unos metros 12
Nadie pensó que materia rígida se tornaba maleable y el vehículo se transformaba en un dinámico y afilado vehículo espacial.
Lo demás fueron años-luz, apenas instantes, no sé, pero me encontraba en un universo cósmicamente diferente, más generoso, más evolucionado, más místico, en suma, más cerca de Dios.13

Pasaron unos minutos, o unos días o unos años, a ella siempre le resultó difícil medir el tiempo en aquel mundo. La mujer extraña descendió de su afilado vehículo espacial. A unos metros un hombre vestido con un traje blanco de lino, fumaba apoyado en una farola de gasoil. Se acercó con paso lento y sinuoso.--¿Tienes fuego?-- preguntó. El hombre vacilante, observaba con tensión acumulada un taxi que estaba a punto de doblar la esquina de una calle para siempre. --¿Fuego?...no tengo fuego, no tengo tiempo, ...Casia...
--¿Quién es Casia?-- preguntó la mujer. La pregunta retumbaba en la cabeza de Ernesto.
¿Quién era Casia?, después de años y años de noches frías con las ventanas abiertas, no hubiera sido capaz de explicar quién era Casia. Con gesto melancólico, sacó un mechero de su bolsillo, y acercó una pequeña llama al cigarrillo que aquella mujer sujetaba junto a sus labios. --Tiene sangre en el dorso de la mano-- dijo él. --¿Sangre?, no importa, pronto estará seca, una esquirla de luz se quedó incrustada. Ernesto lamió el dorso de la mano de aquella mujer y mirándola triste, preguntó, ¿Cómo te llamas? --Ella aspiró una larga bocanada, tardó en contestar, y mientras dejaba escapar el humo dijo: --Olvido, me llamo Olvido. 14
Olvido de la mayor parte de las aventuras fue lo que tuvo Casia al despertar. El brazo de Ernesto rodeaba su cintura, tomándola como una pertenencia. Ernesto olía a tabaco, y en la silla del cuarto colgaba un traje de lino blanco. Ernesto tenía cara de cansado, y el taxi y la sangre vivnieron a su mente como un recuerdo lejano, imposible pero conocido. 15
Ernesto la miraba con dulzura y besaba su cuello mientras sus dedos sudorosos recorrían sus senos hasta la cintura.--¡Eres hermosa , Casia! --decía mientras aspiraba su olor sobre las sábanas. Y Casia, sonreía, y apartaba su mano con un gesto cariñoso, mientras le decía
--Estás loco, Ernesto, tantos años juntos y ahora me vienes con estas--
--Háblame Casia, cuéntame cosas, esas cosas que nunca me has contado, cada vez que yo te he dicho que dejes de darme el rollo con tus tonterías... Cuéntame Casia, dime cual es tu perfume, y por qué no te gustan las magnolias, cuéntame que de que tratan esos libros que lees cuando me esperas... Casia, tenemos tanto de que hablar...
Y Casia, lo besa, y se ríe, y no sabe ni que contar y vuelve a sonreir, y pasa sus manos por los rubios cabellos de Ernesto, --Esta noche, el calor te ha vuelto aún más loco,...por eso te quiero tanto...16
--Qué calor --le espetó--, una caja de Viagra, ¿vez ahora mi problema? un ocaso imperaba mis noches, pero ahora, el sol del sexo cantará bajo estas sábanas.
--Quieres decir que todo este tiempo... por qué no decías nada, no vez que mi desesperación inundaba el silencio, ahora qué falta.
Ella, calzada de dudas, miraba languidamente a Ernesto, a la caja de Viagra. Entonces supo lo que tenía que hacer: Tomó la caja y corrió por el pasillo; vistíendose en el trayecto, abrió la puerta mientras los gritos de Ernesto rompian la noche. 17 De nuevo, Casia despertó. Se sintió frustada y sorprendida a la vez por la incoherencia de sueños que acababan de pasar por su mente mientras dormía. Pero lo cierto es que estos reflejaban su deseo permanente: dejar a Ernesto. Aunque había estado con él, durante años, ya no lo amaba; se había acostumbrado a él, pero no existía una pasión que se encendiese en su corazón y demostrase la fuerza de sus sentimientos. Simplemente vivía una rutina en su aparente mundo perfecto. En ese instante decidió aceptar lo que sentía en la profundidad de su alma. Se levantó de la cama lentamente hasta llegar a su armario. Tan pronto se hubo vestido tomó su cadena, la que Ernesto le regaló, y se marchó de aquella casa monótona y apagada. Antes de emprender el camino por la calle oscura y solitaria dio un vistazo al cielo y contempló con alegría las estrellas. 18

Una vez más Ernesto la dejó ir. En realidad siempre la había dejado ir, por que nunca supo penetrar en ella. Maldita la viagra y la falta que hacía, cuando uno no podía follar con los fantasmas de su compañera. Prendió un cigarrillo, y se asomó al balcón. Siempre estuvo ocupado para intentar conocerla. No es que no la hubiera querido, no, no era eso...Era el tiempo, esa maquinaria absurda que acababa consumiendo toda ilusión, todo comienzo, todo sueño...
Una sensación de extraña paz le invadía viéndola ir, sitiendo en su abandono, una leve reconciliacion consigo mismo, cuando observó que un extraño coche anaranjado estacionaba cerca de la farola. Ernesto supo que debía vestirse. Era hora de correr otra vez inutilmente, tras un sueño que acabaría dejándolo tan vacío como los años compartidos con Casia... ¿fin? 19
¿Fin de qué?. Nada tenía fin para él después de aquellas experiencias místicas. Sueños repetidos a través de los que había recibido la revelación. Nada tenía más sentido que el resto. Todo formaba parte de un designio, de un plan, de un juego. Bajó hasta la calle resignado, sin fuerzas para oponerse al destino que lo dominaba, sabiendo que otra vez sería el hazmerreír de quien lo manejaba. Sólo esperaba alguna vez poderlo tener enfrente y escapar, sólo algunos segundos, a su dominio y poder gritarle todo lo que sentía. 20 Después de todo, a estas alturas, ¿sentía algo?. Entonces, pensó si el grito más cruel, podía ser precisamente no gritar. Callarse, abandonarse para siempre en aquel escalón, sin llegar a prender nunca el cigarrillo que aquella extraña mujer sacaba de su bolso bajo la farola, no lamer nunca más esa sangre de luz, que como una luciérnaga en su carne, dibujaba en el aire el recuerdo de Olvido, que estaba a punto de conocer una y otra vez... tal vez había que callar si...callar y descansar... 21

FIN

 

Muchísimas gracias a todos los que colaboraron en este cuento. Ellos son:

colaboradores:

1. ILMA DENNIS desde IP 207.248.26.39 el 12/06/98.
2. maria de los Angeles esteves
(mesteves@koncon.nl) desde IP ted.koncon.nl el 13/06/98.
3. roberto scottino
(nahuelm@hotmail.comm) desde IP host142031.ciudad.com.ar el 13/06/98.
4. magda
(mc@yahoo.com) desde IP 207.248.168.44 el 16/06/98.
5. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 17/06/98.
6. BubiUSA desde IP ww-tp01.proxy.aol.com el 17/06/98.
7. José María Cuenca
(jcuenca@senado.gov.ar) desde IP speedy.senado.gov.ar el 18/06/98.
8. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 19/06/98.
9. alina
(alina@art.ro) desde IP dial03.art.ro el 21/06/98.
10. Verónica Balansino
(staffmod@infonet.com.py) desde IP a4-p6.infonet.com.py el 21/06/98.
11. Tess
(garcia-vechio@interar.com.ar) desde IP proxy4.impsat.net.ar el 21/06/98.
12. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 25/06/98.
13. Eve Baili desde IP pppd23.citynet.net.ar el 03/07/98.
14. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 07/07/98.
15. Ezequiel Fejler
(efejler@fibertel.com.ar) desde IP proxy.fibertel.com.ar el 15/07/98.
16. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 16/07/98.
17. malario
(malario@hotmail.com) desde IP tor1-10.uninet.net.mx el 18/07/98.
18. Eduardo Jiménez A.
(edjimenez@hotmail.com) desde IP 205.219.225.208 el 18/07/98.
19. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 21/07/98.
20. Guillermo Movia
(guille_movia@yahoo.com) desde IP squid.datamarkets.com.ar el 21/07/98.
21. Lilibeth
(Lilibeth_m@hotmail.com) desde IP esifw2.tsai.es el 21/07/98.

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