Cuentos para tahúres Salió no más el 10 un 4 y un 6 cuando ya nadie lo creía. A mí
qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo
un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar
y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se
pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó
con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno
a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre
los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano
rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada
lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos.
Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía
barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por
fin se encogió de hombros. Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el
bolsillo¡lo que es ser distraído!, y me puse a jugar solo, por
puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los miré bien y
vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los "chivos"
tenia el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro,
el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se
podía perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2,
el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se podía
perder en los demás porque no se podía sacar el 7, que es el número
perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores había
echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles:
el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo último había
sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En
cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los dados no había
sacado un solo 7, que es el número más salidor.
Lo que quieran...dijo.
Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del
negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús
Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón
de plata.
La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la
mirada. Habrá que irse a dormir.
Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón
más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el
desentendido.
Hay que saber perder dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo
un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín: Total,
venimos a divertirnos.
- ¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera.
Flores lo midió de arriba abajo.
¡Vos, siempre rezando!dijo con desprecio.
Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno
antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta,
contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la
ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho
de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó
dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el
interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista
clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde
donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de
Flores.
El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes
de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de
afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra
no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.
-El cuatro -cantó alguno.
En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que había
echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y
ahora buscaba otra vez el 4.
El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le
pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando.
Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra.
Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y
decía con voz pastosa:
¡Voy diez a la contra! Después se volvía a quedar dormido.
Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho
pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó:
¡El cuatro!
En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo.
Encima de la mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla
verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El sótano quedó a
oscuras. Después se oyó el balazo.
Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros:
"Pobre Flores, era demasiada suerte". Sentí que algo venía rodando
y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad,
encontré el compañero.
En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes
del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto.
Renato Flores seguía parado con el cubilete en la mano, en la
misma posición de antes. A su izquierda, doblado en su silla,
Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho.
"Le erraron a Flores", pensé en el primer momento, "y le pegaron
al otro. No hay nada que hacerle, esta noche está de suerte."
Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas
puestas en hilera. Jiménez (que había bajado con el café) no quiso
que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan
el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer.
Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre
ellos había un revólver 48.
Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta
y subí despacio la escalera. Cuando salí a la calle había muchos
curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.
Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban
el 7, en vez del 4, que era el último número que había sacado.
Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.
Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio.
Si me buscaron, no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto.
Una tarde me enteré por los diarios que Pereyra había confesado.
Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía trampa. Pereyra
iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo
el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores
se le habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo.
En la oscuridad erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató
a Zúñiga. Eso era lo que yo también había pensado en el primer
momento.
Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían
hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es
fácil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente
a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la distancia
no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los
vidrios rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás
de él. Si hubiera sido él quien dio el manotazo dijeron los
vidrios habrían caído del otro lado de la mesa de billar, donde
estaban Flores y Zúñiga.
El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo
a la lámpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados.
Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía haberlo visto,
en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo,
que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver,
ni se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que
estaban alrededor de la mesay eran ocho o nuevepudo pegarle
el tiro a Zúñiga.
Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos
tenía alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle
sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría a su izquierda,
y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de aquellos
que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los
pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento.
Ganaría dos veces, tres veces... y seguiría ganando. Por difícil
que fuera el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre
antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganaría toda la noche,
porque con esos dados no se puede perder.
Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir,
y al día siguiente me enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a
echar diez o quince pases en semejante compañía! Es bueno tener
un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la
suerte es peligroso. . .
Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y
en cierto modo lo mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra
o cualquiera de los otros no lo mataran a él. Zúñigapor algún
antiguo rencor, tal vezle había puesto los dados falsos en el
cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa
sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una
explicación humillante en la que nadie creería.
Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura
suerte; después se intranquilizó; y cuando comprendió la treta
de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la
vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados, comprendió
que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de
encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El
momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía
que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre
los dados.
Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete,
sacó el revólver con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro
a Zúñiga. Dejó el revólver en la mesa, recobró los "chivos" y
los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le convenía que
se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin
saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó
los dados legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y
cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tiró
sobre la mesa.
Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es
el número más salidor...