Los Nutrieros Renato oyó los tiros. Volaron patos y garzas, y en la lejanía una
nubecilla de humo azul se desguedejó lentamente en la quietud
infinita de la tarde. publicado originalmente en Leoplán el 20 de junio de 1951 y luego en "Cuento para tahúres y otros
relatos policiales". Dibujo de tapa de Oscar "el negro" Díaz
Al filo de la noche volvió Chino Pérez, ceñudo y silencioso.
Traía a remolque un bote pintado de rojo, con las letras blancas
en el costado de babor: "San Felipe"
Lo encontré -explicó, sin mirar a Renato. Creo que es de
la estancia Y añadió al cabo de una pausa: Se habrá cortado
el amarre.
Renato se incorporó lentamente, fumando su pipa, y acercóse
a la orilla. Renato era bajo y escuálido. Sus ojos azules tenían
una fijeza de alucinado, que desmentía el diseño casi pueril de
la boca.
La cadena del bote era nueva, Renato vio que estaba intacta,
pero no dijo nada. En el fondo había flamantes aparejos de pesca
y un rifle calibre 22; en uno de los bancos, un "sweater" de lana
a rayas multicolores.
¿Cazaste algo?preguntó Renato en voz baja.
No replicó su compañero. Y agregó con una sonrisa torva:
Gallaretas.
Oí los tirosdijo Renato. Chino Pérez no contestó. Ensimismado
y remoto sentóse en la orilla de la isleta; se sacó las alpargatas
y hundió los pies en el agua fría con la mirada clavada en la
distancia.
Aquella noche hubo desvelo de perros en la costa de la laguna;
pisadas y linternas; voces apagadas, que el viento traía y llevaba.
Renato dormía. Chino Pérez estuvo fumando, absorto y lejano, hasta
que el cielo empezó a clarear.
Chino Pérez terminó de cuerear las nutrias y estaqueó los cueros.
Renato lo observaba con sus ojos azules e impávidos.
Chino Pérez tapó con tierra el fogón, y luego tendió la mirada
a lo lejos. El agua había tomado un color plomizo, y en el oro
verde de los juncos se alargaban las primeras sombras. Por los
confines de la laguna, ensimismada en la quietud vesperal, entre
las últimas barreras de juncos, flotaban a ras del agua nubecillas
de vapor.
Está bien, hermanito; esta noche es la vencida dijo Chino
Pérez sin volverse.
Los dos botes balanceábanse.en la orilla de la isleta. Las
líneas de pesca se sacudían a intervalos con breves convulsiones
eléctricas. "Dientudos", pensó Chino Pérez de mal humor. Todavía
no era la hora de las tarariras. Las tarariras se llevaban la
línea de un golpe, dejándola tensa y vibrante como una cuerda
de violín.
Ya sé que querés irtedijo Chino Pérez.
Renato no contestó. Dejó que el silencio flotara entre ellos,
separándolos, restituyéndolos a sus mundos distintos, suavemente,
sin violencias.
Chino Pérez era de baja estatura, fornido, cetrina la faz,
tallado a cuchillo el entrecejo, hirsuto el pelambre, pétrea y
estólida la expresión.
A lo lejos, en el campo, encendióse una luz. Ladraron perros.
Gorgoteaba el agua.
"Ya sé que querés irtepensó Chino Pérez. Yo también quiero
irme"meditó mirando el bote de la estancia. Las rayas coloridas
del "sweater" se destacaban en la oscuridad. Chino Pérez no había
querido tocar nada. Un temor recóndito le impedía poner la mano
sobre cualquiera de esas cosas. "Ya te vendrán a buscar", pensó
con saña.
Luna llena: pila de monedas amarillas y temblonas sobre el
paño gris del agua.
En el fondo del juncal gritó la nutria; era un grito quejumbroso,
como el gemido de un ser humano. Chino Pérez se levantó el cuello
del saco, como si tuviera frío.
Ya puse las trampasdijo. Renato pensó que no hacía falta
decirlo. Lo había visto salir temprano, en el bote, con las trampas,
preparadas para ponerlas en los nidos y comederos.
Chino Pérez acercóse al fogón y se acuclilló, frotándose las
manos. Entonces advirtió que él mismo había apagado el fuego y
lamentó haberlo hecho. "Mañana nos vamospensó. Para siempre".
Tres meses durmiendo en cualquier parte, sobre la tierra húmeda
y podrida, sin encender fuego de noche, sin mostrar el bulto de
día. Tenía el gusto del pescado pegado a la garganta. Escupió
con asco.
¿Y qué vas a hacer, gringo, con la plata?
¿La plata?Renato parpadeó. Volveré a la chacradijo a la
vuelta de un largo rato. Su padre había querido tener un tractor.
Toda su vida había querido eso. Ahora estaba muerto, en medio
del campo, y los tractores pasaban por encima de sus huesos. Muerto,
para siempre, y sin estrellas. El espejismo había renacido en
el hijo, más torturado y violento: para hacerlo realidad a la
fuerza, se había metido a nutriero. En la estancia vecina a la
chacra de su padre había visto una vez un tractor de oruga, un
Caterpillar pintado de rojo... Renato, acaso sin saberlo, tenía
la tierra metida en todo el cuerpo, como sus padres y sus abuelos.
Salió de su ensoñación con algo parecido a un escalofrío.Si la
cobramos...agregó en voz baja.
Chino Pérez, cabizbajo, pateó el suelo húmedo. Oyóse un chapoteo
en el agua, y una de las líneas quedó bruscamente tirante. Empezó
a retirarla, despacio, con acompasados movimientos de ambas manos.
Cabresteaba la tararira, veloz y frenética al extremo de la línea,
mordiendo el hilo reforzado con alambre. Con un último tirón la
sacó a la orilla. Brillaban en la boca del pescado los dientes
amarillos y fuertes, y sus ojos tenían una fijeza azulina y viscosa.
Chino Pérez la sujetó con el pulgar y el índice por las agallas
y la golpeó dos veces en la cabeza con el mango de un rebenque.
Después le sacó el anzuelo. Silbó en el aire la plomada de tuercas
y hundióse en el agua.
Renato apagó la pipa y se puso en pie.
Voy a recorrer las trampasdijo.
Dejá; voy yoreplicó Chino Pérez. Su acento se dulcificó.
Mejor que duermas un poco, hermano. Mañana hay que caminar mucho.
Renato obedeció. Acostóse sobre unas lonas, con la ropa puesta;
y antes de quedarse dormido, vio por última vez la silueta de
su compañero, erguido sobre el bote, remando a la luz de la luna.
Chino Pérez hundía el remo silencioso y el bote quebraba el
espejo terso y pulido del agua. Dormía la laguna profunda de ecos
y rumores. Las cejas de los juncales se destacaban nítidas y oscuras.
Chino Pérez no siguió el camino de costumbre. Un miedo supersticioso
y agudo le aleteaba en la sangre. No estaba acostumbrado al miedo.
Pugnaba por sacudírselo, como un perro a un tábano. Al llegar
frente a la isleta de espadañas, dejó de remar.
En el recodo de la isleta, la tarde anterior se le había aparecido
el hijo del mayordomo en el bote de la estancia. Chino Pérez lo
había visto una sola vez, de lejos, recorriendo el campo, pero
lo reconoció en seguida. Al ver al nutriero, un gesto de hombría
le había curvado los dedos en torno al rifle. No mediaron palabras,
ni hacían falta. Con ese mismo gesto viril en el rostro adolescente
se había doblado y había caído por la bordaun tiro en la garganta,
entre las ásperas ortigas de agua.
Chino Pérez no quiso pasar por allí. En la isleta dejaba dos
buenas trampas. "Que se quede con ellas el mayordomo", pensó torvamente.
El viento soplaba de la costa, peinando los juncos. Un cencerro
trasudaba gotas de sonido en las manos heladas del aire.
Y se hizo de pronto, a lo lejos, la noche de los perros, de
los tiros, del odio desatado como una llamarada. Chino Pérez oyó
las voces sordas que el encono aceraba. Se las traía el viento,
acres y feroces como mordeduras.
Después fue el silencio, más súbito, más grande y terrible
que antes. El silencio de la laguna, preñado de misterio.
De lejos lo ventearon los perros. Chino Pérez arrastrábase
por el pajonal, sigiloso como un gato, en dirección al Molino
Grande, en desuso desde que las aguas del cuadro se tornaron salobres.
Al pie del molino los peones de la estancia habían encendido
una fogata. A su cárdeno resplandor se destacaba en silueta la
figura del mayordomo, sombrío como la noche, los brazos cruzados,
separadas las piernas, desafiando a la noche a que le quitara
su venganza.
A la luz de la luna giraba la rueda del Molino Grande, como
una enorme flor blanca. Giraba lentamente, deteniéndose a ratos;
y amarrado a las aspas chorreando sangre, con los ojos vidriados
de dolor y espanto, giraba el cuerpo torturado de Renato. El viento
traía y llevaba sus gemidos, y la rueda giraba lentamente bajo
el cielo tachonado de estrellas.
A doscientos pasos del molino se detuvo Chino Pérez para tomar
aliento. Quemábanle en las manos las pinchaduras de los abrojos.
Los perros se revolvieron, inquietos, recrudeciendo el coro exasperado
de ladridos. Siguió avanzando. A intervalos le llegaba el quejido
estertoroso de Renato.
Paciencia, hermanito. Paciencia.
Se detuvo a cien pasos del molino.
Chino Pérez no erraba nunca un tiro. A veinte metros de distancia
mataba una nutria con un tiro en el ojo, para no perforar el cuero.
Paciencia, hermano.
Alzó el winchester, despacio, muy despacio. Las miras se clavaron
en el semblante taciturno del mayordomo, vacilaron un instante,
después siguieron subiendo por el bruñido esqueleto del molino.
La rueda dio media vuelta más y se detuvo chirriando, dejando
a Renato vertical, de pie en lo alto, suspendido y solo, con los
ojos azules extraviados.
Chino Pérez apretó el gatillo.
© Herederos de Rodolfo Walsh, 1987, © Puntosur Editores, 1987