RODOLFO WALSH, EL AJEDREZ Y LA GUERRA "Recuerdo cómo salimos en tropel los jugadores de ajedrez... y
cómo, a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos
poniendo serios y éramos cada vez menos, y al fin, cuando crucé
la plaza, me vi solo". Operación masacre. * El derrotero crítico de Walsh culmina en Operación masacre, de 1957, ese testimonio fundamental que por su movimiento de página
y por su entonación se graba con nitidez en un curso trágico:
el que inaugura José Hernández con sus comentarios al deguello
del Chacho Peñaloza en 1863, prolongado en el aguafuerte de Roberto
Arlt con la descripción del fusilamiento de Severino Di Giovanni
en 1931. Esos momentos portan tres blasones que corroboran las
complejas y mediadas pero decisivas relaciones entre la política
argentina y el espacio textual: la liquidación del gaucho rebelde, la eliminación del inmigrante peligroso y la masacre del obrero subversivo. La carta abierta de Walsh a la dictadura de 1977 al inscribirse
en esa secuencia como cuarto blasón no sólo la continúa y ahonda
sino que preanuncia ya el asesinato del intelectual heterodoxo. * Horacio Verbitsky es hoy el continuador más notable del periodismo
inaugurado por Walsh. Con una diferencia que correspondería destacar:
en sus denuncias y en sus crónicas, Horacio Verbitsky pone en
movimiento tal cantidad de datos y referencias que muchos de sus
lectores tenemos la sensación de que se enfrentan a una polvareda
inconexa o arbitraria; excepcionalmente Horacio Verbitsky propone
o insinúa una síntesis o algún foco que relacione esa proliferación.
Corresponde preguntar, me parece, si esa carencia reproduce los
límites actuales de la izquierda intelectual: ¿No hay ejes? ¿No
hay proyectos? ¿Sólo los datos en estado coloidal? Después de
la muerte de Walsh, ¿ése es el síntoma de la situación desarticulada de esa franja política y cultural? ¿O, quizá, la puntuación que
Verbitsky utiliza discontinua y quebrada presupone una figura
simétrica o correlativa de la "fragmentación" convulsiva típica
del discurso oficial? * Corresponde preguntar también, en este orden de cosas, si Walsh,
con los rasgos artesanales de su producción, representa una suerte
de cristianismo primitivo dentro de este linaje periodístico, ¿Verbitsky, acaso, representa
la institucionalización correspondiente al catolicismo? * Con el paso del tiempo, el itinerario de Walsh va prescindiendo
de la creencia en la inmortalidad o "la gloria" entendida como fama póstuma laicizada dado que cada
vez más trabaja con la inquietante contingencia de lo efímero
y de la cotidiana fugacidad del periodismo. * Si Federico García Lorca sintetiza, tanto por su producción
literaria como por su asesinato a manos del fascismo español,
a la generación del 27 en su país, Walsh condensa por sus textos y por su eliminación
ordenada por el fascismo argentino de los años 1976-83, la problemática
mayor, las búsquedas, aciertos y fracasos de los escritores de
la generación del 60. Los llamados parricidas por Emir Rodríguez Monegal. Quiero decir: "la generación del Che". * Una vez me invitó Walsh a vivir en su casa del Tigre. En esa
época su compañera era Piri Lugones. Y desde el comienzo, ese
apellido turbador y el escenario del Delta nos fueron situando
alrededor de una letra alegórica que solía deslizarse entre frustradas
ironías hacia El Tropezón. En los atardeceres en que Walsh arreglaba su bote, la figura de
Quiroga se sobreimprimía a la de Lugones; y entre ambas se iba
armando una tensión que a Walsh, divertido pero sombrío, le gustaba
exasperar: defendía con argumentos enmarañados pero convincentes
el distanciamiento de la ciudad practicado por "el cuentista selvático";
lo justificaba por su ademán neobárbaro tan antivictoriano mientras aludía a su propia destreza con las
armas y en la pesca del surubí. Su fervor, sin embargo, oscilaba
entre el dorado y el pejerrey; y cuando se internaba en el escabeche,
ya parecía lograr mi aprobación a sus autoabastecimientos y a su creciente adhesión a "lo elemental". Nunca llegó a aludir
a Conrad ni a Gauguin. * Dos cuentos memorables, excepcionales, tiene Rodolfo Walsh:
el primero es Esa mujer, donde se produce una coreografía cargada de simetrías entre el
periodista y el coronel, y que concluye boxísticamente cuando
uno de los contrincantes, en esa dialéctica mezcla de escolástica
y de marivaudage, logra quedarse con el centro del escenario mientras al otro sólo
le queda hacer mutis. En este sentido, Esa mujer se convierte en un drama por el dominio del espacio textual. * El otro cuento magistral de Rodolfo Walsh es Nota al pie: allí no sólo ese recurso tradicional va acaparando el espacio
destinado al texto principal, sino que esa especie de nube corrosiva
y proliferante que sube desde el pie, condiciona una tensión narrativa que trasciende los cuentos de
Borges. Al fin y al cabo, el protagonista, Alfredo de León, no
se limita a sintetizar, simbólicamente, el itinerario de Walsh,
sino que (al situarse en el otro extremo del eficaz Daniel Hernández
de Variaciones en rojo), va dibujando un antihéroe análogo a Bloom, a K o al tío Vania. * Llegué a presentir en aquellos días que el humor cambiante de
Walsh coincidía con las alzas y bajas de las mareas: descendía
el río y Walsh se iba extendiendo en su hamaca y en sus opiniones
sobre Hemingway. Y su desaliento marcaba silencios intercalados
apenas por uno de sus ademanes más repetidos: apuntaba con el
dedo a una torcaza que revoloteaba entre los sauces; cerraba un
ojo; iba recogiendo el índice: "En la ciudad yo llego a perder
el sentido" decía; "el problema es encontrar un conjuro". La torcaza
se había depositado en la rama más alta de un álamo. * Variaciones, colección de asesinatos resueltos como juegos de salón, no sólo
remite a sus antecedentes británicos, sino a los crucigramas con
su apelación al ingenio, al home y a ciertas pistas enigmáticas. Pero como género corresponde evaluarlo
en virtud de su indirecta apelación a un orden social amenazado.
Daniel Hernández, esencialmente conservador, con la solución de
los enigmas, significativamente planteados en interiores o casas
de campo, restablece mediante su accionar "privado" y amateur, los residuos de una confianza en el equilibrio de la sociedad.
Se trata de un Walsh que todavía creía que con el final del peronismo
1945-55 se iban a recuperar las "tradicionales virtudes patrias". * La serie de los irlandeses no se limita a reproducir la figura
del semicírculo que casi rodea, acosa y termina por ser seducida por el protagonista.
Eso, también, es faena de Daniel Hernández que se prolonga en
el Gato. Pero el universo del colegio pupilo, si en la literatura
argentina me remite a lo más rescatable de Juvenilia, ineludiblemente me reenvía, además, a ese fraseo de Maldoror: "Quand un éleve interne, dans un lycée..." * Si el trayecto interno de los textos de Walsh va dibujando el
pasaje desde el juego a la tragicidad, destaca, al mismo tiempo,
el tránsito del ajedrez a la guerra: lo policial como colección de estratagemas se desplaza del lúcido acertijo
intelectual al comentario de la represión. Como si Walsh fuese
advirtiendo que aun Sherlock Holmes, positivista darwiniano, drogadicto
y seductor, se va convirtiendo en informante, en aliado y en funcionario
de Scotland Yard. Y que, incluso, en sus momentos más crispados
se troca en cómplice de torturas hasta terminar como verdugo clandestino
u oficial. Es lo que, por cierto, va de Variaciones en rojo de 1953 a ¿Quién mató a Rosendo? del 69. * Piri Lugones nos dejó solos en esa casa del Delta. Ella se había
trepado a la popa de una lancha y no dejó de saludarnos, mientras
se alejaba, alzando el brazo y dejando que el chal le revoloteara
igual a otro río diminuto, muy rojo. Walsh elogió, entonces, algunos
cuentos de Setenta veces siete; insinuó ciertos reparos sobre "el crujido de los finales" y después
se encarnizó con las subas y bajas de la Bolsa literaria. Recuerdo
que dijo "Más veloces y más injustas que las mareas del río".
Y como ese atardecer le tocó el turno al ascetismo que Walsh defendió con un fervor jansenista a medida que se entusiasmaba
con la palabra "despojado" y el paladeo de algún verso de Shelley
que se escandía sobre el antebrazo desnudo, yo fui proponiendo
"Gallegos", "Pico Truncado" y "Cañadón de la Yegua Quemada" El
prefirió el "Gran Valle". Pero ahí nos reencontramos: entre los
matorrales y los caballos que galopaban sin levantar polvareda.
Él se inclinaba por los zainos; yo por los alazanes. De ahí pasamos
a nuestros colegios de curas: él se enterneció con el Padre Dollans
que hamacaba sus caderas de matrona al tocar el armonio a pedales
o cuando se señalaba la punta de los zapatos hablando del infierno.
Yo me demoré demasiado con el Padre Adij y su breviario forrado
con hule. * La muerte, en Variaciones, no es mucho más que el disparador del relato. Y está vinculada
a sórdidas relaciones de hijuelas, albaceas, herencias y propiedades.
Después de 1955 y de Operación masacre, Walsh no sólo se desliza desde la ciudad o de lo vacacional hacia
el suburbio que nada tiene que ver con el de Gálvez, con el de
Borges o con la versión de Boedo, sino que se multiplica e historiza
hasta la politización. Ya se ha insinuado: Holmes deja de fascinar
a Watson; y la novela policial de enigma se va trocando en novela
negra. Hasta en esta franja, el eje cultural argentino se fue
desplazando de Europa hacia los Estados Unidos. El renovado suburbio
de Walsh es un escenario en el que ya no hay un asesino solitario,
sino donde se verifica que toda la sociedad está mafisizada: policía, sindicatos, tribunales, ejército. Vertiginosa comprobación
que subraya el Bildungsroman vital de Walsh. * Una conversión, quizá, más que un desplazamiento lineal, se
puede ir verificando en otras dos comarcas de la aventura de Walsh:
desde la aprobación del "heroísmo oficial" que publica frente
a los acontecimientos de 1955, y su contramarcha en dirección
a las investigaciones y denuncias de los fusilamientos de José
León Suárez. Es que en ese tramo fue advirtiendo que la ciudad
escindida en fachada y contrafrente (el carnaval y la favela en
una dimensión latinoamericana), al ahondar sus muescas permanentes,
instauraba de nuevo el drama. * El vuelo de pájaro es una constante en la manera de mirar en la literatura argentina:
se da en El matadero, se reitera en el Sarmiento que contempla el cruce del Paraná por
el Ejército Grande, se repite también con Alberdi en su sobrevuelo
del Aconquija. Quizá La Bolsa y Lugones reproduzcan esa óptica que proyecta la perspectiva del
narrador omnisciente. * En aquella semana del Tigre en compañía de Walsh, una noche
nos entusiasmamos elogiando a Eva Perón. Desproporcionadamente,
por ahí, pero era la única manera que teníamos de disminuirlo
a Perón y de conjurar su peso histórico que entonces nos abrumaba.
Algo parecido nos pasó con el Che: lo elogiamos con fervor y sin
matices; pero a Walsh y a mí, de pronto, también nos pareció que
nuestro entusiasmo era excesivo. Pero no contábamos en aquella
época con otra forma de ser reticentes con Fidel Castro. "¿Es
un juego?" Walsh me dijo que sí y se rió con acidez; y se largó
a imaginar una pareja de Eva y el Che. Aunque al final ya iba
amaneciendo y alguien nos llamaba desde el río sugirió que ese
presunto casal hubiera resultado un asunto incestuoso. * Una suerte de "genealogía" se puede verificar en la serie pueblerina de Walsh: la que entreteje Fotos con Un nieto de Juan Moreira (ya sea por el nombre del protagonista Mauricio, ya se trate
de las referencias al comisario Barraza). El otro extremo de ese
linaje es el pueblo de Manuel Puig. * Desde la vertiente del don la literatura argentina exhibe tres "manchas temáticas" fundamentales:
violación (1840), conquista (1880) e invasión (1890); desde la
perspectiva de los prontuarios, esos núcleos en lo esencial van enhebrando la persecución (1870),
el fracaso (1930) y la represión (1976). * Esa mujer resulta el capítulo sobreviviente de una crónica más con los rasgos
de Operación masacre, Satanowsky o Rosendo. Sin la entonación populista de esta serie (condicionada por los
medios donde se publican y por el público al que se apela), conserva
un rasgo que tiene algo de residual: las alusiones a un cadáver
que en Variaciones funciona como disparador del relato clásico policial. Cierto:
aquí, en cambio, se trata de una ausencia-presencia aunque el
"¿dónde?" reiterado remite a la constante walshiana del mapa que reordena el espacio. Incluso, las alusiones a esa mujer ausente
se entretejen con "la mujer del coronel", borrosa y apenas una
voz, con "mi hija" ausente también "en manos de un psiquiatra",
y con el "mayor X" que "mató a su mujer". * "Me descifro en mi testamento", podría decirse de esa peculiar
"carta abierta" que es Nota al pie. También aquí las mujeres "ya no" implican "un punto doloroso".
También: poco verosímil ese obrero que proviniendo de una gomería
se convierte en traductor (¿concesión a un presunto obrerismo o alusión al eventual borramiento?. Memorable interjuego entre el dinero y las palabras y sus vertiginosos
significados. Excelente y, sí que hablando "desde la experiencia",
Alfredo de León no dé consejos. Así como evidente la colección
de suicidios que rescatan la imagen del protagonista y cuyo antecedente
mayor es Fotos. * El desplazamiento de Walsh desde Variaciones hacia Operación, además de inscribirse en su propia revisión del peronismo luego
de 1955, corresponde contextuarlo en el impacto latinoamericano
de la revolución cubana de 1959. Porque si allí hunde sus motivaciones
el documentalismo de Cimarrón de Miguel Barnet, ocurre algo análogo con La hora de los hornos y La patagonia rebelde. Por sentido contrario, La batalla se frustra dramatúrgicamente al no lograr verosimilitud su dictador
a lo Tirano Banderas o Señor Presidente. Así como la vehemente e increíble Celia en su rol de militanta
y protoguerrillera. Desde el lenguaje vacilante entre el uso de
un "tú" genérico y un "usted" desabrido, se advierte un proyecto
latinoamericanista que, en función de presuntos "universales", prescinde sin reemplazarlos
de los "localismos" (particulares) que en La granada hasta funcionan escénicamente con motivo de su estreno. * El agresivo cuestionamiento que le hace Walsh a Murena en 1956
resuena como el conjuro de uno de los posibles que lo tentaron desde Sur y de La Nación. Walsh conoce esos espacios del liberalismo tradicional desde adentro;
sabe de su confortabilidad, de sus complicidades y de sus miserias.
Y su cuestionamiento a Murena es otra forma de tomar distancia
respecto del poder cultural. Sobre todo que Murena, en ese momento,
es visto y valorizado no sólo como "la joven promesa", sino como
el escritor estrella, figura de marketing poco conocida entonces, y que después proliferará
con rasgos cada vez más espectacularmente triviales. * Además de un número reiterado y enigmático (ciento treinta páginas
traducidas, ciento treinta libros traducidos también, ciento treinta
alumnos en el colegio irlandés), la trascendencia de El aleph borgeano del que Walsh proviene, en Un oscuro día de justicia se dispara de manera alucinante hacia "el profético ojo del nautilo". * Toda la literatura de libro conserva y cultiva notorios residuos de "la torre de marfil":
ese mismo volumen encuadernado y más sólido tiene mucho de sagrado,
prolijo y defensivo. La tapa tradicional ostenta un diseño de
marquesina de teatro con el título de la obra y la corroboración
del autor. También suele parecer un cofre o un portarretrato.
No digamos si la foto del responsable reposa en la cubierta o
se disimula a medias en esa especie de bambalina representada
por la solapa. Con la foto en la contratapa, el libro suele aludir
al mazo de naipes de algún prestidigitador. Y qué decir del texto
que ahí se imprime, generalmente redactado o inspirado por el
autor (especulando con la imagen de sí mismo con la que quiere
ser visto) y que suele ser tan convencional como las explicaciones
que se imprimen en los programas de mano de los teatros. "Todo
el libro, en fin, tiene un aire de afectación" (cfr. Daniel O'Hara,
The Romance of Interpretation, 1985). * El libro como tal, entonces, no sólo cultiva un aire confidencial
que generalmente se comprueba en su arquitectura que, desde una
perspectiva urbanística, suele resultar abollada. De esos términos
Walsh fue cada vez más consciente. Y más crítico. Y en su pasaje
definitivo hacia el periodismo heterodoxo llegó a presentir que
realmente se iba exponiendo a "la luz pública" como alguien maquillado
que sale de su casa para entrar a la calle. * Alguna vez el mismo Walsh aludió al parentesco del libro tradicional
con la pintura de caballete asociando, en cambio, la escritura
periodística al muralismo: era el escritor consabido que optaba
por la coralidad; un modelo anterior que se reiteraba en la Argentina
definido por el tránsito desde la literatura como vanguardismo
a la literatura en circunstancias que se exasperaban vivida
como guerra civil. * Al final de su itinerario, Walsh alude a su pasaje desde "los
tiempos de la inocencia" hacia el duro y lúcido reconocimiento
de la historia, la ciudad y el mercado. Podría decirse glosando
un texto clásico que en 1977 Walsh ya "sabe los grandes secretos
del poder de la burguesía". * Si recorremos por última vez la cartografía de la literatura
argentina a partir de sus contradictorias relaciones con la política
y el Poder, se podría ir formulando al evaluar las diversas prácticas
de Walsh una suerte de ecuación: a mayor criticismo y heterodoxia,
mayor riesgo de sanción. El típico estar fuera de lugar de los escritores heterodoxos de la Argentina al estilo de Martínez
Estrada debería traducirse aquí como un réquiem o un epitafio. * En una última (o penúltima) instancia, si tuviera que simbolizar
el itinerario de Walsh, echaría mano de escenarios de la Biblia.
Con una cita de Daniel arranca Walsh. Entonces, uno, el inicio
como descifrador frente al semicírculo de los cortesanos de Nabucodonosor. Dos,
hacia 1956, y mediante Operación, el camino hacia Damasco. Y tres, por último, con su carta abierta
a la Junta Militar, en 1977, el sacrificio del Gólgota. * No postulo aquí la comunión de los santos. Pero tanto en su
travesía como en su producción, Walsh, no sólo descalifica la teoría de los dos demonios que equipara de manera simétrica y fraudulenta la subversión libertaria
con el terrorismo de Estado, sino que, a la vez, reactualiza "la
violación" mediante la cual El matadero y la Amalia inauguran con perfiles propios a través de una mutación de la
literatura argentina. Claro: pero invirtiendo la violencia que
si en Echeverría y en Mármol se producía desde los de abajo hacia
el cuerpo y la vivienda de los señores, en 1977 se ejecuta desde
el Poder en dirección a un escritor crítico.
Por este flanco, Walsh puede ser evaluado por consiguiente
como la figura antagónica de El triunfo de los otros: en esa pieza teatral, el protagonista de Payró se lamentaba por
su dependencia de los ritmos del periodismo y, a la vez, exaltaba
nítidamente los valores trascendentes del libro.
Esa relación fetichizada con la propiedad literaria y "la firma del autor" no sólo va definiendo a Payró y a los escritores
canónicos, sino que encuentra en Sarmiento como en muchos otros
aspectos el prototipo fundacional: la obsesión en los últimos
años del autor del Facundo porque sus "hojas periodísticas sueltas no se vuelen" se repite
como exigencia en sus diversas correspondencias; el capital simbólico que se ha ido imprimiendo en los diarios no se puede despilfarrar;
urge organizarlo sistemáticamente en libro. Al fin de cuentas,
si aquellos artículos sueltos representaban la base de su monumento,
"el libro encuadernado y con tapas" será parte integrante del
metal de su propia estatua (cfr. Michael Lowy, Pour une sociologie des intellectuels révolutionaires, 1986).
En esta zona, la relación de Walsh con el libro institucional
así como su asunción del periodismo "intrascendente", corrobora
finalmente sus polémicas actitudes de iconoclasta: su palabra llegó a valer más que su firma.
Al anochecer, mientras yo me trepaba a una silla para enroscar
la bombita floja, Walsh se fue hacia el borde del río: allí se
sentó en la punta del muelle de madera. Se puso a pescar. Doblaba
el cuerpo sobre el agua. Parecía muy atento a su caña y a la marea
que iba subiendo.
Análogamente el paulatino distanciamiento de la industria
cultural a la cual Walsh había estado vinculado al comienzo de
sus publicaciones en Leoplán y en Vea y lea, subraya ese circuito periodístico con rumbo a Propósitos y a los semanarios sindicales.
El juego inaugural dejaba caer así los paréntesis alrededor
del tablero, y la ironía como economía de afecto se mutaba en
un escenario desnudo sin ripios ni treguas.
Walsh, mediante sus planos explicativos, inesperadamente incurre
en ese ademán. Incluso cuando describe una partida de ajedrez
"vista desde arriba". Parecería que allí sobrevive una dimensión
teológica.
A partir de ahí, se podría sugerir el recorrido a lo largo
de la totalidad de los textos de Walsh: desde la convencional
Herminia de Asesinato a la distancia "con los brazos llenos de flores" mientras "la brisa matinal agitaba
sus cabellos rubios, de reflejos cobrizos, y en su cara de delicados
rasgos se reflejaba una perfecta serenidad" (¿idealizada-escurridiza
"versión" de Victoria Ocampo en su quinta Junto al mar?), pasando
por la ya aludida Celia Ahumada, "guerrillera" de La batalla, hasta llegar a las madres borrosas de la serie irlandeses (a las que se ama y en las que se caga). Y luego preguntar: lo
fundamental de los textos de Walsh, ¿exhibe un universo de men without women? ¿Se trata de un residuo literario machista, "tímido" o de alguna incomodidad retórica?