SARMIENTO EN SEIS INCIDENTES PROVOCATIVOS
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"Consequently, most critics treating the last part of Viajes in particular those hailing from the United States have ignored
fundamental aspects of Sarmiento's ideological and political program
perhaps out their own need for identifying, at least in word,
with such lofty ideals".
WILLIAM H. KATRA,
Reading "Viajes", 1994
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Si el programa de modernización postulado por Sarmiento hacia
1850 va trazando un itinerario cuyos rasgos se disuelven con Victoria
Ocampo en las últimas décadas del siglo XX, el relato del viaje
argentino a los Estados Unidos corrobora en su dramatismo y en
la presunta espontaneidad de esa travesía, el derrotero del clasicismo norteamericano desde Lincoln a Franklin Delano Roosevelt. Se trata
de una sobreimpresión con silencios, voces en off, rayaduras y virajes del sepia al blanco y negro. Muy pocas veces,
de una polifonía. De donde resulta un "peregrinaje" que en ciertos
episodios explicita sus paralelismos deliberados y sus polémicas
e impregnaciones. Inaugurado con una tensión dialéctica implícita
hasta en sus apelaciones y discrepancias respecto del modelo, hoy, como en un final de dinastía, se va deslizando a una especularidad
sumisa, de oportunos acomodamientos, de tachaduras presuntamente
insuperables o de obsecuentes supeditaciones. ¿Es ésta la definitiva
incorporación de la Argentina al mundo civilizado? Podría apelar, para ir explicando esta trayectoria, a la taciturna
globalización actual o a las fases de la historia del capitalismo.
Pero como en realidad esas dos nomenclaturas implican otra sobreimpresión,
prefiero ir viéndolas paso a paso y hundiendo la mano en las idas,
recodos y pantanos, afluentes, deltas, rápidos y embocaduras de
ese recorrido. Y el largo relato se irá transformando quizás,
al convertir una evidencia en problema, en la cifra y el cuestionamiento
de quienes participan de él. Al fin de cuentas, toda lectura es
un test proyectivo, y la escritura, un conjuro simbólico.
Como un balance cargado de "excitaciones", es posible leer,
desde el comienzo, el Viaje de Sarmiento a los Estados Unidos. Sobre todo que la apertura
de su carta a Valentín Alsina, donde le informa de su raid, no sólo es el cierre de una acumulación veloz y demorada de "esplendores
fabulosos que estallan en una escritura jadeante, sino que a la
vez anuncia su desolación por tener que abandonar "el espectáculo
de un drama nuevo" que lo fascina, provoca e intimida. La ruta
jubilosa ha llegado a su fin. Es el 12 de noviembre de 1847. Y
melancólicamente Sarmiento necesita contratar "pasaje para La
Habana en un malísimo y pestilente buquecillo de vela".
Después de su fervorosa cabalgata entre Nueva York, mister
Mann y el Niágara, una colección de hoteles, bibliotecas, monumentos,
comentarios y museos colosales todos, además del Misisipi, Franklin y los telégrafos tan puntuales,
Sarmiento debe bajar hacia "las colonias hispanas" que desabridamente
le recuerdan el inmovilismo del norte africano. Desde el musculoso
vuelo yanqui hay que regresar a los infiernos latinoamericanos.
Se sabe: Civilización/barbarie. Toda sociedad que necesita organizarse
debe reposar sobre una metáfora. "Una consigna como un talismán".
Especialmente cuando sus deseos más enérgicos se le abaten en
lo dado. Pero ese tránsito, al abrir y cerrar el recuento de su
incursión tumultuosa, envidiable, rápida y provocativa, resuena
también a exorcismo frente a la depresión por el reingreso al
quietismo "a la española".
Entre las razones estratégicas de destinatarios prolijamente
seleccionados por Sarmiento para sus reseñas de viaje (que se
capitalizarán sin de spilfarro al pas ar po steriormente de textos
su eltos a libros encuadernados), el corresponsal de su carta
norteamericana es el representante más exigente de la tradición
liberal-unitaria. "Una especie de barba o figurón del teatro español
del siglo XVIII". A ese caballero solemne, prolijo comentarista
del Facundo, lo invoca un par de veces con algún "mi buen amigo", vocativo
mediante el cual, familiar e inevitablemente, le sugiere la lectura
del Viaje como una plácida marcha compartida.
Se trata, en realidad, de la carta a un padre al que hay que
seducir cuestionándolo al mismo tiempo. En primer lugar, para
advertirle que no espere de él "una descripción ordenada" porque
su carta, atestada de datos e impresiones, se expande en un ímpetu
que excede con sus flashes, descripciones, saltos y recovecos
toda apariencia sistemática. "Una gran mujer a la que había palpado
de cerca y que no sabía si la volvería a ver". Su carta es un
repaso, ambiguo paladeo y despedida. A Sarmiento, los Estados
Unidos le habían hecho recuperar sus ademanes románticos más bruscos
y convincentes; pero él era un emigrado en acumulación de aprendizajes,
sobre todo, en denuncia y superación de un rosismo al que sentía
estéril, fofo y arcaico.
En segunda instancia , para establecer diferencias de perspectivas
"desde el seno de esta democracia que usted maldice como el prototipo
del desorden moral y político". Es que Alsina, aún en 1847, se
aferraba a los rasgos más cristalizados de la adhesión rivadaviana
al modelo europeo, referente que Sarmiento intentaba ir reemplazando
en su búsqueda de arquetipos en desplazamiento desde la monarquía
Orléans, insípida y sobreviviente, en dirección a la "disparatada
pero sublime, noble y grande" panorámica norteamericana.
Obstinado precursor victoriano, Sarmiento presintió a mediados
del siglo XIX que "el futuro" estaba en Estados Unidos, no en
Europa. La democracia yanqui podía ser contradictoria e informe
ya lo había leído en Tocqueville, cronista de la década anterior,
pero las rígidas monarquías ni siquiera le parecían respetables;
sus reyes, además de exangües, le resultaban ineptos y ridículos.
Intentaba ser ecuánime con esa "anciana degradada", pero la miseria
de sus habitantes le parecía excesivamente negativa en relación
a los norteamericanos. Y si el ímpetu de Balzac lo había apasionado,
los personajes de Fenimore Cooper le servían de ejemplos más cercanos
y utilizables. Rastignac podía ser un pariente más próximo y exasperado
y, por su furor de existir como por su dandismo urbano, un precursor
de sus propias flâneries ; pero Natty Bumpoo, a través de sus diferentes nombres, se compaginaba
más fluidamente con sus rústicas tipologías: Pathfinder/Calíbar
(y la estupenda memoria que lo dispararía hacia Ireneo Funes),
corroboraría por algún envés simbólico la extensa narración del
viaje que se empezaba a recorrer.
Si a algún país se parecía la Argentina por su extensión, sus
novedades, su exigua población y su urgente necesidad de inmigrantes
que llenaran un presunto vacío, eran los Estados Unidos. "Huecos estériles y provocativos"/rellenos pletóricos. Escribir era viajar a lo largo de "la más joven y osada república
del mundo". Pausas: muelles o andenes; párrafos: locomotoras,
fugas y sirenas de los barcos. En ese país radicaba el paradigma
continental, joven, robusto y americano; ése era el presente de
lo que podía llegar a ser su propio país. "Y más allá incluso
porque no tenemos el problema negro". Sarmiento sabe admirar,
eso lo confirma y le da placer, incluso elogia con desmesura (como
si hablara de sí mismo), pero, por lo mismo, jamás abdica de la
ironía ni de las reticencias a las que no coloca al final de sus
frases. Y no sólo en función de prioritarios criterios pedagógicos,
porque Franklin y míster Mann podían ser además los antepasados
quiméricos de un burgués conquistador y plebeyo como era él. La
propia novela de aprendizaje de joven pobre del Sarmiento de 1847
al fin apuntaba hacia un centro ágil, estimulante y concreto.
Y como en toda "historia moral" del siglo XIX, los pobres siempre
triunfan.
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"Después de haber recorrido las primeras naciones del mundo cristiano,
estoy convencido de que los norteamericanos son el único pueblo
culto que existe en la tierra, el último reducto de la civilización
moderna".
Domingo Faustino Sarmiento,
Viaje a los Estados Unidos, 1847
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Un extenso tópico romántico y al mismo tiempo una alegoría
de la grandeza de Estados Unidos, la naturaleza como síntesis
y también como premonitorio espejo de las producciones norteamericanas.
Todo eso representan como un blasón las cataratas del Niágara.
Y Sarmiento, situado en medio de ese juego especular que, si alude
al vaivén entre lo dado y lo puesto, recupera lecturas asomadas
en Chateaubriand, y con más precisión en "el opulento" Fenimore
Cooper, preanuncia un capítulo que se repetirá como deslumbrante
divisa (hasta empardarlo aplicadamente con el Iguazú) entre los gentlemen y las señoras que viajen a Norteamérica hacia 1880 "extasiados"
ante esa "bárbara" e ineludible Disneylandia del siglo XIX.
Frente a ese "templo natural", al actualizar antiguas entonaciones
religiosas, va aludiendo a una suerte de plegaria impregnada de
un panteísmo donde "el rumor" se entremezcla con "lo colosal"
y "lo portentoso". El aturdimiento provoca placer y a la vez sobrecoge
la secuencia que enhebra entonaciones de lo sublime romántico:
desde "sentir que las piernas temblaban" hasta "el espanto y la
admiración" por la grandeur. Sus pasiones son siempre elocuentes. Y si la densidad y la exuberancia
evocan el bosque y un infinito salvaje, episódicamente el flaneur urbano se convierte en el paseante roussoniano incondicional de
las espontaneidades más primitivas. Sarmiento se descubre en un
punto de inflexión donde se le superponen las seducciones "terroríficas
"que recuerdan los ecos del Facundo con el conjuro ante el "espanto" infundido por "el abismo profundo".
Euforia y terror. Realmente el Niágara es bárbaro e insinúa los
rasgos pletóricos del "Tigre riojano"; y al seducir bruscamente,
provoca exorcismos, así como la caída apasionante evoca el horror
ante la disolución.
"Je parle éternellement de moi", había leído en Chateaubriand.
Cualquier efusión era un exceso de subjetividad, y las tormentas
de El Zonda iban quedando atrás y apenas si reaparecían en su intimidad. A
su creciente proyecto de hombre público victoriano le urgía controlar
cualquier despilfarro emocional. La sérieuse tenía que ser parte decisiva de su capital. Aunque aún se tolerara
ciertas episódicas arbitrariedades, el Sarmiento más respetable
y burgués ya no estaba dispuesto a la disgregación de lo que venía
acumulando. "Y mucho menos en el exterior". Por eso empieza a
apelar a las estadísticas para lograr tranquilizarse. Si las matemáticas
prometían estabilidad, a la naturaleza había que traducirla en
números, el Niágara representaba la abrumadora proliferación,
pero era posible controlarla ensalmando su vertiginosa fascinación:
"Esta cascada vale millones". Las estadísticas empiezan a ser
las plegarias del burgués conquistador a mediados del siglo XIX;
Manchester, hacia 1830, fue pionera en su utilización para descifrar
su numerosa complejidad. Sarmiento se va instalando exactamente
en ese alvéolo coyuntural. The right man in the right place. Un intelectual ambicioso y con carencias, proveniente de un suburbio
del mundo, que se superpone en el nicho histórico de una doctrina
triunfante en tensión universal; y que se desplaza de una lectura
metafórica a una lectura científica.
Por las ecuaciones que logra formular se va convirtiendo en
el programador más eficaz en el eje de la serie argentina de postulaciones
de modernización. Argirópolis, que alude en su telón de fondo a una ciudad "inventada" como Washington,
no sólo implica el ímpetu por abarcar lo múltiple de su viaje,
sino que al prescindir de lo superfluo apuesta a lo compacto cuantificable
en rechazo de una Argentina tan heterogénea "como un archipiélago".
Alguien hubiera postulado: "Su obra es el tango esencial de la
colección completa de El alma que canta del romanticismo liberal": "El agua cae desde 165 pies". Así va
traduciendo. "El espesor de la masa de agua es de 21 pies". La
seductora e inquietante plétora empieza a controlarse. "La diferencia
de nivel entre uno y otro lago es de 300 pies". Es el conjuro
de la tentación romántica que puede llevar a identificarse, excesivo,
con "la naturaleza indómita". Si la naturaleza loca es la barbarie el exorcismo estadístico se convierte en ciencia.
Nada mejor que una cita oportuna y tranquilizadora para ponerla
de su parte: "Según el geólogo Ryell, como sólo un pie retrocede
por año, ha necesitado 39.000". Y así prosigue. Al seductor infinito
romántico se lo va controlando. "Las buenas maneras" presuponen
moderación. Medir es "saber medirse". Alguien que aspira a ser
un respetable victoriano aún en medio del fervor es un caballero
medido. Cuyo código primordial, hacia 1850, se verifica en los horarios,
el reloj, la puntualidad. Y nada de gestos que, además de llamativos, aluden
a lo dilapidado. Sarmiento va aprendiendo prolijamente frugalidad
en los Estados Unidos; sobre todo en los bancos, en las estaciones
de ferrocarril, en las fábricas o en los recreos de las escuelas
públicas. Por eso, también traduce la temporalidad a lo cuantitativo;
es la fórmula norteamericana para controlar la naturalidad del
devenir: Time is money. "Notorio". Y cuando episódicamente Santiago Arcos le altera esa
liturgia horaria, presiente que se retrotrae a las magnitudes
seductoramente abrumadoras de la naturaleza sudamericana. Sarmiento
lo anota: las reservas, en su sentido más lato, empiezan con sus amigos. Aunque la intimidad,
ese plus o yapa, deba eliminarse. La propina en los Estados Unidos
era recibida como una injuria.
El episodio del Niágara, por lo mismo que lo "excitaª convocando
a "sensaciones largo tiempo esperadas", reiteradamente lo condiciona
a insistir en las estadísticas que son el self-control de los Estados Unidos. Numerándola se domestica a la locura. Y
si la naturaleza se mantiene, es resignificada bajo supervisión.
Pero, sobre todo, convertida en productiva. Y Sarmiento pedagógicamente
continúa enunciando números: "853 millas miden los canales"; "la
diligencia que lleva diariamente la correspondencia por toda la
Unión recorre 142.295 kilómetros". Y si el hombre norteamericano se intercala, también lo hace productivamente: "El yanqui husmea
los lugares que han de ser fecundos en riqueza"; "Morse, norteamericano,
hizo sus ensayos mediante los 30.000 dolares" "Hace un año, tenía
30.000 habitantes, y contará hoy 50.000". Y lo explicita: "La
estadística comparativa de lns caminos de hierro" es la clave.
Y compara: "16 en Francia,222 en los Estados Unidos ', "Donde
2.000 periódicos satisfacen la curiosidad pública en los Estados
Unidos".
El conjuro se ha logrado; la tentación mística frente al Niágara
se va transformando en plegaria científica; la gran emoción se
ha trocado en interminable balance. Y si empezó siendo un breve
rezo, se va prolongando en rosario: "El depósito de aguas tiene
250 pies de largo, 70 de ancho y contiene 500 millones de galones
de agua". La oración se alarga en discurso: "Las rentas para la
educación pública son 650.000 pesos". El cuerpo de Sarmiento se
balancea al compás de esa salmodia. "En Massachusetts hay 67 colegios,
con 3.700 estudiantes". Su escritura adquiere el ritmo de una
melopea. "1.091 colegios particulares con 24.318 discípulos, los
cuales pagan 277.690 pesos". Las estadísticas en conjuro de lo
inconmensurable de la naturaleza resultan el pasaje de la oralidad
a la escritura, insinuando una moral aritmética que en otros profetas argentinos llegará hasta el sistema.
Bien estaban Pocahontas y Pathfinder, pero Sarmiento iba prefiriendo
a Franklin y a Morse. Frente a las fascinantes "brusquedades"
del rayo o la proliferante abundancia de palabras, una economía
metálica. Tampoco las locuras despilfarradoras de Facundo; mejores
eran Washington y Jefferson, héroes moderados, medidos, sin demasiado brillo, pero que sabían traducir la naturaleza en
cifras, en cálculos y en proporciones. El Niágara se iba domesticando
en Monticello.
Y no es que Sarmiento resuelva sin más esta propuesta: el tironeo
entre el romántico de 1840 y el positivista del '80, entre el
despilfarro y las estadísticas, entre el Sturmer sanjuanino y el futuro estadista, será una tensión que recorra
la totalidad de su viaje norteamericano. Es lo que va de sus museulosas
tiradas a lo Whitman a su prolijo Diario de gastos: "Hotel en Buffalo, 75 eentavos"; "Vapor hasta Albani, 1 dólar";
"Limpieza de botas, 0,60", "Un pañuelo, 1 dólar". Su ascética
contabilidad, se altera apenas con los repetidos "cigarros y frutas",
como si su boca, excéntrica, renegara de su aprendizaje de austeridad.
Módico consumidor inaugural que también trata de traducir sus
deseos más cotidianos en números; y que al encolumnarlos aplicadamente
se manifiesta no sólo como un inmediato consumidor, sino como
solapado plagiario.
Quizá su mapa de Estados Unidos resulte la cifra más ecuánime
de esa ecuación: la grandeur natural transportada a una página cuadriculada; el Niágara definitivamente
fijado en un dibujo veloz. Los Estados Unidos condensados al alcance
de la mano y para una rápida mirada. Por algo su biógrafo norteamerieano
insinúa que no ya al Niágara, sino a todo el país, Sarmiento pretendía
poseerlo concienzudamente metiéndoselo en el bolsillo mediante
el Appleton's New and Complete United States Guide Book for Travelers,
publicado en Nueva York en 1847. El viaje "al país de los yankees",
en esta perspectiva, es uno de los últimos e ineludibles caminos
de la ocupación del mundo inaugurada empíricamente hacia el 1500;
pero que en el siglo XIX, al pretender científicamente anexar "lo salvaje" , recapitula un saber análogo a la concentración
del capital. El proyecto implícito e ideal de Sarmiento al concluir
su viaje hubiera sido lograr un diccionario abreviado de los Estados
Unidos. O quizá, en sus momentos más ansiosos o alucinados, alguna
cifra parecida a una ecuación económica, compulsiva y eficiente.
Algo así como "In God we trust" o Si iste et iste, ¿cur non ego? El avance del Este norteamericano como su expansionismo y su poder
financiero preanuncian según comenta su propio recorrido hacia
el Far-West y en dirección a los estados sureños, más parecidos
por su arcaísmo a México y a "la inmovilizada Sud América".
| Fechas de México, mapas de Polk |
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"Bajo el pretexto de que Texas, nación independiente como México
mismo, creyó conveniente unir sus destinos con nosotros, México
ha aparentado que le habíamos arrebatado su propio territorio".
James Polk, Sobre la guerra con México,
mayo 11 de 1846
"Apenas se tiró el primer cañonazo en la frontera mexicana, la
Unión fue inundada por millones de mapas de México, en los cuales
el yanqui traza los movimientos del ejército, da batallas, avanza,
toma a la capital y se estaciona allí, hasta que las nuevas noticias
venidas por el telégrafo lo orientan sobre la verdadera posición
de los ejércitos..."
D. F. Sarmiento, Viaje a los Estados Unidos,
noviembre 12 de 1847
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Junto a los otros hispanoamericanos y al lado de los argelinos
de Abd-El-Kader se van situando los mexicanos en la geografía
mental de Sarmiento. El mapa como imagen de posesión veloz y condensada vuelve a aparecer con
frecuencia a lo largo de su viaje a Estados Unidos. El viajero
más eficiente es el que se convierte en topógrafo; el turista
victoriano más autocomplacido es aquel que salda su raid con un plano o con un libro de viajes. Son formas de capitalizarse;
el complemento simétrico y reintegrable de su diario de gastos.
Y si los comentarios de la ruta se publican con una cartografía,
son premiados en las exposiciones univers al es a la moda como
ocurrirá en Leipzig con esa culminación representada por Los ranqueles. Al exotismo de los otros se sumará la expropiación de la tierra.
Y en este aspecto, Sarmiento también es un pionero. Porque, en
el caso de México en su guerra con Estados Unidos, funciona subrayando
el contraste entre las estadísticas triunfales sobrc los aumentos
de "cuatro millones de dólares" o en torno a las "8.000 sociedades
de templanza con un millón y medio de miembros". Como ese gran
mercado tiene dos capitales, en la cartografía simbólica México
se va transformando en una digresión, en una referencia fugaz
o en una neutralizada alusión (en compañía del Canadá) a la posibilidad
de ser anexado por parte de los Estados Unidos. Hacia 1850, el
exotismo apenas si podía ser descifrado con estadísticas o alegorías.
Incluso en las propias enunciaciones antagónicas de Sarmiento
México resulta apenas una mención muy por debajo de la eficacia
contrastada entre las "colosales" editoriales de Nueva York y
las de París "en repliegue". Estas dos ciudades, si aparecen como
los términos de comparación, que recuperan un desplazamiento ya
elegido, siempre favorecen cuantitativamente a los Estados Unidos,
así como a México lo convierten una y otra vez en un rumor desvanecido
que ni siquiera gime a "la altura de los trópicos". En realidad,
para los viajeros victorianos, la alteridad era una enfermedad
sin voz.
Los eventuales relieves del "exotismo" mexicano se disuelven
así en una otredad insípida destinada a la pasividad del objeto de una pedagogía
enérgicamente postulada "con el dedo apoyado en el mapa". Aquí
y "así" viene a decirnos Sarmiento. México, espacialmente, no
es más que una plaza a conquistar con una estrategia instantánea, ineludible y de bajos
costos. "Un buen negocio edificante". Y si aparecen algunas entonaciones
paternalistas, sirven en este caso para atenuar la prepotencia
conquistadora. El pedagogismo operaba como justificación de la
violencia militar cuando se trataba de un país definido por su
barbarie. Es decir, que no sólo "no encajaba" dentro de la racionalidad
del vencedor sino que se caracterizaba por no practicar los valores
"indiscutiblemente positivos" que, en el siglo XIX, empezaban
a llamarse democráticos: "Los mejicanos" concluye Sarmiento en uno de los recodos de su
discurso "pueden ir a recibir lecciones de los leñadores yanquis
sobre la topografía, producciones y ventajas del país que sin
conocer habitan". Semejante pedagogía civilizadora, implacablemente consignada a través de la metálica economía del
telégrafo, es justificada en Sarmiento por la impaciencia que
le provocan las demoras en la deseada modernización que, a la
vez, representan las postergaciones en su acariciado protagonismo.
Los "saberes" debían ser anteriores a la posesión y al legítimo
patrimonio, así como la obligada aculturación requería prescindir
de las previas identidades. Al contemplar el mapa de México con
una mirada olímpica, las diferencias señaladas por el río Bravo
no eran más que los pliegues de algún paño, y Chihuahua o Tenochtitlán,
palabras impronunciables, increíbles, inexistentes.
Pero el uso exaltado del mapa de México no sólo va insinuando
lo que se convertirá en el emblema privilegiado de la civilización
victoriana, un cuadro de sumaria posesión geográfica, con países
y continentes dominados imaginaria y velozmente por e] burgués
conquistador, sino que la campaña militar norteamcricana de 1847
preanuncia la marcha aliada de 1852. La scducción por la entrada
de Winfield Scott en México prefigura la de Urquiza en Buenos
Aires (además de la de Grant en Washington). Implica la culminación
conquistadora de las ciudades, así como los amplios paisajes le
provocan a Sarmiento un placer panorámico y un fervor análogo
al que siente por los grandes ejércitos. Sobre todo si los contempla
desde alguna altitud que le permite el vuelo de pájaro, esa renovada y sintética "posesión óptica" que caracteriza al
narrador del siglo XIX. En la Argentina ya había condicionado,
por lo menos, dos modelos: el rápido y privilegi ado sobrevu elo
de El matadero, y el de Alberdi des de las alturas del Aconquija. Perspectiva que,
hacia finales del siglo, se irá transformando en las miradas panópticas
de águilas y cóndores que, pasando por Andrade, se posarán agresivamente
en las doradas montañas de Lugones.
Fervores que en los Estados Unidos también involucran a los
generales decorados con uniformes, medallas, títulos y charreteras
que tanto lo entusiasmaban a Sarmiento: Zachary Taylor, "el héroe
de México", el Old Zac que llegará a la presidencia al final de la clásica carrera del
militar vencedor (que en los Estados Unidos, en su propio itinerario,
involucrará a Grant y a Eisenhower), así como Winfield Scott,
"el viejo y glorioso" jefe norteamericano en la guerra de 1812.
"Personalidades castrenses" de 1847, a las que exalta, y que nuevamente
reenvían al Urquiza previo a Caseros. La ornamentación del cuerpo
victoriano culminaba en el pecho; no sólo era considerado un tabernáculo,
sino que funcionaba como fachada que, a la vez, se decoraba y
blindaba implicando metalización y permanencia, la dureza y lo
trascendente. En el viaje de Sarmiento, ese recubrimiento ornamentado
lo lleva a aludir a los objetos de culto materializados en templos,
estatuas y héroes con cuya excepcionalidad se identifica.
Los antecedentes de la guerra por Texas aluden a la rebelión
de 1836, que les ofreció a los sudistas la oportunidad que esperaban.
A pesar de haber sido colonizada por pioneros de origen norteamericano,
Texas era una provincia mexicana, pero una secuencia de conflictos
con las autoridades centrales de México condicionó a los tejanos
a declarar la independencia que consiguieron después de duros
enfrentamientos. Sarmiento, en su descubrimiento de los Estados Unidos, privilegia intensamente el presente. Al
pasado alude cuando lo corrobora; y el futuro se le superpone
referencialmente pero en términos de emulación con "el gran país"
imaginario en el que pudiera resolver sus carencias, polémicas
y urgentes necesidades. De acuerdo con su relato, si se añadía
Texas a la zona abierta a la esclavatura después del compromiso
de Misuri, compensaría prácticamente las regiones adquiridas con
la compra de Luisiana de las que había quedado excluida la esclavitud
y a las que afluían masivamente colonos del Norte. "El progreso
no es despiadado"comenta Sarmiento. "Y para la Providencia,
suele ser caritativo" Por su lado, los tejanos estaban deseando
convertirse en ciudadanos norteamericanos, que, a pesar de sus
triunfos frente a las tropas mexicanas, eran numéricamente inferiores.
La anexión descartaría la posibilidad de reconquista, convocaría
a más colonos del Norte y vincularía a los yanquis ya asentados
con su país de origen. "Eso está en la naturaleza de las cosas",
acota Sarmiento en sus escritos. Pero ese proyecto implicaba numerosas
dificultades; sobre todo porque para los liberales del norte la
rebelión de Texas presuponía una conspiración esclavista. Y realmente
los tejanos poseían esclavos, y una de las razones por las que
se habían enfrentado a las autoridades eentrales de México después
de una serie de vaivenes y tratativas era su negativa a ponerlos
en libertad y acabar eon las nuevas importaciones de mano de obra
esclava. Finalmente la anexión arrastró a Estados Unidos a la
guerra (cfr. James Marquis, The Raven: life of Sam Houston, 1987). "Otra guerra liberalmente ejemplar".
En el mismo momento en que Sarmiento consignaba sus implacables
opiniones sobre la conquista norteamericana de las regiones mexicanas
(criterios que serán corroborados por la posterior campaña del
ejército de Buenos Aires sobre La Rioja, así como por la derrota
del Paraguay a manos de los modernizadores del Río de la Plata), un parlamentario norteamericano, Thomas
Corwin, se manifestaba explícitamente contra el avance de los
Estados Unidos sobre México, el 11 de febrero de 1857. Era una
carta pública dirigida al presidente Polk: "Tuve la esperanza
de que el Presidente deseara sinceramente la paz"empezaba este
vocero del radicalismo yanqui . "Nuestro ejército no había penetrado aún muy adentro
de México y realmente esperé que con los dos millones propuestos
entonces podríamos tener paz y evitar la matanza, la verguenza
y el crimen de una guerra agresiva y no provocada". Y concluía
con precisión: "Pero ahora ha invadido usted medio México ha exasperado
e irritado a su pueblo y pide descaradamente a ese país que entregue
Nuevo México y California".
Los residuos idealistas radicales incluso que definían al Sarmiento del exilio inicial, empezaron
a disolverse en la proximidad del poder chileno, la prepotencia
del gobierno de Bulnes y, sobre todo, en su relación con el ministerio
de Montt. La ineficacia de las monarquías europeas se fue trenzando
con la posibilidad de viajar financiada por un gobierno modernizador
pero oligárquico como era el de Santiago. "Privilegio de señoritos".
Estados Unidos le irá ofreciendo un doble modelo: poderío y actualización.
Los ecos de 1848 que recibe durante su viaje y la potencia expansiva
norteamericana son las variables que en esta coyuntura se entrelazan
con la creciente convicción de ser "un fuera de serie". Cada vez
más escribe "Yo" sin excusas ni malestar. Paralelamente se amplifican
sus certezas en su futuro presidencial. Las tácticas políticas
norteamericanas desconocidas en la Argentina inciden categóricamente
en su desplazamiento desde el romanticismo de 1840 hacia el positivismo
que suele justificar spencerianamente. "Los opositores siempre
son románticos; en el poder, se convierten en científicos". Es
el tránsito que va de Rimbaud al Goethe instalado en Weimar.
Desde la perspectiva de la Casa Blanca, el 5 de diciembre de
1848, Polk enunciaba a su vez: "En menos de cuatro años ha quedado
consumada la anexión de Texas a la Unión" iba reseñando con satisfacción;
"los territorios recientemente adquiridos y sobre los cuales se
extiende ahora nuestra jurisdicción exclusiva y nuestro dominio,
constituyen una comarca de más de la mitad de la extensión que
poseían los Estados Unidos antes de su adquisición". E iba cerrando
triunfalmente: "El Misisipi, que anteriormente era la frontera
de nuestro país, es ahora solamente el centro. Con el aumento
de las recientes adquisiciones, se calcula que los Estados Unidos
han llegado a ser casi tan extensos eomo la Europa entera" (cfr.
José María Roa Bárcena, Recuerdos de la invasión norteamericana, 1846-48, UNAM, 1982).
Y ése es el Misisipi que Sarmiento inscribiéndose en un continuo
que se origina con la Oda al Paraná de Labardén en 1801, al superponerle constantemente otros ríos
norteamericanos como el Misuri, el San Lorenzo y el Hudson ("navegados
por innumerables barcos que van desbordando los quietismos coloniales"),
lo compara en su doble fervor de paralaje y proyección con "los
grandes ríos en movimiento" que a él le entusiasma contemplar,
apostando eufóricamente, desde las barrancas más altas de Entre
Ríos, "esa provincia renovada y con mayor movilidad" hacia 1850.
| Mujeresy flirt; la libertad y el olvido |
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"Fundamentally, there are two types of women in the Facundo: the supposedly civilized ladies, both married or single, who tend
to be figured as the prey of barbarism, and the evil and/or humble
women somehow form a tie with or are part of barbarism itself'.
Elizabeth Garrels, Sarmiento and the Woman Question, 1994
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Al leer los comentarios sobre "la libertad de la mujer norteamericana",
se presiente que de acuerdo con los permanentes paralelos que
Sarmiento va trazando a lo largo de su Viaje entre Estados Unidos y la Argentina ("ellos" y "nosotros", la
positividad y las carencias), de lo que realmente habla es de
la falta de libertad entre las mujeres de su propio país. Porque
si la mujer, más que señal prioritaria de civilización o barbarie en cualquier región encarna
concretamente "lo civilizado" que lo euforiza o lo bárbaro que io deprime, la exaltación de su discurso frente a las otras, melancólicamente en su envés, alude a "las propias".
El maniqueísmo guerrero, que sintetizaba eficazmente un dilema
universal difundido por la burguesia victoriana hacia 1850, en
esta franja parecía transformarse en una polémica educacional.
A lo largo de su recuento, lo que más enfatiza Sarmiento en la
mujer norteamericana es la posibilidad de "viajar" o "vagar sola",
alejada de cualquier mirada controladora, aclarando que esa separación
la realiza "la mujer de cualquier condición que sea" sin dar explicaciones
ni al irse ni al regresar. Como si ese desenvuelto manejo del
espacio mundano al que domestica corroborara ciertas iniciales destrezas deportivas, el manejo
del lenguaje o el aplomo en los modales y en las opiniones.
Pero además de los reiterados escenarios del ferrocarril, de
"los enormes barcos como hoteles flotantes" o de "las calles"
inquietantes a que alude esa característica, es la escena hogareña
que Sarmiento exalta por sentido contrario la que tolera, rodea
y hasta protege "los amoríos castos" de las muchachas norteamericanas.
Todo lo contrario desde ya, de lo que define a "los hogares" que
conoció en su infancia Nuevamente resuena aquí el eco de quien,
de manera permanente, echa de menos esas costumbres en su propio
país: Argentina bárbara es lo que viene a repetir como en una desgarrada jaculatoria con
la que se empeña en cambiar una colección de datos inertes. Y
la inercia contrapuesta al "viaje" epistolar, muy distante pero confidencial,
que le dedica a Valentín Alsina. O destinada, en realidad, a las
mujeres de "la casa del antiguo jefe unitario" que eventualmente
escucharían, por lo menos, la lectura familiar de esta parte de
la carta donde se prescinde de estadísticas y de "monumentos colosales".
Incluso en la prolongada reflexión que le merece el flirt evaluado como inflexión entre el "poseer" y las carencias. Se
trata de un tema que no sólo se convertirá en lugar común de los
viajes señoriales del 1880 por "su sabrosa picardía que las lectoras
porteñas sabrán apreciar", sino que le permite a Sarmiento, al
analizarlo a partir de flirtear, "verbo norteamericano", ir pasándolo por una secuencia de situaciones
(desde "la presentación" del novio al cierre del "enlace", de
los candidatos hasta la elección, y teniendo muy en cuenta que
la joven yanqui "se casa con quien quiera"), donde "la libertad"
es insistentemente exaltada al compararla con "la sumisión", que
no pasa de ser aquí otra variante del inmovilismo que predomina
en la Argentina.
Hay un solo "deslizamiento" en esa serie. Si se quiere una
"caída" especialmente significativa. Porque si con motivo del
viaje de luna de miel, Sarmiento intercala algunos sarcasmos sobre "los propósitos de
casamiento de los más contumaces solterones", a la descripción
de "la cámara de la novia" la resuelve en un kitsch mediante sus "insinuantes" referencias a "los suaves colores del
iris" y a "los aromas que se queman". Semejante escenografía y
también como consecuencia de los permanentes paralelismos alude
a los "valores de la mayor intimidad" del propio Sarmiento (análogos
a los del interior de la "garçonniere" del Sin rumbo de Cambaceres que exhibirán los "signos más ocultos" de un gentleman de 1880).
Pero es en el cierre del "circuito de la novia", donde aparece
el Sarmiento que revolotea sobre "el fin de la libertad" de la
muchacha norteamericana. "Contumaces solterones"/matrimonios desdichados. En todo enternecimiento victoriano, vibra un disimulo de repulsión.
Y Sarmiento se ensaña con "el cerrado asilo doméstico" y "su penitenciaría
perpetua", con los hijos ruidosos y exigentes, y especialmente
con el "marido inútil, aunque good natured, sudón de día y roncador de noche, su cómplice y su fantasma".
Y lo que había empezado como exaltación de la libertad de la mujer
norteamericana, a través de su flirteo y de sus diversas conjugaciones,
se degrada en una derrota comentada con una especie de farsa o
de elegía. Como Sarmiento pretende ser ecuánime en su versión
de los Estados Unidos, no elude las contradicciones. Al contrario:
al destacarlas, logra una mayor credibilidad. Al fin y al cabo,
"los países fuertes no escamotean sus debilidades".
Ni siquiera elude las zonas rurales donde los "predicadores
viajeros" envían "a las mujeres de un lado y a los hombres de
otro" hasta que "ellas entran en delirio, se tuercen y se revuelcan
por el suelo, echando espumarajos". Ésas son "las habitantes del
Far-West". Más contradicciones, desde ya. Pero no hay que impacientarse con
los Estados Unidos. Porque si los habitantes "de los antiguos
estados del Este se diseminan hacia el Oeste educando a los pueblos
sin pericia ni ciencia", frente a la barbarie producida por "el aislamiento de los bosques" también se mejorará
la mujer del yanqui más rústico.
Antagónicamente, por fin, en uno de los escenarios definitorios
del viaje, una voz de mujer dice algo "en francés"; Sarmiento
le ofrece la mano para que se apoye; ella alude "siempre en francés"
a"las dificultades" que había tenido Sarmiento; excusas de él,
"turbación" de ella; y cuando Sarmiento admite su falta de fondos,
esa "dama" le ofrece su casa a cinco leguas más acá de Nueva Orléans.
Y por si hay "alguna sospecha", ella aclara que "hacía seis semanas
que acababa de perder a su marido"; además, "ella y su hijita
de nueve años estaban de luto completo".
Parece uno de los capítulos más transparentes de la novela de un joven pobre organizada por Sarmiento. El pícaro del siglo XVII vacilaba entre
su colección de oficios y desconfiaba del origen de su madre;
el desheredado del siglo XIX no sólo se empecina, como trepador,
en su trabajo, sino que es un especialista en la idealización
de "la mujer que le dio la vida". Empecinadamente probo e inobjetable:
el viaje de Sarmiento pretende convertirse, como remanente de su acumulación
simbólica, en una hagiografía laica. Mi defensa y Recuerdos de provincia redondearán esa imagen. De manera edificante, esa viajera solitaria y norteamericana lo remite a "la imagen de la madre" que "le ofrecía
a un desconocido que debía también tener madre". Idea que al "santificar
la oferta" alude a un renovado paralelismo que incorpora una vez
más el recuerdo de doña Paula.
La novela prosigue: "buque", "cámara", "levantóse la señora", "fingió darme
la mano" para "pasarme ocultamente un bolsillo de oro" . La imagen
de la mujer norteamericana, por intermedio de su libertad practicada "a solas", trasciende la exaltación inicial y se transíorma
en una suerte de beatificación. Ya es la mujer yanqui en general.
Otro mito". Sarmiento, sagaz, cierra su relato: "He olvidado su
nombre'.
Paralelismo que ya no remite a ciertas mujeres argentinas,
sino que prenuncia de manera inquietante a Ida Wickersham. Como
ocurrirá en el segundo viaje de Sarmiento a los Estados Unidos.
No bajo el James Polk de la guerra de 1847, sino con el Lincoln
recién asesinado al final de la guerra civil: "Temo que hace tiempo
que me hayas olvidado". Así le escribirá esa mujer norteamericana
después de haber sido su amante y de haberse divorciado de su
marido good natured.
Sarmiento viaja solo por los Estados Unidos, pero en los episodios
en que comenta a las mujeres yanquis o en los breves encuentros
en que habla con ellas, se presiente de manera ambigua su necesidad
de compañía. Sobre todo para corroborar un eventual duplicado
de su posesión del país y para ir ensayando coloquialmente la confidencia unipersonal
resuelta entre silencios, reticencias e insinuaciones en su carta-balance
a Valentín Alsina. Su relato, en realidad, puede ser leído como
una colección entrecortada de revelaciones a mujeres norteamericanas singularmente "civilizadas".
| Egocentrismo, telégrafos, grandeur |
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"¿Maestro de escuela en viaje de exploración por el mundo para
examinar el estado de la enseñanza primaria, y regresar sin haber
inspeccionado las escuelas de Massachusetts, las más adelantadas
del mundo?"
D. F. Sarmiento, Viaje a los Estados Unidos
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Un viaje egocéntrico es el que realiza Sarmiento por los Estados
Unidos a lo largo de 1847. Porque si bien a la mayoría de los
escenarios y de los personajes yanquis intenta tratarlos con una distancia prudente
como si quisiera "enfriarlos" para exhibir cierta objetividad que apela a "las consabidas ciencias", la puntualidad del día
a día con que va inscribiendo sus notas condiciona un doble conjuro
que subraya un "yo personalmente": en primer lugar, el cuestionamiento
de la figura del proscripto byroniano a lo Mármol que entona una
elegía nostálgica y quejumbrosa por "la ciudad violada", y que
"erra por errar sin otro fin que soñar"; en un segundo movimiento,
el rechazo del judío errante, típico personaje romántico que se define por un tiempo flotante
que lo lleva a "las derivas de la errancia". Si Sarmiento viaja
con riesgos, jamás lo hace a la ventura; y si su mismo discurso
opera con desahogos o digresiones, prolijamente elude toda divagación
no sólo por economía sino por producción de interés y en beneficio
de su vigoroso "amor propio".
Y como tampoco aguanta sentirse "fuera de su lengua natal",
no tolera otras versiones del victimismo: ni las traducciones
del que ofrece el sacrificio de sus testimonios, ni al que se
proclama mártir y, mucho menos, al que consigna detalladamente
los perjuicios padecidos. Sarmiento desdeña como blandas concesiones toda restitución o expectativa de reembolso. Por eso,
al ir organizando su explícito proyecto "la verdadera geografía
de su patria", su único anclaje en un desquite, se convierte
en un opositor categórico que sólo puede imaginar su regreso como una revancha.
En esa bisectriz de su Viaje, Sarmiento va instalando sus mapas, su brújula, incluso su reloj
y, desde ya, su telégrafo (cuyo lenguaje metálico corrobora "al
que suscribe"). Son los instrumentos que, como señales, ratificarán
sus convicciones al fortalecer sus avideces que se van entretejiendo
con las divisas del "conquistador" que, típico burgués del siglo
XIX, en los Estados Unidos se ve a sí mismo como un pionero. "El primero en llegar"; "El primero en ver". Si la trashumancia,
y aun la dromomanía, lo definen en 1847, los acostumbramientos
yanquis a la intemperie, opuesta a todo lo sedentario, lo confirman
una vez más en su oposición al inmovilismo que denuncia en su
propio país. "Yo viajo en contra de mi tierra natal".
Puede inferirse: su egocentrismo, inaugural sobre todo, cuando
se desplaza por los Estados Unidos. Como no puede volver a la
Argentina, siempre avanza y "progresa". Su pilgrim's progress de maestro primario, en Boston o en Nueva York, se convierte en
una novela de aprendizaje. Pobre, entonces, y aprendiz. Y como
su "progreso" fundamentalmente funciona como acumulación, regresar
a su país natal no sólo implicaría ablandarse y abdicar, sino la evaporación del capital simbólico empeñosamente
almacenado. Nada de acantilados épicos, entonces, para entonar
sus desgarramientos por un presunto "paraíso perdido". Ésa, además,
era otra variante del victimismo que detesta y (lo más inquietante)
que puede llegar a englutirlo alterando o corroyendo su integridad.
Por esas razones, al menos, hasta 1852, Sarmiento sólo se repatría
a través de sus escritos más insolentes y certeros. Años después,
con envidia, comentará los privilegios de Tolstoi, cuyas novelas
se telegrafiarán desde Rusia a las editoriales de Nueva York.
Y como pionero, también será un precursor hasta por sentido contrario,
de los grandes señores de 1880, que viajarán a los Estados Unidos
desde la perspectiva del despilfarro. Herederos y beneficiarios
del poder, sus turismos simbolizarán lo opuesto (aunque se refieran
a él con benevolencia) de "las ilusiones románticas" de Sarmiento.
Aún cuando él se empeñe en actuar como un homme sérieux, sus tomas de posicion serán descalificadas como "anacronismos". Sus
desmesuras les resultarán la negación de su definitivo sentido
de la medida. Como preferirán héroes sin heroísmo, las imprudencias
y los desbordes en el yoísmo en que suele incurrir Sarmiento les parecerán síntomas evidentes
de su locura ("...avec ses gestes fous, /Comme les exilés, ridicules et sublimes").
En sus últimos años, cuando ataca al unicato aún dirigido por
"los concuñados" Roca y Juárez Celman como si continuara enfrentándose
al "perverso aparato del tirano Rosas", irónicamente utiliza la
palabra coterie. Le replican: su "gigantismo' no ha advertido que se trata de una
camaraderta desinteresada. Su voz "aturde", cuando son tiempos de "cuchichear". Ya había pasado
la época de las guerras que exiglían un inflacionismo de la subjetividad para que el yo pudiera contrarrestar "el tembladeral histórico".
La presunta estabilidad no se compaginaba con un autobiografismo
desorbitado, sino que solicitaba nostalgias a lo sumo, pero, sobre
todo, panegíricos si se habl aba de la Argentina o apologí as
y lisonj as si se trataba del poder. Mármol era un sobreviviente;
Ricardo Gutiérrez y Obligado circulaban con mayor fluidez. Y si
a Sarmiento le adjudicaban el título de loquito, el mismo diminutivo se convertía en una insidiosa manera de aludir
a su "megalomanía". Para los grandes señores del '80, el egocentrismo
de Sarmiento no era mucho más que la caricatura de alguien que
se había construido la postulación de su propia imagen como una
gran aventura frustrada.
Egocentrismo que como si no se hubieran insinuado alternados
pero contundentes indicios a lo largo del Viaje bruscamente se verifica en uno de sus episodios más retumbantes
por los ademanes que se definen por todo lo contrario de cualquier
elegía victimista: es el momento en que el pionero se convierte
en profeta, y el cauteloso aprendiz, en tribuno elocuente. Ya
no se limita a contemplar desde alguna altura privilegiada, sino
que pretende el descenso sacralizado como legislador. Baja hacia
el Sur, al "infierno latino", pero portando "los categóricos reglamentos
sajones". Su Viaje norteamericano se le ha convertido en un capítulo de su "manifiesto
destino"; y a las provincias, al Paraguay y a la Patagonia, entre
los '60 y 1879, llegará a considerarlas como colonias de su imperialismo
autobiográfico. Guaraníes, montoneros y araucanos serán para él
"los otros desnudos". Sarmiento ha pasado a ser algo así como
el Niágara, "ensordecedor, inmenso, abundante", un émulo del Whitman
de Song of Myself que, al privilegiar como nunca la grandeur y "a mí mismo", convocará, con el tiempo, al Lugones de Las montañas del oro y de "La Montaña" gritona para que intente prolongarlo desde las
alturas de una perspectiva "orográficamente andina".
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"Con la mano en la cadera, en pose de orador, como si estuviera
dando el prefacio de 1851 como discurso".
Jerome Loving Walt Whitman, 1991
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Se trata de una especie de arenga o de íntimo ensayo de sermón
lírico que, al desbaratar cualquier enfriamiento supuestamente objetivo, convierte los acontecimientos en mito
y "lo egocéntrico" en un exasperado egotismo: "Si Dios me encargara de formar una gran república", le escribe a
Valentín Alsina en un párrafo condensado y esencial, como si se
tratara de una confidencia fundamental, postergada y previsiblemente
intimidatoria para el corresponsal montevideano, pero que, hasta
en su impetuoso enunciado, insinúa el verdadero proyecto del "modesto
maestro de escuela" sanjuanino. Sarmiento se franquea; pero esa
franqueza arrolladora se convierte en el síntoma más intenso de su egocentrismo.
Ptolomeico, sólo él y la Tierra podían ser el centro. "Acumulación", sugerimos,
además. Pero también antecedentes. Buscar su universal: en Roma, se había arrodillado a los pies de Pío IX. Pero Sarmiento
era laico, y esa genuflexión no pasó de ser una fugaz ceremonia
o la solapada artimaña para confrontarse. "Un burgués ilustrado,
minucioso y potente". El emperador del Brasil, don Pedro II; ése
sí que le parece el ideal, aún en su republicano campo de posibles.
Distancia prudencial entonces, pero, de pronto, el significado
prioritario de lo que ha ido juntando en su "viaje de exploración
por el mundo". Almacenar obstinadamente, sin duda, pero hasta
que ese acopio, indisimulable, reviente, desborde y entre en circulación.
"Volcánico" también es una palabra que usarán en el '80 para describir
ese espectáculo de la naturaleza. "Si Dios me encargara de formar una gran república", confiesa Sarmiento
aludiendo a un tête à tête que recuerda el escenario privilegiado del Sinaí. "Si Dios me
encargara de formar una gran república" se abre la confidencia
fundamental de Sarmiento, "nuestra república a nous, por ejemplo,
no admitiría tan serio encargo, sino a condición de que me diese
estas bases por lo menos". Y Sarmiento va enunciando sus exigencias,
que, si por un lado juegan con cierta ironía por su desmesura
y por la arbitraria cronología utópica, por la otra vertiente
aluden al mapa concreto de los Estados Unidos: "Espacio sin límites
conocidos para que se huelguen un día en él doscientos millones
de habitantes"prosigue dibujando unos ademanes muy vastos de
escritura pectoral, "ancha exposición a los mares, costas acribilladas
de golfos y bahías; superficie variada sin que se oponga dificultades
a los caminos de hierro y canales que habrán de cruzar el Estado
en todas direcciones". Proyecta y exige, poniendo condiciones:
"Y como no consentiré jamás en suprimir lo de los ferrocarriles,
ha de haber carbón de piedra y tanto hierro, que el año de gracia
cuatro mil setecientos cincuenta y uno se estén explotando aún
las minas como el primer día". Él se ha transformado en taumaturgo
y despliega su mapa egocéntrico, su calendario asombroso: "La extrema abundancia de madera de construcción
sería el único obstáculo que soportaría para el fácil descuajo
de la tierra, encargándome vo personalmente" puntualiza Sarmiento incurriendo en el plano de la gesticulación,
"de dar dirección oportuna a los ríos navegables que habrían de
atravesar el país en todas direcciones, convertirse en lagos donde
la perspectiva lo requiriese, desembocar en todos los mares, ligar
entre sí todos los climas , a fin de que las producciones de los
polos viniesen en vía recta a los países tropicales y viceversa".
¿Taumaturgo? ¿O vidente egolátrico? "Luego, para mis miras futuras"continúa con
su ensalmo tan dilatado , "pediría con abundacia por doquier mármoles,
granitos, pórfidos y otras piedras de cantería, sin las cuales
las naciones no pueden imprimir a la tierra olvidadiza el rastro
eterno de sus plantas".
Típica expansión de la grandiosidad sarmientina. ¿Obvia? Desde
ya que episódicamente repetida Culminaciones en las que la agresividad verbal de Sarmiento se apoya en una
suerte de metafísica de la palabra como si las palabras, divinizadas,
extrajeran su fuerza de su propia esencia: "la palabra es Dios";
y su retórica, una forma de acción. Categóricamente. Pero con los matices condicionados por "una linfa subyacente"
que recorre todo su itinerario, y que en este recoveco de 1847
aparece con nitidez coloreado no sólo por el viaje norteamericano,
sino por sus propias expectativas, avideces, codicias y proyectos
postergados. Así como también y de manera flagrante por sus
obsesivos paralelos entre los Estados Unidos y la Argentina.
Alguien comentó por ahí: "Como si Sarmiento temiera, en 1847,
que iba a perder el tren de la historia". O que ya lo había perdido
para siempre. Y de esa manera, retóricamente, intentaba desquitarse
de su fracaso. Incluso cuando en dos inflexiones laterales, agrega:
"¿No hay Providencia? ¡Oh, amigo, Dios es la más fácil solución
de todas estas dificultades!". ¿La intimidad de la carta lo anima
a confesarse así con Alsina? ¿La distancia que disolvía la etiqueta?
¿Un recurso más en la construcción de su imagen? El descaro de Sarmiento era un tópico que también contribuía a la opinión
sobre su "locura". El egotismo exasperado parece haber culminado:
no ya el Moisés profético, sino el mismísimo Jehová. Semejante
ímpetu parecería solicitar la recuperación de alguna ironía. "Algo
de objetividad". Pero, no. La grandilocuencia desenfrenada apenas
si se atenúa con un "¡País de cucaña!, diría un francés. ¡La ínsula
Barataria!, apuntaría un español". El propio convencimiento bordea
la egolatría. Su subjetividad llega a dilatarse en "un solo yo".
Y Sarmiento, con cierta complicidad que parece atenuar sus apelaciones
a la grandeur, va aclarando "¡Imbéciles! Son los Estados Unidos, tal cual los
ha formado Dios". Y como para que no quede ninguna duda, agrega:
"Olvidé pedir para mi república, y lo hago aquí para que conste,
que se me dé por vecinos pueblos de la estirpe española, Méjico
por ejemplo, y allá en el horizonte, Cuba, un istmo, etcétera".
La grandeur profética y egocéntrica implicaba pronósticos, nada menos que
el propio destino manifiesto y hasta una suerte de premonición,
hacia 1850, del big stick y de las desmesuras del Theodore Roosevelt del siglo XX (Cfr. Ray
Ginger, Age of excess: the United States from 1877 to 1914, 1975). Es un párrafo que pertenece a la misma tanda: alrededor
del 1900, uno de los gentlemen más coherentes con el proyecto sarmientino corregido y puesto
al día será Carlos Pellegrini, cuyas actitudes "pragmáticas"
no incurrirán en el escepticismo de la elite argentina que viaja
a los Estados Unidos. Mucho más próximo al primer Roosevelt, será
capaz de diferenciar su agresiva política imperial del progresismo
interior que lo enfrenta a los grandes trusts. En ningún momento
confunde Cavite con Porth Arthur, ni Lesseps con Armour o Pullmann.
Por más de una razón, sus Cartas norteamericanas publicadas en la prensa porteña actualizarán el ímpetu programático
de Sarmiento. Ni cínico ni incondicional, será el único capaz
de actualizar las profecías y el utopismo de un Sarmiento, pero
tan distante de la estatuaria como de la diatriba o la condescendencia.
Las "colosales" estatuas norteamericanas y los edificios "que
en toda la Unión asumen formas monumentales", e incluso sus exageradas
dimensiones ("dos metros más que la pirámide de Cheops en Egipto"),
en Groussac, en cambio, provocarán sarcasmos despiadados. En Sarmiento
habían estimulado las propias medidas de la imagen que se iba construyendo. Un romántico plebeyo e impetuoso/un gentleman francés, desabrido y rotundo admirador de Taine y de Renán. En
realidad "el magno proyecto" de Sarmiento y su viaje norteamericano
se sobreimprimen, hacia 1850, con su propia representación. "Sarmiento
magno viajero". Mi grandeza nos viene a decir viaja por un país
de grandezas, las contempla, las mide, las envidia, las refleja,
las comenta, y finalmente se deja impregnar por ellas hasta su
total identificación: "Me vuelvo yanqui, como usted ve", nasaliza
definitivamente halagado hacia el entrecierre de la travesía norteamericana
que ha puesto en movimiento.
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