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LOS DUEÑOS DE LA TIERRA 1892
MATAR ERA FÁCIL. "PERO NO ASÍ, NO", REFLEXIONÓ BRUN con impaciencia
y se pegó unos fustazos en los borceguíes: a él le correspondía
esperar ahí, sentado en el fondo del cañadón mientras Gorbea y
sus hombres cazaban del otro lado de esa loma. Pero ya estaba
harto de esperar y se había atado el cabestro de su caballo en
un pie. Por lo menos, quería estar cómodo, aunque con cada disparo
que se escuchaba, el animal se estremecía, sacudía la cabeza y
pegaba un tirón del cabestro. Podía ser por los disparos calculó
sin precisión o por algún tábano que lo estuviera mortificando.
"Pero no, no", volvió a refexionar. Su irritación lo obligaba
a ser preciso: no era por los tábanos que su caballo se sacudía
así ni se mataba de esa manera.
Y a causa de eso había discutido con Gorbea antes de que saliera
a cazar.
"No, no..." le había dicho como si lo fatigara discutir sobre
la mejor manera de cazar indios. "No estoy de acuerdo con usted."
"¿No? Gorbea se había sonreído blandamente. "¿Por qué?"
"Porque es mucho mejor hacer un rodeo."
"¿Como si fueran guanacos?"
"Como si fueran guanacos o cualquier cosa había asegurado
Brun. Lo importante es amontonarlos ."
"Comprendo... comprendo..." Gorbea se sobaba los brazos,
él se irritaba. "Es que usted está acostumbrado a organizar palizas
con los lobos" dijo. "Por eso prefiere un rodeo..."
Pero lobos marinos o guanacos o lo que fuera, pensaba Brun
con un malestar inseguro, era mucho mejor rodearlos y hacer un
montón para ir arrimándolos hacia la costa.
"Y no andar cazando al ojeo, de a uno..." había dicho.
"Un tirito aquí y otro tirito allá ¿eso es lo que le molesta?"
"No, Gorbea. Entiéndame: es el tiempo que se pierde.
"No es para tanto..."
"¡Sí que es para tanto! Porque como usted quiere hacer, lleva
demasido tiempo y es peligroso.
"¿Peligroso?" Gorbea no se dejaba convencer con esas cosas,
era terco con lo que alguna vez le había salido bien. "Pero si
a la gente le gusta, se divierte."
"Pero ¿nosotros venimos aquí a divertirnos o a qué?" por
un instante, Brun había creído que Gorbea le iba a decir que lo
entendía y que no se irritara porque tenía razón, pero Gorbea
apenas si le había repetido:
"A la gente le gusta, Brun" después había montado en su yegua
y había trotado hacia la loma cubierta por los pequeños cráteres
de esos nidos. Allí lo esperaban Bianchi y el manco Bond adormilados
arriba de sus caballos. Esos eran nidos de patos shacks, cientos
de nidos de barro y paja que cubrían la loma amarilla, y los caballos
de Bianchi y del manco Bond habían tenido que avanzar a los saltos;
la yegua de Gorbea, no, porque ese animal ancho los sorteó haciendo
eses.
"A la gente le gusta, Brun." Gorbea había aludido de esa manera
a Bianchi y a Bond. Ésa era su gente. Y los tres habían desaparecido
detrás de una loma. Y cada vez que sonaban los disparos allá al
fondo, se oía un aleteo y una nube de patos shacks ascendía, temblaba
un momento a unos metros del suelo y se volvía a asentar suavemente."A
Ia gente le gusta, Brun", había repetido Gorbea antes de salir
a cazar.
Brun estiró las piernas, bostezó y volvió a sacudirse los borceguíes
con la fusta: hacía más de una hora que esperaba allí sentado,
y no sólo se había sacudido los borceguíes hasta que le dolieron
las pantorrillas sino que también se había arrancado las costras
de barro de las suelas. Hasta había tenido tiempo para castigar
reflexivamente dos toscas que había elegido: una que parecía un
cigarro "Avanti", con el mismo color y la misma forma, y otra
que no era nada mas que una bolita y que rodaba entre sus pies.
De vez en cuando se marcaba un largo silencio después de esos
"¡crann!" que retumbaban del otro lado de la loma donde se extendían
los nidales de los patos shacks. Cada sicencio no era un descanso
donde él se pudiera tumbar sobre la espalda dejando que el sol
le calentara la ropa. Él sabía que cada silencio era una pausa.
Nada más. Más largo el silencio, mejor puntería, más certero el
tiro. Apretar los dientes, no respirar y que el índice de las
carabinas quedara sobre algun pecho. 0, no. Mejor sobre algún
vientre. Porque matar era como violar a alguien. Algo bueno. Y
hasta gustaba: había que correr, se podía gritar, se sudaba y
después se sentía hambre. Y esa especie de polvareda temblorosa
que con cada estampido se levantaba unos metros del suelo y se
volvía a achatar sobre la loma, podía ser una manga de langostas.
Es decir: una nube que se estremece por dentro y se desplaza oscureciéndose
por partes, como una gigantesca madrépora.
Los disparos continuaban, cada vez más espaciados, seguramente
mas certeros. ¡Craann! Sobre los nidos de patos shacks. ¡Craann! Brun seguía repasando su diálogo con Gorbea mientras esperaba:
tenía que repetírselo mentalmente hasta que lo ganara. "¡Pero
venimos a divertirnos o a qué?, había preguntado él. " A la gente
le gusta" era lo ultimo que le había respondido Gorbea. ¡Craann! Y la nube de patos, que chillaban como miles de langostas que
se estuvieran devorando entre sí, se inflaba y después se sosegaba
blandamente sobre el campo y sobre los diminutos cráteres de sus
nidos. ¡Craann! El tiempo pasaba. Más de una hora. Casi dos y todo porque Gorbea
no Ie había hecho caso. El viento soplaba del lado del mar pero
no levantaba polvo en esa loma negra y muerta, rayada por miles
de grietas. ¡Craann! Era allá, al fondo del campo donde estaban cazando. Brun no
había dicho que no quería participar. Ni eso ni otra cosa. Solamente
se había sentado en el suelo mientras la yegua de Gorbea trotaba
en dirección a los dos hombres que lo estaban esperando. Que Gorbea
hiciera lo que le pareciese mejor, al fin de cuentas era él quien
se ocupaba de cazar. Brun lo había mirado alejarse calculando
vagamente que el balanceo de las ancas de la yegua bien podía
ser del trasero de Gorbea.
"A la gente le gusta, Brun." Y en ese momento estarían galopando
por encima de esos nidos diseminados uno al lado del otro, iguales
a las raíces de un monte que acabaran de talar. ¡Craann! Talar un monte a la altura de las raíces y dejar todo ese espacio
despejado. ¡Craann! Lo que molestara tenía que ser eliminado. Que toda esa tierra
quedara limpia, bien lisa para empezar a trabajar. De eso se trataba.
Los disparos se habían espaciado. También se alejaban. Ya estarían,
por Punta Loyola, pensó Brun.
Un grupo de patos se había desprendido del resto y revoloteaba
por encima de su cabeza. Cuando planeaban bajo se les veía la
panza violeta. Ya estarían por Punta Loyola, volvió a calcular
Brun. Esta vez con mayor nitidez. Y faltaria poco. Había depositado
la fusta entre las piernas y amasaba sus dos piedras, la alargada
y la redonda, y fugazmente estableció que la redonda le gustaba
más, hasta se la podía meter en el bolsillo y llevársela para
ponerla en algún lado. Arriba de una repisa o bien para apretar
papeles. Para algo serviría. ¡Craann! Seguramente Gorbea, Bianchi y el manco Bond estarían correteando
por la playa de Punta Loyola. Ya ni bajarían de sus caballos para
esperar, porque los disparos se escuchaban uno después del otro.
Tirarían desde arriba de los caballos nomás. Una cabalgata, a
todo lo que dieran, Gorbea, Bianchi y el manco Bond. ¡Craann... craann... ! Y no era el eco. Qué iba a ser.
La nube de patos daba vueltas y vueltas por encima de sus nidos.
Ya no se asentaban. Parecían atolondrados y soltaban unos graznidos
metálicos y seguramente presintió Brun empezarían a roerse entre
ellos como insectos. Entonces sacó su Malinchester y apuntó hacia
arriba. ¡Aaanc! El estampido fue al lado de su oreja y el caballo pegó un tirón
del cabestro. Nada. La nube de patos seguía cerniéndose sobre
su cabeza. Había errado y eso era una idiotez. Tan idiota, como
que Gorbea hubiera dicho: "Un tirito aquí y otro tirito allá"
se precisó Brun y volvió a disparar la Malinchester: ¡Aaanc!. Esta vez los ojos de su caballo se agrandnron como si lo hubieran
injuriado. Y cuando Brun descubrió el cuerpo de ese pato que se
había desplomado sobre la tierra, a unos metros de sus pies, se
sintió decepcionado: su buena puntería no lo entasiasmaba y Gorbea
ni ninguno de sus acompañantes le importaban un bledo. Ya terminarían
ésos de cualquier manera, estarían correteando por la playa como
si persiguieran a guanacos o a lobos marinos en una veloz y despiadada
cacería. 0 a animales que vivían y corrían y se largaban a gemir
cuando los golpeaban, y que no se escondían, sino que atropellaban
con todo su terror, aullando con las bocas abiertas, húmedas.
No como si tuvieran miedo a morir, sino a morir delante del manco
Bond, por ejemplo. Miedo para gritar por lo que les iban a hacer
después de morir. Era eso. "El manco Bond", pensó Brun. Era famoso
en toda esa parte de la Patagonia. Bond. Y cuando esos animales
o lo que fuera caían, él los golpeaba hasta que agachaban la
cabeza, no miraban más y quedaban completamente oscurecidos como
su propia piel.
Brun tenía que seguir esperando. Allí, sentado al pie de su
caballo, en el fondo de ese cañadón completamente desierto y liso
como el cañón empavonado de su Malinchester. Pero la pistola además
estaba caliente. Claro que sí, como los cuerpos de los animales
o de los indios después de una cacería: cuando estaban por morirse
roncaban como si solamente les doliera alguna parte del cuerpo.
Los lobos marinos tenían una piel lisa y suave, los guanacos una
piel peluda y suave, y una concesión de tierra se conseguía tranquilamente
con que la solicitara uno cualquiera: algún cuñado o mejor, un
peón al que alguna vez se le había vendido algo. Primero había
que pedirla: todo era cuestión de presentar uno de esos formularios
del Gobierno. Después había que limpiarla. ¡Craann! Allá abajo seguían cazando. Ya estarían por terminar, pensó
Brun sin ninguna certeza. Era un cálculo, simplemente, porque
lo lógico era que tardaran mucho más. La nube de patos shacks
se había desinflado sobre sus nidos como una enorme víscera. Nada.
Ni un latido a lo largo de ese cañadón. Y del otro lado de la
loma estaba el mar, y el viento soplaba a ras de tierra, como
si se arrastrara. Las nubes permanecían inmóviles y a él le ardían
los ojos. ¡Craann! Los disparos se habían ido espaciando. Seguramente habría quedado
algún cuerpo enhorquetado en uno de esos nidos. Un cuerpo de indio
echado hacia atrás, con una mancha negrusca entre los muslos,
pensó con malestar.
Hubo un largo silencio y después no se oyeron más disparos.
Entonces guardó silenciosamente su Malinchester toqueteándola
varias veces para comprobar si estaba bien, Si colgaba bien. Buen
cinto, buena cartuchera.
Por fin, sobre la loma de los nidos apareció Gorbea con su
gente, pero al llegar al filo del cañadón, el grupo de hombres
se paró. El único que siguió avanzando fue Gorbea. "Demasisdo
rápido", pensó Brun. Estaba harto de esperar, pero una mayor espera
lo hubiera ratificado y Gorbea traía una bolsa que se sacudía
contra el flanco de su yegua. Entonces Brun se fue desatando del
pie el cabestro de su caballo.
-¡Ya está! anunció Gorbea desde lejos iniciando un trote
cachaciento que concluyó en seguida. ¡Ya está! repitió más fuerte
y dio unas palmadas sobre su cabalgadura. Por un mornento, Brun
creyó que era para apurar su marcha, pero no. ¡Ya está! Gorbea
señalaba la bolsa que se bamboleaba pesadamente contra su estribo.
¡Sí!
¿Mucho trabajo? Brun hablaba desde el suelo, con un aire
de incredulidad, haciendo y deshaciendo Un nudo con la punta del
cabestro.
No jadeó Gorbea. Fue fácil. Muy fácil.
¿Cazaron al ojeo?
Y, un tirito aquí y otro tirito allá.
pero... por la playa corrieron ¿no?
Un poco. Pero no perdimos nada de tiempo.
¿Así?
Sí -Gorbea estaba orgulloso de su éxito, pero se reía cubriéndose
la boca, como si incomprensiblemente temiera que lo escucharan
los que se habían quedado en la loma Y eso que es un maturrango
este Bianchi le secreteó a Brun.
¿Qué? ¿Pegó una rodada?
¡Y cuándo no! Siempre se cae: la vez pasada... Cuando fuimos
hasta la frontera y cuando lo del río... siempre.
¿Se hizo algo? Brun no estaba preocupado, sino que quería
saber todo lo que no había visto lo que le hubiera podido resultar
un contratiempo a Gorbea.
No...¡Qué se va a hacer! la risa de Gorbea era ahora incon,
jadeaba y re reía y se secaba la frente. !Si se cayó de cabeza¡
Menos mal murmuró Brun sin entusiasmo.
Sí Gorbea todavía hablaba entre jadeos doblado sobre el borren
de su montura. Menos mal... admitió pasandose la mano por la
frente. Parecía satisfecho con su sudor, con su cara enrojecida
y con el calor de su cuerpo ¿A usted no le gusta ver, eh? preguntó
bruscamente.
No vaciló Brun. Yo prefiero...presintió que Gorbea esperaba
que le dijera "Yo no sirvo para eso" o "Usted es el que hace
lo más bravo del trabajo". Y que eso lo tendría que decir humildemente,
sin titubear, justicieramente. También sospechó que le correspondía
excusarse por haberse quedado allí, sentado en el suelo, esperando,
mientras los demás faenaban. Pero, no. El viento había empezado
a soplar duramente, había que entornar los párpados para hablar
y él tenía el sol de frente. El viento le raspaba las mejillas
y ese sol morado en los bordes lo enceguecía. Había que apurarse.
¿Y la gente? -preguntó; allá al fondo esperaban Bianchi y
el manco Bond y parecían, contener a sus caballos
Conforme comunicó Gorbea
¿En serio?
¿No le digo que sí?
Pero . ¿Bond no protestó? Brun se había puesto pie, había
recogido su fusta y se sacudía los fundillos Como siempre pide
más.
¿Bon? ¡Qué va a protestar!
Y, como está acostumbrado a entregar orejas...
Ese es un tramposo. Por eso.
-Pero sirve Brun lo miró a Gorbea en la cara. ¿O no?
Sí que sirve . . . ¡Vaya si sirve! Pero a mi no me arregla
asi nomás aseguró Gorbea. A mi, Bond o la mona, me demuestran
lo que han hecho, pero bien demostrado. Nada de mojigangas. Conmigo,
si quieren cobrar me traen de esto...Gorbea se había incorporado
sobre su montura y se ponía la mano sobre el sexo. ¡De esto!
repitió, después, con cierta ternura tomó el borde de la bolsa
que colgaba sobre el flanco de su yegua y la abrió. ¿Ve? mostró.
¡Todos pagados! y uno por uno... Y nadie protestó. Ni Bond ni
nadie.
¿Pagó mucho? preguntó Brun manteniéndose apartado de esa
bolsa.
¡No, qué voy a pagar!Gorbea estaba entusiamado, ya no se
secaba el sudor, pero su cara seguía igualmente enrojecida. Pagué
lo que correspondía, ni medio chelín de más. .sacudió la bolsa
y por la boca de la arpillera fueron rodando esos muñones sanguinolentos.
"Parecidos a cebollas", calculó Brun.
¿Vio que no era necesario hacer un rodeo? seguía Gorbea.
Sí reconoció Brun. No era necesario.
Pero el tono triunfal de Gorbea no se aplacaba:
Yo tenía razón, ¿eh?
Sí...
¿Vio? Y eso que usted nunca me lo quiere reconocer.
Sí, si...dijo Brun.
Pero es que si a la gente le gusta, hay que dejarla que se
dé el gusto.