comienzo de -Quisiera saber, señores-dijo el Hada volviéndose hacia los tres
médicos reunidos junto a la cama de Pinocho,-si este desgraciado
muñeco está vivo o muerto. Si no fuera por la fecha de nacimiento asentada en nuestra libreta
de matrimonio, no podría saber cuántos años pasaron desde que
le prometí el informe que le mando. En aquel tiempo ( quizá lo
recuerde entre tantos pacientes que tenía), el milagro de la cura,
la vida, o la semivida, o la muerte, de nuestro hijo internado
en el Hospital Argerich parecía estar en sus manos. En un momento
de necesidad, probablemente por estar más atento o por justificarme
ante lo que temía apareciera como un crimen (y quizás lo haya
sido), mientras esperábamos que se decidiera su destino, le ofrecí
poner por escrito mis sentimientos, pensamientos, deseos, odios
y miedos, los míos y los de mi mujer, sobre aquel a quien, cariñosamente,
o tal vez cruelmente, bautizamos Meninjito. Usted me dijo que,
para aliviar mi alma, la idea era excelente, y que sería un testimonio
muy original y útil para la ciencia. Ficha 1 Argentina es un país formado por inmigrantes que vinieron en busca
de El Dorado que ya buscaban los españoles hace siglos y que nunca
encontraron. La mayoría, agitando la bandera de la civilización
en su marcha arrolladora, traía un relleno de alguna cultura para
compensar el vacío que habían dejado las matanzas de los indios.
Nota actual: advierto que sobre mi madre, la cual también llegó
a ser abuela, no escribí nada. No fue necesario. Baste decir que,
sin hablar de la cultura europea, a pesar de su exagerada y a
veces insoportable tendencia a la dramatización, vivió con los
pies en la tierra. Enterró a muchos y a los ochenta y dos años,
a pesar de los consejos de los médicos, sigue fumando su paquete
de cigarrillos diario, comiendo su asado y bebiendo su vasito
de vino. Se llama María, ahora le dicen Doña. Tampoco hablé de
mi hermana. Ella es siete años menor que yo y por suerte los acontecimientos
no la tocaron mucho. Una observación: el temblor cesó en cuanto abrí la caja. La única
novedad: las fichas se han puesto ligeramente amarillentas. Ficha 2 Entre esas grandes oleadas de inmigrantes, no pocos fueron bandidos
y ladrones arrepentidos que prometieron a Dios que, si los ayudaba
y triunfaban, se portarían bien por el resto de sus días y hasta
harían donaciones a la Iglesia y a los pobres. No sé si ésta es
exactamente la historia de mi suegro. Era un holandés (o danés)
que de joven pasó a Escocia. Allí tuvo un episodio, para mí oscuro,
con la hija de un jefe de clan. Parece que ella dio un mal paso
y el jefe, por una cuestión de honor, lo obligó a ponerse a la
par. Como en Escocia no quedaba mucho territorio para conquistar,
vino a la Argentina con una hija que sería mi cuñada. Dice la
leyenda: como buen puritano trabajó de sol a sol, sin desfallecer,
con esperanza y fe, luchó y amasó una fortuna no muy grande pero
merecida. Dice la realidad: no tenía chaleco de fuerza entre los
bandidos, comprando y vendiendo saqueó a lo largo y a lo ancho
de la Argentina. Pero, diga lo que digjera la realidad, tal vez
él habría merecido una biografía como modelo de triunfadores. Nota actual: veo que también me olvidé de mi suegra y de mi cuñada.
Como tuvieron una participación sustancial en la historia, sólo
diré algunas palabras sobre ellas. Ambas eran alcohólicas, sin
embargo, gracias a la coraza, lo disimulaban con elegancia y educación.
Además de esa cualidad, mi cuñada era estudiante de medicina fracasada.
Cómo le robaron parte de la herencia a Ana, cómo los vaivenes
de mi cuñada torcieron o decidieron el destino de nuestro hijo,
no podré dejar de contarlo más adelante. La que sería mi mujer, Ana, a pesar de haber nacido en tierras
argentinas, creo que llegó al país unos cuatro o cinco años más
tarde que yo. Hasta los once o doce años vivió dentro de lo que
era la gran coraza o jaula inglesa: la familia, el barrio inglés,
la iglesia protestante con su pastor inglés, el club de tenis,
la escuela. No habló el castellano, excepto mal o algunas palabras,
un balbuceo, hasta entrar en la secundaria donde lo aprendió.
Allí la conocí, en quinto año, cuando, gracias al progreso, fueron
levantadas las barreras que separaban los sexos. Técnicamente
esto se llamó "La escuela mixta". Como siempre ocurre en estos
casos, a pesar de que las conversaciones románticas posteriores
hablen de destinos y de elegidos, nos encontramos por puro azar.
Por su apellido, por su pelo rubio y abundante, que casi le tapaba
uno de sus grandes ojos azules, la llamaban "La rubia" o "La inglesa".
Hablaba poco en clase o casi nada. Buena alumna, atenta, silenciosa,
bastante alta, de un andar ligeramente cadencioso, lánguido, a
cada paso parecía dejar atrás parte de su cuerpo, que se demoraba
en unirse a la parte que avanzaba. Su belleza intimidaba. Ficha 4 Mientras mi padre iba fracasando a medida que envejecía, yo iba
creciendo de la misma manera. Cuando en los potreros y los descampados
donde jugábamos al fútbol me preguntaban cómo me llamaba y respondía
"Pedro", en el acto decían, "¿Pedro?, entonces sos polaco", por
la cantidad de polacos, ucranianos o rusos que llevaban ese nombre.
Aclaraba, "No, húngaro". "Ah, entonces tocás el violín" por esa
asociación de los húngaros con los gitanos. Y siguieron llamándome
"El Polaquito". Por la falta de coraza de cultura europea, o porque
un niño no tiene ninguna, la Argentina, con la Pampa y su cielo
estrellado, penetraron en mí con facilidad. Mis primeros años,
los de la primaria, los pasé allí, caminando todos los días al
colegio. De vez en cuando, desde un carro lechero, oía un grito,
"Che, Polaquito, ¿te llevo?" y subía al carro de Sartori o Mansilla.
Longchamps, que así se llamaba el pequeño pueblo donde pasé mi
infancia (de geografía muy simple, la estación, el quiosco del
quinielero, el bar; sobre el antiguo camino del rey o "real",
el bar del Bocha, el almacén del gallego Manuel, la farmacia del
Tío, una herrería; en una calle perpendicular, la iglesia, una
ferretería; una estación de trenes con su bar, al otro lado de
la estación, la escuela, un almacén, un bar más y alguna que otra
panadería), fue mi mundo, por ese entonces un pueblo de gauchos
lecheros. Puedo decir, sin mentir, que entre domas, asados, carreras
de sortija, riñas de gallos y carreras de caballo clandestinas,
deambular por pequeñas estancias, algunas abandonadas, por boliches
donde el "mocito" tomó ginebra, crecí entre gauchos y supe más
sobre ellos que muchos académicos especializados en el tema. Los
gauchos desaparecieron de la mañana a la noche gracias al progreso,
a la ciencia y la cultura francesa, especialmente la del señor
Pasteur. En nombre de la salud del pueblo argentino, para evitar
que los gauchos bautizaran la leche o la adulteraran de cualquier
otra manera, cosas que hacían, ah, y por el peligro de los microbios
y gérmenes, salió la ley que obligaba a pasteurizar la leche de
todo el país. Los gauchos quedaron atados a las grandes compañías
de productos lácteos, a La Armonía o a La Martona, a la oferta
y a la demanda; todo muy bien explicado, pero se tuvieron que
rendir. Muchos desaparecieron como empleados de las compañías
con sus uniformes (parece que hasta la bombacha del gaucho era
antihigiénica), o envejecieron en los boliches jugando al truco
y tomando tinto quebracho. De allí en adelante hubo que ir a buscar
la leche al almacén. Y el pueblo argentino siguió tomando leche
adulterada, pero eso sí, con marca y pasteurizada. Ese era mi
país. Nota actual: terminé de pasar en limpio la ficha y releí lo escrito.
Me pregunto ¿no estoy dilatando la historia? Es probable, parece
que hablara del Paraíso Perdido. Después de los acontecimientos
que fueron de dominio público, ese pueblo que fue mi segunda cuna,
con una leyenda que dura hasta hoy, un polaco y una rubia que
ahogaban niños en la bañadera, se convirtió en un nido de espinas.
También me olvidé de tomar nota de algo importante. En esa época,
quizás por la influencia de mi padre o porque estaba en el aire
en las charlas con mis amigos, nacieron en mí ideas muy vagas
de un mundo mejor, y de una manera más vaga aún, un mundo en cuya
construcción participaría activamente. En "La escuela mixta", la nueva etapa de la humanidad progresista
que vivíamos con los dos sexos estudiando en la misma aula no
fue fácil de digerir. Veíamos a las mujeres, probablemente ellas
también a nosotros, como seres de otro planeta. Ya no era cuestión
de blebletear sobre cómo eran "las minas" y cómo maniobrar con
ellas, sino qué hacer con las que teníamos allí delante. Las barreras
levantadas no ayudaron a la timidez de nadie. Y a pesar de haberme
diplomado de "hombre" con la Turca, tampoco a la mía. No sabiendo
o no pudiendo acercarme verbalmente, entre los tantos dones de
Dios o de la vida, recurrí al de la escritura. Con no poco trabajo,
pensando, tachando, corrigiendo, por fin pasándola en limpio,
escribí una carta. Después de consultar con varios amigos, que
la rechazaron con un "no me metás en líos", se la hice llegar
por un compañero medio bajo, gordo, anteojudo, que, contento con
esta primera misión encontró el camino de lo que sería toda su
vida, un mandadero. Fin de semana de uno de los meses de verano. Con la lapicera Parker
que me habían regalado mis patrones cuando renuncié al trabajo
de vendedor de alfombras, estoy escribiendo el principio del informe
para redondearlo. Dejo la lapicera sobre el escritorio. Sonrío,
no sé si con simpatía, o con dolor. Antes de continuar, trato
de recordar esa carta. Decía algo como "Querida compañera o Ana"...yo....digo
vos...nosotros, no creo que sea por azar que nosotros.....". ¿Habré
usado el "tú", haciéndome el romántico, o el "vos"? Estoy seguro
de que ella debe guardarla todavía junto con las otras cartas
y notas de aquella época. Decime, esa carta que te mandé y por la que nos conocimos, mejor
dicho, nos acercamos, ¿la tenés todavía? Nota actual: Ana, después de "La Turca", no fue mi "primer amor
verdadero", hubo otra de la que dudé a pesar de haberme jurado
que "era la primera vez". En algún momento, ¿habré cometido la
estupidez de decirle a Ana que la dejé por ella? Es probable,
yo, todos, para obtener la "prueba de amor", eramos capaces de
decir cualquier mentira. Creo, quiero creerlo, que Ana, con su
mirada, no hablaba de ese tipo de mentiras, sino de algo más profundo.
Miro por la ventana; ahora veo un paisaje nevado de invierno en
un país extraño. Nuestros hijos ya no viven con nosotros. De noche
estamos solos, pero tampoco llega la hora de las confesiones,
si es que hay algo para confesar y si las confesiones sirven para
algo mejor que para empeorar las cosas. Sé que fuimos y somos
solidarios. Los silencios entre nosotros son cada vez más profundos.
Unos vasos de vino ayudan a soportarlos y sobrevivirlos. Quizás
no sea más que el paso de los años. Sin embargo, creo que todavía
estoy vivo: un deseo profundo de olor a pasto, noches estrelladas
de verano, hasta el deseo del olor fresco, húmedo de la ropa que
colgaba Ana, su propio olor que se mezclaba con el de la ropa.
Ahora tenemos lavarropas y secarropas. Hemos logrado parecer civilizados.
La ropa que lavamos tiene un delicado y suave perfume impersonal.
Ese día, o tal vez el siguiente, a la salida, corrí para adelantarme
y la esperé. Como si no nos hubiéramos visto ese día, nos dijimos
"Hola", muy formalmente. La acompañé cuadras y cuadras, por las
calles de la pequeña burguesía de Adrogué, sin siquiera poder
decir, como un burgués, justamente, "Qué bonitas casas. ¿Cuánto
costarán?" De vez en cuando me miraba y sonreía. Yo, (¿"ahogado"
es la palabra?), le reproché, secretamente, que no me ayudara
o, como se dice en húngaro, que no me diera cartas en el juego.
Para colmo, se sacó el guardapolvo; sobresalieron sus pechos,
sus caderas se acentuaron gracias a la pollera escocesa que ajustaba
su cintura. Más adelante me enteraría, como un secreto, que sus
colores eran los del clan de su madre. También se dice en húngaro
que no fue de tal manera que no fuera de alguna. Ya cerca de su
casa, pude articular algunas preguntas "¿Te gusta la música clásica?",
sí, Chopin y Schubert. "¿Qué libros leíste últimamente?", a algunos
autores y libros en inglés que yo no conocía. No, mencionó a Somerset
Maugham y "Al filo de la navaja". Nos despedimos. Nota actual: otra vez miro por la ventana. ¿Qué me hace desear
que este campo nevado fuera el del sur argentino? Sí, también
anduve por allí para hacer una pequeña fortuna, al estilo de un
"negocio" muy argentino, y la nieve de la Patagonia me había recordado
la de mi infancia, en Hungría. ¿Dónde estoy? Me reubico. Domino
el impulso de levantarme e ir a verla en su estudio y decirle
que ella, de alguna manera, también mentía cuando era joven. No,
a esta hora ya no está en casa, está en su trabajo. Los impulsos
de quererla cerca siguen. Oh, lo sé, llamarla por teléfono y decírselo
es inútil. Si mal no recuerdo, alguna vez ya se lo había dicho.
Y ella, con tristeza, me respondió: "Sí, pero lo hice por vos"
o "Por nuestro amor" o "Por amor". Fue un romance o noviazgo, largo. Terminó el bachillerato y hubo
que elegir carrera. Ana, que era el varón fallido de su padre
y que lamentablemente no perpetuaría su descendencia, eligió medicina,
la misma que su hermana. Yo, por presión del mío, para quien,
como hombre progresista, orgulloso de su independencia y su cultura
pero sin diploma, tener un título profesional era la única manera
de ser alguien, de parecer un ser humano y circular entre los
hombres con dignidad, elegí la misma. Mi verdadera carrera por
aquellos años fue estar con Ana y hacer el amor en algún parque
de Buenos Aires o en el departamento de algún amigo o, cuando
la acompañaba a casa, hundidos en un ligustro. La carrera de medicina
me hartó muy pronto. La di por terminada cuando fallé en los exámenes
finales de primer año. Fallé en una carrera más; al año siguiente
empecé cursar el profesorado de matemática y física. Sólo duró
unos meses. Era mucho más cómodo, olvidándome de la Biblia, en
un rincón de cualquier bar, leer libros sobre el universo y el
infinito para viajar entre las estrellas. Nota actual: Me doy cuenta de que en esta ficha había escrito
"Creo que demoro lo esencial". Le confieso con franqueza: no sé
qué es exactamente "lo esencial". Si bien es verdad que el antiguo
temblor desapareció o se atenuó, también lo es que la sensación
de que nuestro hijo está en el hospital, y nosotros, él mismo,
sin saberlo, estamos esperando el milagro de su cura tanto como
la muerte, resurgió. De cualquier manera, usted me pidió "todo"
y describo "todo" lo que me parece necesario. Tampoco dejó de
señalar que seleccionaría el material; ya puede ir haciéndolo,
saltando a la ficha 10, en la que, herederos de dos estilos que
marcaban y marcarían hasta nuestra manera de enfrentar la vida,
se describe cómo engendramos a ese hijo, o a la 14, el accidente
de Ana ya embarazada y la intervención de un profesional médico
para curarla, probablemente otro punto "esencial". Suprimo los
tres abortos de Ana durante nuestro noviazgo, ya que con relación
a los hechos objetivos, científicos, sólo jugaron un papel de
culpa. Vuelvo a lo "esencial": ¿qué estuve o estoy escribiendo
realmente? ¿el libro que me había pedido Ana sobre la historia
de nuestro hijo, con el que me aseguraba que me haría famoso o,
sin poder evitarlo, una extraña historia de amor? Ficha 7 (continuación). El deseo de Ana puso vallas a la Pampa infinita sobre la que yo
estaba galopando. Aparentemente, nada nos apuraba. Ella recién
estaba en tercer año de medicina y le faltaban otros tres o cuatro
para terminar si todo iba bien. Sin embargo, algo había cambiado;
los encuentros no eran los mismos y si bien ella no volvió a mencionar
el asunto de la misma manera en que no volvió decir que me amaba,
la cuestión del futuro estaba planteada y tenía que atornillarme
a él. Decir que la idea me disgustaba sería una mentira; decir
que me gustaba, también. Por ese momento, la idea de librarme
de las historias monótonas de mi padre y de la dependencia económica,
parecía una razón suficiente. Como vendedor ambulante de libros,
diccionarios y colecciones, gastándome los viáticos en los bares,
fracasé rotundamente. Había que buscar algo más importante. Sin pensar que a uno le puede tocar antes, es muy probable que
muchas veces haya deseado la muerte de mi suegro, deseo muy humano.
Nunca se lo pedí a Dios ni al Diablo, pero lo cierto es que por
un cáncer que no le supieron diagnosticar a tiempo, lo tuvieron
que internar. Su coraza de cultura europea no lo salvó de la muerte.
Hogar dulce hogar: La casa nueva, bien que nuestra, no era la de mi antiguo hogar.
Aunque me sentí raro las primeras semanas, la presencia de Ana
que se movía, hacía y deshacía como si toda la vida hubiera estado
destinada para fundar un nuevo hogar, me despertaron a una nueva
realidad. Ciertos toques femeninos, un mantel sobre la mesa, un
jarrón con flores, un plato playo y encima uno hondo aunque no
hubiera sopa, servilletas, copas, tenedores y cuchillos de un
juego de uso diario, producto de la herencia (los de plata quedaron
para su pobre madre), es decir, las sobras de un rico, me permitieron
jugar al nuevo rico o al aprendiz de pequeño burgués y resultaron
una novedad a la vez que una agradable sorpresa para mí. Para
madre, que había pasado la guerra y perdido sus juegos de cubiertos,
además de un hermano y parientes, los detalles y "toques" se habían
vuelto vacíos. Tenedores y cuchillos diferentes, vasos diferentes
y el mismo plato hondo para la sopa y las comidas que siguieran.
Nota actual: mis sospechas se fueron confirmando con los años.
En la última reunión familiar con el abogado (en el fondo una
historia humana tierna y muy comprensible), como su madre había
llorado acusándola de ingrata, Ana había firmado una serie de
papeles y perdido una buena parte de la herencia, un valioso terreno
en Miramar, a favor de su madre desamparada. Unos años más y supimos
que todo, hasta lo que habría tenido que pertenecer a Ana cuando
su madre muriera, había quedado a nombre de su hermana Jackie.
Según Ana, hubo algo más. Un romance de su hermana con el abogado.
Era probable, aun teniendo en cuenta el detalle de que Jackie
estaba un poco hinchada por el alcohol, y que uno podía olvidarse
de la espuma que se formaba en su boca, como así también de los
escupitajos que lanzaba mientras hablaba, era una rubia no mal
parecida.
Puesta de sol
Al oír esta pregunta se adelantó primero el cuervo y le tomó el
pulso; después le tocó la nariz y el dedo meñique del pie izquierdo,
y cuando lo hubo examinado bien, pronunció solemnemente estas
palabras:
-Yo opino que el muñeco está completamente muerto; si por fortuna
no estuviera muerto, entonces sería señal indudable de que está
vivo.
-¿Estáis seguro de lo que decís? -preguntó el Hada.
-Segurísimo.
-Siento mucho no ser de la misma opinión de mi ilustre amigo y
colega el cuervo -dijo a su vez el mochuelo,-yo opino que el muñeco
está vivo y bien vivo; pero si por desgracia no lo estuviera,
entonces sería señal indudable de que está muerto.
-¿Estáis seguro de lo que decís?
-Segurísimo.
-¿Y usted qué dice? -preguntó el Hada al grillo parlante.
-Yo creo que el médico prudente, si no sabe qué decir, lo mejor
que puede hacer es permanecer callado.
De Pinocho de C. Collodi.
Estimado Doctor Brahe:
Lo escribí prácticamente todo, creo, en una serie de fichas numeradas.
Me pregunté muchas veces y me pregunto ahora, ¿por qué no las
pasé en limpio antes y no se las mandé o, tal como estaban, no
se las entregué allá? De las explicaciones que se me ocurren,
tal vez ninguna sea válida. El despecho: por sus ambigüedades,
las dudas y temores que nos creaba, juzgamos severamente su conducta.
Yo más que mi mujer. Es posible que me haya equivocado.
Luego, por algo tan tonto y banal como el paso del tiempo y la
vida que continuó; trabajo, revoluciones tan argentinas, los otros
hijos, el lento y penoso olvido. La necesidad imperiosa y la esperanza
del olvido total, que, espoleado por la esperanza del olvido mismo,
nunca llegaría. No quería recordar dónde había puesto el fichero;
pero, por arte de magia, volvía a aparecer reclamando exorcismos.
Y por último, si mis recuerdos no me engañan, por aquel entonces
usted ya no era joven; como neurólogo y psiquiatra conocedor de
las almas, la bondad y sabiduría que aparente o verdaderamente
emanaban de sus palabras sólo se logra con la edad. Con el paso
de los años, la pregunta que nos hacíamos podría tener cada día
más sentido, "Brahe, ¿no se habrá muerto ya?"
No, usted no ha muerto. Larga vida para el Doctor Brahe. El fichero,
que me acompañó miles de kilómetros, como una pequeña urna, está
a mi lado, a la izquierda de mi escritorio, y espera que lo abra
para cumplir mi promesa. Apoyada contra él, una revista argentina,
abierta en la página en la que aparece su foto. El título del
artículo: "A LA CIENCIA ARGENTINA, SALUD". Motivo del artículo,
el galardón internacional que recibió por el descubrimiento de
una nueva enfermedad, galardón que, por los malabarismos verbales
del periodista, parecía ser más importante que el Premio Nobel.
Sonreí ante esa banalidad nacionalista pero sonreí más, con una
leve ternura amarga, como si el tiempo no hubiera pasado, ante
su aclaración al periodista de cómo se debe pronunciar su apellido,
tal como me lo había aclarado entonces en su consultorio.
Acerca de las fichas. Vagamente recuerdo (deben haber pasado unos
veinticinco años), que usted, después de mi ofrecimiento, para
que el "asunto sea serio", me pidió todos los detalles posibles,
edad, sexo, fortuna y origen de todos aquellos que, incluídos
los abuelos y parientes, tuvieron que ver con el destino de nuestro
hijo. Cuanto más detalles mejor, y, tal vez para entusiasmarme
y facilitarme la tarea, me aclaró que no me preocupara por el
exceso o el desorden, que usted o sus ayudantes harían la selección.
Para hacerlo, entre un cuaderno de apuntes o una especie de diario
que podía perder o olvidarme en algún bar, por una cuestión práctica,
me inspiré en el método que utilizaba en el negocio de venta de
alfombras donde trabajaba: un fichero con fichas para apuntar
la información sobre los clientes.
De las quinientas fichas en blanco que tenía la caja que compré,
con la sensación de que hacía un trabajo altamente profesional,
numerándolas de ambos lados, habré rellenado unas 250 o 300. Al
principio utilizaba biromes de punta dura y fina que me ayudaban
a descargar mi rabia y, más adelante, una lapicera que se deslizaba
con suavidad y dulzura liberándome de la amargura.
En la agenda de trabajo o preferentemente en el bolsillo interior
de mi saco, fuera a donde fuere, siempre llevaba algunas; escribía
en el tren, en los bares, en el mismo negocio donde trabajaba,
y especialmente durante los fines de semana, cuando por el silencio,
el miedo, el "no queda nada que decir o hacer" y la espera, se
convertían en angustiantes a la ves que las esperanzas iban develando
su inutilidad.
Mi tarea no va a ser muy difícil: abrir la caja cerrada desde
hace diez o quince años, ordenar las fichas si están desordenadas
y pasarlas en limpio con la máquina de escribir. Recuerdo que
algunas están sucias y tienen manchas; me gustaría poder decir
que son de las lágrimas vertidas por el dolor pero son de mate
o café. De hecho, con sólo pensar en abrir la caja, el viejo temblor
reaparece; la esperanza de olvidar se habrá convertido en droga
y el remedio, en homeopático. Mi ilusión del exorcismo definitivo
del sueño que me persigue desde hace décadas, la visita nocturna
y fantasmal de Meninjito, se debilita. ¿Debo confesar de que,
a pesar de todo, la espero?
¿Desde dónde escribo? Creo que no tiene mayor importancia. Este
es un país de largo invierno, de verano breve pero con céspedes
verdes y bien cortados, con muchas flores y árboles numerados.
Un país de Utopía donde El Dorado, orden y limpieza en todas las
estaciones, se ha convertido en realidad. Comienzo a escribir
en invierno, en una casa, al lado de una ventana; afuera, un campo
nevado del que asoman algunos pinos que no marcan ninguna senda.
Los reflejos del sol sobre los cristales son violentos pero apenas
entibian.
Por último, no pido disculpas por la calidad de escritura de mi
informe. Si bien hubo días en que quise ser escritor (una caja
grande de cartón con "material informativo" que me fue trayendo
y sigue hasta hoy mi mujer para la gran novela, así lo indicaría),
no fueron más que picazones primaverales como la de aquellos que,
a los dieciocho años, enamorados, quieren ser poetas para expresar
mejor su amor.
El camino duró un año, Doctor. Y como buena parte lo recorrimos
juntos, es mejor dejar la despedida para el final.
Los antepasados o los orígenes; mis padres:
Mis padres también eran inmigrantes, con un relleno y una coraza
de cultura europea, de Hungría, exactamente. Además de su cultura,
nos traían a mí y a mi hermana.
Mi padre nunca logró triunfar en América. Su pequeño taller para
fabricar juguetes de madera, jamás llegó a convertirse en una
fábrica cuyas chimeneas se alzaran hacia el cielo para la gloria
del Señor. Apenas logró comprar, al borde de la Pampa, una casa
modesta con una cocina grande, de puerta y ventanas abiertas en
verano. Allí mismo, en invierno, la cocina de leña alimentada
por los recortes de su taller ronroneando constantemente, hablaba
de las glorias y del refinamiento de la fabulosa cultura europea
con las que justificara su fracaso: "Estoy imbuido de las normas
del industrial europeo, de la honradez y del precio justo. Vivo
entre bandidos, con una coraza, un chaleco de fuerza de moral
y ética que no me sirvieron de gran cosa. No cabe duda, hijo mío
(si estaba con mi hermana, "hijos míos") que cometí un error muy
grave, en vez de conquistar y saquear, trabajé". Suspiraba. "O
no tuve coraje para saquear. En otras palabras, no hice historia
y nadie escribirá mi biografía como un modelo de los pobres que
llegan en tercera clase y que hacen la América".
Vivió protegido por la coraza de cultura hasta que el óxido del
tiempo y de la historia la perforó. Hombre ligeramente de izquierda,
gran lector y orgulloso de su independencia, con una buena carga
del Iluminismo y de la Ilustración a cuestas, a veces cansaba
y aburría con su visión utópica del futuro, del paraíso que nos
darían la ciencia y el progreso.
Igual que yo, se llamaba Pedro y con los años los vecinos le agregaron
Don. Con el nacimiento de mi hijo, fue abuelo.
Los padres de mi mujer:
Como era natural, tenía su coraza de cultura europea que rellenaba
con whisky escocés y cigarros cubanos u holandeses. Hablar en
inglés fue la prueba definitiva de su superioridad y la de la
familia entera. Yo, a los diecinueve años, no era para él más
que un gitano pobretón. Y no le faltaban pruebas: era húngaro
y llevaba el pelo muy largo, en consecuencia, era indigno de su
segunda hija, a la que yo, sin embargo, pretendía. Sólo lo vi
una vez en mi vida, una noche de verano, en la que impulsado por
el amor, el calor y el deseo, fui a su casa para buscar a la que
era mi novia, Ana. Lo encontré sentado en el porche del hermoso
chalet, fumando un cigarro y bebiendo whisky. Cuando, después
de saludarlo, pregunté por Ana, me honró poniéndose de pie. Tambaleando,
dio unos pasos para, de acuerdo con la hospitalidad escocesa,
darme la bienvenida. Con fuerte acento, voz de mando y agitando
el cigarro, me gritó: "Mí no lo conocer. Fuera. Desaparecer".
Recuerdo que era pelado.
Para la familia de Ana, formalmente muy inglesa, yo siempre existí
como si no hubiera existido. Aunque hubiera hecho el amor con
Ana sobre el pilar del portoncito de entrada del chalet, habría
sido lo mismo. Esas sí que son corazas de cultura.
No quiero hablar mal de mi suegro. A pesar de no haber querido
verme jamás, en el fondo no era mala persona. Hasta humano, quizás.
Gracias a la ley argentina, no hubiera podido, tal como amenazó
muchas veces, desheredar a su hija si se casaba conmigo, un gitano.
La herencia de Ana fue el pilar sobre el que construimos nuestro
propio nido para la felicidad eterna.
Ficha 3
Ladies first: mi mujer.
Yo personalmente:
Terminé la primaria y cursé la secundaria. Además de caminar hasta
la estación, con un grupo de amigos, tomaba el tren todos los
días y el mundo empezó a ensancharse. También comenzaron mis lecturas
interminables y confusas, mi interés por las ideas que regían
o cambiarían al mundo. Por esa época, en charlas y discusiones
intelectuales, empecé a demorarme en los bares de Adrogué, Lomas
de Zamora y Temperley; su continuidad serían los de Buenos Aires.
Supongo que por esa misma época, alimentado por la cultura libresca,
empezó a definirse mi carácter: fácilmente irritable, rebelde,
podrido para muchos. Algunos intentos de mi padre para crearme
una coraza de cultura europea, como aprender a escribir y a conocer
la historia de Hungría en el Centro Húngaro, o enviarme como boy
scout a alguna que otra colonia, fracasaron rotundamente. Si bien
era verdad que ni tenía la coraza de cultura europea ni la adquirí,
también lo es que, de mi padre, heredé esa manera un poco amarga,
irónica, descreída de hablar, tan húngara y tan argentina.
A los catorce o quince años, perdí mi virginidad o gané la hombría,
no como se la solía perder o ganar en esos tiempos, haciendo cola
en las obras en construcción, sino gracias a un ferroviario llamado
Pepe quien, en sus horas libres, los sábados y domingos, para
ganarse algunos pesitos extra explotaba a la Turca, una árabe
que se ganaba así su vida y la de sus hijos, después de que la
abandonara su marido. Un domingo por la tarde, en que iba a jugar
al fútbol, encontré a Pepe tomando mate frente al cuartucho del
potrero en que vivía y me preguntó si conocía "la cara de Dios".
Me ofreció "un servicio de primera", con "carne importada" para
el banquete, con "el forro incluido" y "pago en cómodas cuotas
mensuales, aquí tenés a un servidor y un amigo", porque yo no
tenía todo el dinero.
Una pieza, una radio con música de tango, apenas un halo de luz
por la ventana oscurecida con papeles de diario. Yo temblaba y
buscaba en la oscuridad. Algunas palabras de la Turca como "vení,
no te voy a morder", me orientaron. Manipulaciones de sus manos.
Las mías, nerviosas, fueron frenadas antes de que llegaran a la
cara de Dios: "No, la herramienta no se toca". Mirando sus ojos
negros iluminados por un halo de luz, ojos lindos que se distraían
con el cielo raso, grandes pero opacos, secos e indiferentes.
Y con la esperanza de que me miraran para probarme que yo estaba
allí y existía, llevé a cabo mi ceremonia de iniciación. Una vez
terminada, sin haber visto la cara de Dios, sino sólo conocido
algo, sin que supiera en ese momento qué, extrañé el calor y el
amor. Me quedó el sabor amargo de lo no acabado.
De cualquier manera, el conocimiento me fue útil para pavonearme
entre mis compañeros del Nacional.
Ficha 5
La fundación de una familia o de una nueva generación; el romance:
Levanto la cabeza y, como si volviera de otro lado, me descubro
en una casa quinta con un jardín sin cuidar, y por eso hermoso;
veo a nuestros hijos, pequeños, una parejita, jugando en la arena.
Ana, mi mujer, tendiendo la ropa en el jardín. Estoy cansado,
hace tiempo que quiero dejar de escribir, de terminar, completar
el fichero, tal vez mandárselo a Brahe, o cerrarlo para siempre.
Me pongo de pie, empujo la puerta mosquitero y salgo.
Me acerco a ella, el olor fresco de la ropa húmeda me golpea la
nariz. Me sonríe con la misma reserva de siempre. Le digo:-
Vacila. Se le borra la sonrisa. -
¿Para?-
La quisiera leer.
Piensa.-
La debo tener en alguna parte. -
¿La podrías buscar?-
Bueno, cuando termine...-sus ojos azules se me clavan-...creo
que sería mejor que no la leyeras.-
¿Por las estupideces que dije? -ahora soy yo el que se sonríe.-
No, es que...¿sabés?...cambiaron tantas cosas -dice. -
¿Por las mentiras? -pregunto.
Antes de que le preguntara, ya sabía que ella no me respondería.
Sin embargo, como una respuesta, sus ojos siguen clavados en los
míos. Que yo interpretara o pensara lo que quisiera. -
No creo que yo...pasaron tantos años...no sé por qué...-y no sabiendo
que más farfullar, me alejo. ¿O me escapo?
Tomo la Parker y continuo escribiendo. Era una carta larga, de
eso me acuerdo. Debía haber muchas mentiras involuntarias, dictadas
por el entusiasmo juvenil. A esa edad uno se cree las propias
mentiras. Sólo años más tarde...sí, a veces, todavía, le digo
que la quiero.
Recuerdo la respuesta que me trajo, contento, el que había encontrado
la misión de su vida. Una hoja de cuaderno, sin encabezamiento,
ni saludos, sólo dos frases breves y su firma: "Sí, podés acompañarme
a la salida del colegio. No me molesta pero no sé si me gustará".
Ficha 6
Continúa el romance:
Seguí acompañándola. Eran verdaderos paseos. Hablar sobre los
compañeros de clase o sobre los profesores, no dio mucho resultado.
"Me gusta" o "No me gusta" era lo más que conseguía de su sonrisa
en la que brillaban sus hermosos dientes. Había sido educada en
un ambiente inglés donde la discreción era la norma. Comprar y
leer "Al filo de la navaja", para tener un tema en común, tampoco
dio mucho resultado. Lo había leído hacía tiempo y no se acordaba
bien y, lánguida, con un dejo de pereza, me dijo "No tengo ganas
de leerlo de nuevo".
Las calles se convirtieron en túneles, y los paseos en desganados
y aburridos.
Los conciertos gratuitos de la Facultad de Derecho por la noche,
Chopin y Schubert, los cines los domingos por la tarde, fueron
pretextos verdaderos para nuestras salidas. Vigilada severamente
por su padre como virgen que era, por el honor que él no había
respetado pero cuyas consecuencias conocía, no tuvo que inventar
pocas historias y fabricar mentiras para que la dejaran volver
a las diez de la noche. Hubo parques en vez de conciertos, corazones
que latieron acelerados, caricias cada vez más audaces, el deseo
profundo y el acuerdo mutuo. Y, un domingo por la tarde, en vez
del cine, hubo un dormitorio donde, sin decir "es la primera vez",
perdió la virginidad.
Ficha 7
Fin del romance:
Ayudando a mi padre en su taller ganaba unos pesos que no daban
para mucho más que un viaje a Buenos Aires, una pizza, un paquete
de cigarrillos y algunos cafés para charlar con los amigos en
un bar, amigos que empezaban a desaparecer en sus metas del futuro.
Pero en aquel tiempo todavía con un café se compraba un rincón
cálido en un bar y una platea desde donde contemplar el escenario
que es el mundo. Fumando, se podía dialogar con los amigos que
no estaban, fantasear borrosamente con hacer algo grande en la
vida o ser un gran novelista y compensar los fracasos que ya,
sin darme cuenta, empezaban a corroerme. Los personajes del bar,
aquel viejo jubilado que lee el diario, esa parejita, aquel, que
como yo, está sólo de paso o espera, eran materia prima para tejer
fábulas o perderse especulando sobre la vida de otros.
Doctor, creo que demoro lo esencial, pero mi profundo aprendizaje
del dulce no hacer nada, el nirvana, ¿no es esencial? Bares, anochecer
y lluvias a través del ventanal, el humo del cigarrillo, el incienso,
frente a una taza de café vacía, un lugar, un templo pagano para
mí. La Iluminación; a través de uno, el mundo fluía sereno y sosegado,
sin angustias, pleno de reflexiones vagas y flotantes, mientras
esperaba a Ana con su guardapolvo y su caja con instrumentos quirúrgicos
que, como un sonajero, anunciaba su llegada. Sí, Ana, que sólo
una vez me dijo que me amaba y que, tan reservada como siempre,
se me había entregado totalmente. Su cuerpo, su abandono, fueron
el lenguaje más elocuente. No le pedía al hombre más que eso,
que lo fuera. Ningún reproche ni pregunta ni maldita planificación
del futuro. Un refugio, alguien en quien apoyarse, era todo lo
que quería. O así lo quería creer yo.
Un día la esperaba en un bar cerca de la Facultad. Oí el sonajero
y apareció Ana con un pelirrojo con pecas, impecablemente vestido
y con un portafolio de cuero: un modelo de ser humano. Graciosamente,
oh Ana, no esperaba eso de vos, me lo presentaste como un ex pretendiente.
Apenas abrió la boca para saludar, por su acento y su nombre,
Robby, supe que ése era el ideal, el modelo que tu padre autorizaría.
Sentí celos. Apenas se sentó con miles de cuidados para no ensuciarse,
le espeté, "¿Sos inglés?". "Sí". "Pero ¿inglés inglés o naciste
aquí?" "Por accidente nací aquí". "¿Y no hablás bien el castellano?"
"¿No es suficiente el que hablo?". Una ironía suave, delicada,
sugería que probablemente yo no hablara el inglés.
Era un personaje importante, agente y representante exclusivo
para toda América del Sur de los famosos aviones Bac One Eleven
con motores Rolls Royce, el último grito para vuelos internos.
Con sorpresa, descubrí que los aviones se vendían como los caramelos
o las galletitas, sólo variaba el precio. Fue como descubrir un
mundo ignoto. Me preparó para más adelante para aceptar con naturalidad
la venta de los Exocet, las bombas, los gases venenosos y los
cohetes intercontinentales. No sé si para joderme a mí o para
impresionar a Ana y probarle la calidad del tipo que se perdía,
el Robby abrió el portafolio y sacó una carpeta. Después de llamar
al mozo para pedirle un café y que limpiara la mesa, desplegó
un folleto multicolor en el que aparecía el avión en corte transversal
con flechitas y nombres. Más que explicaciones técnicas, Robby
se explayó sobre el prestigio de los motores Rolls Royce, una
de las compañías británicas más grandes del mundo, sobre velocidad,
confort, altura de vuelo del avión y su precio: cada avión costaba,
si mal no me acuerdo, once millones de dólares y la comisión de
Mister Robby era del 4%. No me pareció mucho. Sabía que existían
comisiones de hasta el 10 o 20 %. Por amabilidad, en vez de preguntarle
por qué miraba el reloj cada 30 segundos, le pregunté: "¿Cuántos
aviones vendiste?" "Todavía ni uno". "¿¡Ni uno!?", exclamé con
la envidia satisfecha. "No, todavía no. Pero si vendo uno, y las
posibilidades son grandes, son cuatrocientos cuarenta mil dólares.
Me compro una estancia y no trabajo más".
Esa noche, cerca de la casa de Ana, después de salir del ligustro
en el que nos habíamos perdido, durante el último abrazo de despedida
frente a su casa, Ana me susurró: "Si fueras agente de aviones,
con uno que vendieras, podríamos comprar una casa, vivir juntos
y tener hijos".
Fue el fin del romance.
Intentos:
Robby tenía la representación del Bac One Eleven y la de los Boeing
y los DC parecía que las tenía algún otro. Vender cajas fuertes
no era lo mismo, pero era algo parecido. Si vendía una caja fuerte
o una cámara acorazada a cada banco de la argentina, podría pensar
en no trabajar más. Vironia Escandinava era una compañía internacional
en cajas fuertes, como Rolls Royce en motores. Por lo menos así
lo aseguró el vendedor-profesor que dictó el curso para venderlas.
Primera norma del vendedor, creer en lo que vende más que en Dios,
en este caso, en que las cajas Vironia eran las mejores del mundo.
Eran las únicas que sobrevivían a los incendios, terremotos y
maremotos. Eran indestructibles o inmortales. Eran el altar de
la seguridad. Con la nueva fe, aprendí a meter miedo a la gente,
robo, incendio, un futuro aciago y miserable si no compraban la
caja Vironia. Asimilé otros argumentos de venta para cuando el
cliente preguntara por el precio, cómo responder con otra pregunta,
"¿cuánto vale un hombre?", aprendí a explicar que si a un ser
humano muerto se lo reduce a papilla, se lo seca, evaporada el
agua, qué queda: un poco de calcio en polvo, algunos minerales
y sales, en consecuencia, no vale nada. Conclusión: lo más importante
es su función, lo mismo que la de la caja Vironia. Casi convencido
de que no valía nada, pero con entusiasmo para hacerme valer,
con un viático miserable, un portafolios de la empresa con folletos,
facturas y recibos, salí a la calle. Destino y zona asignada:
El Tigre. El libro para leer durante el viaje, como para no contaminar
las cosas sagradas que acarreaba en el portafolios, lo llevaba
en la mano.
En tres meses leí muchos libros sin que se me develara el misterio
del universo y del infinito, de los que cada vez me alejaba más,
y soñaba con mundos mejores en otros planetas. Nunca me enteré
del por qué de esos sueños. Al fin y al cabo tan mal no me iba:
mi libertad era total. Casi como un turista desocupado, conocí
barrios y pueblos nuevos, me demoré en bares desconocidos, o en
los ya conocidos, cada vez con menos amigos, y no vendí ninguna
caja.
La libertad tiene un precio. Como no lo pagué, exactamente igual
que en la compañía de libros, en Vironia me dieron las muchas
gracias. Mi propias patitas me devolvieron a la calle.
Ana fue sabia: "Necesitás un trabajo con horario fijo".
Ficha 8
Que en paz descanse y el casamiento:
Murió porque todos somos mortales. Ana lo quería a pesar de que
le repugnaba su alcoholismo. El día del entierro, alguien tenía
que quedarse en casa y ella se había ofrecido para hacerlo. No
había dejado de avisarme. Apenas vi desaparecer el cortejo desde
la esquina, corrí, vacilé ante el portón de la entrada; no, mi
suegro no estaba sentado debajo del porche. Recorrí el caminito
entre el césped verde, pisé por primera vez el umbral del hermoso
chalet de Ana, y entré.
Rara es la vida, no sé cómo se festeja la muerte, ni qué oscuras
fuerzas entraron en juego en ese momento. Se cerró la puerta.
No nos dijimos ni una sola palabra; ella empezó a retroceder o
yo a avanzar. Los dos estábamos agitados. Un pasillo, su grito,
el límite: "¡No, en ese dormitorio no!". Y fue en el suyo, donde
dijo haber soñado conmigo tantas veces. Las lágrimas asomaron
y después lloró, apretándome, sin soltarme, con su cuerpo, siempre
más expresivo que sus palabras, me reclamó una vez más, abierta,
desesperada por espantar y colmar el vacío que había dejado la
muerte.
De la muerte no nace la vida. Ella dijo: "No fue elegido". Fue
su último aborto.
Los gusanos de la tierra y los abogados se pusieron en acción
casi simultáneamente. Si Ana era callada, se volvió más callada
aún. Lleno de sospechas y temores, quise ayudarla en los trámites,
pero, por ley, nada tenía que ver con el asunto. Cuando unos seis
o siete meses más tarde, los abogados terminaron su tarea (como
un mentís a las teorías de Vironia o a las técnicas de venta,
el padre de Ana valía más muerto que vivo), se planteó qué hacer
con la parte que le tocaba de la herencia. Le dije que podríamos
comprar una casa y casarnos, comentó "Sí, de acuerdo, ya lo pensé,
pero no era así como lo quería". Mi pregunta "¿Y cómo lo querías?",
fue inútil y absolutamente estúpida, temo que hasta hiriente.
Sus ojos azules, fijos en los míos, hablaron por ella. Recordé
los Bac One Eleven y las cajas Vironia.
Ana recibió su parte de dinero con el comentario en inglés de
mi cuñada, que Ana me tradujo: "Con ese gitano no vas a ir a ningún
lado. Te va a dejar en la miseria". Nada respondí. Pensé en los
gusanos que, como los abogados, ya habrían terminado con mi suegro
y hambrientos, estarían frotándose las manitas esperando a mi
cuñada.
Compramos una casa con un jardín descuidado al fondo, en el mismo
pueblo en el que yo había crecido. El dinero no dio para más.
Su única ventaja: no estaba al borde la Pampa, sino en el pueblo
mismo, cerca de la estación para que Ana no tuviera que caminar
mucho de noche cuando volviera de la Facultad. La cocina era amplia,
como para vivir en ella, pero en vez del ronroneo y los chisporroteos
de la cocina a leña, escucharía el siseo continuo del gas. Amoblamos
la casa con los muebles los peores que le tocaron de la herencia,
salvo un hermoso y antiguo reloj de pared, que su madre y hermana
creían no funcionaba. Me bastó darle cuerda para ponerlo en marcha.
Pudimos comprar algunas cosas. Ana tuvo un cuarto para estudiar.
Dos amigos, uno del Nacional y el otro de la infancia, del pueblo,
como testigos en el Registro Civil, un almuerzo en casa de mis
padres, ese fue nuestro casamiento.
Aunque ya nada quedara de lo que me tironeaba hacia mi viejo hogar,
sigo extrañando el ronroneo de la cocina a leña. El que crece
al lado del fuego, sus llamas y el chisporroteo de la madera que
se consume, sin saberlo, recorre la historia de la humanidad.
El siseo de la cocina de gas, si bien es un consuelo para la soledad,
mucho más sereno que el estrépito de una radio, no es tan apto
para evocar leyendas y uno, por la nostalgia, idealiza cocinas
legendarias.
Sea como fuere, yo era un ser con coraza de civilizado y la humanidad
no había evolucionado en vano. Las sonoras campanas del reloj,
durante los silencios, aunque hubiera perdido la fe, me permitían
imaginarme en una catedral, en una unión o un encuentro que tal
vez no llegara nunca.