Hay 193 especies de monos y simios vivos. Un simio nunca parece tan simio como I En el Campus, por el sendero de grava roja sobre una ladera, subía
rumbo al salón donde se realizaría el "party" de beneficencia de la Fundación con los beneficiados presentes.
II Decir, como decía Marlow sobre Lord Jim, que "era uno de los nuestros",
probablemente fuera inapropiado. Hablar de mutantes o fenómenos
o milagros religiosos o científicos, también. Afirmar que lo tomé
como un "fenómeno natural", sería una mentira; que me asombré,
verdad a medias. Hablar de una ambigüedad de mi parte, una duda,
como cuando uno está frente a un loco dado de alta, o a un idiota
que esgrime su certificado de inteligencia, por lo menos al principio
de su relato, sería lo más apropiado. Si bien yo no fui educado,
acostumbrado ni domesticado por Disneylandia y su magia, después
de haber vivido quince años en tierras en las que los saquitos
de té y las galletitas hablan y bailan en las pantallas de televisión,
es posible que mi capacidad de asombro se haya deteriorado y corroído. Dos palabras sobre mí. Mis padres eran franceses, colonos en Argelia,
"botas negras" como se los solía llamar. El triunfo de la revolución
argelina, no habiendo lugar para ellos en Francia, los obligó
a mudarse a Argentina, a una provincia del norte del país. Yo
tenía siete años y una hermana de quince. La ayuda recibida del
gobierno francés, pronto se acabó y la prometida por el gobierno
argentino, por rebeliones inútiles de mi padre que nunca se pudo
adaptar, o por error, nunca llegó. Nos fue muy mal. Mi madre desapareció
a los tres años y pronto la siguió mi hermana. Por el prestigio
de las "francecitas" que todavía latía en el corazón de los argentinos,
encontraron una manera fácil y cómoda de ganarse la vida. Yo me
quedé con mi padre que se volvió alcohólico y murió años más tarde,
borracho, cantando la Marsellesa. Me fui a Buenos Aires. Trabajé
en todo lo imaginable. Hablar francés me dio la oportunidad de
encontrar trabajos mejores. Tal vez en los bares, por demasiados
sueños no realizados y de ver tantas películas, se despertó en
mí la pasión por el cine. Estudié dirección cinematográfica. Obtuve
un título y no supe qué hacer con él. Creí, como un tonto, por
anécdotas, por uno o dos ejemplos de triunfo que ocultan miles
de fracasos, que el Norte me brindaría lo que no me daba Argentina.
Emigré a Canadá. Perdí para siempre a mi madre y a mi hermana,
descubrí que mi lengua ya no era el francés y el inglés nunca
lo llegará a ser. Escribo en castellano. III Me quedé observándolo, había dicho, con la deformación profesional
con la que me gano la vida y como si fuera la única manera de
sobrevivir hasta la tumba, con la zanahoria de la ilusión frente
a mi nariz, la de haber encontrado, por fin, el tema, "mi película",
que me llevaría a la fama; entrecerrando los ojos, a través de
una lente que formé ahuecando las palmas de mis manos: el pelo
que le cubría los brazos era blanco con destellos plateados, hubiera
pasado por albino si algunas manchas marrones, incluso en su barba
y su pelo como una cresta, no lo desmintieran; su frente era amplia,
no de mono precisamente, pero tampoco de un ser humano, o tal
vez, alguna variante de las tantas registradas por los antropólogos;
los años, la pérdida de pelos, habrían contribuido a ello. Las
cejas eran espesas y blancas, con algunos pelos negros, pronunciadas
sobre sus ojos azules que muchos alemanes envidiarían, con algunas
nubes, ahora lo notaba, ojos que lanzaban de vez en cuando un
destello, quizás el alcohol había empezado a circular por sus
venas; la piel de su cara era color piel justamente, dorada o
tostada. Hablar de su altura en ese momento, sentado en la silla,
era difícil; digamos que su cuerpo era macizo, grueso y emanaba
solidez. Pantalones vaqueros, camisa roja a cuadros, un reloj
digital en su muñeca, eran sus adornos exteriores y ayudaban a
completar la sensación o la imagen humana. Se dejó "enfocar",
muy satisfecho de sí mismo me pareció, con una sonrisa debajo
de su nariz ancha, ligeramente respingada, sonrisa que acentuaba
de vez en cuando y que dejaba ver una hilera completa de dientes
perfectos, blancos, con los incisivos apenas pronunciados. Debo
decirlo, era atractivo. O fotogénico. Su mandíbula recordaba a
algunos actores de Hollywood, famosos por sus mandíbulas, justamente.
Algunas aclaraciones más: en mi relato utilizo la palabra "americano"
o "norteamericano" según "el punto de vista". Ninguna de las dos
corresponde a la realidad; ¿quién creería que un argentino no
es también un "americano" o que un mejicano es un "norteamericano"?.
Tal vez ésta sea una aclaración inútil. El mundo está "americanizado".
Prueba: mi madre y mi hermana para obtener el éxito que obtuvieron
como "francecitas", ahora tendrían que teñirse el pelo de rubio,
usar vinchas, polleras y camperas de cuero. O, por lo menos usar
"jeans" para participar de la marcha colectiva, sonámbula, del mundo.
Silver
192 de ellos están cubiertos con pelo. La excepción
es el simio desnudo que se llamó a sí mismo Homo sapiens.
Desmond Morris.
cuando viste bonete y toga de Doctor.
Thomas Fuller, Gnomología Nº 6382
Dedico este libro a la memoria de mi padre y a la de mi madre.
Y a mi hermana que comparte conmigo nuestra breve historia,
para algunos simiesca, que nos tocó vivir.
Una norteamericana, una amiga, en fin, que distraía mis horas
de tedio que no eran pocas (de esto no estoy muy seguro, era más
bien yo quien llenaba algún hueco de su agenda atestada con miles
de tareas), activista entusiasta y enérgica de la Fundación, más
que invitarme, había solicitado mi "colaboración" para "entretener"
y "divertir" tanto a los invitados como a los beneficiados. Con
placer hubiera dicho que no, gracias, pero me había asegurado
que yo tendría mucho "fun" y que sería una "experiencia" única,
original, fantástica, no sólo por la naturaleza de la fiestita,
sino por ser una ocasión "especial" en la que se repararía una
antigua injusticia. Ah, y que yo, a pesar de la originalidad de
los beneficiados, no correría ningún peligro. Ante la amenaza
de perder su favor, la pereza de buscar otra, yo, resignado, había
aceptado.
La grava crujía bajo mis pies. Arriba, las puertas de cristal
del salón brillaban reflejando el sol. Vi a otros que entraban.
Miré la hora, todavía tenía algunos minutos. Me detuve, giré y
observé el Campus: desierto. Tal vez no; el sol arriba, el camino
de grava que se perdía entre unos árboles, allá un banco, demasiado
lejos para ir a sentarme y descansar un rato; verde, mucho verde,
el césped prolijamente cortado, ni un yuyo, nada original diría,
sólo lo esperado, arbustos, plantas, flores, a la izquierda un
río o un lago, bosques, ardillas saltarinas, pájaros piadores,
todo esto me decía que el ser humano era bueno y tolerante, que
el mundo era bonito, que sólo había que saberlo vivir y desmentía
que fuera un desierto; no sería más que mi sensación.
Suspiré. De sobra conocía el tipo de "colaboración" que se me
había pedido y la naturaleza de esos "partys". En quince años de emigración había visto más de uno. Hasta,
para hacer "circular" mi nombre y acrecentar mi fama de realizador
cinematográfico, fui "sponsor" o "patrocinador" de alguna banda alegre de niños mogólicos o
idiotas, o paralíticos en sillas de ruedas. Más de una vez, me
vi obligado a "infundir optimismo", a declamar un mensaje de aliento,
de fe y esperanza, a hablar del progreso imparable de la ciencia,
de un futuro de dicha, futuro, en el que, los que en ese momento
parecían escucharme, sin importarles mucho ni entenderme, estarían
tan muertos como yo. Finalmente, miraba con alivio, cómo los retiraban
y los volvían a guardar en el mismo lugar de donde los habían
sacado. Esta "metodología" de infundir optimismo, si la puedo
llamar así, era y es universal y se aplica no sólo a los idiotas,
mogólicos o paralíticos, sino también a los ancianos, a los enfermos
terminales, a todas las deformidades de la vida que no queremos
aceptar. O, en el caso del "party" de ese día, a unos seres "very and really" originales.
Crujió nuevamente la grava, llegué frente a la puerta, pisé el
escalón del umbral y empujé la puerta; que no habría alcohol,
ni una miserable cerveza, que estaría prohibido fumar, de eso
estaba seguro. Adentro, aire acondicionado, animación, pero una
animación discreta, serena, un murmullo equilibrado, un deslizarse
de observaciones que no pueden herir; los beneficiados, vestidos
con vaqueros, algunos sentados con una pipa apagada en la boca,
o un bastón, o un vaso en la mano, asentían o gruñían ante las
observaciones delicadas o preguntas, probablemente más delicadas
aún. Sentí un ligero mareo; ¿quién beneficiaba a quién?, ¿quién
entretenía a quién?. Era la imagen perfecta de un mundo ideal
lograda nada más que con la dulzura de las palabras. Ninguna violencia.
Al descubrirme, mi amiga se precipitó con los ojos brillantes
de entusiasmo y una carpeta en la mano sacudida por la emoción.
Buscó entre los papeles de la carpeta, sacó uno, (oh, organización
admirable en la que la organización lo devora todo y no queda
más posibilidad que admirarla), me arrastró y me presentó al candidato
que yo tendría que "entretener y divertir". "Ven, te presento
a Silver. Es más gentil que un ser humano". Saludé con un "Hi" y le di la mano; me la estrechó suavemente, inclinó la cabeza
y lanzó un suave gruñido. Su actuación o imitación era perfecta.
Yo, loco de alegría al ver que estaba en una silla de ruedas,
tomé dos vasos y una botella de jugo de naranja (vasos y botella
de plástico, probablemente para que los beneficiados en un arrebato
de la loca alegría de vivir, no se partieran la cabeza o se cortaran
con los vidrios rotos), los puse en la bandeja de la silla, me
aferré de las manijas que asomaban del respaldo y lo empujé hacia
la puerta; mi agasajado o paciente o beneficiado, no sabía cómo
llamarlo, pesaba como una mole. Mi amiga, con la preocupación
en la cara, me pareció, me siguió hasta la puerta dándome consejos,
informándome que el "party" culminaría con la entrega de no sé que a no sé quién, y que Silver
desempeñaría un papel importante, que no me perdiera el remate
o la mesa de los "souvenirs", y que por favor lo trajera de vuelta para esa hora, mientras
trataba de alcanzarme el papel que había sacado y que recomendaba
leer encarecidamente para saber cómo debía tratar y comunicarme
con mi agasajado. Abrí la puerta, tomé el papel, lo doblé, lo
metí en el bolsillo, y dejando detrás las ineludibles presentaciones
con los "His", los "Nice days", los "Hav are yous", los "Reallys", los de dónde es usted, los qué interesante, los cómo es el clima
de su país, los cómo son los indios de allá, en resumen, la "alegría
que reinaba" y la "atmósfera agradable", enfoqué la silla de ruedas
por la rampa para discapacitados, le dí un empujón y dejé que
me arrastrara al aire libre, hacia la libertad. Mi entusiasmo
para escaparme me impidió registrar la hora exacta en que debería
traerlo de regreso.
La grava cuesta abajo fue la prolongación natural de la rampa;
la mole me siguió arrastrando, pasé al lado del árbol con el banco
y seguí, seguí empujando hasta que me cansé. Me detuve entre unos
árboles, y no podía ser menos, bajo uno de ellos, a la sombra,
todo perfecto, todo está previsto, una mesa de pic-nic combinada
con asiento ofrecía su albergue.
Con un último esfuerzo, lo empujé al lado de la mesa, lo inmovilicé
con el freno y con un suspiro de alivio, me senté. Saqué los cigarrillos
y la petaca de vodka, me serví, la diluí con jugo, prendí un cigarrillo,
pité, un trago, pité, y dispuesto a olvidarlo hasta que llegara
la hora de devolverlo a su jaula acolchada, traté, una vez más,
de perderme en mis ensoñaciones para que me llevaran lejos, no
sé a donde, pero muy lejos, fuera del Campus que sería seguramente
el oasis del saber pero que, para mí, era el desierto de la vida.
Un ligero roce en mi manga. Lo miré: con su dedo grueso y peludo,
estaba señalando el vaso que había quedado en la bandeja. Le hablé
en español.-
Perdonáme. Soy un mal educado.
Llené su vaso con jugo de naranja.-
A tu salud -le dije en español y alcé mi vaso.
No tocó el suyo. Estiró el brazo y señaló la petaca.-
WAW, como dicen por acá. Te enseñaron o aprendiste bien.
Eché un chorrito en su jugo. Ahora sí, lo tomó y fue él quien
recordó el brindis, brindamos. Mi repetición de la palabra "salud",
pareció tener un eco. Su "hacer como si" era perfecto. Más que
humano, diría, nuestra caricatura; sus ademanes, apuntando el
paquete de cigarrillos y sus dedos índice y medio que se llevó
a sus labios, me lo confirmaron.-
Mi Dios, vos sí que sabés vivir. Sólo te falta hablar y tener
una novia.
Le di un cigarrillo. Se lo encendí. Pitó con deleite, con placer,
entrecerrando los ojos, y largó el humo de la misma manera. Pensé
que satisfechas sus necesidades primarias, me dejaría soñar tranquilo.
Volví a mi trago y a mi cigarrillo. -
Lo siento. Yo no hablo español, -oí en inglés, una voz honda,
gruesa, que salía de un pecho que vibraba.
Miré alrededor. Nadie. Lo miré a él; barba y pelo casi blancos,
dos ojos redondos, azules, tal vez tristes, una sonrisa melancólica,
o quizá ligeramente irónica.-
¿No... serás de...Alabama?...¿No? -pregunté en inglés, dudando,
inseguro.
Acentuó su sonrisa.-
No, soy de Gabón y me llamo Silver. Pero eso ya lo sabes. -de
un trago se bajó el vaso.
Me quedé observándolo.
Durante quince años di vueltas erróneamente, buscando el lugar
justo y exacto en el que me encontraría con el triunfo y el éxito,
en vez de buscar el lugar que me diera la tranquilidad y la paz.
Como si fuera un aparte en el mundo, en los laberintos que recorría,
encontraba a muchos iguales a mí. Pocos triunfaron, muchos desaparecieron
o se esfumaron. Más de una vez estuve a punto de lograr el éxito,
o me pareció. Ocultando mi origen francés-argelino, obtuve una
aureola de latinoamericano, una atmósfera "interesante" a mi alrededor.
Soy moreno y unos bigotes estilo mejicano me ayudaron. He hecho
algunas películas cortas, escrito algunos argumentos de películas
largas que nunca se filmaron. Nunca le he hecho el juego al folclorismo
que esperaban de mí; siempre me he negado a poblar mi país adoptivo
con espíritus, gauchos, gnomos u otras magias. Como director de
cine fracasado, me gano la vida como profesor de la materia. En
mi portafolio de profesor ambulante, contratado a tiempo parcial,
tengo otros cursos que ofrecer, "La historia del cine latinoamericano",
"El cine latinoamericano y la censura...o las dictaduras, militares
o no", temas éstos muy valorados en Canadá y Estados Unidos, países
libres y democráticos por excelencia. Probablemente yo sea el
único que sabe que después de quince años estoy tan lejos de Latinoamérica
como de Marte. Los magníficos archivos de las Universidades y
de diversas Fundaciones, iluminados y sin cucarachas, compensan
y suplen con verosimilitud esa deficiencia.
Bajé las manos. -
¿Soy bonito? -preguntó mientras yo notaba o tomaba conciencia
de una banderita norteamericana en uno de los caños del respaldo
de su silla.-
Aceptable.
Adelantó el corpachón y puso el vaso sobre la mesa.-
Un poco más, por favor -pidió- ¿Cómo te llamas?.-
Marco, para servirte-, y le serví una buena dosis, puro.
Alzó el vaso, dijo "Salud" en español y se lo bajó de la misma
manera que antes; de un golpe.
Silver estuvo callado un rato. Serio, mientras sus ojos cada vez
más brillantes recorrían los alrededores, yo eludía la pregunta
más obvia "¿Cómo aprendiste a hablar?". Como desconozco el arte
sutil, quizás derivado de la educación inglesa, de hablarle a
un sordo como si me oyera, para mostrarme "natural" y hacer la
vida más bonita y agradable, articulé la siguiente:-
¿Cómo llegaste hasta aquí?
Silver detuvo sus ojos sobre mí y echándose hacia atrás, sonrió.
Ya no me cupo ninguna duda que poseía todos los atributos y adornos
del ser humano. Apenas hubo comenzado su relato, la duda que me
hubiera podido quedar sobre su capacidad y nivel mental, también
desapareció.
Las palabras entre comillas y las traducciones son debidas a mi
propia decisión. Silver no tuvo la oportunidad de revisar la versión
final. Las interpretaciones sobre el mundo y sobre los seres humanos,
son de Silver. Que era culto, mucho más culto que muchos "cultos",
de eso no me cabe duda. Disponía de mucho más tiempo para culturalizarse
y humanizarse, (si estas dos palabras pueden considerarse sinónimas),
que los seres humanos propiamente dichos que hablan de "las grandes
cosas de la vida".
Pasó más de un año desde esa tarde de verano, un sábado, durante
la cual, en el Campus de la Universidad de Stanford, Silver me
relató su historia. Ahora, en otra Universidad, en otro desierto,
en el oasis de mi habitación de una residencia estudiantil, más
barata que la de un hotel, transitoria como todas, en Canadá,
afuera frío, viento y nieve, después de leer una noticia en una
revista científica que me llegó como me llega todo, por pura casualidad,
por no tener a quién contarle la historia, la cuento en el papel.
Y escribo sobre Silver, como sobre un amigo, a veces sospechosamente,
sin exclamar "Silver soy yo", como sobre mí, como sobre un rincón
cálido, acogedor, que ha desaparecido para siempre. Me doy cuenta
ahora.
Pero esencialmente, la historia es de él. Probablemente, los arrebatos
poéticos u otras banalidades, sean míos.