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Ambito Financiero | 25 de agosto de 1999

 

Pablo Urbanyi, escritor argentino que vive en Canadá, habla de su nueva novela

Máximo Soto
"No vale la pena escribir si no se hace con ironía"

En su nueva novela Pablo Urbanyi construye una ficción en el futuro que le sirve para cuestionar la conducta de quienes se denominan intelectuales.

Pablo Urbanyi nació un  Hungría y a los ocho años viajó a Buenos Aires, donde se hizo argentino y, más tarde, periodista y narrador. Hace unos veinte años se fue a residir a Canadá, pero no dejó de escribir con el «típico humor criollo». Ahora, luego de siete novelas que manejan los más diversos géneros, acaba de publicar «2058, en la corte de Eutopía», una sátira sobre el mundo futuro. Viajó a Buenos Aires para presentar su nuevo obra y dialogamos con él.

Periodista: ¿Ahora escribe ciencia ficción?

Pablo Urbanyi: Muchas veces el escritor es víctima de la clasificación en géneros. No creo que haya escrito una historia de ciencia ficción, sino que pretendí con «2058, en la corte de Eutopía» hacer una proyección de nuestra situación, pensado en el futuro; traté de imaginar qué puede llegar a ocurrir. Si se la quiere considerar una obra de ciencia ficción, que se lo considere así, pero pienso más bien que se trata de una prospectiva ficcional.

P.: ¿De qué trata su nueva novela?

P.U.: Es la historia de un escritor al que le golpean a la puerta y lo invitan a un banquete donde irán los notables de esa comunidad para celebrar el Centésimo Aniversario de Eutopía. Eutopía, para mí, significa Europa. El personaje siente que le dan la categoría que en su vanidad merece como escritor aunque, en ese aspecto, es poco productivo. Durante el banquete ocurren cosas que le hacen dudar de si lo que lo rodea está vivo o es sólo una pesadilla. Entre las muchas situaciones que ocurren hay una «conversación culta» donde las grandes eminencias europeas se pelean. Es una especie de sátira a la cultura del mundo en que vivimos, y de la actitud política de los escritores de ficción, con sus sordideces y humillaciones, algo que no es algo regional, de un país en particular, sino algo ya globalizado. Esa actitud solemne, y a la vez frívola, parece haber dejado de lado las grandes preguntas, y hasta las elementales como: ¿para qué estamos en este mundo?

"Escribir en contra"

P.: ¿Por qué eligió como protagonista un escritor?

P.U.: En general la diferenciación entre narrador y personaje son muy inseguras, nunca están claras. Traté de transformar mis propios sentimientos en materia de ficción.

P.: Usted confiesa que le sirvió la frase de Augusto Roa Bastos: «No vale la pena escribir si no se escribe en contra».

P.U.: Eso me lo dijo un día que lo entrevisté, cuando yo trabajaba en el diario «La Opinión», y había publicado mi novela «Un revólver para Mack», una sátira a la novela policial. Esa frase del escritor paraguayo me marcó, y pienso que hoy, por lo menos en el terreno de la ficción, se escribe muy poco en contra de las ideas habituales.

P.: ¿Usted en contra de qué escribe en esta novela?

P.U.: Desgraciadamente es difícil expresar brevemente lo que escribí en extenso. Pero escribo en contra, entre otras cosas, de la parodia de la generosidad del mundo rico, en contra de la fascinación de las multimedia, en contra del voluntarismo de la felicidad de nuestra época, en contra de la nostalgia, del formalismo y la pasividad de los que se denominan intelectuales. Hay excepciones, como Antonio Tabucchi o Gunther Grass, pero entre los que señalo veo a una serie de escritores latinoamericanos que gustan pasearse por las cortes y los banquetes buscando palmaditas en las espalda. O los que viven soñando con el Primer Mundo como si fuera el de la alegría fácil y, yo que vivo en él, sé que se vive más deprimido que en otras partes.

P.: Se podría pensar, por lo que dice, que escribió una novela dura, ensayística, crítica, y sin embargo usted elige para narrar el humor.

P.U.: Eso es más fuerte que yo, es mi naturaleza, mi estilo. La sátira me brota sola y no puedo dejar de ironizar. El autor de «Todo lo sólido se desvanece en el aire» sostiene que hoy sólo se puede escribir con ironía. Aun en mi novela anterior, «Puesta de sol», que es una historia trágica, apuesto al humor, no el ligero de esta novela, pero humor al fin. Hoy, a no ser dentro del género humorístico, que es eso: un género, no veo que se escriba con humor. Falta esa ironía que tuvieron los clásicos, que tuvo Borges. Si lo logré o no, para mi es un intento; lo dirá el lector.

P.: A diferencia de otros trabajos suyos, en esta novela se puede encontrar un vínculo con algunas novelas de Leopoldo Marechal.

P.U.: Es posible, acaso, con «El banquete de Severo Arcángelo». Para mí, «Adán Buenosayres» es un obra difícil de leer pero que es casi una obligación leer; como el «Ulises» de Joyce, que es un plomo pero se tiene la obligación de leerlo. El «Banquete» de Marechal es otra cosa, más ágil, y claramente metafísico. Yo no pretendo llegar a tanto.

P.: ¿Por qué sus ironías son contra las novelas de amor?

P.U.: Tengo prevención con ellas. Es un tipo de escritura que idealiza aquello que tanta veces falta; por eso en mi novela se repite la canción de los Beatles que dice que «lo único que le falta al mundo es amor». El amor tiene que ser una realidad y no una fantasía. Esto no quiere decir que no haya grandes novelas de amor como «Rojo y Negro» o «La cartuja de Parma», y tantas más. No estoy en contra de ellas, estoy en contra de la distorsión, contra tratar de compensar al lector con historias que sólo servirían para una telenovela de la tarde.

P.: ¿Estar radicado en Canadá modificó su forma de escribir?

P.U.: Creo que profundamente. Me llevó tiempo poder escribir «Puesta de sol», una novela sobre la Argentina. Tuvo que ver con un choque con un mundo totalmente distinto. En principio apareció como el paraíso perdido, luego fui descubriendo que detrás de esas pantallas, de esas empleadas atentas y de uñas pintadas, se escondían angustias y tragedias. Las tragedias de las familias tanto canadienses como norteamericanas. En la mayoría de los bestsellers norteamericanos el problema, o uno de los problemas, es el divorcio. Otro problema, la soledad o la incomunicación. Eso me invadió y me hizo alejarme de Buenos Aires. Con el tiempo fui volviendo. Lo que nunca perdí es el humor argentino. En mi caso, relacionado con el húngaro de mis orígenes.

P.: ¿El periodismo lo ayudó a escribir literatura?

P.U.: Me fue muy útil, me enseñó a expresar lo más brevemente posible, lo más posible. El haber conocido las bambalinas del mundo de los escritores, ver cómo son arrastrados por los vientos del ego, me sirvió para después poder ironizar sobre ellos, como lo hago en este libro.


 

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