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Ambito Financiero | 29 de septiembre, 1999

 

Pesadilla climatizada

2058. En la Corte de Eutopía
Por PABLO URBANYI

Ahora que la utopía global ha decretado la caducidad de las utopías, no abundan los que entienden qué significa un título como este.
Sabido es que Thomas More, al concluir la descripción de su Estado ideal, observó que, más que Utopía ("en ninguna parte"), de existir su país merecería el nombre de Eu-topía ("el buen lugar").
Pablo Urbanyi ya había escrito un libro llamado En ninguna parte (1982). Le quedaba pues por visitar eso que llama Eutopía, la utopía global. Nacido en Hungría, crecido en Argentina y hace tiempo radicado en Canadá, Urbanyi no necesita asumir una perspectiva extraterrestre para mirar al mundo actual: le basta con ser argentino. De todos modos, lo que parece descubrir en todas partes es la misma frivolidad.
Más grotesca que Silver (1994) –la historia de un mono que recibe los beneficios de la civilización para volver a ser relegado a la selva por obra de piadosos ecologistas– 2058 es una sátira desbocada, una "historia verdadera" a la manera de Luciano de Samosata, con algunos guiños a otros grandes sarcásticos como Swift y Huxley.
Su personaje es un escritor argentino del montón, con pava y mate incorporados, que una noche sueña con verse envuelto en un indescriptible banquete. El ágape está consagrado a celebrar el centenario de la Unión Europea con una pompa que mezcla el rococó con los multimedios.
Estamos en 2058, pero los comensales son de hoy, reciclados o criogenados con todos sus vicios y hasta sus virtudes. Aquí están los Tres Tenores, Bill, Boris, Mrs. Thatcher y otros conocidos. Pero los peores de todos son los Grandes Escritores Laureados, que se pavonean, hacen merchandising y no dejan de hablar de sus traducciones y reediciones. No falta aquel que hace exhibicionismo por TV confesando sus pecados de juventud y de vejez, logrando convertir sus claudicaciones en hazañas. Tampoco los Genéricos, especializados en halagar a todos los segmentos del mercado.
Faltan los pensadores y estadistas, pero sobran los sponsors. Además, el propio banquete es ilusorio. No hay más comida que proteínas recicladas de dudoso origen y no se bebe otra cosa que agua mineral. Nadie deja de jurar que ama la Cultura y los niños pobres de los países desfavorecidos, pero las estrellas son las porristas, las modelos y el cuerpo de seguridad. Líderes mundiales y artistas obsecuentes rivalizan en frivolidad, participando de un show multimedial, contantemente rubricado por ese himno de la posmodernidad (canonizado por Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento) que es We are the World.
Sobre el final del sueño, algo de la dura realidad parece asomarse por las ventanas y se comienza a intuir que los convidados han estado bailando en la cubierta de un descomunal Titanic.
Aunque el autor no sea explícito, se diría que cualquier parecido de Eutopía con el mundo de hoy es deliberado.

Pablo Capanna

 

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