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Pesadilla climatizada
2058. En la Corte de Eutopía
Por PABLO URBANYI
Ahora que la utopía global ha decretado la caducidad de las utopías,
no abundan los que entienden qué significa un título como este.
Sabido es que Thomas More, al concluir la descripción de su Estado
ideal, observó que, más que Utopía ("en ninguna parte"), de existir
su país merecería el nombre de Eu-topía ("el buen lugar").
Pablo Urbanyi ya había escrito un libro llamado En ninguna parte (1982). Le quedaba pues por visitar eso que llama Eutopía, la
utopía global. Nacido en Hungría, crecido en Argentina y hace
tiempo radicado en Canadá, Urbanyi no necesita asumir una perspectiva
extraterrestre para mirar al mundo actual: le basta con ser argentino.
De todos modos, lo que parece descubrir en todas partes es la
misma frivolidad.
Más grotesca que Silver (1994) la historia de un mono que recibe los beneficios de la
civilización para volver a ser relegado a la selva por obra de
piadosos ecologistas 2058 es una sátira desbocada, una "historia verdadera" a la manera
de Luciano de Samosata, con algunos guiños a otros grandes sarcásticos
como Swift y Huxley.
Su personaje es un escritor argentino del montón, con pava y mate
incorporados, que una noche sueña con verse envuelto en un indescriptible
banquete. El ágape está consagrado a celebrar el centenario de
la Unión Europea con una pompa que mezcla el rococó con los multimedios.
Estamos en 2058, pero los comensales son de hoy, reciclados o
criogenados con todos sus vicios y hasta sus virtudes. Aquí están
los Tres Tenores, Bill, Boris, Mrs. Thatcher y otros conocidos.
Pero los peores de todos son los Grandes Escritores Laureados,
que se pavonean, hacen merchandising y no dejan de hablar de sus traducciones y reediciones. No falta
aquel que hace exhibicionismo por TV confesando sus pecados de
juventud y de vejez, logrando convertir sus claudicaciones en
hazañas. Tampoco los Genéricos, especializados en halagar a todos
los segmentos del mercado.
Faltan los pensadores y estadistas, pero sobran los sponsors. Además, el propio banquete es ilusorio. No hay más comida que
proteínas recicladas de dudoso origen y no se bebe otra cosa que
agua mineral. Nadie deja de jurar que ama la Cultura y los niños
pobres de los países desfavorecidos, pero las estrellas son las
porristas, las modelos y el cuerpo de seguridad. Líderes mundiales
y artistas obsecuentes rivalizan en frivolidad, participando de
un show multimedial, contantemente rubricado por ese himno de
la posmodernidad (canonizado por Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento) que es We are the World.
Sobre el final del sueño, algo de la dura realidad parece asomarse
por las ventanas y se comienza a intuir que los convidados han
estado bailando en la cubierta de un descomunal Titanic.
Aunque el autor no sea explícito, se diría que cualquier parecido
de Eutopía con el mundo de hoy es deliberado.
Pablo Capanna
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