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"Puesta de sol", de Pablo Urbanyi, es una atractiva novela de
terror metafísico
El humor atenúa un argumento dramático
Puesta de sol
Por PABLO URBANYI
Esta, el algún lugar, es una novela de terror. Aunque no corresponda
con los lineamientos usuales del género. Un matrimonio joven,
normal, a raíz del nacimientos de un hijo deforme y no apto para
la vida, cae en un mundo alucinante. Los esposos se ven enfrentados
a una jauría de "especialistas" y tecnólogos interesados en prolongar
la vida del niño de manera por completo artificial. En efecto:
se trata de un caso interesante. Ello brinda la posibilidad de
una serie de experimentos científicos y pseudocientíficos. Herr
Doctor Menguele movería aprobatoriamente la cabeza. El libro está
contado en primera persona, desde el punto de vista del horrorizado
padre. La ironía de la obra es ácida, violenta. De no ser por
los maravillosos chistes, que llenan las páginas, se haría difícil
leer sucesos tan deprimentes. Es como un Vietnam chiquitito, para
una sola familia. La novela resulta, también, una denuncia de
lo morboso, de la crueldad disfrazada de amor. Algo así como gremlin
vestido con la piel de cordero. Pero hay mucho más. La soledad
de la pareja. El hecho cierto de que las situaciones límites suelen
desnudar vacíos ontológicos. Los agujeros negros de la insaciabilidad.
Uno de los platos fuertes del libro son unos armenios con quienes
trabaja el personaje principal. La venta de alfombras es para
ellos su mística. Son como charlistas norteamericanos, capaces
de hacerle creer al cliente que un felpudo es una joya hecha a
mano en Teherán. Son alfombras mágicas, como las de Aladino. Hasta
vuelan y todo (o poco menos). El que compra una será más viril
y trasformará su casa en un palacio encantado. El Shah de Irán,
en sus épocas de gloria, era una nada al lado de lo que será el
cliente (siempre y cuando compre, claro). La parte de los armenios
es la más deliciosa de la novela, pero toda ésta constituye un
libro fuerte, digno de ser leído.
Sergio Martínez
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