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Concurso
de Pablo Urbanyi
A Alberto Szpunberg
¿Qué puedo mostrarte allí, en el fondo de esas arcas enormes? No quedan más que cenizas.
RAÚL GUSTAVO AGUIRRE
eranito de San Juan en un pueblo, a pocos kilómetros de la capital. Desde un amplio altillo y a través de su ventana abierta, el Astrólogo, sentado en un banquito, escudriñaba el cielo con un pequeño telescopio y las cartas astrales en la mano. Estudiaba, modestamente, la marcha cósmica del universo que regiría nuestros destinos. Y mientras yo vigilaba la pava sobre el brasero, el Filósofo, tirado en una reposera, parloteaba sobre el hombre, su triste condición de ser humano, sobre su vida cotidiana frente al mundo, y a lo sumo hacía observaciones sobre el pasado mañana
Caían las noches sobre la tierra; el bar de la ruta cerraba sus puertas. De allí rumbeaba hacia la casa que el Astrólogo y el Filósofo habían alquilado para sus meditaciones profundas. Antigua, sólida, una casa «ideal para los tiempos convulsionados que corren», explicaba el Filósofo; paredes y tirantes gruesos, una casa «ideal para los cataclismos que se avecinan», amenazaba el Astrólogo.
Me reunía con ellos casi todas las noches. Como la mayoría de la gente del pueblo, nos conocíamos desde pibes. Nuestras conversaciones sobre el ser, la nada, el azar y el destino se salpicaban con los chimentos que yo traía del bar, con las actividades del lechero, cartero y vecinas, denunciadas por el Astrólogo, que no siempre apuntaba su telescopio al cielo (sus adivinaciones pasmaban), y con los comentarios irónicos del Filósofo, que con las debilidades humanas veía confirmada su sabiduría.
A media noche hacíamos un asadito sobre el brasero, comíamos algunos chorizos y morcillas con discretos tragos de vino; después, bien entonados, nos dábamos las buenas noches y nos íbamos a dormir.
Para bien o para mal, cada tanto, la luna aparecía en la ventana, pero también, cada vez con más frecuencia, sirenas ululantes aullaban por la ruta y a veces se metían por las calles de tierra. Los vecinos encorvaban sus espaldas, y de noche, de noche no más, se apartaban por las dudas, uno del otro.
Sólo el loco José deambulaba con tranquilidad a cualquier hora. Con una botella de vino en una mano, un palo en la otra, surgía en la oscuridad entonando algún canto o verso de su cosecha.
Yo ya no encontraba la puerta abierta; tenía que golpear con fuerza y en clave: el Filósofo o el Astrólogo me abrían, atravesábamos el living atestado de libros y subíamos al altillo forrado con madera.
Esa noche, la luna llena, servida en bandeja para el Astrólogo, desbordaba el marco de la ventana; el croar de las ranas y el cantar de los grillos hacían vibrar los rayos blancos del astro y creaban una atmósfera encantada. El calor, la festividad de los batracios, los informes meteorológicos, el dolor de callos de los viejos vecinos, todo anunciaba tormenta o por lo menos una intensa lluvia.
La pava ronroneó: cebé el primer mate; se lo alcancé al Astrólogo, que apartó su ojo del telescopio. Después de devolvérmelo, se quejó de la luna.
La muy maldita, como una mujer, toda la luz para ella, nada para los demás astros.
Así en el cielo como en la tierrael Filósofo.
O en la tierra como en el cieloretrucó el Astrólogo.
Aménconcluí.
Me puse a chupar. Una ronda de mate, algunos tiros sueltos en la noche, sirenas, y la voz desalentada del Astrólogo.
Les informo que desde hace un tiempo a esta parte los astros están hechos un quilombo sideral y es casi imposible predecir. Así andan las cosas.
¿No será que los hombres influyen sobre los astros?el Filósofo.
Los hombres con sus acciones quizá, andá a saber, con las explosiones atómicas que hacen vibrar la tierra, con todos esos satélites, exploraciones espaciales y la mar en coche, trastornan los cursos regulares de las esferas celestes.
El Astrólogo, con los ojos cerrados, chupó beatíficamente. Recibí el mate, lo llené, se lo pasé al Filósofo, que reemplazó la pipa por la bombilla.
Encendí un cigarrillo; pensativo largaba el humo; el Astrólogo se acariciaba la barba descorazonado; el Filósofo alisaba su pelo largo. Se escucharon tableteos. Un alarido quebró la lejanía.
¿Y las cartas?pregunté al Astrólogo.
El Tarot, Gerardo, es para el día o para cuando el cielo está nublado; pero como las cartas está regidas por los astros, también están alteradas.
¿Y la bola?
Señalé la esfera transparente sobre una mesita con un mantel salpicado de estrellas. La lechuza, que descansaba sobre un leño seco al lado de la bola, me miró con sus ojos dilatados.
El suspiro del Astrólogo casi hace caer la luna.
No sé, no sé qué pasa. Desde hace un tiempo, algún mago negro o algún brujo obstruyó su luminosidad. Cada vez que la consulto aparece un ahorcado que me saca la lengua.
Largó un bufido y con los brazos enlazó su vientre voluminoso; el Filósofo observaba las volutas de humo de su pipa; puse la pava sobre el brasero.
Una nube oscura cortó por la mitad a la luna; nuestras caras se ensombrecieron y se tensaron. Nos hundimos en profundas meditaciones.
Nuevamente tiros, el alarido esta vez más cerca, tableteos: nos miramos.
¿Carnaval ?
Todavía falta.
O ya pasó.
Hervor de la pava. La retiré de las brasas con un trapo, la deposité a mis pies, le saqué la tapa; humeó. Le agregué agua fría.
Pasó la nube. Nos volvimos a iluminar. El Filósofo se estiró en la reposera, bostezó. Le alcancé un mate.
¿Qué les parece la idea de escribir una novela policial? preguntó y devolvió el mate.
¿Y eso a qué viene?
¿Cómo se te ocurre?
Hoy fui a Buenos Aires, a buscar libros a la calle Corrientes y ojear las últimas novedades; me enteré que se abrió un concurso de cuentos policiales en una revista. Cinco premios; cada uno, dos pasajes a París y diez días de estadía en los hoteles más lujosos, todo pago.
Ahhh, ohhh, París, la ciudad eternadijo el Astrólogo.
Me parece que ésa es Romaobservó el Filósofo.
El Astrólogo tomó aliento.
Ahhhhhh, ohhhhhh, París, la ciudad luz.
El Filósofo asintió complacido.
¿Y para qué cuernos ir a París?pregunté.
Los dos me miraron como a un débil mental.
Gerardo, Gerardo, TODO cambia después de un viaje a París explicó con beatitud el Filósofo. Seas quien seas, después de un viaje a la ciudad luz, te iluminás y te convertís en otra persona, aunque sólo hubieras echado una meada al pie de la Tour Eiffel.
No te entiendo.
Claro, Status, Jet Set Internacional, toda la milonga de las capas medias. Además, una fuerte identidad: no es lo mismo decir quinielero Romero, ex policía, que el señor Gerardo Romero, autodidacta que estuvo en París.
La explicación parecía convincente. Seguí cebando.
Con decirlescontinuó el Filósofoque los círculos literarios están todos alterados, casi histéricos. Los que tienen influencia sobre los integrantes del jurado y fe en sí mismos, ya encargaron las pilchas y empezaron a hacer las valijas. Como nosotros, a pesar del consejo del viejo Vizcacha, no tenemos amistad con los jueces, propongo hacer un cuento que les chupe las medias.
¿Cómo sería ese cuento?preguntó el Astrólogo.
Gerardo nos cuenta alguna anécdota de sus andanzas de policía, o mejor, de detective, ya que la policía está un poquito desprestigiada, o puede ser de la policía, pero lo haremos pasar como de un detective privado o investigador duro, y entre todos le damos unos toques de misterio circular en un ambiente retinado con exuberancia salvaje. ¿Okey?
¡Okey!se entusiasmó el Astrólogo y se frotó las manos.
Los dos empezaron a torcer sus bocas con gesto severo y entrecerrar los ojos con expresión perversa y ladina.
Tiros, tiros en la noche y una sirena, tal vez los bomberos por la ruta.
Mirá Filósofo, no lo veo; qué querés que te diga, y no tengo ganas de viajar, me siento bien aquí. Aun suponiendo que ganemos un premio, somos tres para dos pasajes; alguno tendrá que quedarse.
No seas tonto. Primero: podemos mandar varios cuentos; segundo: los franchutes que otorgan los premios, a pesar de ser muy amarretes, son gente culta y comprensiva; la empresa es seria y responsable. Si ganamos un solo premio, ¿serán tan cornudos de no tirarnos un pasaje más? No te preocupes, podemos mandar varios cuentos, es cuestión de meterle. Adelante.
De la mesita tomó un cuaderno, lo abrió a la luz de la luna, y como un escolar aplicado, esgrimió la birome.
Veamos: un desaparecido, violencia, un muerto ensangrentado, suspenso y misterio, tensión, sexo, un premio x, castigo al culpable, ésta es la fórmula. Te escucho.
No sólo se me puso la mente en blanco, sino que la invadió el silencio, un silencio que penetraba por la ventana, desde el campo, desde el horizonte, sin ranas ni grillos.
Un crujir de bisagra de la puerta del jardín o de la luna.
La música de las esferasel Astrólogo sacó la cabeza por la ventana.
Un alarido, eco de la luna, un hachazo, lo obligó a meterla dentro. Al Filósofo se le cayó la birome y quedó con la boca abierta; la lechuza, sobre la mesa, aleteó despavorida.
El alarido se transformó en rugido:
¡Romero! ¡Romero!me llamaba.
Me puse en pie de un salto.
A vos. A vosexclamaron simultáneamente apuntándome con sus dedos.
Dejé el mate sobre la mesa.
La luna iluminaba la boca de la escalera de madera, que crujió con mis zancadas; crucé el living, corrí el pestillo de la puerta, la abri.
El alero de entrada: Dolores, mi compañera, y una vecina, doña Carmen, con el pelo gris revuelto, la ropa deshecha, la cara arrugada, levanta los brazos y da un paso:
¡Mi hijo, se llevaron a Juan!
Me toma de la camisa y me sacude.
Cálmese, señora; cálmese, por favor.
Llora, gime; no entiendo nada.
¿Qué pasó, Dolores?
Vino a casa, quería verte; le secuestraron al hijo; la traje aquí.
Señora, por Dios, ¿qué tengo que ver? Esto es asunto de la policía, vaya y haga la den...
Me sacude. Toma aire.
Fue la policía, y vos sos policía.
Separó los labios y lanzó un alarido entre los tiros y gritos de la noche.
Doña Carmenle hablé con dulzura, ya no soy más policía; ahora levanto quin..., ahora soy escritor.
No me escuchaba. No me soltaba.
... Mataron a mi marido y aaa...
¿Qué?
... Se pelearon con ellos, defendieron a Juan y..., y...
Llantos roncos, entrecortados. La aparté. Dolores la abrazó.
Giré hacia la casa, subí los escalones del porche; al abrir la puerta, me encontré con el Astrólogo y el Filósofo, pálidos.
Oímos todo.
Es terrible.
Trágico.
Es un lindo caso, bien actual, y con sangre. Tenés que investigar dijo el Astrólogo.
¿Y ustedes?
Nosotros no tenemos experiencia. Seguiremos atentamente el desarrollo de los acontecimientos y tomaremos apuntescontestó el Filósofo.
Pero..., pero... ¿qué haremos exactamente?
No entendiste. Vos investigás, nosotros te damos todo el apoyo logístico necesario, buscaremos adjetivos y repudiaremos el crimen.
Inclino la frente, pienso, digo como para mí:
¿Y por dónde empiezo?
Por donde te parezca mejor; lo único que te pido es que no hagas gansadas y que tengas en cuenta al jurado.
¿Y si lo veo al comisario?
Muy buena idea. Estamos en cordiales relaciones: yo le doy clase a los hijos, el Astrólogo le tira las cartas y vos le pasás la mensualidad.
Me doy vuelta.
¡Ojo!, no muy largo; máximo tres mil palabrasdice el Filósofo.
Me acerco a doña Carmen.
Dolores de un lado y yo del otro, la llevamos en andas.
Señores del jurado, veranito de San Juan en el pueblo, les informo que ya cesaron los tiros y los gritos. Los grillos y las ranas vuelven a cantar.
Mientras arrastro a doña Carmen bajo la luz de la luna, se abren ventanas, asoman cabezas y otros se suman a nosotros; desde el fondo, desde más allá, desde acá no más, formamos un cortejo.
Pienso en París. ¿Cómo será?
Alguien trae la noticia: el comisario no está en la comisaría, está en su casa. El grupo se detiene, empieza a girar en círculo, giramos un rato.
Vamos a su casa. ¡Vamos!dice doña Carmen.
Hace punta, la seguimos.
Yo también lo había pensado, pero hubiera preferido ir en forma privada; yo sé cómo son estas cosas.
El «Ford Falcon» del comisario estacionado con la trompa sobre la vereda. Del interior de la casa sale un intenso tiroteo.
«Okey, Mike; has bajado a unos cuantos».
«Así es, Joe; pero carga las armas de nuevo, estos malditos volverán».
Ruidos de armas que se cargan, fondo musical.
¿No lo molestaremos? Es muy chinchudopreguntó alguien tímidamente.
¿No sería mejor ir a la comisaría y hacemos la denuncia como corresponde?dijo otro.
Yo no sabía qué hacer.
¡Comisario! ¡Comisario!gritó doña Carmen.
Se sumaron otros gritos. Disimuladamente toqué el timbre.
Esperamos. Bajaron el volumen del televisor, se prendió la luz del porche: un ojo nos escudriñó por la mirilla de la puerta. Desapareció el
ojo. Se entreabre una persiana; a través de las rendijas, la voz del comisario:
¿Qué quieren?
Queremos hablar con usted.
Los escucho.
Somos varios.
Ya los vi.
¿No escuchó los tiros?
Estaba mirando la televisión.
Se llevaron a mi hijo, mataron a mi marido y aaa...
A mi hermano...
A mi hija y una amiga que estaba de visita...
Gritos, rugidos, lamentos.
¡Alto! ¡Paren! ¡Silencio! Uno por vez. ¿Quién?
Enmascarados..., tipos con capuchas...
Vinieron en autos..., eran como treinta...
Destrozaron mi casa..., violaron la puerta...
La policía.
Todos se callaron.
¿La policía? ¡No tenemos a nadie registrado bajo esos nombres! Bueno, dijeron que eran de la policía.
Dijeron, dijeron; se dicen tantas cosas. Veamos, ¿les pidieron que se identificaran?
Nadie abrió la boca.
¿Ven, ven? Después hablan y vienen las confusiones. Si tienen que aparecer, aparecerán, y si no, aparecerán igual. A esta hora ya no se puede hacer nada. Vayan mañana a la comisaría y se les tomarán las declaraciones correspondientes.
Doña Carmen, prendida al portón, sacudió los barrotes, bramó:
... Mataron a mi marido y aaa..., y usted..., ustedse atragantó con un ruido sordo.
Cálmese, señora; cálmesevoz suave y comprensiva del comisario. Me va a destrozar la puerta. Muchos están en su misma situación y no arman tanto aspamento, no es para tanto; tenga un poco de paciencia, tenga fe, y todo se arreglará.
Doña Carmen rodó por la vereda con convulsiones; la sujetamos y entre todos los que se pudieron acercar, la llevamos arrastrándola a su casa.
Las puertas estaban abiertas. Entramos por la cocina; la alzamos por encima de su marido, que yacía en el suelo lleno de agujeros rojos, en medio de vasos, platos y restos de comida: se había aferrado al mantel. La dejamos en la cama matrimonial. En una pieza sin revocar encontré los aaa de doña Carmen: el cadáver acribillado de su nuera. Doña Carmen la odiaba. Pobre doña Carmen, alegrarse por una muerte, entristecerse por otra; no sabía si llorar o reír. El chico dormía abrazado a su madre. Lo levanté y se lo di a Dolores.
Ordené que no tocaran los cadáveres ni el revólver 38 caído en el suelo hasta la llegada del forense y la policía. «Esta última frase creaba ambiente, voy a dictársela al Filósofo», pensé. Salieron a buscar un médico para atender a doña Carmen.
Dolores me esperaba abrazando al chico dormido sobre sus senos. Mi casa quedaba a la vuelta. Antes de separarnos le pregunté:
¿Mi vieja?
Esperando noticias.
Bien, andá a casa y dale el chico. Yo tengo que hacer.
Se iba. La llamé, se detuvo. La miré. ¿La quería? No la quería cuando la arranqué de su ambiente y la traje conmigo. Escapábamos.
Sonreía incómoda. Nunca se había quejado, se había entendido con mi madre. Dudaba.
Andá no másle dije.
Veranito de San Juan. Las ranas, sapos y grillos volvían a cantar; la luna se había corrido hacia el lado del ombú, hacia el fondo. Los vecinos, en las puertas, junto a los ligustros, en los jardines, de casa en casa, las ventanas abiertas, comentaban los últimos acontecimientos.
El Filósofo, en la vereda, también charlaba con un vecino, mientras en el jardín, el Astrólog o, aman e de la naturaleza, empuñaba una linterna con una mano y con la otra echaba veneno a las hormigas. Saludé.
Buenas nochesrespondió el vecino. Tomá, jugale mil mangos al cero ocho se frotó las manos. ¡Qué nochecita, ehhh!
Iba a decir algo, me temblaron las piernas. Silencio. El vecino olió el aire, el Astrólogo apagó la linterna, el Filósofo se quitó la pipa de la boca.
Al fondo. Al fondo del pueblo, ahí no más, allí donde está el ombú iluminado por la luna y nace el campo, el silencio venía de allá, estalló en un tableteo. Tiros de Itaca, más tableteos. Silencio, esperamos, en la noche del veranito de San Juan, los cantos de los..., un tiro..., otro.... otro..., ocho tiros..., y de nuevo tableteos.
Esperamos el canto de la noche, las escasas luciérnagas se apagaron, sólo el paso marcial de las hormigas; tres explosiones, una detrás de la otra, iluminaron el cielo, tiñeron de rojo los rayos de la luna; tres fogonazos iluminaron el cielo hacia el lado del ombú, donde nace el campo. Los ecos de las explosiones recorrieron el cielo anunciando quizá lluvia.
Cesó el temblor de tierra, los estallidos de ventanas rotas, el crujir de las casas, el vendaval que levantó el polvo de las calles. Un corte de luz.
Esperamos, esperamos hasta que los grillos y las ranas volvieran a cantar, las luciérnagas a encender su luz a la luz de la luna.
Volvieron.
Respiramos. Y marchamos hacia el ombú, hacia donde empieza el campo. Y otros salieron a la calle y en silencio, sólo los cantos de los grillos y ranas, hacia donde empieza el campo.
Como mil, como dos mil, marchan en silencio.
De nuevo poblaron el campo, a la luz de la luna, más intensa allí donde se termina el poblado; marchamos, humo, tierra humeante, olor a carne chamuscada, un volcán, cráter, la herida de la tierra, profunda a la luz de la luna, y comenzamos a juntar, reencuentros: algunos abrazaban cabezas vaciadas; otros saludaban manos sueltas sin cuerpos, saludaban a todas por temor a equivocarse.
Un grito:
¡Miren!
Y el eco: ¡Miren! ¡Miren!
Levantamos las cabezas: entre los cables flotaban hilachas de ropa, jirones de cuerpos, barriletes, colas de barriletes, sueños muertos de los pibes.
Aparecieron, y también Juan; ya le encontrarán las piernas y los brazos, y si no eran los suyos, qué importa.
Sirenas en la ruta, luces rojas doblan hacia el camino de tierra.
En silencio, el Astrólogo, el Filósofo, Dolores, yo y los otros nos fuimos. Sólo quedaron los parientes, los allegados, los que podían justificar su presencia y podían esgrimir sus derechos sobre los restos que se intercambiarían amablemente .
El Filósofo, a la luz de la luna, miró por última vez:
¡Qué escena, Dios mío; qué escena!
Dejé a Dolores en casa. Nosotros volvimos al altillo.
La luna ya no estaba en la ventana, el marco recuadraba algunas estrellas tímidas. Había oscurecido, prendimos una vela.
El Astrólogo ahora observaba las estrellas; el Filósofo, estirado en la reposera, fumaba su pipa, y yo esperaba que se calentara el agua.
Después de algunos mates reconfortantes sorbidos en silencio para buscar la tristeza, el Filósofo preguntó:
Y Gerardo, ¿me contás alguna historia interesante?
¿Acaso no querías que investigara la desaparición de Juan?
Ya lo encontramos, ¿no?
Sí, es cierto. Pero vos querías violencia y sangre, y las hubo en abundancia.
Tenés razón, hubo sangre, violencia a toneladas, pero faltó sexo.
¿No había mujeres entre los dinamitados?preguntó el Astrólogo.
¿Y a quién le interesan los sexos triturados? Seamos realistas.
Pensativos, seguimos con el mate un rato. Yo insistía en que era una historia interesante y que valía la pena seguir investigando.
Comprendé, Gerardo, una cosa es la vida y otra la ficción, la realidad literaria. Amasijaron a ocho tipos bien, yo mismo me di cuenta de la dimensión trágica de la escena en el campo; una escena maravillosa. Lamenté no tener una filmadora. Como testimonio hubiéramos salido hacia adelante. Pero no hay que confundir los géneros. De esas muertes los diarios están llenos, es un tema trillado. El tema exige un hombre conectado con las altas esferas y cuyo quehacer silencioso y cotidiano nos engrandece, y que tiene un sueldazo que da calambre; a un hombre así le pueden pasar cosas. Por ejemplo, lo podríamos hacer poseedor de un encendedor «Dupont» de oro macizo, que cuesta millones de mangos y que cada vez que lo saca para encender un cigarrillo dice ¡miren! Todo el cuento podría basarse en ese encendedor. Matan al sujeto. El asesino tiene el encendedor, mata un policía y lo pierde (no más de dos muertos por cuento). El encededor desaparece, aparece, desaparece, no se sabe dónde está, pero se lo presiente. El lector se verá arrastrado de las narices por un chiche así, y esperaría, siguiendo con interés la lectura por si al final de la historia encuentra al encendedor pegado con cinta scotch a la última página del cuento para él, que es incapaz de tener un encendedor así, o si lo tiene, no le disgustaría tener otro, porque en el fondo, los lectores son buenos y comprenden la muerte del sujeto y se lo olvidan porque somos perecederos, pero el encendedor no, es de oro, indestructible, y no hablo más; solamente te di un bosquejo aproximado de lo que necesitamos, hacé lo que quieras. Lo único que te pido es que te decidas porque el concurso cierra pronto.
Se enchufó la pipa en la boca, la mordió.
Cabizbajo, recurrí al Astrólogo.
¿No ves nada en el cielo?
Nada, Gerardo; lo lamento.
¿Y si probaras con la bola?
Puedo probar, aunque sé que es inútil.
Se puso el bonete y se sentó frente a la mesita. La lechuza chistó tres veces. El Astrólogo, con los codos sobre la mesa, los dedos en la frente, se concéntró en la bola; de ella surgió una luz titilante.
Retuve el aliento. El ahorcado batía su lengua con una mueca de burla; la luz empezó a enrojecer a medida que se intensificaba, como una fuente de un cuento de hadas; desapareció la lengua, un rojo bermellón cubrió la pared de vidrio, los chorros formaron un torbellino punzante, la lechuza se abalanzó y picoteó el vidrio.
Tiene hambre. Yo también. Voy a buscar los chorizosdijo el Astrólogo.
La bola se apagó.
Volvió al rato. Traía una ristra de chorizos y morcillas enroscados alrededor del cuello. Dejó la damajuana de vino y los vasos sobre la mesa. Sopló las brasas, puso la parrilla y acomodó los chorizos ondulantes.
Me voydije.
¿No te quedás a morfar?preguntó el Astrólogo.
No tengo hambre. Buenas noches.
Que los astros guíen tu camino.
Chau, Gerardo. Pensá.
Bajé la escalera y salí a la calle; la luna, a ras del suelo, iluminaba la zona del ombú, donde comienza el campo. De allí, desde el fondo, en medio de la calle, venía José, canturreando y bailoteando en zig-zag. Se detuvo delante de mí, me hizo señas, le di cigarrillos; me hizo otra, dinero para el vino. Siguió su camino saltarín: «Dios te está mirando, mil ojos te están mirando».
Pasé frente a la casa de doña Carmen; estaba oscuro, mejor, no tenía fuerzas para entrar.
Dolores, vestida y tirada en la cama, fumando en la oscuridad, me esperaba. Murmuró algo sobre doña Carmen, médico, inyección, el chico, mi madre.
Me quité la campera, los zapatos, y me recosté a su lado. La abracé y hundí mi cabeza entre sus senos. La manta me cubrió.
A la mañana siguiente, sentado a la mesa de la cocina, y mientras mi madre me preparaba las tostadas, revisaba las cuentas. Anoté el cero ocho que me había pasado el vecino.
Vieja, ¿no podrías reemplazarme en el recorrido de hoy?
¿Ahora mismo?
Ahora mismo.
¿Y las tostadas?
Las hago yo. ¿Y Dolores?
Fue a ver a doña Carmen. De paso le llevó el nieto.
Le di la lista y el dinero, le señalé los premiados. Se fue.
Entró Dolores, corrió para apagar el gas bajo las tostadas humeantes.
Sentatele digo. ¿Cómo está doña Carmen?
Medio loca, a veces llora y putea o se ríe a carcajadas.
Miré sus ojos grises.
¿Te sentís con ganas de hacer un viaje a la capital?
¿A la capital? ¿Para?
Para establecer contacto con tus antiguas relaciones, los del silencioso quehacer cotidiano de tus tiempos de vampiresa.
No sé, estoy un poco gorda, no tengo ropa, pero podría intentar. Le dio unos toques a su pelo platinado y arqueó la columna.
Tendré que lavarme el pelo, y..., y... de nuevo llamarme Doly. ¿Qué querés que haga con ellos?
Pedirles que nos den una mano en este asunto de Juan.
Yo diría mejor no meterse.
No me meto, que lo hagan ellos, los que pueden..., y si no...
Y si no, ¿qué?
Preparate.
La esperé. Fumaba y tomaba café recalentado. Hace un año, Dolores o Doly, tenía contactos muy importantes, peces gordos, gente de calibre, del tipo que quería el Filósofo para el cuento. Espero que esta vez no critique el rumbo que tomaban los acontecimientos. Yo iría a ver al comisario a solas, el asunto iba a ser muy distinto. Algo había que hacer. Me sentía reconfortado.
Apareció Dolores hecha Doly, con el pelo todavía mojado, empilchada y quejándose de la falta de un secador. Entre mis recuerdos y la presencia de ella, la diferencia era muy grande. Confié en el recuerdo de los otros. Salimos juntos.
Durante el camino le di las últimas instrucciones. En la ruta nos despedimos. Ella para tomar el tren, y yo para visitar al comisario.
Un preso lavaba el «Ford Falcon» del comisario. Pasé entre los que venían a dejar sus declaraciones, las dos máquinas de escribir tableteaban amodorradas.
Un sargento me vio.
Ah, sí, fin de mes. Pasá, Romero.
En su despacho, el comisario, vestido de civil, me dio un fuerte apretón de manos. Tomamos asiento. Puse sobre el escritorio las treinta lucas de mi patente de quinielero y le pregunté:
¿Alguna novedad?
Ningunaseñaló hacia afuera. Estamos escribiendo cuentitos que nadie leerá.
Puede mandarlos a un concurso.
Se rió.
¿Y da guita eso?
Mucha. Un viaje a París, por ejemplo.
¡No digas! ¡Ahhh, ohhh, las francesitas! París debe estar lleno de francesitas. Esas sí que deben sabersuspiró con melancolía. Algún día tendré que escribir mis memorias.
¿Y qué opina sobre los sucesos de anoche?
Bostezó.
Qué manera de joderme, casi no pude dormir. Bueno, mirá, creo que es un caso fortuito, accidental, debido al clima de terror que vive el país.
Sí, lo que mata es la humedad.
No jodas y no acusés, te puede ir mal.
No acuso, digo no más.
Se echó para atrás en la silla, cruzó las piernas.
Mirá, no hay que buscarle cinco patas al gato. Para mí es un caso bien claro de preterintencionalidad. Yo no creo que hayan sido marcianos, pueden ser tipos como vos o yo, tipos humanos con padres, hijos y esposas. Posiblemente con unas copas de más, cayeron en un estado de obnubilación súbita, y de allí a un estado de subjetividad especial sólo queda un paso. Consecuencia: debemos descartar la perversidad reflexiva. Unos tiros y unos dinamitazos sin mayor fuerza sobrepasaron la intención original: «Preterintencionalidad». Doy fe. Será justicia.
Como un rematador, golpeó con el puño el escritorio.
¿ Qué te parece?
Qué..., que falta un buen cigarro y un trago de whisky.
Se inclinó hacia adelante.
No tengo en este momento. Pero la argumentación, ¿qué te
pareció?
¡Ah, sí!... Adhiero al exhaustivo discurso que antecede, que por bien hilvanado y fundamentado me releva de todo comentario.
Bien, muy bien, veo que me entendiste.
Complacido, se recostó en la silla.
Golpearon la puerta.
Adelantedijo el comisario.
El sargento abrió la puerta.
Periodistasescupe.
Que esperen.
Se retiró.
Nos levantamos. Bordeó el escritorio.
Romero, no quiero joderte. Sé que la vida es muy difícil, pero tenés que comprender. Mi mujer me tiene loco con la escasez de papel higiénico, azúcar y otros artículos. Uno tiene ganas de chapar la ametralladora y entrar a amasijar. La inflación y el aumento de la nafta me alteran los nervios. De modo que el mes que viene tráeme veinte lucas más.
Me palmeó la espalda.
Animo. Fijá una apuesta mínima. En tiempos de crisis la gente juega más.
Me despedí. Antes que cerrara la puerta:
Decile al sargento que haga pasar a esos pegotes.
Todo el mundo sabía.
En la localidad no se hablaba de otra cosa. Pasé por el bar de la ruta. El funebrero convidaba copas. Saludé a algunos y me fui.
Me encontré delante de la pequeña iglesia del pueblo; las puertas estaban abiertas, como los brazos de Jesús: subí los escalones y entré.
Los vitró proyectaban halos de luz de colores en medio de la iglesia, que parecía más luminosa y alegre adentro que afuera.
El banco frente al altar crujió cuando me senté. El cura, un anciano de pelo blanco, ligeramente encorvado y a quien poco caso le hicimos en nuestra juventud, giró lentamente la cabeza, sonrió, me saludó con la mano y siguió limpiando con el plumero al Cristo doliente. Con habilidad repasó los candelabros, acomodó la Biblia, alisó el mantel, se alejó unos pasos, contempló el altar y asintió satisfecho. Después de arrodillarse, se acercó con pasos vacilantes y se sentó a mi lado.
Sus ojos oscuros y húmedos me miraron.
Sabésme dijo, este entierro va a ser agotador para mí, son demasiados. Tantos que los cajones no van a caber aquí, los voy a tener que bendecir en la callesuspiró. Mis huesos ya están viejos y mi cabeza se confunde. Mantengo diálogos con Cristo, pero éste me contesta con evasivas. A veces temo haber enloquecido. El otro día, durante un sermón, mientras criticaba y les daba lecciones a los jóvenes barbudos y de pelo largo, me pareció escuchar la carcajada de Jesús, lo miré con disimulo, y después de tantos años descubrí con sorpresa que él también tenía barba y el pelo largo. Jesús me guiñó un ojo y lanzó otra carcajada. Un viento del desierto blanco me heló la sangre y no pude seguir con el sermón. Por primera vez en mi vida me pregunté: ¿de qué hostias estoy hablando?
Su voz temblorosa se ahogó. Me miró como esperando una respuesta. Nada pude decirle. Yo venía a pedir ayuda, sin saber bien cuál.
Todas las palabras de toda mi vida se las había llevado el viento blanco. Preocupado por las visiones y por las muertes de anoche, me vi sumergido en la confusión. Esta mañana, bien temprano, fui a ver al obispo: le conté mis visiones y le hablé de los muertos, diez, abrí las dos manos, dije, como los mandamientos. Sonrió ante mi ocurrencia. Pero me aclaró que estaba al tanto de ese tipo de sucesos, ya que muchos pobres desgraciados venían a verlo y le decían: Padre, ¿qué debo hacer? He participado en torturas y muertes de mis semejantes, dígame, ¿qué puedo hacer? Luego carraspeó, se aclaró la voz y como yo a mis feligreses, y como otros no se sabe a quién, él también recitó el verso: «Tenga en cuenta el gran símbolo de la Cruz en que murió Cristo, nuestro Maestro; el madero vertical de esa Cruz señala arriba el cielo, donde está Dios, y abajo la tierra, donde conviven los hombres; su madero horizontal llega de un extremo a otro no para lanzar a los hombres a la derecha o a la izquierda, sino como dos brazos abiertos para llamar a todos, para abrazar fraternalmente a todos». Después hizo algunas referencias al amor, a la comprensión, a la tolerancia, al diálogo , a las instituciones. Finalmente condenó enérgicamente los asesinatos. Le respondí que todo eso estaba muy bonito, pero que me parecía que el abrazo de Jesús tardaba en llegar y que lo más probable es que todavía seguía ahí arriba clavado con clavos de acero inoxidable o que lo volvieron a clavar, y que en esas condiciones mal nos podía abrazar . Se mostró tolerante ante mi herejía y me dijo que no me preocupara, que su bondad, como la de Cristo, era infinita y que me comprendía. Pero le señalé que Cristo, a quien también le gustaba hablar, además de predicar bondad y amor, había dicho que traía la guerra, y que este último legado parecía acercarse más a la verdad. Me respondió que Cristo no había escrito el Nuevo Testamento y que eso se podía considerar un desliz literario y una metáfora atribuible a los autores y, por tanto, pasible de interpretaciones varias. ¿Un cuento?, le pregunté. Me dijo que podía tomarlo como quisiera, que no tenía mayor importancia ante otras verdades más profundas y humanas y que no me preocupara, que muy pronto me relevaría de mis tareas porque veia la necesidad.
Un breve silencio.
Discúlpame, te estoy dando la lata y me olvido de mis funciones. ¿Necesitabas algo?
Quería hacerle una pregunta, pero ya me respondió.
Me puse de pie. Ayudé al viejo a hacer lo mismo. Se colgó; más que apoyarse, se colgó de mi hombro, y mientras caminábamos hacia la puerta murmuró:
Nunca me preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti.
Nos despedimos. El desapareció por la puerta del campanario y yo salí a la calle.
El Astrólogo y el Filósofo todavía dormían. Hacían correr la bola de que se quedaban estudiando hasta muy tarde. Con los hombros pesados, camino a casa, a paso redoblado de las campanas, por el medio de la calle. Un vidriero tomaba las medidas en una ventana. Las mujeres, silenciosas, barrían la vereda, iban y regresaban de las compras . Me crucé con doña Carmen rumbo a la comisaría: otro cuento que no se va a publicar, pensé.
Mi madre no había regresado.
Con el cuaderno del que arrancaba las hojas para mis anotaciones de la quiniela, y con una birome, en el patio, sobre una mesita, debajo de los paraísos con hojas amarillentas, me puse a escribir.
Regresó mi madre.
Todo bien. Muchas jugadas al cero ocho.
Me ofreció el dinero y las jugadas.
Después arreglamosdije.
Los entierran mañanainformó.
Se alejó hacia la cocina.
Sonaron las campanas del mediodía. Mi madre me llamó a comer.
Más tardele dije.
Yo seguía escribiendo.
A las ocho de la noche surge Doly-Dolores de la oscuridad. Yo ya no escribía. Pensaba. Contenta, me dio un beso y arrojó los diarios de la tarde sobre la mesa.
¿Cómo te fue?le pregunté.
Un éxito, un verdadero éxito. Todo arreglado. Esperá que tengo sed.
Esperé, señores del jurado, en la noche del veranito de San Juan: la luna de nuevo, cantos de ranas y grillos, chicharras y croar de sapos.
Dolores encendió la luz del patio. Ojeé los diarios. Primicias, otros cuentos . Las declaraciones del comisario, después de las referencias al clima y a la humedad, declaró: «Claro que lo condeno, y enérgicamente, es una brutalidad, una monstruosidad, un verdadero acto de barbarie, ultrajante para la conciencia de la humanidad; esto sólo es posible en el desequilibrio de enfermos mentales; más bien me parece asunto de psiquiatras que de la policía. En cuanto al revólver 38, no sé de qué se asombran; desaparecen reinos e imperios y hacen cuestiones por minucias».
Enérgicamente tiré el diario. Dolores, con una copa en la mano, se sentó en una reposera y se estiró como Doly. Se largó en una cháchara sobre sus glorias pasadas.
La interrumpí.
¿Y qué averiguaste?
¿Averiguar? ¡Ah, sí! Mirá, en las altas esferas, como vos decís, y que están más arriba y más gordos que cuando los conocí, encontré mucha más comprensión de lo quee podía esperar. Me hacía anunciar y me atendían en el acto. Abrían los brazos fraternales y me daban palmaditas, y me...
¿En qué parte?
En todas partes que iba.
No, boluda. Te pregunto en dónde te daban las palmaditas.
En el traste. ¿Dónde te imaginas?
El salto de mi corazón casi me revienta los tímpanos. Me puse rojo.
¿Qué te pasa? ¿Por qué te enojás? ¿Te creés que los importantes informes que me dieron y las molestias que se tomaron y se tomarán te lo van a hacer gratis?
Seguí.
Bueno, como te iba diciendo. Me hacían pasar a sus despachos y sosteníamos vivos, fluidos, convivientes diálogos creadores.
Leíste los diarios.
Y claro. ¿por qué no los iba a leer?
Seguí.
Bueno, ante el relato que hacía, todos se mostraban indignados; te traigo sus indignaciones. Pero me calmaban observando que en estos casos hay que ser muy prudentes y tener en cuenta todos los factores, que a lo mejor esa gente andaba en algo raro y que a lo mejor se dinamitaban ellos mismos como los kami... kami... kamisaco no sé cuantos. Unánimemente mostraban una total y amplia solidaridad y afecto y comprensión, y también te los traigo. Me prometieron una profunda, amplia y exhaustiva investigación hasta sus últimas consecuencias, te traigo la promesa. Finalmente me preguntaban cuándo los iría a visitar de nuevo y si tenía una amiga. ¿Estás contento?
Muy contento. Una última pregunta y te dejo tranquila. ¿Viste encendedores?
¿Encendedores? Ah, sí, y ¡qué encendedores! Dorados, plateados, con incrustacion es de diamantes, de todo tip o; ¿para qué querés saberlo?
Para ponerlo contento al Filósofo.
Nos callamos. Doly, despatarrada en la reposera, fumando y saboreando los tragos, con los ojos brillantes enfocados hacia el infinito, soñaba.
Después de escribir algunas líneas más, me levanté, me puse la campera y tomé el cuaderno.
Veranito de San Juan en el pueblo. Los vecinos en las calles departían amablemente en voz baja. Las coronas en las puertas, las velas a través de las ventanas Esta noche nochebuena, mañana Navidad, resonó el cantito en mi cabeza.
Me abrió la puerta el Filósofo. Subimos en silencio.
La luna en la ventana, rodeada de un halo blanco, una mortaja celeste. Y mientras el Astrólogo estudiaba el cielo, el Filósofo, mordisqueando su pipa, leía mi cuaderno; yo preparaba el mate.
El bufido del Filósofo me arrancó de mis ensoñaciones y saque la pava del fuego. Oí que me preguntaba.
¿Y querés mandar esto?
Lo escribí, simplemente.
Lo escribí simplemente, oia, lo escribí simplemente; parecés de esos que viven, simplemente, dicen, la vida es la vida, que simplemente sienten y hacen cosas. Qué modestia mi Dios. Simplemente. Linda tanga. Simplemente. ¿No te das cuenta que el caso es demasiado actual, demasiado, más de lo que hubiera convenido? Muchos muertos, demasiados. ¿Quién te lo. . . ?
Me enfurecí.
¿La cantidad no es una garantía?
Lo que abunda no dañael Astrólogo ¡más vale que so-sobre que fa-falte.
Menos la leprael Filósofo sonrió con la boca torva. En ese caso... hum... en ese caso hablá de los muertos en Ezeiza; ahí tenés una ristra de chorizos con los muertos, una cantidad abundosa; pero ¿quién te lo va a creer? Es totalmente inverosímil.
¿Y... y... si decimos que todo esto ocurrió en el Africa, donde los caníbales se morfan a la gente?
Podés hacerlo y presentarte en algún concurso de allá, pero el nuestro señala que el cuento tiene que estar ambientado en Latinoamérica. Además, no te quiero desilusionar, pero ya no existen caníbales. Otra cosa: estos grupos actúan esporádicamente. ¿Y si no vuelve a repetirse un caso de esta naturaleza? ¿Qué hacés? Enrollar las hojas y ponerle vaselina. No, viejo, no; no hay que confundir las cosas; el jurado no te va a dar bola.
Apelaremos.
El juicio es inapelable. Te cocinan y sanseacabó.
Pero se trata de Juan.
Chocolate por la noticia. Y de Pedro y de María como dice el cantito. No tenés idea de lo que estás diciendo. Tendrías mayores posibilidades de éxito si hablaras del aumento de la nafta, de la falta de papel higiénico. Fíjate, el comisario los nombra; está mejor ubicado que vos. Para que un cuento tenga éxito, en forma latente o visible, siempre tiene que estar presente el símbolo de la clase media.
¿Y cuál es?
La gata Flora.
¿EI encendedor, por ejemplo?
Algo así.
Hice circular el mate. Le pregunté al Astrólogo:
¿Y vos qué opinás?
Se rascó la cabeza, se acarició la barba, se sopló la nariz, le echó una ojeada a la luna.
¿Sabés? Yo me ganaba la vida honestamente, preparaba cartas astrales. Leía en el cielo y predecía el futuro para que el interesado afrontara su destino con seguridad y tranquilidad. Y ahora... ahora que los astros están hechos un despelote y es imposible predecir... tengo que ganarme la vida... escribo cuentos astrales.
Otra cosael Filósofo. Te señalo que los mismos elementos del cuento están mal aprovechados. Ese chico, por ejemplo, pasa desapercibido. Tendrías que destacarlo, aunque sea con una simple frasecita: Pequeño Hijo Desamparado, o Deja La Imagen Dolorosa que un Niño de Cuatro Años Guardará Consigo Eternamente. ¿Y el castigo del culpable? El castigo o por lo menos papel higiénico. Finalmente, ¿cómo vas a terminar el cuento? ¿Qué misterio vas a desvelar? No te queda más que la solución poética. Va a quedar bonito. Por último, ya tiene más de tres mil palabras, más de las que permite el jurado.
Podrías callarte aquídije con bronca.
Finalizaba el veranito de San Juan. Bajo un cielo nublado, el cortejo llegó al cementerio escoltado por dos patrulleros. Sobraron los brazos para los ataúdes. Ocho, dos más, el marido y la nuera de doña Carmen, diez en total. Las jugadas al cero ocho no eran las correctas. Acomodaron los ataúdes en fila, uno al lado del otro, en formación para poblar el infinito; el viejo cura nos acompañó, general del apocalipsis, se puso a la cabeza del ejército y empezó a rezar:
«Vestían pantalones tipo vaquero, camisas y pulóveres de diversos colores. Anteayer a la noche, a la luz de la luna, fueron arrancados de sus hogares, acribillados a balazos, dinamitados, y ahora muertos, los sepultamos.»
«Ahora los sepultamos en la misma tierra que sostuvo en andas un sendero de hormigas, los restos de un fuego, las caricias de unos amantes.»
«Ahora sostienen los cuerpos destrozados.»
«Arriba, ¡miren!, está Dios y las ramas, las mismas que siempre demoran la llegada de la luz a la tierra. Los cuerpos están fríos y hacemos falta nosotros para decir que están muertos. Somos necesarios para que digamos que ya no sonríen, que ya no abren los ojos en las madrugadas y que digamos que no volverán, que nunca más entrarán en sus casas, que no cenarán más con los suyos porque encontraron su morada definitiva al lado de Dios.»
«Los bendigo en nombre del Señor y rezaré por ellos y espero que mis ruegos sean escuchados para que vuelvan las hormigas con su paciencia a recorrer esta huella y que arda el fuego del infierno que consuma las ramas que impiden la llegada a la tierra del nuevo día y su tibieza.»
«Otros amarán por ellos. Amén.»
Paladas, tableteos de terrones sobre los ataúdes, ecos, salvas de cañonasos lejanos.
Una ráfaga de viento helada, una llovizna fría, alisaban la tierra.
La ventana del altillo estaba cerrada. El Astrólogo, con vaso de vino en la mano, meditabundo, cuidaba los chorizos y las morcillas sobre la brasa. Esta noche cenaremos más temprano.
El Filósofo me devuelve el cuaderno.
Te lo dije, te lo advertíme dice.
¿Qué cosa?
La solución. «Otros amarán por ellos». Puahjj; eso es exactamente lo que quieren.
Enrollé el cuaderno, lo guardé.
¿Lo vas a mandar?
Creo que sí.
Muy bien. Me causás una gran satisfacción, pues todo lo que suponga un estímulo a la cultura redunda en beneficio del hombre y la sociedad .
No jodás, Filósofo.
No jodo. Si te quieren reventar, son capaces de premiarte y decir que tu cuento es profundamente humano.
Mirá, yo no sé cómo es París; para mear cualquier lugar es bueno... Lo cierto es que me vinieron ganas de viajar.
A mí medio se me fueron; sin embargo: bon voyage en aras de la cultura. Pero antes, por favor...
Saltó de la reposera, dejó la pipa sobre la mesa y tomó su cuaderno. Se me acerca con aire resuelto y negligente; se dirige al público:
Estamos en el altillo de los craneotecas; una luna raquítica de mayo que enfría sin fanatismo. Gerardo se chupa el dedo y la entrevista se vuelve difícil, ya que responde con divagaciones. Pero las preguntas van y las respuestas vienen: ¿Amás a la gente?
Amo a la gente.
Contar ¿es dar, para vos?...
Contar es dar...
... dar... dar...
... dar... dar...
¿Contar es una catarsis íntima y social?...
Contar es...
¿ Cantás al amor, a la solidaridad, a la porfiada solidaridad del pueblo; a los niños pobres y agusanados?...
Canto. . .
¿Alguna anécdota emocionante con respecto a tu cuento? Por ejemplo: ¿un dinamitado o algún pariente del mismo que lo haya leído...?
...
¿Qué siente por el país en estos momentos?
Infinita pena, infinita angustia.
Pero nos han dicho que se va. La falta de papel higiénico, ¿influyó en su viaje?
Estééé... que... qué... cómo...
Me voy de viaje de estudios y a dar conferencias...
Me voy...
... pero aquí he nacido, amado y sufrido...
... pero aquí he nacido...
... volveré... volveré...
... volveré... volveré... No en...
Silencio. No sé qué valor conferirá el tiempo al cuento que escribí. . .
No sé qué valor...
... pero lo que sé es que fue escrito con mi sangre...
... pero lo que sé...
... y con la sangre de mi nación...
...y con la sangre de...
Volveré, y porfiado, con valentía, seguiré escribiendo, cantando la verdad, porque tengo fe.
Volveré, y porfiado, con valentía...
Terminemos. Ya siento el olorcito del asado que me cosquillea en las narices. Pero para tu felicidad te garantizo que en el futuro, tinta no te va a faltar.
Aquí tenés el tinteroel Astrólogo.
La morcilla describe una parábola en el aire acompañada por una carcajada, la atajo, me quema las manos, las lágrimas saltan de mis ojos fascinados, pero no la puedo soltar; sorprendido, la acaricio con ternura.
Una ráfaga de aire, un fragmento de viento bate como parche de tambor el techo del altillo
Quemándonos las manos devoramos la carne chamuscada retorcida de los chorizos, chupamos la sangre negra de las morcillas, somos amigos somos amigos somos amigos repetimos, el vino de la damajuana lava nuestros gargueros; ¿somos amigos?
El Astrólogo ronca en el suelo. El Filósofo, con una sonrisa simiesca, fuma su pipa en la reposera. Siento náuseas; miro la ventana; a la luna le falta una porción.
Dobla con furia la campana de la iglesia: el anciano de pelo blanco habrá enloquecido.
Me acerco a la ventana, la abro; un viento helado, blanco, se lleva el sonido de la campana, desaparece.
Ni grillos ni ranas.
Sólo la voz del loco José canta una copla:
Una campana calló
mientras doblaba tu muerte
y el silencio fue tan fuerte
que tu muerte lo escuchó.
Nota final: La oración del sacerdote en el cementerio se basa en un poema de Alberto Szpunberg, adaptado con su autorización. La copla final, a Manuel Mejía Vallejo.
En cuanto a la entrevista del filósofo al escritor, son fragmentos de entrevistas a dos escritores, uno de derecha y otro de izquierda, y cuyos nombres no interesan. Lo que sí interesa es que, curiosamente, ninguno de los dos se olvidó, en sus declaraciones, de los niños pobres. Uno de ellos los ubicó fuera, entre el pueblo en general, y el otro, adentro, en su interioridad angustiante.
"Concurso" fue publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, enero 1981
© Pablo Urbanyi
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