|
HECTOR TIZON
RAQUEL GARZON
El viajante que robaba cartas de amor
VIVIO EL LARGO TIEMPO DEL EXILIO, PERO PARECE QUE NUNCA SE HA
IDO DE YALA, UN PUEBLITO DE OCHOCIENTOS HABITANTES. ALLI VIVE
EN ESE TIEMPO MOROSO EN QUE REPARTE SUS HORAS ENTRE LA ESCRITURA
Y SU OFICIO DE JUEZ. ARRIBA DE SU AUTO, EN EL AGRESTE PAISAJE,
HECTOR TIZON HABLO DE SUS LIBROS Y DE SU VIDA.
Esta es la historia de un viaje. O de dos. El primero es de papel
y tiene forma y nombre de novela -Extraño y pálido fulgor- aunque haya sido soñado para el cine como guión de una road
movie jamás filmada. El segundo (pensado con intenciones fotográficas),
fue el escenario de una entrevista sobre cuatro ruedas bajo un
sol sin sombra, que alternó asfalto y ripio a lo largo de los
sesenta y tres kilómetros que van desde San Salvador de Jujuy
hasta la localidad de Purmamarca. Un pueblito donde la quebrada
de Humahuaca -soledad y frontera- comienza a insinuarse en 339
habitantes, calles de tierra, casitas de adobe, cerros de siete
colores, aire puro a 2.139 metros sobre el nivel del mar y tiempo
parado en seco hace tres siglos.
El anfitrión de ambos viajes (autor de la novela y entrevistado
de la road interview) es el escritor Héctor Tizón, ya un clásico
de la literatura argentina, que encontró en su largo romance con
la palabra (treinta y nueve años han pasado desde A un costado de los rieles, su primer libro de relatos editado en México) una forma personal
de ser fiel a su historia y su geografía sin caer en pintoresquismos
ni nostalgias folclóricas. Hombre de saco y corbata incluso los
domingos, juez, casado, ex fumador de dos atados y medio por día
hasta su conversión -forzosa pero no fanática- al aire sin humo,
padre de tres y abuelo de seis en gustoso ejercicio para doblarle
la apuesta a la vida y con sesenta y nueve años que bien podrían
renunciar a una sota, este jujeño (traducido a cinco idiomas y
reconocido como uno de los más grandes narradores contemporáneos
en lengua española), nació y vive en Yala, donde las almas no
llegan a ochocientas y las votaciones se resuelven en cuatro mesas
electorales.
Al volante de su auto, mientras cronista y fotógrafo metidos a
copilotos, ajustan sus cinturones de seguridad, Tizón habla largo
y sin prisa, y tiene más anécdotas para contar que días de lluvia
su pueblo. En ellas caben viajes, amigos y recuerdos de su padre,
en cuya biblioteca aprendió a leer y en donde, todavía con pantalones
cortos, empezó a cuestionarse si iba a escribir en la lengua del
Siglo de Oro español (la de los primeros libros que lo asombraron)
o con el habla de Jujuy, tachonada de aportes quechuas.
Cuitas sabrosas también, por el racimo inacabable de nombres de
pesos pesados de la literatura y el arte que barajan: Borges (que
lo visitó en Yala), Rulfo (a quien conoció y trató en México,
siendo embajador), el artista plástico Antonio Seguí (cuyos grabados
visten las paredes blancas de su casa) y Ricardo Piglia, que -amigo
y colega- terminó cargando con la cuenta de la carnicería del
pueblo cuando López -uno de los perros antológicos de Tizón, que
vivió usando por nombre un apellido- salió hecho un rayo del boliche
con un costillar aguándole la boca. Cuando recuerda estas historias,
Tizón ríe. A veces (pocas) se empoza y lo gana el silencio. Y
uno supone que lo nublan memorias del exilio y de un tiempo de
palabras demoradas, en el que escribir dolía.
Extraño y pálido fulgor, recién editado por Alfaguara, es su libro número quince y, a
la vez, un catálogo de solitarios que no han perdido (o no del
todo) la fe. La novela narra la historia de un viajante de comercio
que recorre pueblos sin nombre, traga polvo a lo pavote, rumia
desencantos y siente cómo su vida se convierte en arena, comido
por una rara tristeza en la que se ve engordar, envejecer y estar
solo, mientras vende cosas inútiles a gente que las compra sin
necesidad. Hasta que en uno de los cuartos de hotel que le depara
el camino, encuentra, gracias a un azar nunca neutral, las cartas
apasionadas de Abigail, una mujer que le reprocha a un tal Juan
Fernández su silencio. Y se enamora. O cree hacerlo.
En dos páginas, el viajante decide convertirse en Juan Fernández,
contestar las cartas y llevar esta partida de truco hasta el quiero
vale cuatro. A ese par (destinatario y remitente), Tizón suma
otros rostros: el de J.J., gerente y amigo del protagonista, metido
a místico piola después de la viudez, que vive con humor contagioso
su lugar en la trama, el de una ex esposa que rehace su vida con
un político local y las prehistorias de un padre borrachín y jugador
aunque buen tipo, de un abuelo uxoricida que batalla con la culpa
y de un cura recluido en una capillita de provincia por prédicas
no ortodoxas. En esta charla, que incluye reflexiones robadas
al camino, mientras espera que su novela Fuego en Casabindo se convierta en ópera (un estreno que el Teatro Colón programa
para el 2001), el autor de La mujer de Strasser, desovilla los orígenes de su nuevo libro: un relato intenso,
donde las palabras rozan la pureza de los elementos más nobles
-madera, piedra, tierra y tiempo-, que permite leer en el revés
de cada personaje la aridez de la Puna y prueba la solidez de
un escritor sin artificios, que donde escribe "lluvia" moja y
quema cada vez que dice "fuego".
-¿Cómo es escribir y vivir en la frontera? -Para mí, la frontera es, ante todo, misteriosa. Porque no es
el país sino su límite y eso la emparenta con lo extranjero, con
otras culturas, con otras formas de ver y de sentir. Por eso se
la asocia con el intercambio pero además, la frontera es muy significativa
también como imagen del borde, de la cornisa. En verdad, no creo
que la Argentina se sienta distinta o se vea menos desde aquí,
su norte más norte. Cuando me preguntan por qué diablos vivo acá
lo primero que contesto es que ya nada es lejos de nada. La distancia
hoy no se mide en kilómetros ni en millas, sino en dólares y cada
vez más asequibles. Y en segundo lugar, creo que un escritor lo
que necesita, básicamente, es tiempo y el tiempo en las ciudades
grandes es muy caro. Aquí, en cambio, el tiempo es barato. ¿Ve?
(señala hacia una plaza). Aquellas mujeres están hablando de la
vida, que quiere decir hablando un poco de todo o charlando de
nada, sólo por charlar. Pueden pasar meses así. No las apura nadie.
Yo siento lo mismo. Me levanto temprano por la mañana y mientras
el sol me llena de luz el escritorio, escribo. Si me empantano,
renuncio a la computadora y sigo a mano. Soy juez, leo, converso
con la gente, duermo la siesta... para mí la frontera es rica,
muy rica.
-Extraño y pálido fulgor es su libro número... ¿quince, ya? -Catorce o quince. Son demasiados, ¿no? Ya no alcanzan los dedos
de las manos para contarlos.
-¿Qué cambió en su aproximación a la literatura del primer libro
a éste? -Cuando empecé a escribir, yo sentía que pertenecía a una región
del país destinada a perder sus formas culturales propias y nació
en mí cierta pretensión de anticuario: la idea de conservar voces
destinadas a morir, no por buenas o malas, sino porque el mundo
cambia y el cambio arrastra consigo muchas cosas. Ese fue el afán
que me llevó a escribir Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido, y de alguna manera, también Sota de bastos, caballo de espadas. Después, el tiempo me enseñó que lo que tiene que perderse se
pierde, aunque el voluntarismo pretenda lo contrario. Y que, paradójicamente,
nada muere del todo cuando el cambio y la mixturación enriquecen.
Por eso, desde hace unos cinco libros, mis historias ya no están
localizadas. Casi no hay sitios que señalen directamente hacia
el noroeste argentino y los personajes no tienen nombre. Se llaman
"el hombre flaco" o "el hombre gordo", nomás. En Extraño y pálido fulgor también se da eso. El protagonista sólo tiene un alias: elige
ser Juan Fernández, el destinatario de las cartas que encuentra
en un cuarto de hotel, pero no conocemos su nombre antes de eso.
-¿Por qué le interesa la figura del impostor? -Quizá porque siempre pensé que nadie realmente es lo que cree
ser y yo mismo, muchas veces, me siento un impostor. En ocasiones,
me despierto de algo que puede haber sido una pesadilla, desorientado
y pensando que soy uno de ellos. Que es mentira esto de ser juez.
Que nunca fui a la Facultad de Derecho ni me recibí de abogado.
Que jamás escribí una sola línea y que soy, en verdad, un mentiroso
profesional que no tardará en ser descubierto.
-¿La suya es una forma cortés de decirme que no estoy hablando
con Héctor Tizón? -(Se ríe.) No, despreocúpese. Nunca se me ocurrió dudar de mi
nombre pero sí dudo en esos minutos de lo que la gente cree que
soy. Y me da una gran preocupación, que debe durar, supongo, pocos
segundos ¿no? Hasta que me reencuentro. Pero creo que todos hemos
sentido eso alguna vez. Cuando uno pasa la noche en un cuarto
de hotel, por ejemplo, y se despierta, no sabe dónde está, qué
hace ahí, cómo fue que llegó. Se tarda un rato en volver a sentirse
cómodo en la propia piel. En cuanto a la literatura... Tengo una
novelita anterior, El hombre que llegó a un pueblo, que fue la primera que escribí al volver del exilio en el 83.
Es la historia de un hombre que se fuga de prisión y llega a un
pueblo al que muchos años atrás el obispo le prometió un cura.
Nadie duda que el cura va a llegar porque el obispo no puede mentir.
Así que esperan. Veinte años. Y llega el fugitivo. Primero, el
hombre no quiere saber nada con eso de hacer de cura. Pero después
entiende que es la única manera de no volver a la cárcel y asume
ese rol. Una historia que es medio parecida a la de la última
novela... Perdón, ¿no?, pero miren: esto ya es la Quebrada de
Humahuaca. Venimos por las entrañas de la quebrada. Después el
paisaje se hace más agreste, claro, y todo se vuelve seco y solo,
como la luna.
("Más agreste" suena increíble cuando uno mira a los costados
del camino y, entre los cerros y los corderos, el único verde
disponible es el de uno que otro cactus con forma de tridente,
al mejor estilo de los de El gran Chaparral, la serie de TV que en los 70 recreaba la vida en una finca del
desierto de Arizona.) -¿Me decía, entonces? -Pensaba que en esta novela, a diferencia de la que comentaba
recién, el impostor actúa por propia voluntad. -Sí. Lo que pasa es que a este viajante de comercio las cosas
no le van muy bien. Se separó de su mujer, a sus hijos los ve
poco, está sumido en una gran depresión y meta recorrer pueblos
ajenos, siempre de paso, solo de soledad absoluta, a no ser por
sus recuerdos y los consejos de su jefe y amigo J.J. Niemayer,
que para colmo de males, en un ataque místico se cambia de nombre,
se transforma en reverendo e inicia una búsqueda espiritual sui
generis. Entonces, un día cualquiera, encuentra unas cartas. Las
lee: son cartas de amor de Abigail, una mujer que le reclama al
destinatario su falta de respuesta. El no sabe nada de ese hombre
pero tomar su lugar es una forma de renacer en otro su vida, que
ya viene haciendo agua, ¿no? Y bueno, se arriesga. Cuando el libro
empieza todo eso es pasado y la historia se cuenta desde el recuerdo.
-¿Es esencial la memoria como alimento de su literatura? -Yo creo que un escritor escribe fundamentalmente con el recuerdo,
con la memoria, y también por eso, quizá, con cierta nostalgia:
una especie de dolor por alguna cosa que cree que ha perdido irremediablemente.
Alguna historia, un gesto, un rostro, la mirada de los otros,
un nombre, que le hacen evocar una cosa perdida ya. Quizá por
eso, porque es esencialmente la memoria la que escribe, tampoco
puedo contar algo sin tener en cuenta el lugar en el que vivo.
He conocido escritores que se desplazan y se instalan en un lugar
para escribir sobre él. Yo no podría escribir prosa de turista.
Es más, casi nunca pude escribir ni siquiera sintiéndome viajero,
que es algo mucho más importante y digno. Si no conozco profundamente
el lugar, sus bosques, sus especies de hierbas, las variaciones
de su clima, las casas por dentro... no me sale nada. Y eso creo
que tiene que ver, por lo menos en mi caso, con la necesaria verosimilitud
de la historia: que lo que se dice sea creíble, que cierre, aunque
no sea real ni exacto. La idea de esta novela, ¿sabe cómo nació?
-No, pero me gustaría oír la historia. -Un conocido mío tiene negocios. Uno de ellos es una confitería.
Un día viene y me dice: "Le voy a contar algo a usted que le gusta
escribir." "A ver, digo yo, cómo es." Y él cuenta: "Hace mucho
tiempo, venía un hombre y se sentaba, preferentemente en esa mesa
que da a la calle. Pedía algo, leía el diario y se iba. A veces,
me decía dos o tres palabras. Eso se repitió durante años y yo
siempre pensé que era una especie de vendedor, un viajante de
comercio. Hasta que un día me llamó a la mesa y me dijo que me
sentara, que quería decirme algo importante. Me senté. Mirá, me
dijo, tengo cáncer y los médicos piensan que no me quedan más
de 6 meses de vida. Pero no quería morirme sin decírtelo: yo soy
tu padre." Ahora bien, ¿cómo se mete eso en un libro? Nadie es
capaz de hacer que el lector crea esa dosis de caballo de realismo.
Porque no es verosímil y sin embargo es cierto.
-Y tomó sólo parte de la historia... -Sí, me quedé con lo creíble de la realidad y lo usé para la
ficción: el oficio del que sería mi protagonista. Yo tenía escritas
algunas páginas. Las vieron unos amigos y surgió el proyecto de
convertir eso en un guión de cine. Juan Carlos De Sanzo me pidió
algo que sirviera para hacer una road movie. La idea de un viajante
de comercio era justa porque nadie se larga a viajar porque sí.
En cambio, un viajante de comercio viaja para vivir y además,
el personaje tiene el gran atractivo de un oficio que ya no existe,
porque hoy todo se hace por fax o por e-mail. Es como el deshuesador
de jamones de los viejos convenios de gastronomía: ya no se los
encuentra.
-¿Qué pasó con la película? -Problemas de financiamiento y a otra cosa. Pero nació el libro.
Yo ya tenía un protagonista, pero un hombre que viaja y alterna
camino con hoteles no es muy interesante. Entonces recordé a un
tío mío, empleado del ferrocarril y famoso donjuán. Imagínese:
~tenía cuatro familias en distintos pueblos! Siempre me he preguntado
cómo hacía para no confundir nombres y aniversarios, pero bueno...
Los recuerdos se fueron sumando y se me ocurrió lo de las cartas.
A mí me encanta escuchar conversaciones ajenas y leer cartas de
otros. No con malicia sino porque creo que a veces, en una sala
de espera, por ejemplo, escuchando a otros, uno encuentra claves
para resolver asuntos de su propia vida. Bueno, en la novela,
este hombre se da cuenta de que Abigail no conoce a Juan Fernández
ni siquiera por fotos. Por eso se anima, toma su lugar, le escribe
y ella le contesta. Eso les cambia la vida a los dos. A él porque
la suya ha sido una historia de derrotas y de traición a su sueño
más profundo: ser poeta. Y a ella, porque ha crecido sin animarse
a vivir muchas cosas, ultrajada de niña por su padrastro y marcada
por el desamor de su madre. Ambos escriben y contestan, sintiendo
que ésta, quizá, sea su chance de tener una vida.
-Sus últimos libros son mucho más intimistas que los primeros,
más preocupados por lo social. ¿Usted nota eso? -Sí, pero no ha sido deliberado y yo mismo me sorprendo. Creo
que el comienzo de ese giro se dio en España cuando, luego del
golpe del 76 y después de 4 o 5 años de vivir en el exilio en
un país en donde, como dice Guillermo Cabrera Infante "tenemos
todo en común salvo la lengua", corregían mis escritos sin piedad.
Donde yo escribía "durazno" me ponían "melocotón", que es una
especie de palabrota espantosa, ¿no? Y yo les decía a los españoles:
"Pero Quevedo no sabía qué era el melocotón. Quevedo decía durazno.
Ustedes se han olvidado". Recuerdo que pensé que no iba a poder
volver nunca a la Argentina y que tampoco podía convertirme yo
en español. Sentí que mi destino era no escribir más. Pero pensé
también que no podía irme así, que tenía que despedirme. Entonces,
como quien cuenta la historia de un hombre que se exilia y para
poder hacerlo recorre todo su mundo, conté los lugares que fueron
míos, los de mi infancia y mi juventud. Le fui diciendo adiós
a todo. Eso fue lo que después se llamó La casa y el viento. No fue el último libro sino el comienzo del fin del exilio y
la recuperación de mi lugar, que es éste.
-¿Cree usted que a los argentinos nos falta una literatura de
los sentimientos? -Sí, creo que sí. A veces los escritores intelectualizamos demasiado.
Es como si quisiera imponerse una tesis y como si la vida fuera
una imposición dogmática, cuando en verdad la vida tiene más de
divagación, de duda y de conjeturas que de tesis, ¿no? Creo que
la falta de una literatura de los sentimientos es lo que diferencia,
de alguna manera, la literatura argentina de la de otros países
de América latina.
-¿Cuáles serían las razones de esa carencia, si las hay? -Lo que pasa es que nosotros pretendemos justificarnos por el
discurso y no por lo que somos. Y a veces olvidamos que el razonamiento
cartesiano impide ver otras cosas, ejercitar la frescura. En ese
sentido, yo aprendo mucho de los chicos. Ellos no se atan y por
eso a veces ven cosas que a los adultos se nos escapan y que muestran
las grietas de la razón pura. Cuando mi hija Guadalupe, que hoy
tiene más de veinte años, era chiquita, estábamos sentados en
el patio y frente a nosotros cayó un higo maduro. Ella me preguntó
por qué había caído la fruta y yo le expliqué, muy sesudamente,
que Isaac Newton había descubierto la ley de la gravedad. Cuando
terminé el cuento, Guadalupe me dijo: "íAh! ¿Entonces, si ese
señor Newton no hubiera descubierto esa ley, los higos caerían
para arriba?" ¿Qué podía decirle yo? íPerdí por goleada! -A lo mejor existe también una subestimación, la idea de que la
emotividad es un rasgo de la mala literatura... -Quizá sí. Tal vez se tome el sentimiento como una pérdida de
afirmación, una pérdida de fuerza. Como si el intelecto perdiera
cuando los sentimientos se muestran. Es una forma de pensar, me
parece a mí, absolutamente aberrante. Empobrecedora, en definitiva,
¿no? Porque el hombre vale por lo que siente, no por lo que piensa.
Yo creo que cuando Borges decía "Muchas vidas le faltaron a mi
vida", quería decir un poco eso: que no se dio chance a cosas
que parecían impropias en un hombre como él, un intelectual. Además,
siento yo, en las emociones uno no miente. Podrá fingir un ratito
pero a la larga es insostenible. En cambio, en lo otro -ideas,
ideologías, intenciones-, sí se puede impostar... Disculpemé otra
vez, miren allá: eso es lo que quedó del tren.
(Tizón frena el auto y señala hacia la derecha: un tramo de riel
de unos 300 metros se sostiene sólo en los extremos, como un puente
tendido entre dos paredones que todavía no devoró la erosión.
La tierra sobre la que descansaba el resto de la vía se nombra
por ausencia. Se conserva uno de cada cinco durmientes originales
y uno tiene la impresión de ver una boca desdentada, sonriendo
a desgano en una tierra donde llorar sale caro porque el agua
no sobra. Hay un minuto de silencio por los trenes que la privatización
mudó a áreas más rentables y el viaje sigue.) -¿Qué cosas le duelen del país hoy? -Esas vías sin tren, por ejemplo. Cada vez que pienso en lo que
costó traerlo hasta acá y en el pedazo de historia que es el ferrocarril
para esta zona, me da mucha rabia. Me duele que el daño profundo
que se le causó al país con esta política thatcherista no sea
más evidente, que no se explicite a viva voz, en los estadios
de fútbol; que la gente crea que todo eso nos pasó, como le pasó
a Edipo acostarse con su madre: porque no hubo más remedio. ¿íCómo
que no hubo más remedio!? George Steiner dice que la tragedia
es un género reaccionario. Yo siempre me pregunté qué quería decir
con eso. Y claro, tiene razón, porque la tragedia ocurre cuando
no existe nada más, cuando no hay poder de réplica y no se puede
cambiar la suerte propia ni la de los demás. Por eso la tragedia
no puede ser nunca revolucionaria, ni siquiera democrática, porque
en la democracia no sucede ese tipo de cosas. No hay cosas que
suceden porque tienen que ser así necesariamente. Acá estamos
tomando la globalización, el neocapitalismo salvaje y un mundo
insolidario como si fueran una tragedia que nos cayó de arriba
y ahora no hubiera más remedio que arrancarse los ojos. Eso me
preocupa y me duele profundamente porque siento que asumir un
destino trágico es echarle la culpa a otro y lavarse las manos.
-Cuando habla de Yala usted da a entender que no la eligió, que
simplemente vive allí porque es su sitio. ¿Pero por qué cree que
Yala lo sigue eligiendo a usted? -Quizá porque volví. Creo que un hombre puede nacer y renacer
muy pocas veces en su vida. Yo he intentado renacer en otro lugar
y creí haberlo logrado durante un tiempo largo, pero después me
di cuenta de que mi lugar de origen era mejor que aquel otro -España-
en el que había sobrevivido al exilio y estaba echando raíces.
Y volví. No es una falta que un hombre no quiera ser del lugar
donde nació y trate de irse a otro lado. Lo que sí es lastimoso
y se da a menudo es pensar que los lugares de prestigio lo prestigian
a uno. He visto en ciudades estupendas una cantidad de imbéciles
suficiente como para saber que vivir en París o en Nueva York,
por sí solo, no prestigia a nadie.
-¿Y de usted mismo qué le enseñaron los viajes? -Mi familia y yo hemos cambiado 32 veces de casa; de país, un
montón y otro montón de ciudad. Lo curioso de eso es que yo lo
contrastaba con mi sincero afán de ser un hombre sedentario, de
quedarme, por ejemplo, en este rinconcito. Lo que pasa es que
hay tantos lugares del mundo que a uno le gustaría conocer -una
isla griega, alguna parte de Mallorca...-. Pero quizá sea mi tiempo
de ser, en verdad, un viajero sedentario. Creo que me gustaría
terminar mis días en algún lugar muy quieto, viendo pasar las
nubes, conversando, eventualmente, con alguien a quien, también
eventualmente, le guste conversar. Jujuy se ajusta a ese deseo.
Los hombres y las mujeres silenciosos, como son aquí, no dicen
tonterías ni emplean la lengua en palabras inútiles. -Se van a reeditar tres libros suyos:Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido y La casa y el viento, y hace poco salieron en dos tomos sus Obras Escogidas. ¿Cómo lo hace sentir eso? -Como que estoy llegando al fondo del barril, ¿no? Pero, bueno,
llega el momento en que uno tiene que dejar el sitio a los que
siguen. Así debe ser. Pienso, también, que quizá sirva para llegar
a otros. Recuerdo que apenas volvimos del exilio, en el 83, se
hizo una mesa en la Feria del Libro en Buenos Aires, para presentar
la segunda época de la revista Crisis, y yo le dije a Eduardo
Galeano: "Esto no va a funcionar". Y él contestó: "Pero si está
lleno de gente, ¿no ves?" "Sí, pero no hay nadie de menos de cuarenta",
le dije yo. "No hay chicos, no hay lectores nuevos".Y es que eso
nos pasó a escritores como Saer, Piglia y yo mismo: no tuvimos
parricidas, jóvenes que nos leyeran, cuestionaran y "mataran"
primero, para asumirnos luego como herencia. Los diezmó el Proceso.
El paso de una generación a otra no fue gradual sino brutal: no
hubo trasvasamiento, sino vacío. Y hubo que sobreponerse también
a eso.
-¿Le asusta la idea de la vejez? -No. No todavía, al menos.
-¿Y la muerte? -La muerte, aunque ensayemos definiciones, de tan rotunda es
inaceptable. Nuestras posturas frente a la muerte, creo yo, son
un intento por exorcizarla. Pero bueno, a la muerte uno no tiene
el deber de creerla. A ella no le importa, llega nomás. Cuando
yo era chico, recuerdo, a uno lo llamaban y decían: "La abuela
está muriéndose, vengan a despedirse". Y uno iba, y rodeaba el
lecho de la abuela, y la abuela le daba la bendición, y apoyaba
la mano sobre la de uno, y le decía adiós. Pero ahora, ya ni los
viejos admiten la idea de la muerte, y la muerte es una abstracción,
algo que pasa fuera de la casa de uno, en un sanatorio, lejos.
Pero no, creo que tampoco le temo a la muerte.
-Son curiosos los antecedentes que elige para presentarse en la
solapa de su libro: "Ex embajador, vagabundo, exiliado y regresado". -Es que esas palabras resumen mi vida.
-¿Es positivo el saldo de sus vagabundeos? -Sí, sí. Aunque de toda la vida que uno vive sólo aprovecha un
exiguo porcentaje. Un hombre está hecho en verdad de muy pocos
momentos importantes. Un puñadito de personas queridas, tal vez...
Todo lo demás es ruido y anonimato. Al cabo de los años, cuando
uno ya ha probado bastante, se da cuenta de que son muy pocas
cosas las que lo hacen feliz. Por ejemplo, la idea de ir conformándose
con lo que se ha sido y también con lo que no se pudo ser. Unos
cuantos -muy pocos, los posibles, que siempre son muy pocos- amigos
con los que uno tenga un lenguaje común, valores entendidos. Tener
la certeza de no haber hecho deliberadamente daño a nadie, y,
en mi caso, haber tratado de ser justo como juez y como hombre.
-¿Y al escritor le queda algún sueño pendiente? -Yo creo que un novelista es igual a los demás, sólo que ciertas
cosas le impactan más que a otros. Si uno entra en un bar y ve
sentado a un hombre al que se le caen las lágrimas, le parece
que vale la pena indagar, jugar a construirle una historia. Y
la escribe porque necesita expresar ése y otros pedazos de vida
que le faltó vivir. Escribe para decir: "Aquí estoy yo. Estas
pocas palabras que he escrito son mi biografía. Apócrifa, pero
mía. Es el resumen de mis propias carencias porque no pude ser
más rico que el conjunto de estas vidas que les cuento". Una vez
conocí al dueño de un burdel en el que había un cartel con letras
de neón que decían: "Recuerdos del 37". "¿Pero recuerdos de qué,
cómo eran?", le preguntaba la gente. El siempre contestaba lo
mismo: "Aaaahhh". "Sí, pero, a ver, cuentemé, ¿por qué del 37?"
Y él repetía: "Ahhhh". Algo muy estupendo le había pasado ese
año, pero nadie supo, salvo él, qué había sido. Para mí, la biografía
de ese hombre es ese gesto: un ademán y una cara de felicidad
extraordinaria. Ojalá yo pudiera decir lo mismo, al cabo del tiempo.
Claro, a lo mejor, es mucho lo que estoy pretendiendo.
|