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Conversación en un jardín

Si las sillas de hierro en que nos hemos sentado Tizón y yo estuvieran
provistas de sendos almohadoncitos, el mundo sería perfecto.
El jardín, solitario y recoleto, está en el centro de Buenos Aires.
Altos muros lo separan del ruido exterior, como si fuera el claustro
de un convento. En los canteros florecen heliotropos y malvones
e, invisible entre las ramas altas del árbol que nos da sombra,
un zorzal canta con entusiasmada esperanza. Si las sillas de hierro
en que nos hemos sentado Tizón y yo estuvieran provistas de sendos
almohadoncitos, el mundo sería perfecto.
Con Tizón nos acordamos del día en que acompañé a Borges a Yala,
hace más de treinta años. Yala, donde todavía tiene Héctor su
casa, queda a sólo trece kilómetros de la ciudad de Jujuy, pero
la memoria, que suele modificar en general para bien los recuerdos,
la ubicaba mucho más lejos, cerca del paraíso . -Sí -dice Héctor-,
es un lugar paradisíaco, antiguo y grande. Esto tiene ventajas
e inconvenientes. Por ejemplo, cuando me pintan la casa, los pintores
reacomodan los libros por tamaño y entonces es como no tenerlos;
no encuentro nada, pero lo lindo es irlos redescubriendo. Hoy,
Yala se ha convertido en un lugar suburbano, con una ruta excelente,
y en minutos se está en la ciudad. En mi niñez quedaba muy lejos
y era un pueblo autónomo. Había de todo. Se podía comprar whisky
importado; entonces funcionaba bien la colonia. Bueno, ahora también.
La gente vivía, se maleducaba y moría allí. No abandonaba el pueblo.
Hoy se van a trabajar a la ciudad, los que tienen trabajo.
-Me acuerdo de que antes sólo podías escribir en Yala. ¿Sigue
siendo así?
-Antes era antes. Ahora, después de haber tenido, no sé si por
gracia o por desgracia, la necesidad de la escritura para vivir,
se me fueron todos los tics. Lo hago en cualquier lado.
-¿Cuál es la gracia y cuál la desgracia?
-Un escritor no debe tener apremios económicos ni apuros. El ritmo
de la escritura debe ser casi biológico, como el de la circulación
de la sangre. El apuro puede lograr fines no queridos. Escribir
debe ser una función armónica. Es lo mismo que hacer el amor de
prisa, eso es una barbaridad.
-¿Escribís todos los días, como lo confesaron Vargas Llosa o Graham
Greene?
-No, no, no. A lo sumo suelo anotar en papelitos. En general escribo
los fines de semana. Greene era un gran macaneador, yo lo conocí.
Más que escribir, bebía repetidas y supuestas tazas de té que
no contenían té. El solía decir cosas que podían sonarle agradables
a su interlocutor. No creo que nadie escriba todos los días. Puede
ser Vargas Llosa, allá él.
-Tu última novela, La mujer de Strasser, es tu libro número catorce,
¿no?
-Sí. Son demasiados. A mí me gustaría componer un volumen que
llevara un pedacito de cada uno de mis libros pero no la suma
de todos. Es un lugar común, y tú lo sabes, que uno siempre escribe
el mismo libro con variantes. Yo puedo ser escritor y puedo ser
juez, pero no dos escritores diferentes .
-Sos camarista, ¿no es cierto?
-No. Soy juez de la Corte Suprema.
-¡Ah! Muy superior. Estoy frente a un señor muy importante, que
tiene mucho trabajo.
-¡Por favor! Nosotros resolvemos los casos en los que está en
juego la Constitución. Tampoco es demasiado trabajo, porque nos
llegan los casos muy masticados que admiten dos hipótesis de resolución,
a lo sumo. Pero es tarea delicada porque por encima de uno no
hay nadie.
-Sólo Dios.
-Algunos dicen que sí, yo no lo creo. Por eso me preocupa decidir
una cosa y, de pronto, no sentirme demasiado seguro. Ocurre muy
pocas veces.
-Debe de ser horrible convivir con ese sentimiento. La mujer de
Strasser transcurre en Yala. ¿Por qué?
-Un escritor debe escribir sobre el lugar y la gente que conoce,
tratando en lo posible de que no se note y lo pueda leer todo
el mundo. Los únicos que pueden escribir sobre cualquier cosa
son los ingleses, porque en cualquier lugar del mundo en que estén,
en Pakistán, en Africa... siguen siendo ingleses.
-¿Cómo definirías esta novela?
-Es el cruce de los caminos de personas con orígenes y destinos
diferentes, que no tenían por qué cruzarse, alrededor de una metáfora,
que es la construcción de algo, en este caso un puente. Puente
que a nadie le importa y que nadie sabe adónde va, salvo la pobre
gente que lo construye. Es una novela de pasiones. La protagonista,
la mujer del título, crece hasta desbordar la existencia de los
demás. El segundo personaje en importancia es otra mujer, la anciana
aborigen, y detrás de ellas dos está el retrato de la abuela.
En mis novelas las mujeres son piedras basales porque así es la
sociedad en que vivimos. Aparentemente dejan que el hombre gobierne,
pero la mujer es más fuerte, por eso es más longeva.
-Al leer tu libro me pareció que estabas enamorado de la protagonista.
-Siempre lo estuve, desde que tenía cinco años y ella, treinta
más que yo. Su retrato, mirálo, aparece en la primera página del
cuadernillo de fotos y yo, niño, en la siguiente.
-Es muy linda.. Entonces, se trata de un libro autobiográfico.
-Sí. Pero si bien tiene pantallazos intensos, no muestra la continuidad
de la vida de esa mujer. No fui capaz de describirla entera. Además,
sería una forma de traicionarla. En la vida hay cosas que mejor
no conocer. Tal como está escrita la novela, creo que se lee bien.
Por supuesto, pude haberla mejorado si mis posibilidades me lo
hubieran permitido. Es la historia de una mujer que amó mucho,
quizá más de lo necesario, y a quien no debía amar.
-Hace más de treinta años que nos conocemos. Dejando de lado los
relativos estragos producidos por el tiempo, ¿en qué has cambiado?
-En el carácter. Ya no tengo impaciencias ni apuros. Si me muriera
hoy , no tendría pena por las cosas que supuestamente podría haber
hecho y no hice. Además, y por no vivir en una gran ciudad, disfruto
algo que pocos tienen, salvo los muy ricos: tiempo.
-¿Cómo has recibido la cantidad de distinciones que te han dado
últimamente?
-Sorprendido. No creía demasiado en mí. Pero como hace cuatro
o cinco meses he estado desahuciado, lo primero que pensé, fue:
qué suerte tuve en no morirme.
-¿Deseas algo que te falte?
-No. Sólo deseo conservar la paz que tengo y, si es posible, acrecentarla.
María Esther Vázquez
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