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LA NACION LINE | 11.09.97 | Cultura

 

Una novela con el lenguaje de los sueños
Ficción perfecta

LA MUJER DE STRASSER
Por HECTOR TIZON
(Perfil)-139 páginas páginas

Hay libros que requieren del lector una actitud especial, o quizá lo que requieren sea una ausencia total de presupuestos por parte de él. Si se lee La mujer de Strasser presuponiendo que es una novela típica y con la exigencia de verosimilitud que normalmente se exige a las historias noveladas, es probable que se fracase. Porque La mujer de Strasser es verosímil en el mismo sentido en que lo son los sueños y los recuerdos modificados mil veces por la memoria, exaltados unos, encubiertos otros, porque responden a las necesidades más profundas de quien sueña o recuerda.

A tal punto es así, que el autor advierte al principio que "hubiese querido imitar en la narración el lenguaje o la forma vaga de los sueños", aunque luego aclare que esto no es posible debido a la inevitable carga histórica de las palabras. No obstante, lo logra en buena medida. Pero, eso sí, hay claramente una historia. Lo que sucede es que ésta se arma con fragmentos, con episodios recortados de un modo que, lejos de ser azaroso, responde a la lógica interna de quien los narra, que es la de su deseo.

Como en los sueños, los personajes de esta novela, cualquiera sea su nivel cultural, suelen decirse palabras de sentido hermético pero evidente para ellos, como si compartieran códigos anteriores al lenguaje. Estas palabras están por lo general referidas a una carencia, a un deseo insatisfecho. Valgan algunos ejemplos: "Te sobra lo que te falta" (pág. 57); "Usted le recuerda a alguien que nunca conoció" (pág. 97). También se expresan muchas veces con una hondura de pensamiento y una destreza verbal que no puede ser sino la de quien los sueña. Así, con una prosa notable y un tono entre onírico y reminiscente, los que pueblan el relato van cobrando nitidez del mismo modo que a partir de la imagen borrosa de una antigua fotografía reconstruimos o inventamos rasgos que tomamos por verdaderos.

Strasser y su mujer, Hilde, llegan a un pueblo del noroeste argentino. Strasser debe dirigir la construcción de un puente que, por su perfecta inutilidad y obsesiva presencia en las vidas de los personajes, recuerda a la fortaleza de El desierto de los tártaros. Allí está Janos, un húngaro que les sirve de nexo con la gente del lugar. Los tres traen a cuestas una historia europea, carga pesada con la que conviven a duras penas. La novela alterna ese pasado con el tiempo en que el puente se erige en el desierto, tiempo de pasiones (centradas en Hilde) y conflictos existenciales que van tejiendo el destino de cada uno: la muerte, la soledad, quizá la posibilidad de salvarse. Cuando, sobre el final, se descubre la identidad de quien recuerda (el narrador), se hace evidente la perfección con que esta ficción fue estructurada y se comprenden cabalmente las palabras de Tizón en su breve prólogo: "La narrativa no puede desobedecer a leyes casi tan inexorables como las de la física".

Raúl Brasca

 

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HECTOR TIZON
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