|
"Creen que soy un best-seller pasajero, no un escritor. Lo mismo
pasó con Roberto Arlt hace treinta años" Un atardecer de junio,
en 1991, volví a ver a la madre de Manuel Puig en el mismo living
modesto de la calle Charcas donde la había conocido veinte años
antes.Había un invencible anhelo de orden en los objetos que la
rodeaban. Cierta ley de la gravedad dictada por el tiempo, o por
la voluntad del hijo muerto, dejaba caer los objetos en un lugar
preciso, y ese lugar era para siempre.
"Vení a saludar a Coco", me dijo, resucitando el apodo familiar
que Manuel detestaba. "Tenés que verlo. Está precioso".
María Elena delle Donne -ése era su nombre, aunque le gustaba
que los amigos de Manuel la llamáramos Male- me llevó a la salita
que su hijo había usado como estudio en los años de Boquitas pintadas y The Buenos Aires Affair. En el rincón menos hospitalario languidecía, inútil, la Olivetti
Lettera en la que Puig había escrito sus tres primeras novelas.
En los estantes metálicos de la biblioteca vi algunas traducciones
de Pubis angelical, una biografía de Greta Garbo y los libretos
radioteatrales, encuadernados, de Yaya Suárez Corvo, que conocieron
una efímera fama en los años 40 y por los que Manuel había profesado
siempre una veneración secreta. Las paredes estaban adornadas
con abanicos japoneses y una espada de samurai. El editor de Tokio
se los había regalado a Male en marzo de 1990, y ahora ella no
quería desprenderse de los recuerdos. "No podés imaginar lo feliz
que Coco estuvo en Japón", me dijo. "A todas las personas les
gusta que las quieran, pero él era más sensible que nadie a esas
cosas."
A la izquierda de la biblioteca, entre dos budas de porcelana
dudosa, vi el cáliz de metal bruñido en el que Male había llevado
desde México las cenizas de Manuel. Contra lo que yo esperaba,
no había ninguna inscripción que indicara el principio y el fin
de la historia. Nada que dijera, en el estilo paródico del difunto:
Hijo, descansa en paz o Manuel Puig (General Villegas, 1932 -
Cuernavaca, 1990). Sobre el cáliz desentonaba un crucifijo de
bazar.
"Decíle a Coco lo que estás pensado", me alentó Male. "No tengas
vergüenza. Decíle que lo encontrás más lindo que nunca".
Yo no sentía vergüenza ni sorpresa ni tan siquiera pena. Manuel
Puig había muerto de una dolencia incomprensible un año antes,
en México y, después del desconcierto de la noticia, ya la tristeza
se había disipado. En verdad, yo no sabía qué hacer ante aquellas
cenizas. Puig no estaba en ellas y tampoco quedaba nada de él
en ese cuarto: nada, ni lo que había deseado o imaginado, y menos
aún lo que había sido.
La primera vez que oí hablar de Manuel Puig fue en el otoño
argentino de 1967, cuando el editor catalán Carlos Barral me llamó
por teléfono al semanario Primera Plana -del que yo era entonces jefe de redacción- para contarme que
un "prodigioso escritor argentino" había perdido por un margen
de dos votos el premio de novela Biblioteca Breve. "Tu corresponsal
en Nueva York debe entrevistarlo", me dijo. "Lo encontrarán en
las oficinas de Air France del aeropuerto Kennedy. Se llama Juan
Puig y está allí, en la recepción, a la espera de que aparezca
una estrella de cine".
Primera Plana no tenía corresponsales en Nueva York, pero uno de los redactores
del semanario debía de todos modos pasar por las oficinas de Air
France en Kennedy durante una escala a Europa. Una semana después
envió lo que el semanario titularía "Retrato del novelista desconocido".
Puig era -escribió- un joven de estatura mediana, que se desplazaba
por los pasillos del aeropuerto en cámara lenta. Había nacido
a mediados de 1932 en General Villegas, una ciudad desértica de
la provincia de Buenos Aires, y se había mudado a Buenos Aires
en 1949 para estudiar arquitectura.
La arquitectura, sin embargo, era sólo un desvío para llegar
a su pasión verdadera, el cine.
A fines de 1960 trabajó en algunas coproducciones más bien
atroces. La mejor, que se llamó Una americana en Buenos Aires,
avergonzó tanto a su desvergonzada protagonista -Mamie Van Doren-
que ella jamás quiso incluirla en su filmografía. Puig, en cambio,
logró sacar ventaja de esas desdichas. Durante todas las noches
de 1961 y 1962 escribió, casi en secreto, un guión sobre la inagotable
voracidad de una familia por el cine. General Villegas se le fue
transfigurando en una ciudad imaginaria, Coronel Vallejos, y él
mismo, Juan Manuel, asumió la identidad de Toto, un niño que nunca
crece y por el cual pasan, desbordadas, las habladurías del pueblo.
Casi por inercia, el guión fue derivando en una novela, La traición de Rita Hayworth. A fines de marzo de 1965, cuando sintió que ya estaba terminada,
se la dio a Juan Goytisolo. Fue él quien alentó la idea de enviar
el manuscirto al concurso de Sex Barral.
Seis meses después de aquella entrevista, Puig pudo instalarse
por fin en Buenos Aires. Llegó desprendiéndose de su primer nombre,
Juan. Todos los sábados, en mi casa de la calle Rodríguez Peña,
nos reuníamos para leer los borradores del folletín que estaba
escribiendo (y que debía llamarse Eras para mí la vida entera,
según he descubierto en una de sus dedicatorias). Después, salíamos
a caminar por Santa Fe o por Corrientes, sintiéndonos extraños
en una ciudad a la que ninguno de los dos pertenecía. Aunque Manuel
era receloso, reservado y más bien distante, apenas advirtió que
yo no iba a condenar su homosexualidad sino más bien a protegerlo
de otras condenas, me confió su desesperado amor por un obrero
que colocaba tuberías de gas.
"Soy una mujer que sufre mucho", me dijo. "Si pudiera, cambiaría
todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar
a mi hombre en el zaguán de la casa, con los rulos hechos, bien
maquillada y con la comida lista. Mi sueño es un amor puro, pero
ya ves, estoy condenada a los amores impuros."
Aunque era evidente que sufría, habló sin el menor asomo de
autocompasión, como si el dolor fuera de otro. "Yo tendría que
haber nacido mujer, ¿no te parece?", dijo, suspirando. Dejaba
caer los suspiros como si los hubiera ensayado delante de un espejo.
Eran su afectación pero también un último recurso de su pudor.
Reflejaban en su vida lo mismo que las líneas suspensivas expresan
en los diálogos de sus novelas: melancolías, signos de interrogación,
tiempos perdidos. "Tal vez", repitió, "yo debería nacer de nuevo,
en otra parte.."
Un mediodía de noviembre, mientras caminábamos por la avenida
Santa Fe hacia la esquina de Salguero, vi que su cuerpo se crispaba
sin razón aparente. Manuel era todavía joven, y su belleza provinciana,
algo tosca, llamaba la atención. Cultivaba con esmero un parecido
remoto con Tyrone Power, copiando los mohines de torero que le
había visto al actor en Sangre y arena. Se dejaba caer un mechón
de pelo oscuro sobre la frente y caminaba con pasos largos y atléticos.
Cerca de la esquina de Salguero se alzaban dos carpas de lona
oscura. Sobre unos flejes, en la vereda, vi achuras y costillares
asándose. Manuel me tomó una mano, como si yo pudiera ampararlo.
"Ahí está él. Ahí está su cuadrilla", señaló con voz sigilosa.
"Es la hora de comer pero él no sale. Se queda siempre en la fosa,
trabajando". Temblaba como un adolescente. "Acá nos separamos",
me dijo. "A él no le gusta que lo molesten pero yo no me aguanto.
Voy a bajar a buscarlo".
Lo vi apartar las lonas de la carpa y desaparecer. No dio señales
de vida hasta tres días más tarde. Estaba de un humor sombrío
y, cuando cometí la torpeza de preguntarle por su aventura con
el obrero de gas, me contestó con sequedad:"Historia pasada".
Escribía con una disciplina de hierro, a veces un par de horas
por la mañana y cuatro a cinco por la tarde. Cuando estaba trabajando
en los últimos capítulos de su folletín, se quedaba hasta las
ocho o nueve de la noche y luego se iba a nadar. Un profesor de
natación lo consoló de su fracaso con el último amante, pero cada
vez que pasábamos ante una de esas carpas oscuras donde se guarecían
las cuadrillas de la electricidad, del gas o de los teléfonos,
no podía reprimir la tristeza.
Fue en esas vísperas del fin de su novela -a la que por fin
decidió llamar Boquitas pintadas- cuando me presentó a Male, su
madre, y empezó a contarme algunas historias de su infancia. El
padre, Baldomero Puig, era un fraccionador de vinos; Male trabajaba
en una farmacia. La pasión de ella era ir todos los miércoles
al cine, a la doble función vermut donde pasaban las películas
románticas de Bette Davis, Norma Shearer, Greer Garson, Ann Sothern
e Irene Dunne.
Manuel la acompañaba siempre, pero cada vez que los compañeros
lo golpeaban en la escuela o se burlaban de él, el padre -para
endurecerlo- le prohibía esos placeres por una semana o un mes.
En 1973, cuando publicó The Buenos Aires Affair y le llovían las ofertas para traducirlo, empezó a sentir que
la Argentina no le hacía justicia. Había llegado más lejos que
cualquier otro escritor de su generación, pero se lo trataba como
a uno cualquiera. No quería aceptar que el país siempre había
sido así, y que seguiría siéndolo. Cuando recuerdo los encuentros
de aquellos años me parece volver a oír su inagotable amargura.
Suponía que los críticos argentinos -tanto en los medios de prensa
como en la universidad- consideraban su obra como un artificio
menor, destinado a no perdurar sino a ser consumido y olvidado
por el mercado. "Creen que soy un best-seller pasajero, no un
escritor", me dijo. "Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta
años, y los que le cavaron la tumba son los mismos que ahora lo
ensalzan."
Volví a verlo fugazmente en los pasillos del diario La Opinión -cuando la reseña sobre The Buenos Aires Affair tardaba demasiado en salir, lo que a él le parecía otro signo
de la mala voluntad hacia su obra- y años después con más frecuencia,
en Venezuela y en Nueva York. Fuera de Buenos Aires volvió a ser
el de antes. Una noche, en un hotel de Cumaná -lo habían invitado
a dictar un taller literario de dos meses en la Universidad de
Oriente-, le referí con exagerada simplicidad las ideas sobre
la creación del mundo que el cabalista Yitshac Luria había imaginado
en Safed -una aldea mística de Galilea- entre 1566 y 1572, cuando
tenía poco más de treinta años. Luria se había preguntado cómo
era posible que Dios pudiera existir en todas partes. Si Dios
era Todo en todo, ¿cómo se explicaba la presencia de seres y objetos
que no eran Dios? La respuesta de Luria era que Dios, hospitalario,
se había contraído a sí mismo para abrirle un sitio al mundo.
Luria pensaba -le dije- que el En-sof, el Ser Infinito, se había
replegado hacia lo más recóndito de sí para que la creación fuera
posible. Se había retraído en un movimiento semejante al del aspirar
el aire y al final de los tiempos volvería a exhalarlo, recuperaría
su ser original.
Nunca sentí a Manuel tan hipnotizado por una idea como esa
noche. Me pidió que le diera más detalles. Yo los había olvidado.
Lo único que mi memoria lograba recuperar era la palabra hebrea
tsimtsum, que en el lenguaje de la Cábala significa "retirada",
o más bien, "retraimiento". Contra la más remota ortodoxia, le
dije, el tsimtsum de Luria no era el punto infinitamente sagrado
donde Dios se había concentrado sino el lugar del que se había
ido. El tsimtsum éramos nosotros.
"¿Cómo se puede ver la creación de esa manera?", me dijo. "Es
maravilloso. Ahora entiendo el sentido de las cosas.El fin del
mundo va a ser, entonces, la fusión de todos en el Todo. Todos
seremos Dios".
Fue la única vez que le oí una inquietud metafísica. Creía
que había otras inteligencias en las galaxias remotas, y a veces
creía (o quería creer) en la reencarnación, pero las teologías
y el más allá lo dejaban indiferente. Resplandecía, en cambio,
cuando contaba sus victorias de amor. Conocí a dos o tres de sus
pasiones en el Village de Nueva York -donde volvió a vivir en
1976- y a un ex albañil que lo acompañaba en el hotel Hilton de
Caracas. Todos eran, como él decía con falsa modestia de conquistador,
"casados y muy varoniles".
Aunque yo siempre lo llamé Manuel, él se llamaba a sí mismo
Rita o Julie -por Julie Christie-, y hablaba de los demás en femenino,
dándoles nombres de actrices: Carlos Fuentes era Ava Gardner,
Mario Vargas Llosa era Elizabeth Taylor, a mí me tocaba ser Faye
Dunaway o Jane Russell, actrices que no le gustaban.
A sus amores ocasionales los llamaba sin embargo como a los
maridos de Rita Hayworth: Orson (por Welles), Alí (por Alí Khan),
Dick (por el cantante Dick Haymes) o Jim (por el productor James
Hill, que fue el último). Una noche de diciembre, en el vestíbulo
del Caracas Hilton, vimos a una mujer muy hermosa que pocos años
antes había sido Miss Universo. La belleza trabajada y un tanto
boba de la mujer me dejaba frío, pero Manuel quedó seducido. "¡No
sabés cuánto daría por ser ella!", me dijo. Sentí una invencible
curiosidad y me atreví a preguntarle: "¿Alguna vez hiciste el
amor con una mujer, Manuel?¿Alguna vez lo harías?" Me miró y,
con toda seriedad, me dijo: "Cuando era chico soñaba con eso.
Ahora pienso que, si lo hiciera, sería sólo una vez, por curiosidad,
para saber cómo es. Dos veces me parecerían una perversión".
Sus frases me volvieron a la memoria el aciago 23 de julio
de 1990, cuando leí en The New York Times la necrología de Puig,
que había muerto la madrugada anterior en Cuernavaca. Definía
su obra como una muestra de "realismo experimental, oscuro y elusivo
como el de William Faulkner". Creo que esa definición le hubiera
gustado.
El segundo párrafo de la necrología me llamó la atención. Afirmaba
que "su hijo (sic), Javier Labrada, dijo que el escritor había
muerto de un ataque al corazón después de una operación de vesícula".
Las últimas líneas le adjudicaban a Puig un segundo hijo, Agustín
García Gil, que -como Labrada- vivía en Cuernavaca. Esas referencias
me sorprendieron. ¿Era posible que Manuel hubiera tomado a dos
niños en adopción? Llamé por teléfono al autor del artículo, John
McQuiston, y le pregunté si sabía algo más sobre el tema. "Nada",
me dijo. "La noticia vino en un cable de agencia. Cuando traté
de confirmar la información en la empresa fúnebre, me hablaron
de dos hijas, Rebecca y Yasmin, pero me pareció que era una broma,
una traición final de Rita Hayworth."
Rebecca y Yasmin se llaman las hijas que Rita tuvo con Orson
Welles y Ali Khan.
Años después fui a México para reconstruir los últimos días
de Manuel. Supe que Labrada dirigía la filmoteca del Canal 13
y que García Gil era una figura notoria del teatro mexicano. Ambos
se referían a Puig como "mi mami" y él, a su vez, hablaba de los
jóvenes que revoloteaban por su casa como de "mis hijas". También
oí el rumor de que el SIDA había causado su muerte, pero los amigos
más serios negaban que fuera cierto. Conocí mi versión de la historia
a través de Male, de Tununa Mercado y de los raros escritoresmexicanos
a los que Manuel había frecuentado.
Me dijeron que la muerte rondó a Manuel durante varios meses
sin poder alcanzarlo. El miércoles 18 de julio de 1990, cuando
por fin se le clavó en el vientre, estaba sentado en su estudio
de Cuernavaca, escribiendo la segunda escena de Madrid 37, el
guión que la directora española Marina Cañonero le había pedido
"para ayer si puedes, Manolito, que tengo la producción armada
y sólo faltas tú para que comencemos". Eran las diez de la mañana.
Había pasado una noche horrible y no le ocurría nada. Era extraño
sentir cómo de pronto la imaginación le rodaba por los suelos
sin que pudiera retenerla. Todo lo abandonaba: el entusiasmo de
la juventud, las voces que siempre acudían a él en el silencio
de las mañanas y que se desplegaban solas por el papel. "Estoy
empezando a dudar de mí, mamá", le dijo a Male. "Ya no recuerdo
cuál fue la última vez que sentí fuerzas para crear y amar, ni
siquiera recuerdo la mala sangre de los últimos meses en Buenos
Aires".
Eso era lo terrible de aquella enfermedad desconocida: que
le quitaba todo, hasta el pasado.
A las diez y dos minutos dela mañana escribió: El general más
bien bajo con el birrete puesto de costado (se le nota que es
calvo) estudia la situación ante la mesa de arena. Banderitas
azules para sus tropas y rojas para los enemigos... Cuando llegó
a esos puntos suspensivos le regresó el dolor, con más intensidad
que durante la noche. Palideció y dejó caer la cabeza sobre la
máquina. Al rato, Male volvió de la pileta -o la alberca, como
la llamaban en México- y lo encontró así, apretándose el vientre
con las manos, hundidas las ojeras, apagado como una raya en el
horizonte. "¿Te ha pasado algo, Coco? ¿Querés un té? Descansá
un poco, hijo. Andá al espejo y mirá lo demacrado que te has puesto.
El me miró con unos ojos tan desamparados que sentí frío en el
alma, ¿sabés?, me di cuenta en el fondo del corazón de que algo
malo estaba pasando. Con un hilo de voz me pidió que lo llevase
al médico. A ver, le dije, ¿qué te duele? Aquí al costado, me
contestó: es como si me cayeran gotas de plomo derretido."
Esa tarde, a las tres, lo llevaron al quirófano. Salió a las
siete y media: se le habían afilado los rasgos,la piel estaba
tensa en los pómulos y la frente, como si las ráfagas de la muerte
lo hubiesen marcado ya y no le permitieran despertarse.
Tardó más de dos días en salir del coma, pero el Manuel que
balbuceó unas pocas palabras al oído de Male no se parecía al
de antes. Eran sílabas más bien, torpezas sin sentido. Nadie supo
jamás qué había ocurrido. Los médicos de Cuernavaca no dieron
explicaciones. Insinuaron que algo pasaba con el corazón; que
al extirparle la vesícula hubo un momento en que Manuel se les
iba.
Manuel murió el domingo 22 al amanecer. Se fue apagando en
silencio, sin molestar a nadie. No lo vieron marcharse las enfermeras
ni el médico. El timbre junto a la cama estuvo mudo toda la noche
y hasta la fiebre de los días últimos se le había evaporado. Acababa
de cumplir 58 años.
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación - Buenos Aires, 1997
|
|