Santa Evita por Carlos Fuentes En 1943, yo vivía en la esquina de Quintana y Callao, en Buenos
Aires. Acababa de cumplir quince años, pero no iba a la escuela
para evitar la ideología fascista promulgada por el ministro de
Educación, Martínez Zuviría (que escribía novelas con el seudónimo
de Hugo Wast). Quería regresar a México, y la Argentina era un
compás de espera. En vez de estudiar, me dediqué a leer a Borges,
seguir a la orquesta de tangos de Aníbal Troilo, ir a los cines
de la calle Lavalle y oír novelas radiofónicas. Realidad y ficción Se ha vuelto un tópico decir que en América latina la ficción
no puede competir con la realidad. Las novelas de Carpentier primero,
de Garcia Márquez y Roa Bastos enseguida, le dieron suprema e
insuperable existencia literaria a esta verdad hiperbólica. No
era -no esposible-, en este sentido, ir más allá de El otoño del patriarca y Yo el Supremo. Sin embargo, sigue siendo cierto que la novela difícilmente
compite con la historia en Latinoamérica. Se ha citado una conversación
que tuvimos Garcia Márquez y yo a raíz de la increíble secuela
de eventos recientes en México: había que tirar los libros al
mar, la realidad los había superado. La Cenicienta en el poder Por sórdida y naturalista que sea la historia de los orígenes
y el ascenso de Eva Duarte, la acompaña desde un principio otra
historia, mítica, mágica, hiperbólica. Los enemigos de Evita no
vieron más que la novela naturalista, a lo Zola: Evita Naná. Ella
se propuso vivir la novela novelada, a lo Dumas: Cenicienta Montecristo.
Pero ni ella ni sus enemigos veían más allá de la Argentina culta,
parisiense, cartesiana, que las elites porteñas,con Victoria Ocampo
y la revista Sur a la cabeza, le ofrecían al mundo. ¿Pues no vencía
la ficción a la historia, la imaginación a la realidad, en un
país donde los soldados de un campamento perdido en la Patagonia
ponían seis o siete perros contra una pared, atados, formaban
un pelotón y los fusilaban en medio de tiros errados, aullidos
y sangre? "Lo único que nos entretiene acá son los fusilamientos."
Tomás Eloy Martínez recuerda, y describe, la afición de los militares
argentinos por las sectas, los criptogramas y las ciencias ocultas,
culminando con el reino del "Brujo" López Rega, eminencia gris
de la siguiente señora Perón, Isabelita. Sólo a la fábula fantástica
puede pertenecer el plan de un coronel argentino para asesinar
a Perón: cortarle la lengua mientras duerme. Y Eva misma, cuando
conoce a Perón, en 1944, empezaba ya a practicar su vocación filantrópica
manteniendo a una tribu de albinos mudos escapados de los cottolengos.
Se los presenta a Perón. Están desnudos, nadando en un lago de
mierda. Horrorizado, Perón los despacha en un jeep. Los albinos
se escapan, perdidos para siempre en los maizales ¿Realidad o
ficción? Respuesta: la realidad es ficción. Un cadáver errante El doctor Ara, verdadero Frankenstein criollo, se va a encargar
de darle vida inmortal al cadáver embalsamado de Eva Perón. "Evita
se había tornado tensa y joven, como a los veinte años... Todo
el cuerpo exhalaba un suave aroma de almendras y lavanda... una
belleza que hacía olvidar todas las otras felicidades del universo."
El toque final de la teatralidad del doctor Ara es poner a la
muerta flotando en el aire puro, sostenida por hilos invisibles:
"Los visitantes caían de rodillas y se levantaban mareados". El último enamorado El formalista ruso Víctor Schklovsky admiró la temeridad de
los escritores capaces de revelar el entramado de sus novelas,
exhibiendo impúdicamente sus métodos. Don Quijote y Tristram Shandy son dos ejemplos ilustres de este "desnudar del método"; Rayuela, un gran ejemplo contemporáneo. Tomás Eloy Martínez pertenece
a ese club. Santa Evita está construida un poco a la manera del Ciudadano Kane, de Orson Welles, con testimonios de un variado reparto que conoció
a Evita y a su cadáver: el embalsamador, el mayordomo, la madre
Juana lbarguren, el proyeccionista del cine donde el ataúd estuvo
escondido -segunda película-, detrás de la pantalla. El peinador
de la señora, los militares que se ocuparon de su cadáver. Redención de Benjamin Santa Evita es la historia de un país latinoamericano autoengañado, que se
imagina europeo, racional, civilizado, y amanece un día sin ilusiones,
tan latinoamericano como El Salvador o Venezuela, más enloquecido
porque jamás se creyó tan vulnerable, dolido de su amnesia porque
debió recordar que también era el país de Facundo, de Rosas y
de Arlt, tan brutalmente salvaje como sus militares torturadores,
asesinos, destructores de familias, generaciones, profesiones
enteras de argentinos.
para La Nación - México, 1996
La actriz Eva Duarte protagonizaba una serie radial sobre mujeres
célebres de la historia: María Antonieta, Ia emperatriz Carlota,
Aladame Dubarry... Estos programas se anunciaban en la biblia
de la radiofonía argentina, Sintonía. Eran bastante atroces, y la actriz era pésima. Tomás Eloy Martínez
transcribe a la perfeccion sus parlamentos en la espléndida novela
que nos ocupa, Santa Evita. "¡Macksimiliano sufre, sufre, y yo me vuá vover loca!". Las
películas de Eva Duarte no eran mejores; recuerdo haber visto
una adaptación de La pródiga, de Alarcón, que, como anota TEM parece filmada antes de la invención
del cine. Y en la portada de la revista Antena, Eva Duarte aparecía
a veces con trajes de baño de mal corte, o disfrazada de marinero.
En el edificio de departamentos donde yo vivía con mi familia
todos se iban a las diez de la mañana y sólo quedábamos yo, leyendo
a Borges y oyendo a Eva, y una bellísima señora europea que vivía
sola en el piso superior. Una mañana fingí demencia y fui a tocar
a su puerta. Ella apareció, platinada y con un lunar postizo en
el pómulo. Le pedí disculpas, había perdido mi ejemplar de Sintonía y quería saber si hoy en la mañana Eva Duarte hacía, el papel
de Juana de Arco.
-No -me contestó mi vecina-. Hoy hace de la Dubarry. Es menos
santa, pero más entretenida.
De este modo, indirectamente le debo mi iniciacion sexual a
Eva Perón. La conocí, de oídas, antes que el propio coronel Juan
Domingo Perón, a la sazón ministro de Trabajo en el gabinete militar
del general Edelmiro Farrel y rumorado, ya, como el poder detrás
del trono. Cual no sería mi sorpresa, al regresar a México en
1945, de saber que en 1944 Perón y Eva Duarte se habían conocido
y que ahora, frente a las multitudes, interpretaban su propia
radionovela sin necesidad de imaginar, él, que era César, y ella,
que era Cleopatra. La primera vez que los vi juntos en su balcón
de la Plaza de Mayo, en el noticiero EMA, supe que de ahora en
adelante Eva Duarte y Juan Peron iban a interpretar a dos personajes
llamados "Eva Duarte" y "Juan Perón", o como lo indica TEM, dejaron
de distinguir entre verdad y mentira, decidieron que la realidad
sería lo que ellos quisieran: actuaron como novelistas. "La duda
había desaparecido de sus vidas."
Tomás Eloy Martínez vuelve a los surtidores mismos de esta
paradoja latinoamericana, para recordarnos, primero, que en ella
se encuentra el origen de la novela; enseguida, para someter la
paradoja a la prueba de la biografía (la vida y muerte de un personaje
histórico, Eva Perón), y finalmente para devolver una historia
documentada y documentable a su verdad verdadera, que es la ficción.
"El único deber que tenemos con la historia es reescribirla",
dice Oscar Wilde, citado por TEM. Y el propio autor argentino
elabora: "Todo relato es, por definición, infiel. La realidad...
no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con
la realidad es inventarla de nuevo". Y si la historia es otro
de los géneros literarios, "¿por qué privarla de la imaginación,
el desatino la exageración, la derrota, que son la materia prima
de la literatura?"
s, por un momento, lo que pudo ser la vida irredenta de Eva
Duarte, nacida en el "pueblecito" de Los Toldos el 9 de mayo de
1919, hija natural, muchacha prácticamente iletrada que nunca
aprendió ortografía, que decia "voy al dontólogo" cuando iba al
odontólogo, obligada a aprender urbanidad básica, Liza Doolitle
de la Argentina profunda, esperando al profesor Higgins que le
enseñara a pronunciar las "erres". En vez, la llevó a Buenos Aires,
a los quince años, el director de una orquesta de tangos bufa,
llamado Cariño, quien acostumbraba disfrazarse de Chaplin.
Al iniciarse el ascenso de Eva Perón, la oligarquía y las elites
argentinas le opusieron el desprecio más feroz. "Esa mina barata,
esa copera bastarda, esa mierdita"; a los ojos de sus enemigos
sociales, Eva Duarte era "una resurrección oscura de la barbarie"
en un país convencido -engañado- de ser "tan etéreo y espiritual
que lo creían evaporado". La derrota -mediata e inmediata- de
la oligarquía argentina y sus pretensiones por "la mina barata"
es una de las mejores historias de venganza política de nuestro
siglo.
El arma histórica de la vendetta de Evita fue una sola: no perdonar, no perdonar a nadie que la
humilló. la insultó, la golpeó. Pero su arma mítica fue mucho
más poderosa: Eva Duarte creía en los milagros de las radionovelas.
"Pensaba que si hubo una Cenicienta, podía haber dos." Esto es
lo que ella sabía. Esto es lo que ignoraban sus enemigos. Evita
era una Cenicienta armada. La Argentina no era un Olimpo europeo
de la América latina.
TEM lo admite: las fuerzas de su novela son dudosas, pero sólo
en el sentido de que también lo son la realidad y el lenguaje.
Se filtran deslices de la memoria, verdades impuras. "A lo mejor
no estaba sucediendo nada de lo que parecía suceder. A lo mejor
la historia no se construía con realidades sino con sueños. Los
hombres soñaban hechos, y luego la escritura inventaba el pasado.
No había vida, sólo relatos."
Eva Perón, la Cenicienta en el poder, lo ejerció como la madrina
de un cuento de hadas. Como un Robin Hood con faldas, lo daba
todo, atendía a las inmensas colas de gente necesitada de un mueble,
un traje de novia, un hospital. La Argentina se convirtió en su
"ínsula barataria", sólo que el Quijote era ella, y Sancho Panza
su marido realista, jornalero, chato, sin el carisma que ella
le dio, el mito que ella le inventó y que él acabó por aceptar
e interpretar. Mítica. Eva Perón podía ser, sin embargo, tan dura
como cualquier general o político. Pero esto era secundario al
hecho central: Cenicienta no tenía que hacer malas películas y
actuar en malas radionovelas. Cenicienta podía actuar en la historia
y, lo que es más, verse en la historia: TEM narra un maravilloso
episodio en el que Eva en la platea ve a Eva en la pantalla visitando
al papa Pío XII. La actriz frustrada va repitiendo en voz baja
el diálogo silencioso entre la primera dama y el Santo Padre.
Ya no es necesario actuar en los foros despreciados de Argentina
Sono Film. Ahora el escenario es nada menos que el Vaticano, el
mundo... y el cielo. La historia perfecta, después de todo, sólo
puede escribirla Dios. Pero imitar la imaginación de Dios es acceder,
en la Tierra, a su reino virtual. Santa Evita lo fue en vida:
en 1951. una niña de 16 años, Evelina, le envía dos mil cartas
a Evita, a razón de cinco o seis por día. Todas con el mismo texto,
como se le reza a las santas. Evita ya era en vida, como dice
Ricardo Garibay de nuestra santa patrona mexicana, la Virgen de
Guadalumpen.
¿Cómo iba a soportar ese cuerpo, esa imagen, la enfermedad
y la muerte? "Prefiero que me mate el dolor y no la tristeza",
dice Eva Perón cuando su cáncer se vuelve terminal. A los treinta
y tres años, la mujer poderosa, bella, adorada , caprichosa, filantrópica,
la esposa de Perón pero también la amante de los descamisados,
la madre de los grasitas, se hunde fatalmente en la intolerable
muerte temprana, la joven parca se la lleva... Y la ficción que
la rodea cada vez más se acentúa con la agonía. Su mayordomo Renzi,
retira los espejos de la recámara de la moribunda, inmoviliza
las básculas en 46 perpetuos kilos, descompone los aparatos de
radio para que ella no escuche el llanto de las multitudes: Evita
se muere. Pero muerta, Eva Perón va a iniciar su verdadera vida.
Esta es la esencia de la alucinante novela de Tomás Eloy Martínez,
Santa Evita.
Al caer Perón, en 1955, los nuevos militares decidieron desaparecer
el cadáver de Evita. Pero no lo incineraron, con lo fácil que
hubiera sido quemar esos tejidos rebosantes de químicos: volaría
en cuanto le acercasen un fósforo. El presidente en funciones
ordena, en cambio, que sólo se le dé cristiana sepultura. Es un
cuerpo "más grande que el país", en el que los argentinos han
ido metiendo todos "la mierda, el odio las ganas de matarlo de
nuevo". Y el llanto de la gente. Quizá, dándole cristiana sepultura,
caerá en el olvido.
Pero Eva Perón, al fin dueña de su destino, se niega a desaparecer.
Magistralmente, Tomás Eloy Martínez nos va develando la manera
como Evita sigue viviendo, asegura su inmortalidad, porque su
cuerpo se convierte en objeto de placer incluso para quienes la
odian, incluso para sus guardianes... El fetichismo, indica Freud,
es una alteración del objeto sexual. Provoca una satisfacción
sustituta -satisfacción, pero también frustración-. Los guardianes
del cadáver de Evita no sólo sustituyen el imposible amor sexual
con la diosa o hetaira nacionales. Aseguran la supervivencia del
cadáver, asistidos por el doctor Ara, que, por supuesto, se aferra
a que su obra maestra perdure. Triplican el cadáver: uno real
y dos copias, el real señalado por marcas ocultas en la oreja,
en el sexo. Mueven el cadáver -los cadáveres- para despistar,
para deshonrarlo y para seguirlo honrando, para monopolizar la
posesión de Evita Perón en su errancia fúnebre, de desván a sala
de proyecciones, a cárceles de la Patagonia, a camiones del ejército,
a buques transatlánticos, pasando por áticos familiares. La llaman
la Difunta. ED. EM. (Esa Mujer.). La llaman Persona.
Persona: la lengua francesa carece de nuestro rotundo "nadie", del "nessuno"
italiano, del "nobody" inglés. Le da a nadie su persona: persona es respuesta negativa, elipsis de la inexistencia, sustantivo
abstracto... De esa persona que no es nadie se enamoran sus sucesivos
carceleros. El coronel Moori Koenig, encargado del secreto del
cadáver, está a punto de destruirlo a base de zangoloteos, una
Evita nómada que va y viene por la ciudad porque no hay ningún
lugar seguro para ella -salvo, a la postre, la obsesión del propio
coronel-. La odia. La necesita. La extraña. Ordena a sus oficiales
orinarse sobre el cadáver. Pero no soporta la ausencia de Evita
cuando otro oficial, el Loco Arancibia, la esconde en el ático
de su casa y desencadena la tragedia familiar: la mujer de Arancibia
muere invadiendo el sacro recinto de la muerta. Arancibia pierde
la razón. Evita sobrevive a todas las calamidades. Su muerte es
su ficción y es su realidad. Adonde quiera que es llevado, el
cadáver amanece misteriosamente rodeado de cirios y flores. La
tarea de los guardianes se vuelve imposible. Deben luchar con
una muerte en cuya vida creen millones. Sus reapariciones son
múltiples e idénticas: sólo dice que los tiempos futuros serán
sombríos y como siempre lo son, Santa Evita es infalible.
El embalsamador lo supo siempre: "Muerta, puede ser infinita".
Es el doctor Ara el que se encarga, muerta Evita, de contestar
las cartas que le siguen dirigiendo sus fieles, pidiendo trajes
de novias, muebles, empleos. "Te beso desde el cielo", contesta
la muerta. "Todos los días hablo con Dios." Los carceleros del
cadáver son, ellos mismos, prisioneros del fantasma de Persona,
la Difunta, Esa Mujer. "Dejó de ser lo que dijo y lo que hizo
para ser lo que dicen que dijo y lo que dicen que hizo." El cuerpo
de Eva Perón se muere, pero no deja detrás su destino. El arte
del embalsamador es semejante al del biógrafo. Consiste en paralizar
una vida o un cuerpo, dice TEM, "en la pose en que debe recordarlos
la eternidad". Pero el de Evita es un destino incompleto. Necesita
un destino último, "pero para llegar a él habrá que atravesar
quién sabe cuantos otros". Enloquecido por Eva, el coronel Moori
Koenig cree asistir al destino de Persona cuando ve el alunizaje
de los astronautas norteamericanos. Cuando Armstrong empieza a
cavar para recoger piedras lunares, el coronel grita: "¡La están
enterrando en la Luna!" Yo me quedo, más bien, con este otro clímax:
el capitán de artillería Milton Galarza acompaña el cadáver de
Persona a Génova en el Contessino Biancamano. El cuerpo embalsamado
viaja en un féretro inmenso, zarandeado, relleno de periódicos,
de ladrillos. La única diversión de Galarza durante la travesía
es bajar a la bodega y conversar todas las noches con Persona.
Eva Peron, su cadáver, "es un sol líquido".
A todos ellos, sin embargo, los trascienden dos autores. Uno
de ellos, abiertamente, es Tomás Eloy Martínez. Es consciente
de lo que está haciendo. "Mito e historia se bifurcan y en el
medio queda el reino desafiante de la ficción." Quiere darle a
su heroína una ficción porque la quiere, en cierto modo, salvar
de la historia: "Si pudiéramos vernos dentro de la historia -dice
TEM-, sentiríamos terror. No habría historia porque nadie querría
moverse". Para superar ese terror, el novelista nos ofrece, no
vida, sólo relatos.
"A lo mejor la historia no se construía con realidades sino
con sueños. Los hombres soñaban hechos, y luego la escritura inventaba
el pasado." El novelista sabe que "la realidad no resucita, nace
de otro modo, se transforma, se reinventa a si misma en las novelas".
Pero a partir de este credo, el novelista está condenado a
vivir con el fantasma de su creación, con el sueño que inventa
el pasado, con la ficción que se inserta entre mito e historia...
"Así voy avanzando, día tras día. por el frágil filo entre lo
mítico y lo verdadero, deslizándome entre las luces de lo que
no fue y las oscuridades de lo que pudo haber sido. Me pierdo
en esos pliegues, y ella siempre me encuentra. Ella no cesa de
existir, de existirme: hace de su existencia una exageración."
Tomás Eloy Martínez es el último guardián de la Difunta, el
último enamorado de Persona, el último historiador de Esa Mujer.
Como la América latina invade a la República Argentina, como
los cabecitas negras van rodeando a la urbe parisiense del Plata,
asi invadió Eva Duarte el corazón, la cabeza, las tripas, los
sueños, las pesadillas de la Argentina.
Alucinante novela gótica, perversa historia de amor, impresionante
cuento de terror, alucinante, perversa, impresionante historia
nacional à rebours Santa Evita es todo eso y algo más.
Es la prueba del aserto de Walter Benjamin: cuando un ser histórico
ha sido redimido, se puede citar todo su pasado, tanto las apoteosis
como los secretos.