Santa Evita Fue una desaparición itinerante. Un peregrinaje por la locura,
por los mares y los cementerios. una procesión de velas derritiéndose
en venganza, una travesía de sangre. Fue la senda tortuosa de
la muerte, uno de los dilectos caminos de la Argentina contemporánea.
Fue, es, la historia de "Santa Evita", y la escribió Tomás Eloy
Martínez (60). Santa Evita, es un libro, una novela real del destino
trashumante de un cadáver, el de María Eva Duarte de Perón, que
después de muerta empezó a viajar sin destino. desatando vendavales
de maldiciones, suscitando amores negros, apabullando al país
con intrigas, y seduciendo al mundo con las lágrimas que brotaban
de una momia hermosa, melancólica y profanada por la vida en el
corazón de su larga muerte.
Fragmento del final excluído de Santa Evita. "Hablaba sin mirarme. De vez en cuando tomaba aliento y señalaba
con el índice a sus amigos, que respondían con económicos murmullos
de aprobación. Yo tampoco lo interrumpí. salvo cuando me perdía
en el laberinto de fechas y de lugares donde Ella, indiferente
había yacido. 'Lo más perturbador fue la seguidilla de flores
y de velas', insistió Corominas. Nunca se llegó a saber quién
las puso. Donde quiera estaba el cuerpo, aparecían las velas tarde
o temprano. Un día las dejaron al lado de mi despacho, ante mis
propias narices. Ahi se me agotó la paciencia. Urdí entonces una
estrategia para enterrar a esa persona lejos de acá, al otro lado
del mundo. Se la llevó Galarza, como le dije. Yo me quedé con
el título de propiedad de la tumba. Todavía lo tengo'. Era un
papel amarillo, trasegado, inservible.
Dice Tomás Eloy: "El cadáver de Evita es el primer desaparecido
de la historia argentina. Durante 15 años nadie supo en dónde
estaba. El drama fue tan grande que su madre (Juana Ibarguren)
clamaba de despacho en despacho pidiendo que se lo devolvieran.
Y murió en 1970 sin poder averiguar nada. No sabía -nadie o casi
nadie lo sabía- si la habían incinerado, si lo habían fondeado
en el fondo del Río de la Plata. Si la habían enterrado en Europa...
A diferencia de los cadáveres desaparecidos durante la última
dictadura, que ruegan por ser enterrados, el cadáver de Evita
plde ser ofrecido a la veneración. De algún modo, en "Santa Evita"
hay una especie de conversión del cuerpo muerto en un cuerpo político~.
"Durante meses y meses (la hermana Airoldi) no vio nada. Hasta que
en 1958, la víspera de Navidad, un ramo frondoso de margaritas
apareció en lo peor de una tormenta de nieve. Eso nos llevó casi
a la desesperación. Dése cuenta, el secreto que habíamos conservado
con tanto cuidado se nos desmoronaba. Armé una red de vlgilancia
férrea. Maggi y yo nos instalamos en un hotel a dos cuadras del
cementerio. Tres monjas paulinas nos relevaban. Tuvimos suerte.
A fines de enero, un sábado, volvió el culpable. Hizo correr la
losa de la tumba y abrió la tapa del ataúd. Era, por lo tanto,
algulen que conocía las claves de la cerradura...
Y"...Rojas Silveyra y Maggi oían en silencio. Las ráfagas de noctámbulos
entraban y salían del café pero el humo de los cigarrillos disolvía
sus siluetas, y cada vez que los miraba me parecían espectros... Apunta el autor: "el proceso de necrofilia se extiende a lo largo
del siglo XIX y también se da en el siglo XX de infinitas maneras.
Por un lado en el culto a Rosas y en la repatriación de sus restos
y, por otro lado, en la Recoleta. Ese cementerio es una exposición
de ese tipo de situaciones. Resulta notable esa especie de reivindicación
de la necrofilia en los últimos años. Así, fue profanada la tumba
de Fray Mamerto Esquiú, se robaron el cuerpo del padre de Martinez
de Hoz (todo entre 1978 y 1988). Poco más tarde, en 1991, cuando
se volvia riesgosa la elección de Palito Ortega, el presidente
Menem se presentó en Tucumán con los restos de Juan Bautista Alberdi,
y los ofrendó a la provincia. De ese modo garantizó la elección
de Palito. Y Juan Bautista Alberdi es un muerto."
En una turbia medianoche de invierno de 1989 sonó el teléfono
en la casa de San Telmo de Tomás Eloy, que decidió atender "por
letargo o por desconcierto". Era el coronel Héctor A. Cabanillas
(en la novela se llama Tulio Ricardo Corominas), era el hombre
que había pivoteado, por expresa disposición de Pedro Eugenio
Aramburu, el "Operativo Traslado" de los restos de Eva Perón a
lugar seguro. Cabanillas había tenido un predecesor frustrado
y demencialmente castigado por la obsesión de Evita: el teniente
coronel Carlos Moori Koenig (en la novela aparece con su nombre
real). Moori Koenig nunca pudo dar cristiana sepultura al cuerpo
de la segunda esposa de Perón. Una cadena de enigmáticas desgracias
lo derrotaron antes y lo ahogaron en un río de ginebra y de delirio.
Esa noche, la del llamado, fue una noche de cita. Tomás Eloy fue
al café Tabac de Libertador y Coronel Díaz. Y allí se encontró
con Cabanillas (Corominas); con Jorge Rojas Silveyra -embajador
en España en los tiempos de Alejandro Agustín Lanusse. Rojas fue
el encargado de devolver a Juan Perón el cuerpo de su mujer después
de décadas de secretos ambulatorios. También estaba otro testigo
crucial, fantasmagórico y desdoblado, que la cautela del novelista
decidió llamar "Maggi". Ellos le entregaron toda la documentación
que tenían en sus manos, porque "el secreto los ahogaba". La historla
del cuerpo de Evita empezaba a develarse.
Noticias accedió en exclusiva a un capítulo que el autor decidió excluir
de su libro. Es otro final posible para un relato que no termina.
A continuación se consignan los fragmentos narrativos de ese capítulo,
y en un contrapunto ante Noticias, y de frente a su propio texto,
Tomás Eloy habla de la Argentina.
-Está vencido -le dije señalándole la fecha.
-No Importa. Es la prueba de que la tumba fue mía.
-Nadie la visitaba.
-Claro que si, la hermana Giuseppina Airoldi. Iba domingo por
medio si
alguien dejaba las malditas flores" (...)
-Moori Koenig- adiviné.
-A Moori Koenig ya lo habíamos desorientado por completo. No podia
ser él..." (...)
Agrega Tomás Eloy: "la necrofilia argentina es tan vieja como
el ser nacional. Comienza ya cuando Ulrico Schmidl, el primero
de los cronistas de Indias que llegan hasta el Río de La Plata,
narra cómo Don Pedro de Mendoza pretendía curarse de la sífilis
que padecía aplicándose en sus llagas la sangre de los hombres
que él mismo había ordenado ahorcar. Todos recuerdan la odisea
del cadáver de Juan Lavalle, que se iba pudriendo a medida que
los soldados trataban de preservarlo de los enemigos llevándolo
por la Quebrada de Humahuaca. En 1841, un cierto capitán García
cuenta el martirio de Marco Manuel de Avellaneda, el padre de
Nicolás Avellaneda, un personaje importante de la Liga Federal,
antirrosista y gobernador de Tucumán, asesinado por las fuerzas
de Oribe. El relato de la muerte de Avellaneda es de un notable
regocijo necrofílico. Cuenta que esa muerte tarda, que los ojos
se le revuelven, que cortada la cabeza ésta se agita durante varios
minutos en el suelo, que el cuerpo se desgarra con sus uñas ya
decapitado. Una matrona llamada Fortunata García de García recuperó
esa cabeza y la lavó con perfume y supuestamente la depositó en
un nicho del convento de San Francisco. Yo investigué profundamente
el tema y descubrí después que en realidad a la muerte de Fortunata
García de García, encontraron en su cama, perfumada y acicalada
la cabeza del mártir Marco Manuel de Avellaneda, con la cual había
dormido a lo largo de treinta años".
- Entonces, una noche de agosto de 1971, Tulio apareció por sorpresa
en Madrid- dijo Rojas Silveyra con voz ronca, estriada de flemas.
-No todavía -corrigió Corominas. Ese es el final de la historia.
Todo empezó un año antes cuando los montoneros secuestraron al
general Aramburu.
-Aramburu -recordé. Los montoneros anunciaron que lo secuestraban
como venganza por la desaparición de Evita: él era el presidente
militar de entonces. El decidió que el cuerpo desapareciera...
...Perón fue el único que casi completó el rompecabezas. Averiguó
que el cuerpo estaba en el cementerio Monumental, bajo una lápida
con nombre falso, y punto. Tenía que remover más de cuatro mil
tumbas.
-Removió algunas -terció, misterioso. Maggi.
Corominas fingió no oirlo, o quizás no lo oyó".(...)
"Saber algo es, a veces, intolerable. Me dije: sé dónde está la
Eva. Puedo ofrecer el cadáver de Milán a cambio de la vida del
general Aramburu. El mismo día que lo secuestraron hablé por teléfono
con el superior de la orden de San Pablo. Le pedi que se pusiera
en contacto con los montoneros y les sugiriera el trueque. Se
negó. Le había prometido a Pío Xll guardar silencio eterno." (...)
Sigue el escritor: "Yo lo conocí personalmente a Perón, él me
contó sus memorias. Lo que me desencantó sobre todo fue la conciencla
de la manipulación del interlocutor. Perón decía lo que el interlocutor
quería escuchar. Sin embargo, había una laguna en aquellos diálogos:
Evita. Perón no me hablaba de Evita. Mejor dicho, López Rega,
que siempre estaba presente durante las entrevistas, no se lo
permitía. Cuando yo invocaba el nombre de Evita, López comenzaba
a hablar de Isabel. Al fin yo le propuse a Perón que nos encontráramos
una mañana a solas. Perón asintió.
Me recibió a las ocho en Puerta de Hierro. Empezábamos a hablar
y de pronto irrumpió López Rega. Y volvió a desviar la conversación.
Fue muy grosero. Dijo dirigiéndose a Perón: 'Aqui viene mucha
gente, General, y todos quieren sacarle a usted cosas, y a lo
mejor después van y lo venden en Buenos Aires, y vaya a saber
lo que hacen con todo eso.' Entonces, yo me puse muy mal y le
dije a Perón: 'Mire, General, usted me prometió que acá ibamos
a hablar a solas. Y eso significa que yo no debo padecer la humillación
de su servidumbre'. Perón estuvo de acuerdo. Miró a su secretario
y le dijo: 'López, el señor tiene razón, la señora Isabel me ha
dicho que hay unas lechugas buenísimas en el mercado, ¿por qué
no va y la acompaña a elegir unas lechugas?' Y allí me empezó
a hablar de Evita. Me la describió como a una fanática, y me dijo
que sin duda Eva hubiera armado y largado a la calle a los obreros
el 16 de setiembre de 1955, porque no toleraba nada que no fuera
peronista."
"Sólo yo, entonces, podía revelar el secreto. Si algo me pasaba,
esa persona la Eva, se iba a perder para siempre. Tomé mi decisión.
Llamé a Lanusse, el comandante en jefe del Ejército: con él me
desahogué. -Así fue como viniste a Madrid -insistió Rojas Silveyra.
-Antes pasaron algunas tormentas. Un presidente reemplazó a otro
y por fln Lanusse los reemplazó a los dos. Diez meses, después
un año, Lanusse me convocó y me dijo: 'Corominas, hay que devolverle
a Perón todas las banderas'. La más valiosa era el cadáver. Y
la más frágil. Podía estar destruido, podía no estar. Hacía más
de diez años que nadie abría esa tumba. Le ordené a Maggi que
viajara a Milán y le pidiera ayuda al superior de San Pablo...
-Fue un salto al vacío, dijo Rojas Silveyra. Nadie sabía cómo
iba a reaccionar el viudo. Estaba enamorado de otra mujer y Evita
ya era sólo su pasado. -¿Su pasado? -dije incómodo. Evita nunca
fue el pasado de nadie. Nos guste o no, sigue siendo el presente".
La conclusión: "parece que en la Argentina -dice Tomás Eloy- hubiera
como una especie de instinto fatal de destrucción, de devoración
de las propias entrañas. Una veneración de la muerte. La muerte
no signiflca el pasado. Es el pasado congelado, no significa una
resurrección de la memoria, representa sólo la veneración del
cuerpo del muerto. La veneración de ese residuo es una especie
de ancla. Y por eso los argentinos somos incapaces de construirnos
un futuro, puesto que estamos anclados en un cuerpo. La memoria
es leve, no pesa. Pero el cuerpo sí.
La Argentina es un cuerpo de mujer que está embalsamado".