El caso Robledo Puch (4/4)
Osvaldo Soriano
La caída de un canalla
Manuel Acevedo es un trabajador sacrificado. Tiene varias casas
alquiladas que le dan una buena renta, de la que podría
disfrutar a los 58 años. Pero él prefiere trabajar. Se
emplea de sereno en la ferretería Masseiro Hnos., de
Carupá. No pasa la Nochebuena ni la Navidad con su esposa, sus
tres hijas y sus yernos, por cuidarle los intereses al patrón.
Para eso le pagan, dice, y espera a jubilarse para dejar su sueldo de
53 mil pesos por mes. Lo iba a dejar mucho antes. La noche del 3 de
febrero de 1972. Cuando Robledo y Somoza entran al negocio, Acevedo
podría estar pensando en la renta de sus casas, edificadas a
lo largo de casi una cuadra en la calle Castiglione, de Tigre. Le
sorprendió recibir dos balazos, pero no alcanzó a
pensar mucho. Robledo no lo dejó. Había llegado con
Somoza en una moto, que estacionaron en el lugar. Ahora se dedican a
trabajar en la caja fuerte. Un rato cada uno, quemándose las
manos con el soplete.
Hasta que a Somoza se le ocurre hacer la broma. Justo cuando la
caja iba a saltar. Héctor no comprende por qué su
compañero le dispara. Muere enseguida. Robledo utiliza el
soplete para quemarle la cara y las manos para que no queden huellas.
Un error lo perderá: olvida quitar la cédula que Somoza
guardaba en un bolsillo. Apurado, huye en la moto. Era su
último escape. Ese día, el subcomisario Felipe Antonio
D'Adamo lo detiene frente a su casa y le pone las esposas.
"El chacal"
Cinco días más tarde, el 8 de febrero, los diarios
informan la detención de uno de los mayores criminales de la
historia. En adelante, el caso de este hombre que asesinó a
once personas y del que se sospecha haya aniquilado por lo menos a
tres más, ocuparía dos páginas por día en
Crónica y una página en La Razón. Los canales de
televisión se lanzan a la caza de parientes y amigos. La
revista Así agota varias ediciones.
Los redactores de la sección policial de Crónica
exprimen su imaginación bautizando a Carlos Eduardo Robledo
Puch: Bestia humana (el día 8); Fiera humana (al día
siguiente), Muñeco maldito, El verdugo de los serenos, El
Unisex, El gato rojo, El tuerca maldito (el 10), Carita de Angel, El
Chacal (el 11). Ese día, el diario de Héctor Ricardo
García sugiere que Robledo es homosexual, por lo que
"sumaría a sus tareas criminales otra no menos deleznable",
escribe el redactor.
Crónica improvisa, conjetura relaciones entre el acusado y
la familia Ibáñez, se queja del silencio de los
testigos, del mutismo del juez Sasson. Durante las primeras
reconstrucciones, el público pide la muerte de Robledo,
intenta lincharlo. Crónica sublima el hecho y titula: "El
pueblo intentó linchar al monstruo". La Razón compite
con su colega buscando reportajes, opiniones, otros impactos.
Se crea tal confusión que a cinco días de detenido
Robledo, es difícil averiguar cuántos son, realmente,
los crímenes que ha cometido.
Los médicos policiales revisan al acusado y existe la
impresión de que su desequilibrio no le servirá para
eludir la condena a cadena perpetua. Los especialistas esbozan
explicaciones contradictorias. Ninguna de ellas sirve para determinar
las causas que llevaron a un joven de 20 años a aniquilar por
la espalda a quienes se cruzaban en su ansioso camino hacia el
éxito.
No sirven porque Robledo Puch no es un objeto sobre el que los
profesionales de la medicina puedan improvisar teorías tejidas
a la distancia. El es un ser humano, y no es posible diagnosticar
desde un consultorio la enfermedad de un hombre que espera sentencia
en un calabozo.
Para elucubrar un psicodiagnóstico aceptable, es necesario
convivir con el paciente. Practicar, por ejemplo, los test de
Rorschach, de Murray, de Bender, de Phillipson o de Weiss. Eso lo
ordenará seguramente el juez Víctor Sasson mientras
algunos profesionales siguen desmenuzando las lacras de Robledo, de
toda la sociedad. Este criminal ha pasado a ser un apetitoso elemento
de consumo. ¿Cuál es la enfermedad de Robledo?
¿Cuál la de quienes lo rodean? ¿Qué sentido
tendría aplicar la pena de muerte a un enfermo?
Nunca un caso criminal conmovió tanto a la sociedad
argentina. Durante varios días toda actividad política,
deportiva, artístíca, pasó a segundo plano ante
una evidencia: en Buenos Aires, un muchacho puede por si solo quebrar
todas las barreras de seguridad, matar y robar sin que la justicia lo
alcance hasta que la tragedia haya abrazado a muchos.
La sociedad argentina no acepta la pena capital. Lo que
parecería común en Estados Unidos, causa sorpresa y
estupor aquí. La policía, que ha dedicado sus mayores
esfuerzos a la detención de guerrilleros, a los que denomina
"delincuentes políticos", da la impresión de ser
vulnerable frente a quien ni siquiera es un profesional, sino un
psicópata.
Muchos han querido cuestionar, a través de Robledo Puch, a
toda una sociedad. Otros piensan que se trata de un caso aislado, de
un hombre desesperado.
Sea como fuere, Robledo Puch desnuda la apetencia arribista de
algunos jóvenes cuyos únicos valores son los
símbolos del éxito: "Un joven de 20 años no
puede vivir sin plata y sin coche", ha dicho el acusado. El tuvo lo
que buscaba: dinero, autos, vértigo; para ello tuvo que matar
una y otra vez, entrar en un torbellino que lo envolvió hasta
devorarlo. Cuando mató al primer hombre, Robledo Puch ya se
había aniquilado a sí mismo.
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Osvaldo Soriano, de "Artistas, locos y
criminales", Editorial Bruguera. © Osvaldo Soriano,
1983.
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