El caso Robledo Puch (3/4)
Osvaldo Soriano
Damas peligrosas
Ibáñez quiere probar a Virginia Rodríguez,
una adolescente de 16 años que frecuenta las boites de Olivos.
Robledo para en un hotel de Constitución y no tiene tanto
interés por las mujeres. A Ibáñez se le
antojaban seguido, como ahora la Rodríguez.
La noche del 13 de junio. Ibáñez va a buscarlo al
hotel para dar un paseo. No tienen coche y eso deprime a Robledo
Puch, Ibáñez le pide que lo espere en una
pizzería. Minutos más tarde vuelve con un Dodge Polara.
Lo estaciona y entra en la pizzería; en voz baja le dice a
Robledo: "Metele que le tuve que hacer la boleta al sereno". Es la
única vez que Ibáñez dispara por su cuenta.
Espera un premio: Virginia Rodríguez. Se lo dice a Robledo, le
pide que se la consiga.
Esa noche la encuentran y Carlos baja con el revólver.
Virginia sube. Toman la ruta Panamericana. Ibañez, que maneja
el auto estaciona a un.costado del camino. Pasa al asiento trasero y
desnuda a la muchacha que se resiste. Robledo mira, pero su
compañero lo echa. Se sienta en un costado y espera. Cuando
los ve bajar del auto se acerca. "Andate", dice Ibáñez
a la chica. Ella corre. "Tirale", ordena a Robledo. Este dispara
cinco veces. Más de lo necesario. Carlos se acerca y la
revisa. Encuentra mil doscientos pesos en la cartera de la muchacha.
Se van, pero apenas han recorrido un par de kilómetros a toda
velocidad cuando chocan contra un cartel indicador. El auto no
funciona y lo dejan abandonado. La policía no hallará
nunca ese Dodge Polara amarillo. Ibáñez y Robledo toman
el ómnibus 215.
Robledo está cansado de andar en ómnibus. Ha chocado
el 600 y lo ha tenido que vender por la mitad de lo que costó.
Reúne el dinero y compra un Dodge GTX. Está feliz con
esa máquina arrolladora. Se siente invencible en los
semáforos. Pero a Ibáñez se le siguen antojando
mujeres. Es como un juego. Eligen y toman lo que está al
alcance de la mano. Cada vez es más fácil. El 24 de
junio esperan a Ana María Dinardo, una aspirante a modelo de
23 años, que ha ido a visitar a su novio que trabaja en la
boite "Katoa". Cuando sale, la encaran. Según cuenta Robledo,
bastó que le mostraran una billetera con 250 mil pesos para
que ella subiera al auto. Toman por la Panamericana, hasta el mismo
lugar donde once días antes dejaron el cadáver de
Virginia.
Ibáñez pasa al asiento trasero, pero la muchacha le
cuenta que está indispuesta. Sugiere una cita.
Ibáñez vive sus cosas muy rápido y la desviste.
Ella --que al parecer practicaba Karate--, se defiende.
Jorge Antonio se cansa y la deja vestirse, pero se queda con la ropa
interior de la chica. Le dice que se vaya. Ella alcanza a caminar
unos pasos y Robledo le mete siete balazos en la espalda. Luego se
acerca y le saca cinco mil pesos y un encendedor. Antes de subir al
auto Robledo se detiene, mira el cadáver, toma puntería
y le destroza una mano de un balazo. Ibáñez observa a
su amigo, quizá con un estremecimiento de temor. Vuelven. Para
Ibáñez sería la última aventura.
Adiós al amigo
Los trascendidos de la investigación no aclaran el destino
de Jorge Antonio Ibáñez, muerto el 5 de agosto en un
accidente de auto. Viaja junto a Robledo y se estrellan.
Ibáñez muere, pero surge la sospecha de que Robledo
haya ultimado a su amigo y simulado el accidente. Este es el caso del
que menos noticias han trascendido. Héctor Somoza
tendría su oportunidad.
Somoza consigue dos revólveres y el 15 de noviembre ambos
se introducen en el supermercado "Rolón", de Boulogne. El
método clásico: Robledo abre el techo y bajan con la
ayuda de una manguera de plástico. En medio de la oscuridad
comienzan a buscar el dinero. El tiempo pasa y no hay rastros de la
recaudación. Furioso, Robledo abre una y otra puerta en busca
de las cajas dc seguridad. Es inútil; al único que
encuentra es al sereno Raúl Delbene, que duerme en una pieza.
Este se levanta cuando escucha que alguien abre la puerta. No alcanza
a preguntar nada: Robledo lo mata de un balazo. Siguen revisando pero
no hay dinero. Indignado, Somoza patea cuanto halla a su paso.
Robledo toma un teléfono y le dice a su cómplice: "Se
lo regalo a tu vieja". Al día siguiente, la madre de
Héctor recibe el insólito obsequio. "Deberías
ser tan bueno como Carlos", le dice a su hijo.
Somoza está apurado por hacerse de unos pesos. Su
incorporación a los "negocios graneles" ha resultado un
fracaso. En una rápida inspección del lugar, deciden
dar el próximo golpe dos días más tarde, el 17
de noviembre, en la agencia de automotores Pasquet, de Libertador al
1900, Carlos y Héctor encuentran sólo 90 mil pesos.
Robledo empieza a sospechar que su nuevo compañero le trae
mala suerte. Esa noche, el sereno Juan Carlos Rosas dormía
junto a una fosa del taller. Robledo se acercó a él por
detrás de un coche. Tomó puntería y sostuvo su
brazo derecho con la otra mano: Rosas no alcanzó a despertar.
Una semana más tarde, el 25 de noviembre, Robledo y Somoza
entran en la concesionaria de automotores Puigmarti y Cía. de
Santa Fe 999, en Martínez. Allí, Carlos Eduardo
había ido tiempo atrás con su madre a comprar un coche.
Lo pagó al contado y vio el lugar donde estaba empotrada la
caja de caudales. Nunca lo olvidó. Ahora armados de sendos
revólveres, los dos jóvenes entran al salón y
sorprenden al sereno, Bienvenido Serapio Ferrini. Somoza lo golpea
con su arma y lo llevan al primer piso. Allí Robledo le pega
dos balazos. Más tarde, al ser reconstruidos los hechos,
intentó atribuir este asesinato a su compañero, pero
luego confesó su culpabilidad.
Este es el golpe más arduo de cuantos ha practicado Somoza.
Están cinco horas en el lugar. Con un soplete, abren la caja y
encuentran un millón de pesos. Escapan en un Chevy que luego
abandonan. Había sido el primer éxito de Héctor
Somoza. Era también el último.
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Osvaldo Soriano, de "Artistas, locos y
criminales", Editorial Bruguera. © Osvaldo Soriano,
1983.
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