El caso Robledo Puch (2/4)
Osvaldo Soriano
Presuntamente violento
Robledo está impaciente. Ibáñez lo calma. No
todo es tan fácil como parece. Hay que entrenarse, como en el
fútbol, para no fallar nunca. Ibáñez es
inteligente y se las arregla para tener muchas mujeres que lo buscan
en el bar, le dejan mensajes. Robledo está solo, pero no lo
lamenta. Se siente más fuerte que Ibáñez.
Entre tanto, sus padres se preocupan por la suerte del joven. Le
prohíben salir de noche, le piden cuentas de su vida. Otra vez
Carlos necesita conformarlos. Toma un curso de radio y
televisión y frecuenta la antigua barra del bar "La Perla",
pero no tiene mucho que decir. Ellos le parecen tontos y lo grita:
"Ustedes son unos giles". Para vengarse, sus amigos lo llaman
Colorado, un apodo que en la infancia lo enfurecía.
Sólo frente a Ibáñez se siente bien.
Ibáñez no es un mequetrefe, piensa Robledo. En el
reencuentro, Jorge Antonio lo invita a su casa: "Ya te dije que mi
viejo es macanudo. En casa tengo un par de revólveres. Podemos
practicar tiro al blanco". Eso lo fascina. Destrozar esos cartones
inmóviles le recordará los años del potrero,
cuando jugaba a los cow-boys. "¡Muerto!", gritaba él y el
otro caía al suelo. Lo que más furia le daba era que le
gritaran " ¡El Colorado está muerto!". Eso lo
ponía furioso.
Empiezan a tirar. Robledo tiene en las manos la misma seguridad
para el revólver que para el piano. Agilidad, dice
Ibáñez, que no sabe lo del piano.
Un día trazan el primer plan. Se trata de una
joyería de menor importancia. Como para probar. Todo va bien y
reparten las joyas y los relojes. No entienden demasiado y sacan
cosas de poco valor. Detalles para corregir, piensa Robledo.
Carlos ha cumplido los 17 años y roba una moto. Con ella
alborota a todo el barrio, ya que la arregla en la vereda de su casa
y pone el acelerador a fondo para irritar a los vecinos que
protestan. E14 de febrero de 1969 ingresa en la Escuela de Artes y
Oficios José Manuel Estrada, ubicada en la zona de Los Hornos,
partido de La Plata. Ha sido acusado por el robo de la moto.
Allí permanece 20 días y en un par de charlas con el
director, Eloy Malaundes, le confiesa que no se entiende con su
padre.
Cuando sale, Robledo Puch vuelve al piano. Estudia con la
profesora Virgilia Dávalos, quien lo recuerda como un chico
"tímido y correcto".
Otra vez Ibáñez. Con él empieza a visitar los
boliches de la avenida del Libertador. Conoce a mucha gente y aunque
su cara aniñada--los ojos azules y grandes, los labios
carnosos y el pelo que le achica la frente--no lo hace muy
atractivo, consigue algunas mujeres.
Los dos amigos se tienen cada vez más confianza.
Concretan varios golpes, casi todos en la calle, Robledo no sabe
todavía que Ibáñez actúa por su cuenta,
como un experimentado profesional; roba coches (prefiere los Torino,
por los que le pagan 400 mil pesos) y su familia parece conocer sus
andanzas.
Robledo, que era un chico callado, se está envalentonando.
Se jacta de su audacia y dice que espera un gran futuro.
Ibañez asiente. Brindan y pagan copas. Las mujeres empiezan a
preferir su compañía.
Carlos Eduardo quiere irse de su casa. Un día lo intenta,
pero no llega lejos. Su padre lo alcanza a las pocas cuadras, baja
del auto y lo abofetea como a un chico. Un rayo de rencor
habrá atravesado los ojos del muchacho.
Aída, la madre de Carlos, está agotada. Decide hacer
un viaje a Europa. Visitará Alemania, donde vivió la
guerra. Viaja en barco porque quiere descanso. José, el padre,
sale al interior para cumplir con su trabajo. E1 10 de enero de 1970
Carlos Eduardo abandona la vacía casa de sus padres. Dentro de
nueve días cumplirá 19 años y quiere festejarlo.
El enemigo insólito
"A los veinte años no se puede andar sin coche y sin
plata", suele decir Carlos Eduardo. Para él, la vida es
simple. A medias con Ibáñez compran un Fiat 600 que
generalmente conduce Robledo. Carlos Eduardo maneja a toda velocidad
e interviene en picadas en las que se muerde de rabia por no tener un
coche más potente.
Una noche, mientras toman una copa, se ponen de acuerdo.
Ibáñez sabe que habrá peligro: se juramentan y
Robledo será el ejecutor de quien se cruce en el camino.
Por fin, la noche del 9 de mayo llegan a la calle Ricardo
Gutiérrez al 1500, en Olivos. Por la pared de una
estación de servicio saltan al techo del baño de una
casa de venta de respuestos para autos. Entran por una claraboya. El
encargado y su mujer duermen en camas separadas. A un lado descansa
una hija del joven matrimonio. No se despiertan. Bianchi no
despertará jamás: Robledo le pega dos balazos. La mujer
se sobresalta y Robledo gatilla dos veces más. Una bala da en
el pecho de la mujer que cae hacia atrás. Carlos Eduardo se
lanza sobre el placard y comienza a buscar. A su espalda oye gemidos
débiles. La mujer se desangra pero no puede moverse porque
Ibáñez ha caído sobre ella. Robledo los mira; no
abarca la tragedia en su totalidad. Hay un muerto y una
violación, pero para él los hechos no tienen
dimensión ni nombres comunes. "Había que sobrevivir"',
diría más tarde. Cuando salen, lbáñez
está manchado de sangre pero no cambian una palabra. Robledo
se detiene un momento y sonríe. Ha visto la vidriera de los
accesorios. Recoge una palanca de cambios y dos instrumentos de
medición "Son para el 600", dice, y los mete junto a los 350
mil pesos que halló en el placard.
El sueño eterno
Robledo aparece en los mismos lugares de siempre. Se nota un
cambio en él. Está exultante, se convierte en el centro
de las reuniones. Habla de autos y de carreras. Anda solo.
Ibáñez ha creído mejor separarse. Nadie debe
sospechar y los muertos no hablan. Pero la mujer de Bianchi no
murió la noche del 3 de mayo. Cuando los dos hombres salieron,
ella fue arrastrándose hasta la estación de servicio de
la esquina para pedir auxilio. Estaba bañada en sangre y
hablaba de un hombre de pelo largo.
El 15 de mayo --doce días después del primer
golpe importante--, Ibáñez y Robledo visitan
"Enamour", una boite de Olivos.
En el fondo hay un jardín que da al río. La noche es
fresca cuando los dos hombres fuerzan una ventana y entran. Revisan
minuciosamente y reúnen casi dos millones de pesos. Cuando se
retiran, Robledo ve una puerta cerrada y la entorna para mirar
adentro. Dos hombres --Pedro Mastronardi y Manuel
Godoy--duermen el último sueño. Carlos Eduardo
dispara varias veces sobre esos cuerpos. No hay un gemido. Cuando le
preguntaron por qué los había matado, respondió:
"Qué quería ¿que los despertara?"
Desde entonces los amigos entran definitivamente en el
vértigo. El dinero vuela de sus bolsillos en un desenfreno
baladí. No quieren ser hombres distinguidos, como los
criminales de guante blanco. Están matando y lo saben. Tal vez
intuyen que ese vértigo los aniquilará. Han escapado
siempre, pero una simple circunstancia, un error mínimo puede
perderlos. Deciden apostarlo todo; también la vida de quienes
se crucen a su paso. Robledo e Ibáñez gastan horas y
horas frente a las barras de los boliches, también gastan todo
el dinero.
Un día, ambos conocen a Héctor Somoza, un chico de
17 años que trabaja en la panadería de su madre.
Robledo lo ha visto antes, han conversado, han ido juntos a los
balnearios el verano anterior. Inician a Somoza. De la misma manera
que Ibáñez inició antes a Robledo. Roban algunas
motos y Somoza, un día, aparece con un revólver.
Pero Ibáñez no simpatiza demasiado con el nuevo
socio. No le tiene confianza. Somoza vive con su madre y una hermana
en Olivos. Trabaja todo el día en la panaderia, es un chico
formal que está cansado. Hay discusiones; Ibáñez
sale con la suya en poco tiempo. La visita del 24 de mayo al
supermercado "Tanty" no tendrá como huésped a Somoza.
Sin embargo, éste presta su revólver a Robledo.
No están seguros de que el techo se abra con facilidad.
Robledo lleva una barreta y cuerda de nylon para descender. Jorge se
queda de campana y Carlos trabaja. Siempre es así. Por fin, el
material cede. Dos chicos sin experiencia profesional han destrozado
otra vez la seguridad de un comercio. Entran. En plena oscuridad
tratan de no derribar las montañas de latas de conserva para
no despertar al sereno Juan Scattone. Pero éste se despierta y
avanza. Robledo se agazapa y gatilla dos veces. Scattone se derrumba.
En las cajas hay cinco millones de pesos. Destapan una botella de
whisky y brindan en la oscuridad. Revisan al muerto y encuentran la
llave de la puerta del personal. Salen repletos de billetes y montan
en la motocicleta que habían dejado muy cerca. Les esperan 20
días de pacífica juerga. A una mujer le quedan 20
días de vida.
[<-
Anterior] Puch [Próxima ->]
Osvaldo Soriano, de "Artistas, locos y
criminales", Editorial Bruguera. © Osvaldo Soriano,
1983.
[Primera
Página] [Soriano]