Iluminados por el soplete, Robledo y Somoza
trabajan callados y serios. Robledo sostiene el aparato que perfora
el material mientras su amigo sigue sus movimientos con
atención. El trozo de acero está por caer y Robledo lo
ayuda con un golpe. Ninguno dice nada. A Somoza acaba de
ocurrírsele una broma acorde con la circunstancia. Pasa un
brazo alrededor del cuello de su compañero y aprieta con
suavidad, cada vez más. Robledo le da un codazo y lo lanza
hacia atrás. Manotea el revólver que tiene en el
cinturón y dispara. Asombrado, quizá sin entender lo
que ocurre Somoza cae y articula una explicación que es apenas
un gemido. Robledo lo observa unos instantes, levanta su brazo
derecho y dispara otra vez. "No podía dejarlo sufrir. Era mi
amigo", explicará después. Se ha quedado solo, con dos
cadáveres junto a él --antes ha matado al sereno
Manuel Acevedo--, pero eso no le preocupa. Sale.
Una moto primero, un camión más
tarde, le sirven para alejarse del lugar. El círculo se ha
cerrado. Al matar a Somoza, Robledo se ha aniquilado a sí
mismo. Unas horas más tarde, la policía lo arresta
frente a su casa.
Los primeros pasos
Carlos Eduardo estudia piano; la maestra dice
que tiene gran facilidad y que es un chico respetuoso. Ejercita con
Hannon y la abuela está contenta con él porque
aprendió muy bien a hablar alemán y también
puede conversar en inglés. Claro que no es un chico afeminado,
como esos que tocan en las fiestas familiares para ganar el aplauso
de los parientes y amigos. El sale a jugar a los cowboys con los
chicos del barrio y juega al fútbol. Se cree Sanfilippo y
cuando le quitan la pelota protesta, dice que fue foul. Pero no le
hacen caso porque es un poco antipático, casi agresivo cuando
discute. Por eso, le dicen Leche hervida.
Los domingos acompaña a su madre a la
iglesia de Olivos. Algo a regañadientes, es cierto, pero va y
se porta bien. En el colegio Cervantes es un poco indisciplinado,
pero no llama demasiado la atención. De vez en cuando pide
libros a la biblioteca y los devuelve rápidamente, lo que hace
pensar que lee mucho. Una contestación irrespetuosa para su
maestra lo lleva un día frente a la directora. Ella lo reta,
le levanta la voz. El suda muy frío, como le pasa siempre que
alguien le impone una orden. De pronto siente que no puede
más, que esa mujer le molesta. Toma una silla y la destroza
contra la pared. La llegada de los celadores pone a la mujer ante una
situación difícil. Llama a los padres y les pide que lo
retiren del colegio si quieren evitar la expulsión.
La infancia de Carlos no está grabada
en muchas memorias. Su padre --inspector de interior en General
Motors--, dice que él no es culpable de lo que pasa,
aunque no sabe explicar bien por qué ocurre esta odisea que no
cabe dentro de su vida pequeña. Los amigos de Carlos recuerdan
poco, pero frente al periodismo imaginan, quieren participar,
acercarse a la tragedia. La infancia de Carlos Eduardo se confunde en
unos pocos años, como si los hechos se cruzaran entre
sí. Pero no hay nada extraordinario más allá de
la historia que algunos narran: apenas los días apacibles del
hijo único, mimado por la abuela y la madre.
El padre quiere que Carlos sea ingeniero y lo
manda al colegio industrial a los 14 años. A esa edad tiene su
primer contacto con la muerte. Su padre lo lleva al velatorio del
abuelo y también a la ceremonia de cremación del
cuerpo. Carlos permanece silencioso todo el tiempo. Ve como las
llamas consumen el cuerpo agotado de ese alemán
cariñoso con el que había pasado algunos buenos
momentos. Al volver a casa, el padre recuerda que su abuelo
también quería verlo convertido en ingeniero.
Carlos Eduardo ingresa al industrial. No sabe
si quiere ser ingeniero, pero le gustan las máquinas. Le gusta
el ruido infernal de los motores, ese rugido que se mete en la
sangre. Empieza a aprender el oficio, pero no dispone de mucha
paciencia.
En la escuela conoce a Jorge Antonio
Ibáñez, un muchacho rápido e inteligente.
Ibáñez esquiva los compromisos, resuelve cada
situación en su favor. Ese hombre le gusta. Tiene 15
años pero desafía a sus maestros, a los
compañeros. Es un tipo libre, cree Carlos Eduardo. Comienza a
seguirlo, a cambiar palabras con él, a imitar algunos de sus
gestos. Quiere ser simpático y para eso se endurece.
Jorge Antonio dispone de tiempo, no tiene que
volver a su casa a una hora determinada, no tiene que pedir permiso
para ir al cine. Le cuenta a Carlos que su viejo es un tipo macanudo,
un tipo de hoy.
No está clara a través del
tiempo la cronología de los hechos: se conjetura que Carlos es
acusado de robar 1.500 pesos y tiene que dejar la escuela. Su padre
lo incorpora a un colegio particular, pero poco tiempo más
tarde, el joven abandona el estudio. Habla con su padre. Le dice que
ya sabe el oficio. No quiere ser ingeniero, se conforma con poner un
taller de motos.
Así se reencuentra con
Ibáñez, que ha dejado también el colegio. Se
hacen amigos. En "El Ancla" conversan largas horas frente a un
café. No tienen plata para más. Algunos domingos van a
la cancha porque Carlos Eduardo sigue a San Lorenzo. Un día,
Robledo confiesa a su amigo que ha robado una radio en un negocio del
centro. Todo ha sido fácil. La gente es demasiado confiada.
Ibáñez sonríe y tal vez le estrecha la mano. No
vuelven a verse por un tiempo.
Para no disgustar a su madre, Carlos acepta
trabajar de cadete en la Farmacia de Sebastián Samban, a una
cuadra y media de su casa de la calle Borges al 1800, en Vicente
López. Un día le lleva la radio al farmacéutico.
"Se la vendo en dos mil pesos", le dice. El hombre no confía
demasiado y habla con su madre. "Cómpresela --le dice
ella--, es de él". Don Samban le da los dos mil pesos y
Carlos se compra una bicicleta. Samban se queda sin cadete.
Unos meses más tarde, Robledo camina
solo por la ciudad cuando ve una hermosa moto. La mira un rato,
deslumbrado. Por el caño de escape que le han agregado le
parece que está pichicateada. Recuerda la radio y sube.
Ese día ruge por las calles sin parar. Va de aquí para
allá sintiendo el aire fresco en el pecho, en el pelo rojizo
que le cubre la cara. Se siente libre. Por fin, choca contra un auto
detenido y deja la moto, que tiene una rueda torcida.
En el bar se encuentra otra vez con
Ibáñez. Se saludan y Carlos lo invita a tomar un
café. Le cuenta lo de la moto. Ibáñez lo mira en
silencio, aprueba con movimientos de cabeza. Por fin, una
confesión de Jorge Antonio estrecha la amistad. Le cuenta que
él también ha robado algunas cosas y que pasó
varias noches preso; nada de importancia.