(27 de febrero de 1972)
A Oscar Finkelberg
Conocí a Jacobo Timerman el
día en que me pidió que escribiera "la mejor nota de
Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch". La Opinión, que
exageraba su sobriedad al extremo de no publicar noticias
"policiales", se encontraba en un aprieto: el joven Carlos Eduardo
Robledo Puch había asesinado a por lo menos once personas y
había cometido una treintena de atracos. Su notoriedad ocupaba
la primera página de todos los diarios y el matutino de
Timerman seguía ignorándolo.
Era imposible, a esa altura, publicar una
noticia y el diario abominaba de la perorata moralizadora.
Opté, pues, por la reconstrucción de los hechos
según todos los testimonios existentes hasta entonces. El
artículo apareció en el suplemento cultural y me
valió un cuantioso aumento de sueldo que el director me
anunció personalmente. Ese día empezaron mis
desventuras.
Hasta entonces yo estaba a cargo de la
sección deportes, ganaba muy bien y había ideado, con
Eduardo Rafael, un excelente método para trabajar poco y
salteado. Pero según Timerman ese era un sector sin
interés. "Usted está desperdiciado allí" me
dijo, y me confió una tarea mayor: "Vaya, siéntese y
piense", ordenó. Mi destino fue un escritorio
estratégicamente situado frente a su despacho. Una secretaria
esbelta y casi adolescente debía atender y discar mis llamadas
telefónicas para que nadie me molestara y cuidar que no me
faltaran los diarios y revistas del día, incluidos los del
extranjero (por entonces yo era incapaz de descifrar otro idioma que
el castellano pero el patrón no lo sabía
aún).
Timerman no me dijo en qué
debía pensar ni para qué. Nunca se me había
confiado misión más difícil y menos envidiable:
todos los días mis mejores amigos de la redacción se
acercaban solidarios para saber si ya se me había ocurrido
algo.
Un mes más tarde, cuando
advirtió que mi cabeza seguía vacía como una
pelota de tenis, Timerman me llamó y me dijo, solemne, que uno
de los dos debía psicoanalizare. Luego me hizo saber que su
decepción era profunda y me avisó que mis privilegios
se terminaban ese mismo día.
Desde entonces deambulé por la
redacción: el director había olvidado asignarme un
nuevo puesto y me dediqué a hacer lo que más me
gustaba. Es decir, nada.