"No me dejés solo, hermano". Tirado
en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba
al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de
extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un
colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre
los que miraban esa piltafa cercana a la muerte habrán reconocido
el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores
ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía
un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó
hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en
una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo
distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto
desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a
soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de
sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por
primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su
triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no
puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera
un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su
nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los
siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con
su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en
Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De
rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese
privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan
desesperados como él. Un peluquero que vivía por
allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por
su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el
boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor's Home era la casa de la
misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San
Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban
los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos
de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin
cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de
agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de
vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una
noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los
veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó
varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego
dejó su parada de Constitución. Había ganado el
derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945 --ese año
singular en la historia argentina-- debutó en el Luna Park. Sus
ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del
desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera
a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios
pusieron sus ojos en él. Al año siguiente ganó las
siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien
sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se
había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería
verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que
miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies
levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos
de la tribuna eran diversos, según de dónde
provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los
periodistas le gustaba más Mono y así lo recuerdan
aún.
Mientras duró su grandeza tuvo un
rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían
enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir
en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres
cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota
de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los
enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como
nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón
argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó.
Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al
ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco.
Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono
volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera
sido una parábola restallante, una explosión de luces que
lo iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria.
Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una
fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su
casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios
elogiaron: abrió un restaurante
en
calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó
quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para
exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que
Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.
Había
vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como
un Robin Hood de barrio, iba con los suyos --los lustradores-- y les
destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con
una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna
Park. Unos pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de
él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en
1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió
tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como
hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio,
el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable,
un "lumpen". Perdió todo lo que tenía pero jamás se
lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una
inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue
fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció
crónicas colmadas de aleccionadora compasión.
Curiosamente, el Mono sonreía.
Adhirió fervorosamente al peronismo
y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma
parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo
bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de
Perón mientras brillaba. Aficionado al boxeo, el Presidente
apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea
con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a
Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con
Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio
país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en
el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador,
fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos
y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche. Pero Gatica
no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a
los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces
perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que
se fotografiaba junto a Perón. Entre 1952 y 1953 ganó
trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la
última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva;
caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos
años antes del día que estalló el pronunciamiento
militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para
exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario
del espectáculo que había montado una troupe de
luchadores, lo llevó a parodiar una final. También
allí tenía que perder. En "sensacional encuentro"
Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo
sometió por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el
10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo.
Había terminado su vida en una parábola perfecta de
humillación; "una bala perdida", como solía decir
él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres
compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su
pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan
algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que
no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle
Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos
puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: "No me
dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado".
Cuando murió, La Prensa dijo: "La
popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su
característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por
el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso
de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta
publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes
encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos
de inconducta dentro y fuera del ring". Fué un recuerdo
político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos
otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado.
Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó
tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su
velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona
que decía: "El pueblo a su ídolo". El féretro
tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda. Cuando
la última palada de tierra cubrió el modesto cajón,
los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: "La
única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su
desesperado afán de querer vivir la vida".
Se cumplen tres décadas de la que
fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte
años. Gatica es, todavía, un símbolo
contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un
odio que conviene no olvidar.